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6.3 Sub-question 1: Identifying and recognizing the perceived figures

6.4.4 Theorem application connections

Todavía el 9 de junio de 451, León rogó al emperador Marciano que aplazase el concilio, pero éste había tomado ya otra decisión. Es así como se llegó al famoso cuarto concilio ecuménico, de secular influen- cia, pero celebrado con cartas tan marcadas como las del anterior «latro- cinio» y, ocasionalmente, al menos, no inferior a él en turbulencias.

Como era usual, lo convocó el emperador, cuyo escrito de invitación del 17 de mayo de 451 a todos los metropolitanos se iniciaba con esta frase: «Los asuntos divinos han de anteponerse a todos los demás». El monarca había fijado también, sin consultar a ningún obispo ni «papa» el tiempo y el lugar (primero Nicea, después Calcedonia, hoy Kadikoy, si- tuada en el Bosforo, frente a Constantinopla), lo cual era entonces algo perfectamente obvio. Como lo era el que también se sometiese a ello, sin objeción alguna, el papa León «Magno», pese a que no deseaba en modo alguno el concilio y más bien había manifestado su disgusto en diversas ocasiones, enfatizando que en tiempos tranquilos hubiese celebrado gus- tosamente un concilio en Italia. Puesto, sin embargo, ante hechos con- sumados, escribió en una epístola de salutación a la asamblea obispal (26 de junio de 451): «Es loable la pía decisión del augusto soberano por

la que se dignó convocamos para aniquilar los lazos mortales tendidos por el demonio y restaurar la paz de la Iglesia, salvaguardando el derechoy el honor del muy bienaventurado apóstol Pedro por medio de la misivacon la que también nos invitaba a Nos a honrar con nuestra presencia el venerable sínodo. Pero ciertamente, ni la premura, ni cierta antigua cos- tumbre lo permitían. Ahora bien, quiera vuestra fraternidad considerarme allí presente, presidiendo (praesidere) vuestro sínodo en la persona de los hermanos enviados por la Santa Sede».139

Los legados de León acudieron realmente en esta ocasión: los obispos Pascasino de Lilybaeum (Marsala, Sicilia), hombre de su especial con- fianza, para quien exigía la presidencia vice apostólica, Lucencio de Asco- li, el sacerdote romano Bonifacio con un escribiente y asimismo Julián de Quíos, experto en Oriente. Con todo, apenas si pudieron leer la salutación papal y ello en una reunión especial... ¡casi al final de las reuniones conci- liares! Y cuando el concilio se reunió el 8 de octubre de 451 en la basílica de Santa Eufemia, la presidencia, en el centro de la nave principal, estaba constituida por los plenipotenciarios del emperador, cónsules, senadores, prefectos; dieciocho, nada menos. Y el mismo emperador intervino perso- | nalmente y de forma determinante, sin abandonar su «divino palacio», en las sesiones del concilio. El 25 de octubre presidió él mismo, junto a la em- peratriz, y aprobó las resoluciones, con lo que éstas obtuvieron su validez. La afirmación hecha por Pío XII en su encíclica Sempitemus Rex Christus, en 1951, a raíz del jubileo por los 1.500 años transcurridos desde el conci- lio, en el sentido de que éste se reunió bajo la presidencia de los legados papales y de que todos los padres conciliares reconocieron esta prerrogati- va de Roma, es tan incierta como el aserto de Pío XI en su encíclica Lux

Verítatis del año 1931 con motivo de la celebración del 1.500 aniversario

del concilio de Éfeso, por no hablar de otras deformaciones tendenciosas y tergiversaciones históricas de la encíclica de Pacelli. Todas ellas, eso sí, al servicio de las pretensiones de un primado de Roma.140

Pero también mienten los teólogos católicos desde la cúspide hasta los rangos más modestos, incluyendo al jesuíta J. Linder quien -con su

imprimatur- escribe así: «Los concilios ecuménicos estaban siempre [!]

presididos por los papas o por sus representantes». Incluyendo también a los apologetas católicos Koch/Siebengartner, quienes, a su vez con im-

primatur, escriben lo siguiente: «Nunca se celebró una asamblea general de la Iglesia sin estar presidida por el papa o por sus delegados». Incluido

asimismo el católico J. P. Kirsch (también con imprimatur): «Los presi- dentes del sínodo eran los legados papales». Incluido, en fin, el Léxico de

la Teología y de la Iglesia: «Un legado papal ejercía la presidencia». Y eso

no debe extrañamos, pues hasta el mismo legado Lucencio afirmaba en Calcedonia contra Dióscoro: «Tuvo la osadía de celebrar un sínodo sin la autoridad de la Santa Sede, algo que no se permitió ni sucedió nunca».

Los católicos son capaces de mentir así a lo largo de dos milenios ante la faz del mundo.141

El papa León I reivindicó ciertamente para sí el derecho a presidir el concilio de 451, ¡pero no lo obtuvo! Requirió del emperador Marciano que Pascasino ejerciese la presidencia en su lugar (vice mea) y también escribió a los obispos de las remotas Galias que sus hermanos «presiden el sínodo en representación mía», ¡pero en realidad sólo pudieron hacerlo un único día! Incluso el franciscano holandés M. Goemans, quien piensa que un lector atento de las actas conciliares «puede hacerse la idea a la vista del descollante papel de los comisionados imperiales, que la autén- tica presidencia del concilio estaba en sus manos» constata por sí mismo a cada paso que son ellos, justamente, quienes «presiden», «presiden» y «presiden» en las sesiones 1.a, 2.a, 4.a, 5.a. En la 6.a (5 de octubre), en la que se confirmó solemnemente el símbolo de la fe de Calcedonia, estu- vieron presentes el emperador y la emperatriz Pulquería. Constata tam- bién que sus comisarios «presiden asimismo las sesiones de la 8.a a la 17.a [...]». Eran ellos efectivamente quienes llevaban las riendas del con- cilio. Y fueron ellos también, y nadie más, quienes lo salvaron en cada una de sus varias fases críticas.142

Sí, el Espíritu Santo habló también, a buen seguro, por boca de los re- presentantes del déspota: y así será siempre, con tal que hable en favor de la Iglesia romana. Y si no es así será el demonio quien hable. (Por qué el Espíritu Santo permite tan siquiera que hable también el demonio, que se hable y se tomen también decisiones en detrimento de la Iglesia romana -eso incluso en concilios reconocidos por Roma, en concilios «ecuméni- cos» como el de Constantinopla (381) y hasta, como hemos de ver aún, en el de Calcedonia-, eso es secreto del Espíritu Santo.)

León I no tenía tampoco el más mínimo interés en que se discutieran cuestiones relativas a la fe. Semejantes debates, auténticas confrontacio- nes cuando se trataban especialmente aspectos dogmáticos, no son nunca del gusto de los papas. No puede existir la menor duda, escribió León en su salutación acerca de los conciliares, acerca «de lo que yo deseo. Por eso, dilectísimos hermanos, reprobamos de forma rotunda y tajante la osadía de suscitar debates acerca de la fe inspirada por Dios. Calle el fa-. tuo descreimiento de los extraviados y prohíbase la defensa de aquello que no es lícito creer [...]». Y en una última misiva con fecha del 20 de julio conjuraba así al emperador Marciano: «¡No haya la más mínima disputa acerca de cualquier reanudación del proceso!».143

Pero la exigencia papal, «¡No haya discusiones en lo relativo a la fe!», fue tan desoída como desatendido su deseo de ejercer la presidencia del concilio. Al contrario, los comisionados imperiales insistieron expre- samente en aquella discusión. No obstante lo cual, el credo redactado por la propia comisión conciliar fue apasionadamente rechazado en la 5.a se-

sión (el 22 de octubre). Los legados papales amenazaron con su retomo y con un concilio en Italia. El emperador presionó sobre los conciliares: o un nuevo símbolo de fe o el traslado del sínodo al país del papa. De in- mediato se dio la preferencia a lo primero. Los obispos cedieron y redac- taron una nueva definición de fe en la que dieron cabida al escrito doctri- nal de León. Pero ello no sucedió en reconocimiento de una autoridad doctrinal, sino porque se tenía la convicción de que su Tomus coincidía con la fe ortodoxa.144

El concilio, un triunfo de la ortodoxia, en el que participaron presun- tamente 600 obispos fue una de las asambleas más pomposas de la anti- gua Iglesia. El cardenal Hergenróther da una cifra de entre «520 y 630» participantes. En las actas conciliares -que no siempre recogen el orden cronológico de las sesiones (praxeis, actiones) y muestran en general dis- crepancias en los recuentos- constan en todo caso tan sólo 430 firmas. En realidad «sólo estaban presentes 350 o 360 padres» (Goemans). La 1.a se- sión, el 8 de octubre, se dedicó a la inculpación de Dióscoro, destronado en la 3.a (31 de octubre) ¡sin que su doctrina fuese, pese a todo, condena- da! Dióscoro se mantuvo prudentemente alejado desde entonces, pero re- plicó por su parte excomulgando al papa. El concilio le privó de su sede obispal y de todas sus dignidades espirituales (el emperador lo desterró más tarde, primero a Cizico, después a Heraclea y, finalmente, a Gangra, en Paflagonia, donde murió después en el exilio). Un único malhechor pa- ra no perder a otros: la táctica ya seguida contra Nestorio. Por lo demás la asamblea reconoció, por miedo a las represalias, una fórmula idéntica a la deseada por el emperador Marciano -a la sazón presidente del sí- nodo y aclamado como «novus David», «novus Paulus», «novus Cons- tantinus», más aún: como «sacerdote» y «maestro de la fe» [!]-, por el papa y por el patriarca de Constantinopla, Anatolio: la doctrina difisita, un Cristo de dos naturalezas, base de toda la teología ortodoxa, de los griegos, de los católicos y de los protestantes.145

Pues así como la profesión de fe de Nicea tomó cuerpo en este conci- lio tan sólo por intervención del emperador Constantino (por ello la de- nominaba sarcásticamente Haller «símbolo constantiniano»), también la fórmula definida en Calcedonia «se aprobó tras intensa intervención po- lítica: sólo un amenazador ultimátum del emperador hizo posible zanjar de forma inequívoca y definitiva la cuestión de la relación entre las natu- ralezas divina y humana en Cristo y plasmarlo todo en forma de una pro- fesión de fe formulada por el concilio» (Kawearau). El mismo León I atribuía al emperador el mérito principal de la victoria del sínodo sobre la nueva «herejía», «pues gracias al santo celo de su clemente majestad fue exterminado el maligno error [...]».146

El déspota siguió, pues, prestando más tarde su decidido apoyo a este símbolo y el nestoriano Elias de Nisibe (975-1049) no andaba muy des-

caminado al escribir en su libro Pruebas de la verdad de la fe: «Pero el emperador habló así: "Ni se han de admitir dos personas, siguiendo a Nestorio, ni una naturaleza, siguiendo a Dióscoro y sus parciales, sino dos naturalezas y una persona". Lo que él ordenó lo mantuvo con violen- cia y matando a espada a los contradictores mientras afirmaba: "¡De los dos males, el menor!" [...]. Los maestros enseñaron [...] que el parecer expuesto por el emperador es reprobable y viciado, apartado de la ver- dad, y se mantuvieron firmes en su antigua y ortodoxa fe; fe inalterable que no dio pie a violencias ni dio lugar a mediaciones, ni a donaciones de obsequios, ni a dispendio de dinero en su favor [...]».147

En cualquier caso, la mayoría de los padres conciliares apenas com- prendían qué era lo que allí se ventilaba teológicamente. Según un do- cumento clerical, la mayoría de los obispos del sínodo de Antioquía (324-325) no eran expertos «ni siquiera en cuestiones relativas a la fe de la Iglesia», hecho que esclarece de modo contundente cuál era el cali- bre espiritual de muchos de ellos. ¡Como lo esclarece asimismo el hecho de que en el de Éfeso muchos obispos no eran capaces ni siquiera de es- cribir su propio nombre y firmaron por mano de otros! ¡Y también en el de Calcedonia participaron 40 obispos analfabetos! Hasta un católico moderno subraya el nivel cultural, chocantemente bajo todavía, del «episcopado romano-oriental» (Haacke). ¿Acaso la del romano-occiden- tal era distinta? ¡Era, reconocidamente, peor aún!148

Por supuesto que la fórmula «Un Cristo en dos naturalezas» tampoco era comprensible para nadie. ¡Una distinción sin separación, una unión sin confusión! Gran misterio, en verdad. Nadie lo ha comprendido aún. Eso se colige de la declaración del benedictino Haacke (que compara a los monofisitas «con los nacionalsocialistas»: «Frente a la «confusión» preconizada por los monofisitas, se subrayó la «coadunación», frente a la distorsión de la «íntima subjetividad», la íntima «interpenetración». ¡Pues lo que justamente se necesitaba era un Señor absolutamente di- vino! ¡Y absolutamente humano! Pero, por encima de todo, ¡una sede obispal!149

La lectura del escrito dogmático de León -Epístola dogmática o To-

mus de León, en Oriente (también «Tomos del malvado León», según la,

historiografía copta), con una fijación antialejandrina en su cristología- se vio acompañada, en la segunda sesión conciliar, el 10 de octubre, por aclamaciones de entusiasmo: «¡Ésta es la fe de los padres! ¡De los após- toles! ¡Así lo creemos todos, así los ortodoxos! ¡Sea anatema, quien no lo crea así! ¡Pedro habló por boca de León! ¡Es lo que enseñaron los após- toles! ¡Pía y verdadera es la doctrina de León! ¡Cirilo enseñó lo mismo! ¡Sea anatema, quien no enseñe tal doctrina!». Los ilustres adalides de la fe no querían ni tomarse tres días de reflexión hasta la próxima sesión: «Ninguno de nosotros está en duda, ya hemos firmado», exclamaron;

triunfo, también, de la autoridad papal, que durante cuatro siglos, hasta el año 869/870 (Constantinopla), no fue ya superada en ningún otro conci- lio «ecuménico».150

La estereotipada expresión «¡Pedro habló por boca de León!» parecía no querer desprenderse ya nunca más de los labios de teólogos y apolo- getas católicos, tanto menos cuanto que ésta se había esfumado de la boca de los obispos orientales. Cada vez que se ponían sobre la mesa «pruebas» históricas de la autoridad doctrinal del papa, aquélla apare- cía también en el menú. Pero, escribe el teólogo e historiador de la Igle- sia Schwaiger, «un atento estudio de las fuentes evidencia que el Concilio de Calcedonia no remite en ninguna parte, a la hora de justificar la acepta- ción del Tomus Leonis, a una supuesta autoridad incondicional del papa en cuestiones doctrinales [...]. Una parte de los obispos aceptó el Tomus, ostensiblemente, tan sólo a causa de la abrumadora presión imperial».151

La «obra maestra» leoniana -que en nuestros días sería bastante más idónea para curar insomnios, incluso los más agudos, que para zanjar la más suave de las dudas en cuestiones de fe- tenía, en amplios pasajes, un tenor del que nos puede dar idea esta muestra: «El nacimiento según la carne es manifestación de la naturaleza humana; el alumbramiento de la Virgen, en cambio, signo de la potencia divina. La niñez del pequeño se manifiesta en la humildad de la cuna; la grandeza del Altísimo se anuncia por boca del ángel [...]. Aquel a quien tienta como hombre la as- tucia del diablo es el mismo a quien los ángeles sirven como a Dios. Pa- sar hambre, sed, fatigarse y dormir es, a todas luces, propio de humanos, pero dar de comer a 5.000 con cinco panes, dispensar a la samaritana agua de vida tal que quien bebe de ella nunca más padece la sed, caminar sobre las aguas del mar sin que se hunda su pie, calmar las hinchadas olas conjurando la tormenta, todo ello es inequívocamente propio de Dios. Como tampoco pertenece a la misma naturaleza -y paso por alto otras muchas cosas- el llorar con amor compungido al amigo muerto y el desper- tarlo de nuevo a la vida, tras yacer cuatro días bajo la losa de la tumba, con una sola orden de su voz. O bien el colgar de la cruz y el transformar el día en noche o hacer temblar a los elementos. O bien el ser traspasado por los clavos y el abrir las puertas del paraíso al ladrón creyente. Como tampoco corresponde a la misma naturaleza el poder decir: "Yo soy uno con el Padre" y "El Padre es mayor que yo"».152

Bien rugido. León, no sería aquí, precisamente, la expresión más ade- cuada.

No es de extrañar que historiadores del dogma críticos como Hartnack o Seeberg juzguen muy desdeñosamente el Tomus de León. Ya es asom- broso que E. Gaspar le atribuya «vigor convincente», una «eficacia con- vincente entre amplísimos círculos». ¡Y tanto! Pues ¡qué cosas, por amor

Quizá no haya nada que pueda glosar mejor esta tentativa papal, esa desangelada exaltación espiritual que trata de explicar lo que es per se inexplicable, de dar plausible concreción a algo vanamente quimérico, que el consejo dado por san Jerónimo a Nepociano previniéndolo contra declamadores y pertinaces vanilocuentes: «Dejemos a los ignorantes lan- zar palabras vacías de sentido y a traer hacia sí la admiración del pueblo inexperto con su verborrea. La petulancia de explicar lo que uno mismo no entiende no es, por desgracia, nada infrecuente. Uno acaba por consi- derarse a sí mismo una lumbrera cuando ha hecho tragar infundios a los demás. No hay nada más fácil que embaucar al pueblo simple o a una asamblea ingenua, pues cuanto menor es su conocimiento de causa, tanto más aumenta su admiración».154

Culturalmente, la mayoría de la espléndida asamblea conciliar era, en verdad, una «asamblea ingenua»: eso incluso aunque no se hubiese dado el caso de que uno de cada diez entre aquellos reverendísimos señores no sabía leer ni escribir. En desquite de ello su pico funcionaba tanto mejor. Pues no todo fue cavilar sobre problemas teológicos, respecto a lo cual distintos motivos daban pie para callarse. También se ventilaron escánda- los como el de las querellas entre los obispos Basanio y Esteban de Éfe- so. Se produjeron auténticos tumultos y los padres, animados por el Espíri- tu Santo, dieron lugar a escenas tales que también el católico G. Schwaiger halla no pocos paralelismos entre el famoso cuarto concilio ecuménico y el «Latrocinio de Éfeso». R. Seeberg, que constata una «impresión de lo más desagradable», acentúa incluso «que su desarrollo no fue menos tu- multuoso que el del "Latrocinio"». Caspar halla palabras casi idénticas. Las actas de la sesión ponen de manifiesto que los sinodales se habrían empantanado en su propio alboroto y se habrían visto abocados a un pron- to fracaso si el Estado no los hubiese constreñido a seguir un procedi- miento como de protocolo notarial.155

Los comisionados imperiales reprendieron el griterío «plebeyo» de los obispos. Éstos replicaron chillando: «Gritamos en aras de la piedad; de la ortodoxia».

Y mientras que Dióscoro -su situación estaba tan perdida de antemano como la de Nestorio el año 431 en Éfeso- siguió siempre fiel a sí mismo y mantuvo lo que había defendido, los obispos que lo habían ovacionado dos años antes le volvieron ahora la espalda casi como un solo hombre. Ya en la primera sesión, por la tarde y a la luz de las velas, su deposición era cosa decidida. Lo abandonaron sin la menor consideración: «¡Fuera el asesino Dióscoro!» se oyó exclamar. Ahora y en la tercera sesión, el 13 de octubre, cuando lo destronaron in absentia se oyeron cosas como: «hereje», origenista, blasfemo contra la Trinidad, libertino, profanador de reliquias, ladrón, incendiario, asesino, reo de lesa majestad, etc.156

La aparición de Barsumas, nestoriano declarado, suscitó la misma tor-s

menta de indignación: «¡Fuera el asesino!». El obispo de Cizico gritó: