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Unit 210 Preparing and using milling machines

Butler (1995: 18), siguiendo a Foucault, argumenta que el ser humano no sólo está marcado por el sexo sino que “para ser considerado legítimamente humano, hay que estar coherentemente sexuado”. En este sentido, no representar el sexo normativo separa los humanos de los abyectos. Leyendo esta consideración desde la concepción del sexo y el género elaborada en el capítulo anterior, el sexo (ser clasificable como macho o hembra), el género (ser constituidos como hombre o mujer en función del sexo) y la tendencia sexual (ser heterosexual) devienen elementos constitutivos de lo humano, confiriéndonos inteligibilidad. Esto lo podemos ilustrar con la reacción que provoca una persona intersexual, o alguien no clasificable como hombre o mujer: su existencia resulta impensable, produce confusión, incomodidad, incluso horror.

Como hemos comentado en el capítulo 2, la distinción no es únicamente entre estar dentro o fuera de lo propiamente humano, sino que dentro del campo de lo humano se producen desigualdades. En este sentido, para Luce Irigaray (en Butler, 1995: 19), lo propiamente humano es específicamente masculino: “en la construcción del sexo masculino éste ha sido erigido como el ‘único’, y representa al otro femenino como un reflejo de sí mismo; en este modelo, por lo tanto, el masculino y el femenino quedan reducidos a uno solo, al masculino”. Lo masculino estaría, pues, en la cúspide de la definición de lo humano, relegando a posiciones subordinadas las demás categorías (mujeres, trans, intersexuales, lesbianas, gays...).

El proceso de jerarquización de las sexualidades (y las exclusiones que genera) queda especialmente claro en la explicación que elabora Gayle Rubin (1989: 18). Según la autora, en la cima de la jerarquía encontramos “los heterosexuales reproductores casados”. Debajo se sitúan los heterosexuales monógamos no casados

y la mayor parte del resto de heterosexuales. Las parejas estables de lesbianas y gays se encuentran al borde de la integración y la respetabilidad, mientras que los promiscuos se encuentran cerca de las “castas sexuales” más despreciadas: transexuales, travestís, fetichistas, sadomasoquistas, personas que hacen sexo a cambio de dinero y, en el punto más bajo, pedófilos. Esta jerarquía es representada gráficamente en la siguiente figura.

Figura 1. La jerarquía sexual

Fuente: Rubin (1989: 21)

La ubicación de los sujetos dentro de esta jerarquía tiene efectos: los situados en lo alto reciben la recompensa del reconocimiento legal, la respetabilidad, el apoyo institucional y beneficios materiales. A medida que se desciende en la escala de conductas sexuales, los individuos se encuentran sujetos a la presunción de enfermedad mental, a la falta de respetabilidad, la ilegalidad, a privaciones materiales y a la estigmatización (Rubin, 1989: 18).

Gays y lesbianas tendrían actualmente más posibilidades de moverse hacia la respetabilidad. Según Rubin, esto implica que están dejando de ser transgresores

que la homosexualidad esté ganando respetabilidad no indica, según la autora, que la norma sexual sea más inclusiva, pues “la homosexualidad promiscua, el sadomasoquismo, el fetichismo, la transexualidad y los encuentros que traspasan la barrera generacional son todavía vistos como horrores incontrolados incapaces de incluir afecto, amor, libre elección, gentileza o transcendencia” (Rubin, 1989: 22).

La misma Rubin representa la jerarquización de la sexualidad de una segunda forma que refleja más claramente la dinámica de exclusión-inclusión mediante la cual se fija la norma. En la siguiente figura vemos un diagrama con un núcleo interno en el que se encuentra la sexualidad “buena”, “normal” y “natural” y un segundo círculo periférico donde se encuentra lo excluido.

Figura 2. El “círculo mágico” versus los límites exteriores

Fuente: Rubin (1989: 20).

Esta representación gráfica sugiere que la determinación de una norma sexual requiere la exclusión de lo que se le opone. Lo exterior es lo que fija lo interior: “lo abyecto funciona como un sistema de coerción para que los miembros de la sociedad se mantengan dentro de los límites de las identidades aceptables” (Soley-Beltran, 2005: 224). Esta perspectiva nos permite entender el papel del sexismo y la homo/transfobia desde una perspectiva universalizadora, como componentes

necesarios para la reproducción del sistema binario, como “guardianes de las fronteras sexuales (hetero/ homo) y de género (masculino/ femenino)” y, por lo tanto, no afectando solamente a trans, gays y lesbianas sino al conjunto de la población (Borrillo, 2001: 16). De esta forma, el estudio de los grupos excluidos nos permite entender cómo funciona lo normativo. Así lo plantea Soley-Beltran:

me aproximo al estudio de las personas transexuales como un grupo particular de sujetos quienes, por virtud de su propia manera de ser, performan citaciones inusuales en la cadena de repeticiones que, según Butler, sostiene la hegemonía del sexo binario, y ofrecen un campo ideal para reflexionar sobre los procesos generales de genderización. Por lo tanto, asumo que la falta de correspondencia sexo/género que experimentan los transexuales afecta en varias medidas a todos los sujetos (...) (Soley-Beltran, 2005: 208).

Las aportaciones de Rubin en relación a las exclusiones y desigualdades que se producen en la fijación de la normatividad en materia de sexualidad, conectan en gran medida en lo planteado en el primer capítulo del marco teórico. A pesar de esto, discrepamos en que toda exclusión sea injusta, como parece sugerir Rubin. La autora mantiene una posición favorable hacia el conjunto de prácticas excluidas, sin establecer ningún tipo de distinción. No estamos de acuerdo con esta defensa por motivos teóricos y éticos. A un nivel teórico como hemos planteado en el capítulo 2, consideramos que es imposible establecer una sociedad totalmente inclusiva, siempre hay un exterior constitutivo. A nivel ético, no consideramos que todo deba ser incluido, que todas las prácticas actualmente excluidas deban ser aceptadas. Por ejemplo, defender la despenalización de la pedofilia, sin más matices, podría suponer la legitimación de abusos de menores. La autora no hace referencias a prácticas sexuales excluidas como la necrofilia o las violaciones que, desde nuestro punto de vista, tampoco deben salir de lo excluido y punible. En definitiva, en este artículo, Rubin hace una defensa de las sexualidades transgresoras, sin establecer entre ellas ningún tipo de distinción en relación a las desigualdades que entrañan y las opresiones que esconden53.

4.2. La construcción histórica de la