Con la voluntad de romper con la idea de que hay una homosexualidad, Alberto Mira (2004: 24-7) distingue tres modelos de expresión y articulación de la homosexualidad, a efectos analíticos y más como polos de atracción que como departamentos estancos. Los modelos son el malditista, el homófilo y el camp que, con ciertas variaciones, han tenido presencia a lo largo del último siglo y son aún vigentes en la actualidad, aunque han perdido definición. A continuación presentamos estos modelos ateniendo al orden de su aparición en la tradición cultural española. A pesar de que el autor se refiere a la homosexualidad masculina, proponemos una interpretación abierta de su propuesta que permita incluir también a lesbianas84 y a trans.
El modelo malditista responde a las caracterizaciones del homosexual como degenerado, enfermo o criminal reivindicando precisamente la marginalidad. Se trata de un rechazo a la integración social y una confrontación con la moral establecida: se acepta la marginación impuesta desde fuera, pero se valora positivamente, como signo de rebeldía: "se elige lo que la sociedad define como el mal para mostrar el desacuerdo con los pilares de esa sociedad” (Mira, 2004: 24). A nivel de tradición literaria, llega a su máxima expresión con las aportaciones de Jean Genet y Pier Paolo Passolini, siendo Juan Goytisolo su principal referente español. En el ámbito filosófico, podemos situar a Michel Foucault en esta corriente ya que considera, con matices que plantearemos más adelante, que en vez de pedir la integración, los gays deberían aprovechar las oportunidades que supone estar excluidos del modelo social dominante. Posteriormente discutiremos el potencial político del modelo malditista: hasta qué punto supone una oportunidad de libertad o es producto de la homofobia
84 En la memoria de investigación de doctorado (Coll-Planas, 2006) el modelo fue adaptado fructíferamente a la
interiorizada, pudiendo ser una expresión del “deseo de abyección” fruto de la culpa que hemos mencionado en el apartado 4.3.1.
Respecto al modelo homófilo, su signo más característico es la demanda de normalidad y la voluntad de dar una imagen de respetabilidad. Es conveniente tener en cuenta que, tal y como lo concibe Alberto Mira, el modelo no se corresponde al activismo homófilo85 conservador de mediados del siglo XX. El autor engloba en este modelo tanto posiciones conservadoras, por ejemplo la del grupo conservador francés Arcadie86, como el activismo del FAGC durante la transición española, para el que la voluntad de integración iba de la mano de la lucha por el cambio revolucionario de la sociedad (Mira, 2004: 222 y 495). Así, no se tiene que confundir la demanda de normalidad con una actitud acrítica o conservadora respecto al orden establecido. Lo que vertebra el modelo homófilo no es, pues, su carácter político (conservador, revolucionario…) sino su posición ante la norma, caracterizada por la demanda de integración y el rechazo a lo asociado con la marginalidad:
El modelo homófilo (…) se enfrenta frontalmente a todo discurso científico o legal que asuma que, por serlo, el homosexual es inferior al resto de los seres humanos y está incapacitado para la normalidad. Pero también se opone a la idea de una marginalidad deseada. Una de sus manifestaciones más importantes ha sido la demanda de derechos que equiparen al homosexual con el resto de los ciudadanos. Quizá su logro más importante ha sido dar a los homosexuales una voz que les permita hablar en primera persona (...) y les garantice una presencia en discursos públicos y cotidianos (Mira, 2004: 25).
En el ámbito de la militancia, Alberto Mira ubica en este modelo a Armand de Fluvià y a Jordi Petit, fundadores y actualmente presidentes de honor de dos de las asociaciones estudiadas: el Casal Lambda y la Coordinadora Gai-Lesbiana, respectivamente. A nivel literario, los referentes son autores como André Gide, Luís Cernuda o Federico García Lorca. Precisamente este último, en Oda a Walt Whitman (1996), distingue entre “los maricas que reparten coronas de alegría” y “los maricas de cloacas”, evidenciando así uno de los puntos más criticados de este modelo: que se asienta en la segregación endogrupal. En este sentido, la tradición homófila ha sido ampliamente criticada por el hecho de tratar de conseguir la integración excluyendo (o dejándose en el camino) una parte del propio grupo social:
uno de los grandes errores estratégicos de la tradición homófila desde la apologética decimonónica hasta el movimiento gay de los setenta: el de la distinción entre “dos tipos” de homosexuales, uno de los cuales merece siempre comprensión, tolerancia o incluso admiración y el otro o no interesa o es simplemente un vicioso o produce repugnancia (Mira, 2004: 213).
Finalmente, el camp cuestiona el orden social y, muy particularmente el heterosexismo, a través de la ironía y la frivolidad. Susan Sontag, referencia básica en la teorización de la tradición camp, la define así:
Camp is the consistently aesthetic experience of the world. It incarnates a victory of "style" over "content," "aesthetics" over "morality," of irony over tragedy. (…)
To camp is a mode of seduction –one which employs flamboyant mannerisms susceptible of a double interpretation; gestures full of duplicity, with a witty meaning for cognoscenti and another, more impersonal, for outsiders (Sontag, 1964).
El camp se puede entender, entonces, como una estrategia de resistencia ante la opresión que se basa en adoptar una mirada propia hacia las formas culturales hegemónicas por parte de los excluidos por tales representaciones. A nivel de género, siguiendo a Sontag (1964), el camp elabora dos estrategias: la exageración de las características del género y la androginia, entendida como un contraste de los rasgos del género socialmente asignado con los del contrario. Desde el feminismo se han dirigido críticas a elementos de la cultura camp que presentaremos más adelante.
Sintetizando, entendemos el modelo homófilo como la tradición que busca la integración mediante la presentación como personas respetables. La corriente
malditista, en cambio, rechaza cualquier pretensión de integración y reivindica la
exclusión como una forma de vida que habilita para una mayor libertad. Finalmente, lo
camp es una actitud estética que se basa en la parodia y el humor como estrategias
de resignificación de los valores sociales. Podemos encontrar estas tres actitudes tanto en gays como en lesbianas y trans.
En un sentido amplio, los tres modelos son políticos en la medida que son reacciones, respuestas a la trans/homofobia y, por lo tanto, transforman una situación definida en un contexto de opresión. A su manera, cada modelo permite la articulación de discursos en primera persona y se reapropia de la trans/homofobia. Sin embargo, para Alberto Mira (2004: 221) el modelo homófilo es el que está más estrechamente relacionado con el activismo. Éste ha sido el mayoritario en el seno del movimiento político porque plantea unos objetivos concretos y un horizonte de integración que conecta con las inquietudes de la mayoría de gays, lesbianas y trans. El modelo
malditista, en cambio, difícilmente puede generar luchas colectivas, ya que se suele
tradición camp, por su parte, tiene un potencial subversivo de las representaciones del género pero su misma lógica ilógica, si se puede decir así, hace que no vaya más allá de la crítica y no plantee propuestas ni ningún tipo de acción colectiva. A pesar de todo ello, ambos modelos también han influido en el activismo.