Empezamos la revisión histórica centrándonos en las categorías acuñadas desde la ciencia, para pasar a continuación a las categorías autorreferenciales mediante las cuales las personas designadas por parte de la ciencia toman la voz y establecen formas propias de entender y explicar sus realidades. La breve genealogía comienza en el momento en que las relaciones entre personas del mismo sexo dejan
de considerarse un tipo de prácticas sexuales y se forja el concepto de ‘homosexual’54, que se consolidará como una identidad:
La sodomía (...) era un tipo de actos prohibidos; el autor no era más que un sujeto jurídico. El homosexual del siglo XIX ha llegado a ser un personaje: un pasado, una historia y una infancia, un carácter, una forma de vida; asimismo una morfología, con una anatomía indiscreta y quizás misteriosa fisiología. Nada de lo que es in toto escapa a su sexualidad. Está presente en todo su ser: subyacente en todas sus conductas puesto que constituye su principio insidioso e indefinidamente activo; inscrita sin pudor en su rostro y su cuerpo porque consiste en un secreto que siempre se traiciona (Foucault, 1995: 56).
Jeffrey Weeks (1994: 99) apunta que antes de la construcción del personaje, “it seems likely that homosexuality was regarded not as a particular attribute of a certain type of person but as a potential in all sensual creatures”. Esto nos lleva a plantear la hipótesis que el establecimiento de la categoría esconde el objetivo político de condensar en un cierto tipo de ‘personaje’ características que, en el fondo, están presentes en alguna medida en todos los sujetos. Esto es, pasar de una perspectiva universalizadora a una de minorizadora (ver 3.1.2). En este caso, la construcción del ‘personaje’ del homosexual serviría para esconder el deseo sexual, habitualmente coartado en su fin o derivado en identificación, que todas las personas pueden sentir hacia otras de su mismo sexo55.
De la concepción inicial del homosexual destacamos dos elementos que resultan relevantes en relación a los objetivos de la tesis: el papel de la agencia y la inversión de género. En relación a la agencia, Weeks (1994: 104) sostiene que la emergencia del discurso médico sobre la homosexualidad coincide con la progresiva despenalización56 de la misma: el discurso médico proveyó al legal de las consideraciones necesarias para establecer si los acusados debían ser considerados legalmente responsables o no de sus actos. Esto revela que el eje de la agencia es central en la discusión sobre la homosexualidad y la transexualidad desde sus inicios.
54 Weeks (1993: 158-9) matiza la afirmación de autores como Michel Foucault y Lilian Faderman, según los cuales
fueron los sexólogos quienes crearon la homosexualidad. Hay evidencias históricas de que había una subcultura homosexual masculina mucho antes de la intervención de la sexología.
55 Siguiendo esta misma lógica podríamos entender que el efecto político de construir otras figuras sexuales como el
sádico, el masoquista o el fetichista, es esconder que la erotización de la desigualdad es un elemento central de la sexualidad en nuestra sociedad (ver Jeffreys, 1996) y que la erotización de ciertos objetos es una práctica cotidiana. Un proceso análogo se produce en relación a las categorías de ‘mujer maltratada’ y ‘hombre maltratador’, que tiene como efecto esconder el maltrato que se produce, a distintos niveles, en cualquier relación de pareja (Coll-Planas et
En este período, tanto los científicos más progresistas57 como los mismos homosexuales abrazan discursos biologistas, reificadores y deterministas, que eliminan la responsabilidad penal… aunque a costa de la patologización y la renuncia a la agencia.
Respecto al género, un eje central en la definición del homosexual fue su asociación con la inversión de género, esto es, considerar que la mujer homosexual era masculina y que el hombre homosexual era afeminado. De hecho, se consideraba que su “anomalía” no era su objeto de deseo (una persona del mismo sexo) sino el hecho de desear desde una posición ‘invertida’ (una mujer que desea como un hombre, y viceversa en el caso del hombre homosexual). Así, la homosexualidad se entendía como una especie de “androginia interior, de hermafroditismo del alma” (Foucault, 1995: 57-8). En esta época, la homosexualidad está muy vinculada con la noción de hermafroditismo, debido a que ambos conceptos se definen por la mezcla de rasgos femeninos y masculinos en una persona. De hecho, dentro de la misma subcultura y el primer activismo homosexual se sostiene que los hombres homosexuales son “un alma de mujer en un cuerpo de hombre” (Weeks, 1993: 303), aunque también existen evidencias de que algunos hombres homosexuales rechazaban la asociación con el afeminamiento (Valentine, 2007: 42).
Para Foucault (2005: 17-8) la vinculación entre homosexualidad e inversión de género es producto de la dificultad “para integrar estos dos fenómenos, por lo demás tan diferentes, que son la inversión de los papeles sexuales y la relación entre individuos del mismo sexo”. En esta afirmación, el autor contradice sus mismos postulados construccionistas al reificar que la inversión de papeles sexuales (género) y la homosexualidad sean fenómenos “tan diferentes”. Desde nuestro punto de vista, se debe abordar la relación entre ambas esferas como construcciones históricas que responden a unos fines y que tienen una capacidad, siempre limitada, de dar cuenta de las complejas realidades del deseo.
Pero no sólo se establece inicialmente una mezcla entre lo que posteriormente serán dos categorías independientes (homosexualidad y transexualidad) sino que en aquel primer período de la sexología, los actos de sodomía incluían todas las prácticas
57 Como hemos visto, Freud es una excepción en este sentido, pues se distanció tanto de la asociación de la
sexuales no reproductivas (la penetración anal, el sexo oral, las relaciones con personas del mismo sexo, el travestismo, la pedofilia58, el bestialismo59, etc.).
En los círculos médicos, la distinción entre atracción por personas del mismo sexo e inversión de género se empieza a producir a finales del siglo XIX, cuando desde la sexología se acuña la categoría clínica de ‘travestismo’. Los influyentes Havelock Ellis y Magnus Hirschfeld encabezan la campaña para establecer travestismo y homosexualidad como categorías separadas. Defienden que sentirse atraído por personas del mismo sexo no está necesariamente asociado a travestirse, al amaneramiento y a sentirse del sexo contrario y, al mismo tiempo, que alguien se puede travestir manteniendo una tendencia heterosexual (King, 1998: 123 y 30).
En lo inicialmente categorizado como travestismo se incluyen tanto los comportamientos puntuales con fines sexuales (lo que actualmente se llama ‘travestismo fetichista’) como las personas que se identifican permanentemente con el sexo contrario y quieren pertenecer tanto física como psíquicamente al otro sexo (King, 1998: 131). La separación entre estos dos tipos se producirá alrededor de 1950, cuando aparece el concepto de ‘transexual’, acuñado por David Cauldwell y popularizado por Harry Benjamin. ‘Transexual’ es definido como aquella persona que se siente del sexo contrario y desea modificar su cuerpo quirúrgicamente para parecerse a las personas del sexo opuesto (King, 1998: 135-6). La aparición de esta categoría está determinada por las posibilidades técnicas de llevar a cabo este tipo de operaciones:
Además de subrayar que la idea de la transexualidad no significa nada sin el aparato médico que le sirve de soporte material, deseamos insistir en que (...) la subjetividad se construye a través de las relaciones con las instituciones y las tecnologías (...). Como consecuencia, el desarrollo de nuevas tecnologías (especialmente aquellas en que el contacto con el cuerpo es más íntimo, como las tecnologías médicas) también conlleva la producción de nuevas subjetividades) (Hausman, 1998: 198).
Resulta clave, pues, el desarrollo de la endocrinología y la cirugía plástica, que no sólo ofrecen las técnicas para hacer posible la operación de reasignación sexual sino que establecen un campo simbólico que hace concebible la noción de transexualidad (Hausman, 1998: 208). A mediados de 1960, aumenta el volumen de investigación sobre la transexualidad y se producen intervenciones a gran escala. Una
década después, se produce una creciente aceptación de la cirugía de reasignación sexual dentro de los círculos médicos y empieza a practicarse en hospitales considerados respetables. En este período, se adopta de forma prácticamente universal el término ‘transexual’, mientras que el de ‘travestido’ prácticamente desaparece del ámbito médico (King, 1998: 143).
A principios del siglo XX, el concepto de hermafroditismo queda progresivamente desvinculado de la homosexualidad y del travestismo, pasando a referirse solamente a las personas cuyos cuerpos no son clasificables como machiles o hembriles. En la década de 1990 surgen, por un lado, grupos de autoayuda que reúnen personas intersexuales y familiares sin cuestionar el discurso patologizador y, por el otro, un incipiente activismo que asume el término ‘intersexual’ o ‘intersex’ como identidad política desde la que criticar los protocolos médicos de asignación de sexo a bebés intersexuales (ver Chase, 2005).