II. Expiration of Multigranular Temporal and Spatio-Temporal Objects
4.6 Access to Multigranular Temporal Objects
Las tecnologías digitales constituyen uno de los ámbitos que autores diversos suelen utilizar como ejemplo de lo que consideran la proliferación masiva de objetos materiales en nuestras sociedades, junto con la extensión de materias primas de todo tipo o la circulación masiva de obras de arte (Knorr Cetina, 2001; Marres, 2009; Pels, Hetherington y Vandenberghe, 2002). Internet, específicamente, constituye un fenómeno acompañado del despliegue de una infraestructura material de alcance global; un aspecto que durante muchos años se pasó por alto cuando se presentaba Internet como un espacio virtual, descorporeizado, desanclado de la realidad y ageográfico. Esas propiedades atribuidas a Internet ignoraban completamente el inmenso despliegue material que sostenía precisamente esas experiencias.
Esa proliferación que se señala de los objetos no se refiere, sin embargo, únicamente al aumento de la presencia de esas entidades en nuestras sociedades. Si bien la preocupación por la dimensión material de las sociedades tiene en antropología una tradición secular en el análisis de la cultura material, y hay autoras como Mary Douglas con
Purity and Danger (1984 [1966]) o The World of Goods (1996 [1979]) en colaboración con
que señalan la relevancia para la antropología de este tipo de realidades, una buena parte de antropólogos –y otros científicos sociales- se han lamentado sobre la manera como la antropología –y las ciencias sociales en general- incorporan (o ignoran) lo material en la teorización de lo social, aspecto que desarrollo a lo largo del capítulo. Así que cuando Dick Pels, Kevin Hetherington y Frédéric Vandenberghe señalan en el monográfico que editan en Theory, Culture and Society (2002) que “los objetos están de vuelta con fuerza en la teoría social” (2002: 1), no se refieren únicamente a que nuestras vidas cotidianas se hayan poblado de objetos, sino al esfuerzo por desarrollar modos de teorización social que realizan un intento por incorporar lo material como objetos de su indagación y como parte del cuerpo social.
Por ello, lo que Knorr Cetina denomina un giro hacia los objetos (2003) no es sólo una mirada que resulta de la proliferación de esas entidades, es también un giro teórico en el cual se exploran formas a través de las cuales incorporar los objetos en la teorización social. Bruno Latour lo ha escrito de manera muy iluminadora cuando ha señalado que mientras las sociedades pre-modernas han sido descritas como sociedades heterogéneas y sin costuras, cuando los antropólogos y las antropólogas occidentales regresan a sus sociedades de origen, sin embargo, pierden esa mirada simétrica; el desafío provocador que el autor hace en Nunca hemos sido modernos (1993 [1991]) es radical: “aquellos que sean incapaces de explicar la irrupción de los objetos en el colectivo humano, con todas las manipulaciones y prácticas que se requieran, no son antropólogos” (Latour, 1993: 41). Ese intento por incorporar lo material en la teorización social ha sido traducido por algunos autores en un desplazamiento de sus indagaciones desde el ámbito de la epistemología hasta el de la ontología.
Hay un lamento que recorre las obras de un buen número de antropólogos que se quejan por la limitada atención que se le ha prestado a la tecnología en particular, o a la cultura material en general, dentro de la antropología; una crítica presente en algunos de los autores que han realizado etnografías de Internet como Daniel Miller y Don Slater, Mizuko Ito o David Hakken. En estos casos la queja se refiere a la desatención específica hacia Internet y las tecnologías digitales en la antropología, lamento que Tom Boellstroff (2008) alarga hasta nuestros días en su etnografía sobre el “mundo virtual” Second Life al insistir en señalar esa desatención. Una crítica que se compadece con el lamento que Daniel Miller hace por el limitado interés que la cultura material ha suscitado secularmente en la antropología.
En un volumen editado por Miller y titulado Materiality (2005) el autor británico plantea con una pregunta retórica y sin ambages la cuestión sobre el papel que la antropología ha asignado a lo material tradicionalmente: “¿por qué tantos antropólogos miran a los estudios sobre la cultura material como si fueran algo trivial o algo a lo que se le escapa el quid de la cuestión?” (2005: 5 t. p.). Una queja amarga que una década antes ya formula Brian Pfaffenberger cuando señala: “el estudio de la tecnología y de la cultura material, un tema que fue (y es aún) percibido como áspero, e incluso intelectualmente árido y aburrido” (Pfaffenberger, 1992: 491, t. p.). Probablemente muchos autores objetarán a la afirmación de Pfaffenberger, y de hecho el mismo autor reconoce que desde la segunda mitad de la década del siglo XX ha habido antropólogos y antropólogas que se
De la ontología múltiple…
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han ocupado del estudio de tecnologías diversas como la irrigación (Beardsley 1964; Downing y Gibson 1974; Geertz 1972; Gray 1973; Hunt y Hunt 1976; Leach 1959; Taussig 1980). El verdadero fondo de la crítica, sin embargo, no es que la tecnología o lo material no haya sido el objeto de estudio de la antropología sino la manera como la tecnología y lo material ha sido considerado en la antropología e incorporado en sus teorizaciones de la sociedad. Se refieren con ello a la tendencia a tratar a la tecnología como si fuera una entidad neutra, extraña a la vida humana, alienante por naturaleza; se refieren también a la reducción de la tecnología a su dimensión simbólica, como si lo único relevante fuera qué significa la tecnología, pero no la tecnología.
Esa exclusión de la tecnología (y de lo material) en la indagación antropológica se extiende durante todo el siglo XX. Amiria Henare, Martin Holbraad y Sari Wastell toman unas palabras de W. H. R. Rivers de 1914 para renovar su incomodidad con la manera como la antropología se ha ocupado de los objetos materiales hasta la actualidad: “‘el movimiento generalizado de interés’ en la antropología ‘deja fuera lo físico para orientarse y lo material para orientarse hacia lo psicológico y lo social’, y aunque los antropólogos han trabajado para superar esas distinciones, han tendido al final a reforzarlas” (Henare et al., 2007: 1 t. p.). Reforzar esas distinciones significa que aunque algunos autores y autoras se hayan ocupado de indagar en la tecnología han reforzado en sus trabajos las dicotomías entre lo concreto y lo abstracto, lo físico y lo mental, lo material y lo social, haciendo uso de “lenguajes teóricos que a priori presumen una distinción entre personas y cosas, materia y significado, representación y realidad” (Henare et al., 2007: 2 t. p.).
Si todo esto lo tratemos a la actualidad, sirva un ejemplo actual para ilustrar lo dicho hasta ahora. El primer antropólogo que acomete la primera etnografía de Internet en España, Joan Mayans, discute cuál es el objeto de interés de los antropólogos y las antropólogas cuando tratan con las “nuevas tecnologías”: “ni el arado ni el Pentium son, en sí mismos, objetos de estudio de la antropología. Lo que lo son, en cambio, son sus usos sociales, definiciones, apropiaciones y manipulaciones culturales. Por eso mismo, tampoco nos parece necesario cargar contra el humano-centrismo de una disciplina que se define, epistemológica y etimológicamente, como el estudio del anthropos en su forma de ‘Otro’” (Mayans, 2002b: 83). Lo que le interesa al antropólogo o a la antropóloga según esta perspectiva son, por lo tanto, los usos, definiciones y apropiaciones de la tecnología, pero no esta por sí misma. Frente a esa particular manera de entender la cultura que excluye a la tecnología como parte de ella, la indagación que otros autores realizan sobre Internet les lleva a problematizar esa noción y a cuestionar al mismo tiempo nuestra humanidad. En uno de los primeros posicionamientos que se hacen para el estudio de Internet desde la antropología (en 1992), Gary Lee Downey, Josep Dumit y Sarah Williams señalan como elemento nuclear de su antropología cyborg la problematización de “los límites entre los humanos y las máquinas” (Downey et al., 1995). Este cuestionamiento de lo que constituye la naturaleza humana a través del estudio de Internet está presente también en otros dos trabajos seminales realizados por antropólogos sobre Internet, el de David Hakken, Cyborgs
at Cyberspace (1999), donde escribe: “mi Antropología Ciborg señala cómo los humanos han
sido ‘ciborg’ desde muy temprano en la emergencia de las especies. La tecnología está tan profundamente implicada en la existencia humana que es un aspecto fundamental de
nuestro ser” (Hakken, 1999: 72 t. p.). Pero este esfuerzo por reincorporar los objetos a las explicaciones y teorizaciones de la sociedad es una empresa que se encuadra dentro de un debate de alcance mucho mayor, el que señala el agotamiento de la ontología moderna y la necesidad de formular otros vocabularios para el análisis social (Latour, 1993; Reckwitz, 2002a, 2002b; Pels et al., 2002). En la siguiente sección discuto este aspecto, pero antes de eso introduzco los temas que abordo en el capítulo.
En primer lugar señalo las críticas hechas por algunos autores sobre la desatención que ha recibido lo material en la teorización social, incluyendo la antropología, y cómo la incorporación de los objetos materiales se articula en ellos de una manera muy particular: abriendo la ontología como espacio para la indagación antropológica. ¿Qué significa abrir la ontología como espacio de indagación? Pues significa que el antropólogo o la antropóloga prescinden de algunas de las categorías ontológicas convencionales con las que está acostumbrado a describir el mundo, como por ejemplo natural y social, y explora la manera como los otros articulan esas categorías y las ponen en práctica. Para ilustrar qué significa exactamente eso me detengo en la reciente propuesta de varios autores en el volumen
Thinking Through Thinks (2007) editado por Amiria Henare, Martin Holbraad y Sari Wastell.
Ocuparme de ellos me permite remontarme hasta dos de las fuentes teóricas de las que beben, de un lado las contribuciones realizadas por autores como Marilyn Strathern y Eduardo Viveiros de Castro, y por otro lado las aportaciones que vienen de la Teoría del Actor-Red; dos tradiciones de pensamiento que comparten un aspecto común: trasladar el espacio de indagación del ámbito de la epistemología al de la ontología. Hecho eso me concentraré específicamente en la propuesta que la Teoría del Actor-Red hace, particularmente en la contribución de Annemarie Mol y John Law, e introduciré el concepto de traer a la existencia (enactment), finalmente, y como parte de esa desestabilización de la ontología, discutiré la sociología de las expectativas.