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7.3 Sub-question 1: Construction of circle geometry diagrams with GeoGebra

7.3.1 Analysis of the algebraic view of Task 1 (c)

La importancia histórica de este papa radica en su ampliación del pri- mado de Roma. Contando con poco apoyo en la tradición -si exceptua- mos sus últimos predecesores*-) pero con naturalidad, sistematismo y consecuencia tanto mayores, León cimentó y amplió las pretensiones del poder papal.

Para fundamentar y propagar esas pretensiones se sirvió, ante todo, de la doctrina de Pedro. Ésta le había sido ya predicada a todo Occidente, África incluida, pero León hizo uso y abuso particularmente frecuente de

la misma, elevándola a potestatis plenitudo, a «petrinología», no sin inte- grar en ella elementos de la ideología pagana exaltadora de Roma y del Imperio con su correspondiente «ceremonial de palacio». León habla in- cesantemente de Pedro, colocándolo siempre en el candelero. Después equipara con él a los obispos de Roma y los convierte en «partícipes» del honor de Pedro, más aún, en sus «herederos». Es esta la época en que emerge también el concepto de «vicario» de Pedro. Y mediante los con- ceptos de «vicario», de «heredero», León se identifica también jurídica- mente con Pedro, reivindicando la totalidad de los supuestos plenos po- deres de aquél. Con todas las artes de una osada exégesis equipara tam- bién a Pedro, «la trompeta de los apóstoles» con Jesús, le hace partícipe del poder de Dios para, de este modo, hacer que también el papa partici- pe del mismo. Todo concluye allí en una «inmutable participación». ¡Pues por boca del papa habla Pedro. Quien escucha al papa, escucha a Pedro, escucha a Cristo, escucha a Dios! «Así pues, cuando nuestras amonesta- ciones hallan oído en vuestra santidad, creed en verdad que es Él, de quien ejercemos como vicarios (cuius vice fungimur), quien habla».

Si, según Cipriano, Pedro tenía meramente un primado ínter pares, aho- ra León lo eleva muy por encima de los demás apóstoles. Conjura a cada paso la preeminencia de Pedro, la legitimación de los papas para su man- dato, el papel de Roma como la sede de las sedes, la sedes apostólica, cabeza de la Iglesia. Con ello distorsiona la tradición e intensifica las pretensiones, presentando otras completamente nuevas, para lo cual se valía, incluso, de Valentiniano y de las damas de la casa imperial a quie- nes ordena escribir cartas a Constantinopla con exigencias que van mu- cho más allá de lo hasta entonces establecido en relación con el primado romano. Sólo el obispo de Roma y nadie más es «vicario de Pedro», ex- presión que, salvo que hubiese sido ya usada, en 431, por el legado Filipo en Efeso, fue probablemente León el primero en acuñar. Petrus «en cuyo lugar Nos reinamos»: el primer pluralis majestatis de la historia de los papas. De ese modo, el obispo romano, «no sólo es obispo de esa sede, sino primado de todos los obispos». Todos le deben obediencia, también todos los maiores ecciesiae, los patriarcas. A él se le ha de encomendar «la dirección de toda la Iglesia», como «príncipe de toda la Iglesia», «de todas las Iglesias del orbe entero». Sólo «un anticristo, el diablo» lo ne- garía. Y quien cuestione su «principatum» no podrá «menguar su digni- dad, sino que, engreído por el espíritu de la soberbia, se precipitará él mismo en los infiernos». Bien se echa de ver quén es aquí el engreído, ello pese a que León enfatice a cada paso su bajeza, su indignidad, su ca- lidad de «indignas haeres» (indigno heredero). Pues fue este personaje, ducho en todos los entresijos del derecho romano (autor también de una estrecha vinculación jurídica entre el papa y Pedro gracias a los concep- tos de «participación» y de «herencia» y, por lo tanto de una indivisible

unidad entre teología y derecho, entre Biblia y jurisprudencia), quien acuñó ya previsoramente la célebre, y tristemente célebre a la par, formu- lación -razones para esa triste celebridad las hubo mucho tiempo ha y las siguió habiendo, y con harta frecuencia- de que ni siquiera «los herede- ros indignos» carecen de la dignidad de Pedro» (etiam in indigno haere-

de). De ese modo, comenta el católico Kühner, «todo, incluido el crimen,

podría ser justificación».9

El papa León recalcaba infatigable la (omni-)potencia de los papas y, consecuentemente, la suya propia. Predicaba y escribía insistentemente en esa línea: «Pedro fue elegido en todo el orbe para ser cabeza de todos los apóstoles, de todos los pueblos convocados, de todos los padres de la Iglesia». «Desde todos los puntos del orbe vienen a buscar refugio en la sede de San Pedro.» León lo ensalza como «roca» y fundamento, como «custodio del Reino de los Cielos», como «arbitro de la remisión o re- ducción de los pecados». Cierto que todos los obispos, concede, tienen una «dignidad común», pero en modo alguno el «mismo rango». Algo si- milar ocurría ya con Pedro y los apóstoles, pues «aunque todos fuesen elegidos de una misma, sólo a uno le fue otüigado el destacar por encima de los otros». Y no es ya que León se propase afirmando que «lo que Pe- dro sentencia también queda sentenciado en el cielo», sino que encarece asimismo que él, el papa, goza, en el desempeño de su cargo, «del perpe- tuo favor del todopoderoso y eterno Sumo Sacerdote», que es «semejante a él [!] e igual al Padre».10

Imposible llevar la arrogancia a límites superiores. Pero ya en su pri- mer sermón como papa, el 29 de septiembre de 440 -el primer sermón papal recogido por la tradición- exultó, en actitud nada modesta, con el salmista: «Él me bendijo, pues obró en mí grandes milagros [...I», para exclamar jubiloso poco después, que Dios le había «colmado de hono- res», encumbrándolo hasta «lo más alto»."

¡Tanto mayor era su insistencia al predicar humildad a las ovejitas de la grey! «Pues la plena victoria del Redentor, debelador del mundo y de Satán, tuvo su comienzo y su fin en la humildad» (León conjura a me- nudo y de modo muy gráfico al diablo y al infierno, y con menos fre- cuencia, como era usual, al cielo: éste da menos de sí). Yendo más lejos, León afirma: «Así pues, dilectísimos, la entera [!1 doctrina de la sabiduría cristiana no consiste en palabras ampulosas ni en sutiles disquisiciones; tampoco en el afán de gloria y honor -eso quedaba para él y sus iguales- sino en la humildad auténtica y voluntaria»: ésta iba destinada a los sub- ditos, a los sujetos a vasallaje y explotación. Baste recordar al respecto que el obispo de Roma era, ya en el siglo v, el mayor latifundista de todo el Imperio romano.12