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Unit 209 Preparing and using lathes for turning operations

machos y hembras como fluidas, mientras que el modelo de dos sexos se basa en la clara diferenciación de los cuerpos hembril y machil. Esta distinción es la base sobre la cual se asientan los argumentos biologistas para justificar las diferencias y desigualdades entre hombres y mujeres. En palabras de la autora biologista Sylviane Agacinski:

La especie humana se divide en dos, y solamente en dos, como la mayoría de las otras especies. Esta división, que es la de todos los seres humanos, sin distinción, es ya una dicotomía o, dicho de otra manera, todo individuo que no es mujer es hombre y todo aquel que no es hombre es mujer. No existe una tercera posibilidad (Agacinski, 1998: 15).

Un análisis más profundo de la diferencia sexual nos muestra que el llamado sexo biológico no proporciona una base tan sólida para justificar el género, más bien, parece que el sexo amenaza con subvertir el género binario. No es cierto que la especie humana se divida “solamente en dos”, que todas las personas puedan ser clasificadas como hembras o machos y que no haya otra posibilidad: los cuerpos de las personas intersexuales cortocircuitan la posibilidad de fundar el género en una distinción aproblemática entre cuerpos machiles y hembriles.

Se calcula que alrededor de uno de cada cien nacimientos presenta alguna “anomalía” en la diferenciación sexual y que aproximadamente uno de cada dos mil bebés tiene unos órganos genitales etiquetados de “ambiguos”, que convierten en problemática la asignación de sexo (Chase, 2005: 87). La activista intersexual Cheryl Chase (en Valentine, 2007: 135) considera que sus genitales no eran en absoluto ambiguos: “They were exactly what they were. Rather, a powerful system of binary gender and sexed bodies produce them as ambiguous”.

La bióloga Anne Fausto-Sterling (1998: 80) sostiene que, biológicamente hablando, hay una enorme gradación entre sexos hasta el punto que se puede considerar que podemos encontrar, como mínimo, cinco sexos e incluso “podríamos ir más allá afirmando que el sexo es un continuum vasto e infinitamente maleable que sobrepasa las restricciones incluso de cinco categorías”. De hecho, en la literatura médica oficial se reconoce la existencia de estos cinco sexos: mujeres, hombres,

‘pseudohermafroditas femeninas’, ‘pseudohermafroditas masculinos’ y ‘verdaderos hermafroditas’ (estos tres últimos son agrupados en la categoría de ‘intersexuales’)49.

El estudio de los cuerpos de las personas intersexuales se remonta al siglo XIX, cuando los avances de la cirugía y la microscopia hacen posible hacer exámenes más profundos de los tejidos gonadales, considerados entonces la base para establecer el ‘sexo verdadero’ de la persona. A principios del siglo XX, el desarrollo de la genética permite el descubrimiento de los cromosomas, que desemboca en una mayor capacidad taxonómica que se traduce en el establecimiento de distintos tipos de intersexualidad, desplazándose la noción de ‘sexo verdadero’. El descubrimiento de las múltiples causas fisiológicas que se esconden tras la intersexualidad (cromosómicas, gonadales, hormonales…) hace desvanecer la ilusión de encontrar un solo e infalible criterio que sirva de indicador del sexo ‘verdadero’ (Hausman, 1998: 218-9).

Posteriormente, los avances en anestesia, cirugía, embriología y endocrinología permiten pasar de la clasificación a la transformación física de los cuerpos de las personas intersexuales. Los primeros protocolos dedicados a pautar esta transformación, inicialmente sólo en personas adultas, se formulan en la Johns Hopkins University, en Estados Unidos, en la década de 192050. Los profesionales que elaboran los primeros protocolos de tratamiento de los bebés intersexuales, el psicólogo y sexólogo John Money y los psiquiatras John Hampson y Joan Hampson, tienen unos planteamientos antibiologistas: consideran que el género no es hereditario ni absolutamente construido por el entorno, sino que la adquisición del rol de género es producto de un proceso de aprendizaje semiótico, similar al de la adquisición del lenguaje o el imprinting de modelos de conducta en los animales (Hausman, 1998: 220). Según estos autores, el rol de género y la orientación quedan fijados entre los dieciocho meses y los dos años, por lo que apuestan por realizar la asignación de

49 Los ‘verdaderos hermafroditas’ poseen un testículo y un ovario mientras que los ‘pseudohermaforditas’ presentan

dos gónadas del mismo tipo y la estructura de cromosomas correspondiente, pero sus genitales externos y características sexuales secundarias no se ajustan a sus cromosomas: los pseudohermaforditas masculinos tienen testículos y cromosomas XY pero tienen vagina, clítoris y a menudo desarrollan senos; mientras que las pseudohermafroditas femeninas tienen ovarios y cromosomas XX pero tienen parcialmente genitales masculinos y pueden desarrollar barba y voz grave (Fausto-Sterling, 1998: 82).

50 Hacia la década de 1950, los expertos de esta universidad establecen como principio la necesidad de detectar e

intervenir rápidamente los bebés intersexuales con el objetivo de completar la cirugía antes de que tengan consciencia de ello. Cheryl Chase (2005: 89) sostiene que la insistencia en la intervención temprana está en parte motivada por la resistencia que ofrecen algunos intersexuales adultos a la transformación quirúrgica de sus cuerpos, a diferencia de los padres de bebés con genitales ambiguos, que están más abiertos a seguir las recomendaciones médicas.

género antes de este momento, modificar el cuerpo quirúrgica y hormonalmente y consolidar el rol de género mediante la educación.

Money y los Hampson sustituyen la búsqueda del ‘sexo verdadero’ por la del ‘sexo óptimo’, definido por la morfología genital en los menores de dieciocho meses y, a partir de los dos años, en base a la identidad de género que ya hayan desarrollado (Hausman, 1998: 217-9). El criterio para la asignación de género en los recién nacidos es la viabilidad de construir genitales de apariencia natural, lo que en la práctica pivota principalmente en el tamaño del pene: se asigna género masculino a los que lo tienen ‘suficientemente’ grande y se lo amputan a los demás, que son asignadas niñas. De hecho, durante la década de 1960 la cirugía genital pediátrica para transformar los cuerpos de los bebés intersexuales a mujer es abiertamente etiquetada como ‘cliterectomía’ y comparada positivamente con las prácticas de ablación de clítoris de algunas culturas africanas.

Desde los inicios de la investigación sobre esta materia no se ha podido establecer una regla fija para la asignación de sexo, ni predecir los cambios físicos que sobrevendrán en la adolescencia y menos aún si la persona se sentirá a gusto con el sexo asignado. Debido a la multidimensionalidad del sexo, los criterios actuales de asignación son diversos y producen efectos diferentes: los médicos que priorizan la morfología genital acaban asignando más mujeres mientras que los que se guían por el criterio cromosomático asignan más hombres, ya que la mayoría de intersexuales tienen un cromosoma Y (Butler, 2006: 96). Habitualmente se suele priorizar la morfología genital ya que es más fácil eliminar que crear nuevas estructuras, lo que supone que el 90% de bebés intersexuales son asignados mujer, reforzando así la consideración de lo femenino como una condición de falta (Chase, 2005: 90).

El modelo de la Johns Hopkins continua marcando el procedimiento que se sigue ante el nacimiento de un bebé intersexual, estableciéndolo como una “emergencia psicosocial” ante la cual actúa un equipo multidisciplinar que examina el bebé, le asigna un género e informa a los padres de su decisión (Chase, 2005: 89). A partir de aquí le someten a intervenciones quirúrgicas y tratamientos hormonales, que se suelen extender durante varios años o incluso de por vida para adaptar sus cuerpos al género asignado. En algunos casos, los genitales ambiguos generan molestias u obstruyen la orina, por lo cual es necesario intervenirlos, pero en la mayoría de

Por un lado, el control médico de la intersexualidad se legitima por su voluntad de evitar el sufrimiento de las personas intersexuales y de su entorno. El daño emocional que pueden sufrir las personas intersexuales es la argumentación habitual para justificar intervenciones quirúrgicas médicamente innecesarias, el ocultamiento de los hechos (tanto a los mismos intersexuales como, a veces, a sus padres) y violentos tratamientos que generan daño físico y emocional a las personas intersexuales (Chase, 2005: 90). Así, al margen de las intenciones de los profesionales que las llevan a cabo, consideramos que este tipo de procedimientos suponen la patologización de los cuerpos que salen de las normas del género y su función es reestablecer el orden mediante la normalización de sus cuerpos. Desde esta perspectiva:

Las cirugías genitales pediátricas convierten en literal lo que de otra forma podría ser considerado un ejercicio teórico: el intento de producción de cuerpos sexuados y sujetos generizados normativamente a través de actos constitutivos de violencia (Chase, 2005: 87).

Estas operaciones, pues, no suelen responder a cuestiones de salud sino a la necesidad cultural de mantener claras las distinciones entre dos sexos (Fausto- Sterling, 1998: 88). Por este motivo, Cheryl Chase, fundadora de la Intersex Society of North America defiende que sólo se aplique la cirugía por razones estrictamente de salud y que se proporcione información y apoyo a los padres para aceptar las diferencias físicas de sus hijos. En base a esto plantea:

reconocemos que el modelo dual-de-sexo/género es actualmente hegemónico y por lo tanto defendemos que los niños sean criados o bien como chicos o bien como chicas, de acuerdo con la designación que parezca más capaz de ofrecer al menor el mayor bienestar futuro. Defender la asignación de género sin recurrir a cirugía normalizadora supone una posición radical al requerir la subversión deliberada de la concordancia asumida entre la forma corporal y la categoría de género. Sin embargo, esta es la única posición que previene el daño físico irreversible del cuerpo de la persona intersexual, que respeta la agencia de la persona intersexual (Chase, 2005: 95-6).

Otro activista intersex, Mauro Cabral (2008) afirma que si bien es cierto que muchas personas intersexuales que han sido operadas al nacer critican que se modificaran sus cuerpos sin su consentimiento, los que no fueron intervenidos también suelen rechazar la no intervención debido al sufrimiento que les ha causado no tener un cuerpo clasificable. Así, apunta que el problema que se encuentran las personas intersexuales va mucho más allá de si es conveniente o no ser operado al nacer: se encuentra en la raíz de las reglas de la inteligibilidad del género, que expulsan en el terreno de lo monstruoso a las personas con cuerpos no clasificables como macho o hembra.