Los antropólogos y las antropólogas han intensificado desde las últimas dos décadas del siglo XX su interés por el análisis de la tecnología y de la ciencia (Traweek, 1988; Haraway, 1989; Strathern, 1992; Martin, 1994; Marcus,1995; Downey, Dumit y Traweek, 1995; Franklin, 1995; Rabinow, 1996; Ong y Collier, 2005); un interés que coincide con la progresiva proliferación masiva en nuestras sociedades de esta realidades (Marres, 2009) y con un repliegue de la disciplina hacia el estudio de sus sociedades de origen que hasta ese momento han estado excluidas de su investigación (Jackson, 1987) mientras se ocupaban de otros pueblos, otras sociedades y geografías. Un elemento para situar y comprender este interés por la tecnociencia y las propias sociedades de los antropólogos y antropólogas es la crítica postcolonial que se desarrolla desde la década de los ochenta y desestabiliza la visión eurocéntrica y pretendidamente privilegiada que la antropología pretende mantener (Fischer, 1999: 455; Franklin, 1995: 16); a eso se suma la mirada reflexiva que se lanza sobre sus propias prácticas de producción de conocimiento y que desbroza el camino para que las sociedades de origen de los antropólogos y antropólogas se convirtieran también en sus objetos de estudio. Una de las consecuencias de ese doble movimiento de repliegue geográfico y epistémico en la antropología es la apertura de esos dos territorios que hasta entonces había quedado al margen de su indagación: la ciencia y la tecnología (al menos la alta tecnología occidental) (Miller, Slater y Suchman, 2001: 72).
En uno de los primeros trabajos que identifica a Internet como un ámbito de interés para la antropología, Arturo Escobar lanza un ‘Bienvenidos a ciberia’ (1994), con el que señala un nuevo espacio metafórico que para el antropólogo colombiano está constituido por dos conjuntos de tecnologías que en ese momento se encuentran en pleno desarrollo y extensión: Internet y las biotecnologías. Ciberia reta a los antropólogos a indagar en la manera como sus propias sociedades articulan sus formas de vida en el presente; un planteamiento que resuena en otros autores posteriormente también (Appadurai, 1996; Slater, 2003). Pero Ciberia es también un nuevo territorio que desafía algunas de las convenciones fundamentales de las antropólogas y antropólogos; entre ellas la delimitación de su objeto de estudio en torno a lo humano, como señalado más abajo. Las propuestas que desde entonces se suceden a través de nociones como ciberantropología (Budka y Kremser, 2004), ciberetnografía (Kuntsman, 2004), etnografía virtual (Hine, 2000) o antropología digital9, son todas ellas respuestas más o menos mesuradas a las tensiones
metodológicas a las que estos investigadores se enfrentan, entre ellas la imposibilidad o limitación de co-presencia física en el campo, la dificultad del acceso a los informantes o la completa dislocación geográfica del campo.
Pero si las disquisiciones metodológicas en el estudio de Internet han hecho fortuna, acaparando atención en la antropología y en otras ciencias sociales, una de las consecuencias que el estudio de Internet y las tecnologías digitales ha tenido y a la que quizás se le ha prestado menos atención se refiere a la reflexión que ha provocado sobre las bases desde las cuales la antropología se aproxima y teoriza la tecnología. Las etnografías de autores como Daniel Miller y Don Slater (2000) o David Hakken (1999) les llevan a repensar algunas de las nociones fundamentales de la antropología como la humanidad (Escobar, 1994; Hakken, 1999), nociones analíticas como la de cultura (Kelty, 2010) o nuestra misma naturaleza humana, cuestionando dicotomías fundamentales como la establecida entre la naturaleza y la sociedad y problematizando el objeto mismo de la antropología (Miller, Slater y Schuman, 2001; Hakken, 1999; Dumit et al, 1995). Una problematización a la que llegan igualmente otras autoras como Marilyn Strathern (1992) y Sarah Franklin (2003) con el estudio de las biotecnologías, cuando señalan a lo largo de las últimas décadas que los desarrollos de estas cuestionan la noción de naturaleza y su diferenciación de eso otro que concebimos como la sociedad . Es en el encuentro con esa problematización cuando algunos de estos autores señalan explícitamente a los estudios sociales de la ciencia y la tecnología (eSCT) como un ámbito fértil con el que dialogar (Escobar, 1994; Rabinow, 1996; Downey et al., 1999; Hakken, 1999; Hess, 2001; Miller y Slater, 2000). Sobre este asunto me detengo en el siguiente capítulo, donde introduzco un particular enfoque dentro de los eSCT, a saber: la Teoría del Actor-Red, cuya propuesta constituye, o al menos inspira, el vocabulario teórico de esta tesis; en particular me referiré a las aportaciones hechas por John Law y Annemarie Mol en lo que el primero ha denominado como el giro performativo de la Teoría del Actor-Red (Law, 2008).
9 Véase la propuesta de máster en antropología digital que el University College of London ofrece desde
Antropología de lo digital
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Antropología de lo digital
El estudio sociocultural de Internet y otras tecnologías digitales por parte de antropólogos y antropólogas se ubica en ese movimiento generalizado hacia el análisis de las sociedades de origen y, en particular, de la tecnología y los fenómenos relacionados con ella. Antropólogos y otros científicos sociales con aproximaciones etnográficas han indagado en toda una variedad de realidades relacionadas con las tecnologías digitales como los hackers (Coleman, 2010), los colectivos del software libre (Kelty, 2008), las culturas online (Hine, 2000; Mayans, 2002a; Contreras, 2003), los mundos virtuales de los juegos masivos de ordenador (Taylor, 2006; Boellstorf, 2008; Nardi, 2010a) y la telefonía móvil (Ito, Okabe y Mautsa, 2005; Horst y Miller, 2006). Y a través de esos análisis ofrecen nuevas miradas sobre tropos fundamentales de la antropología y las ciencias sociales como la modernidad (Slater, 2003), el juego (Taylor, 2006), el liberalismo (Coleman, 2008) o la esfera pública (Kelty, 2008). El análisis de los blogs ha sido acometido desde un enfoque antropológico por autores como Adam Reed (2005, 2008) y Julian Hopkins (2008, 2009).
En lo que resta de capítulo realizaré una revisión de la forma como el estudio sociocultural de Internet se ha abordado desde la década de los noventa, especialmente a través de diversas etnografías o análisis de inspiración etnográfica, y me referiré a algunos de los problemas que ha planteado y las posibles soluciones a ellos. Particularmente discutiré dos conceptos clave que han modelado desde entonces y hasta la actualidad los estudios socioculturales de Internet; me refiero a los conceptos de cultura y comunidad (virtual). Dos pilares fundamentales de la antropología que han sido sometidos a una intensa revisión en las últimas décadas (Kuper, 2004; Amit, 2002; Abu-Lughod, 1991, 1997). El estudio empírico de Internet ha ofrecido nuevos elementos para este debate al proporcionar indicios sobre la construcción de formas singulares de comunidad a través de Internet o la producción de culturas que se articulan de formas novedosas a lo largo del espacio y a lo ancho del tiempo. En la siguiente sección discuto algunas de las etnografías de las tecnologías digitales desarrolladas durante la última década y señalo las contribuciones realizadas a la antropología por estos trabajos. Mi argumento es que una de sus contribuciones fundamentales es desvelar la diversidad que resulta en los fenómenos mediados por las tecnologías digitales. Finalmente, y retomando los problemas que los conceptos de cultura y comunidad plantean en el estudio de Internet, discuto la posibilidad de acometer el estudio de lo digital a través del análisis de las prácticas; las dos últimas secciones las dedico a introducir las que se han denominado teorías de la práctica.
Pero antes de continuar quiero hacer una aclaración con respecto al título de este capítulo: Antropología de lo digital, el cual tiene una doble motivación. En primer lugar pretende eludir las pretensiones de singularización metodológica tan comunes en el estudio de Internet; ¿a qué me refiero? Conceptos como ciber-antropología (Budka y Kremser, 2004) u otros próximos como etnografía virtual (Hine, 2000) o ciberetnografía (Kuntsman, 2004), pretenden singularizar las prácticas epistémicas y la aproximación metodológica de la antropología en el estudio de lo que se califica como “ciber” o “virtual” a costa de reificar lo que por otro lado califican de antropología convencional o tradicional. Es decir, la ciberantropología o en ocasiones la antropología digital, así adjetivadas, se definen como antropologías singulares por sus métodos y prácticas de producción de conocimiento.
Nociones como etnografía virtual o ciberetnografía insisten aún más en este aspecto. Hay una asunción a priori de que el estudio de esos fenómenos implica una transformación de los métodos. Optar por una nomenclatura como “antropología de lo digital” pretende trasladar lo digital desde los métodos al objeto de estudio: eso que he designado como lo digital; una decisión que pretende mantener la naturaleza de los métodos de la antropología y de la etnografía y que persigue preservar las convenciones de la antropología en el estudio de lo digital sin asumir a priori una transformación de ellos. En segundo lugar, al señalar lo digital pretendo poner los estudios de Internet en relación con toda una panoplia de otras tecnologías siguiendo un doble argumento; de un lado las tecnologías digitales aparecen estrechamente vinculadas empíricamente entre sí en mi trabajo de campo, y de otro lado el estudio de algunas de ellas como la telefonía móvil o fenómenos singulares vinculados a Internet pero que lo trascienden, como los hackers o el software libre, contribuyen a configurar una nueva mirada en el estudio de las tecnologías de Internet.