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6.3 Sub-question 1: Identifying and recognizing the perceived figures

6.4.3 Implications connections

El sínodo imperial de Éfeso, convocado por el emperador para el 1 de agosto no se constituyó hasta el 8 de este mismo mes de 449, contando con unos ciento treinta obispos. Las sesiones se celebraron nuevamente en la iglesia de María, lugar del triunfo cirílico. Ateniéndose a la orden imperial, ejercía la presidencia el alejandrino Dióscoro, quien, según la acrisolada práctica, acudió con 20 obispos-vasallos. El papa León había mantenido inicialmente buenas relaciones con él y le había expresado su respeto y afecto juntamente con la esperanza de que continuase el buen y próspero acuerdo entre Roma y Alejandría: «Deseamos -le escribió el 21 de julio de 445- poner cimientos más firmes a tus inicios para que no falte nada a tu perfección, pues, como hemos podido comprobar, te acom- paña el mérito de la gracia espiritual». Sin embargo, cuando la gracia es- piritual se fue al diablo, lo calificó, sarcástico, de «nuevo faraón», como habían llamado a Cirilo. La naturaleza única de Cristo, la rehabilitación de Eutiques -en revancha por su condena el año anterior-, la deposi- ción de Flaviano y la puesta fuera de juego de todos los «nestorianos», era ya cosa decidida. Dos comisionados imperiales, el comes del sagrado consistorio, Elpidio, y el tribuno Eulogio, que se presentaron con un rígi- do itinerario del curso previsto para el concilio y fuerte despliegue mili- tar, lo controlaban todo. A Teodoreto de Ciro, la potencia teológica más brillante de los adversarios, le había sido absolutamente vetada la partici- pación. Y los padres conciliares del sínodo diocesano del año anterior, juntamente con otros muchos obispos de toda especie, hasta un total de 42, no obtuvieron derecho al voto. Dióscoro mismo se presentó con sus monjes y también con su guardia personal armada y camuflada como grupo de «enfermeros» (parabolanen) «dispuestos a cualquier violencia» (Caspar). Precavidamente había traído consigo al archimandrita sirio Bar- sumas (Bar Sauma), un conocido antinestoriano a quien un escrito impe- rial acreditó, en premio a su virtud y su ortodoxia, como representante de

los abades orientales en el concilio. Barsumas, que sin ser obispo y con- tra toda tradición, obtuvo asiento y voto en el concilio, era amigo de Eu- tiques. Ambos iban acompañados de un considerable tropel -en el caso de Barsumas eran, al parecer, mil- de robustos monjes armados de po- rras. En todo caso, aquellas hordas de monjes mostraron ser sumamente útiles en las distintas fases del concilio.127

Mucho menos útiles resultaron, sin duda, los tres legados de León I (desconocedores del griego y supeditados al traductor, el obispo Floren- cio de Sardes), el obispo Julio de Puteoli, el diácono Hilario, más tarde papa, y el secretario Dulcicio. El cuarto legado, el más importante al pa- recer, era el sacerdote Renato, que murió en Délos durante el viaje. Los enviados de León habían traído cartas para diversos proceres de Constan- tinopla, entre ellas una para el emperador, a quien intentaba disuadir de la celebración del concilio. La correspondencia de León incluía, por último, la Epístola dogmática ad Flavianum, el llamado Tomus Leonis, una de- claración dogmática del pontífice, que, en acres palabras, propugnaba la distinción perdurable de naturalezas en el Verbo encarnado: «unidad de la persona» y «dualidad de las naturalezas»: con ello, el papa entraba en contradicción con el Doctor de la Iglesia Cirilo, que había hablado a me- nudo de «dos naturalezas», antes de la unión y de «una naturaleza», tras ella e incluso, y de forma expresa, «de una naturaleza del logos encama- do» (mía physis tou logou sesarkomene), doctrina que había sido conde- nada como herética por el obispo de Roma, Dámaso (en 377 y en 382) y también por el Concilio de Constantinopla (en 381).128

El Tomus Leonis -en el que el «hereje» Nestorio, que lo estudió en su exilio, veía confirmada su propia doctrina- fue, por cierto, depositado, según cuenta una leyenda posterior, sobre la tumba de san Pedro y con- cluido allí de forma milagrosa. Sin embargo, en el concilio que condenó la doctrina de las dos naturalezas de Cristo «después de la encarnación», ni siquiera fue leído. En el mismo comienzo, Dióscoro atajó rotundamen- te una iniciativa de los legados papales en ese sentido y Juvenal le apoyó. Se amenazó con el destierro a todo el que «hablase de dos naturalezas después de la encamación de Cristo». Se reputaba la doctrina nestoriana como algo peor que si procediese del demonio. Los ánimos se inclinaron totalmente a favor de Dióscoro y de Alejandría. «¡Viva para siempre Ci- rilo! ¡Prevalezca Alejandría, la ciudad de la ortodoxia!», gritaban los pa- dres conciliares. Y también: «Todo el orbe ha reconocido tu fe, oh Cirilo, hombre sin par en el mundo».129

La gente de León hizo un papel nada airoso. Después de su primera intervención, que no obtuvo precisamente una acogida muy amistosa, ni siquiera pudieron tomar la palabra durante bastante tiempo. Cuando, en seguimiento de Juvenal, cuatro quintas partes de los conciliares -113 de unos 140 participantes- certificaron, según lo previsto en el programa, la

ortodoxia de Eutiques, el obispo Julio de Puteoli se abstuvo. ¡Una serie de malentendidos hizo que los mismos legados pontificios apoyasen tam- bién el voto contra Flaviano! Sólo cuando tras su condena (y la de Euse- bio de Dorilea, litigante obstinado y antiguo abogado en Alejandría, cuyas intervenciones eran interrumpidas con gritos de energúmeno) Flaviano hizo valer su protesta en alta voz cuestionando la competencia de Diós- coro, se atrevió el delegado Hilario a lanzar un breve veto lanzando en el justo momento un contradicitur a la asamblea: punto culminante en la in- tervención de los delegados papales.

No obstante, las disposiciones del Espíritu Santo, adoptaron formas bien chocantes. Se produjeron un estruendo y un barullo enormes. A una seña de Dióscoro dirigida a los prepotentes militares se abrieron las puertas por las que irrumpieron soldados con la espada desenvainada, su guardia personal, los parabolanos alejandrinos, monjes enfurecidos y la vocin- glera multitud. Las paredes de la iglesia de María retumbaron a los gritos de: «¡Quien hable de dos naturalezas, sea anatema!», «¡Afuera Eusebio!, ¡Quemadlo!, ¡Quemadlo vivo!, ¡Hay que cortarlo a trozos!». A trozos, porque él «escindía a Cristo». Es digno de hacer notar al respecto que en relación con las «exclamaciones» y «aclamaciones» de los conciliares de la Iglesia antigua «se pretendía advertir un influjo tanto más operante del Espíritu Santo cuanto más unánimes y ruidosos eran los gritos. El abad Barsumas amenazaba a Flaviano, que quería huir hacia el altar, gritando: «¡Matadlo a golpes!». El arzobispo de Constantinopla -quien posterior- mente pudo todavía (gracias a un correo secreto a través del legado Hi- lario) apelar a la «sede del Príncipe de los Apóstoles»: «La necesidad impone que yo informe debidamente a Su Santidad (sancütatem vestram)», comienza su escrito pidiéndole pronta ayuda en pro de «la amenazada fe de los padres»-, este príncipe de la Iglesia constantinopolitana, insisti- mos, intentó por lo pronto buscar su seguridad refugiándose en el altar, siendo alcanzado, al parecer, por el arzobispo Dióscoro que lo derribó y lo trató a patadas, provocando de inmediato que otros conciliares, parti- cularmente monjes, se le uniesen espontáneamente. El maltrecho Flavia- no -las circunstancias y fecha de su muerte son controvertidas- sucum- bió, tal vez, a sus heridas pocos días después, camino de su destierro en Hipaipa (Lidia). (Eso en caso de que hubiera sido herido, lo que se ha cuestionado por parte católica, y no fuese eliminado por Santa Pulquería -algo que Chadwick trata de probar- a quien beneficiaba su muerte.) En el concilio siguiente, en Calcedonia, se dijo también que Dióscoro asesi- nó a Flaviano o bien que lo estranguló Barsumas. Como quiera que sea: los padres conciliares proclamaron ahora (en Calcedonia) a Flaviano como santo y mártir, siendo así que él mismo fue, tal vez, víctima de una santa (su festividad es el 18 de febrero). Y auno domini 1984 F. van der Meer nos alecciona así en su introducción a La Iglesia Antigua: «El panorama

de la antigua Iglesia resulta tan encantador para el cristiano de hoy por- que éste halla en él una Iglesia indivisa: se expresa, cierto, en dos len- guas, pero es una Iglesia única, segura de sí misma, impávida y, por ello mismo, convincente».

El legado papal, por su parte, el diácono Hilario, se despidió un tanto precipitadamente abandonando todo su equipaje (ómnibus suis), fun- dando más tarde en Roma, en signo de acción de gracias por su mila- grosa salvación, una capilla bajo la advocación del apóstol Juan, patrono de Efeso, capilla que todavía se puede contemplar hoy en el laterano:

«Liberatori suo beato Johanni evangelistae Hilarus episcopus famulus Christi».'30

También Eusebio de Dorilea -depuesto y convicto de hereje- se esca- bulló y envió sus súplicas a León: «La única ayuda que le queda aparte del Señor».131

Y el obispo Teodoreto, que también perdió su sede en Éfeso, hizo lle- gar a Roma tres cartas de tono sumamente adulador: una epístola de un servilismo rastrero para el propio papa, otra para el archidiácono Hilario, sucesor de León, y otra dirigida al mismo presbítero Renato, ya fallecido, a quien rogaba: «Persuade al más santo de los arzobispos (el romano) para que haga uso de su poder apostólico», encomiando al respecto a aquella santísima sede, «sobre todo», por «haber quedado (siempre) al abrigo de todo hedor herético».132

El sínodo imperial de Éfeso constituía un tremendo triunfo de los mo- nofisitas y de Dióscoro, quien llevó las riendas del concilio con más fir- meza aún que su predecesor, san Cirilo, con ocasión del otro Concilio de Éfeso, apenas dos decenios antes. Al contrario que Cirilo, Dióscoro no necesitaba ya el apoyo del obispo de Roma, a quien mantenía a raya, convirtiéndose ahora -con la ayuda del emperador, que confirmó las re- soluciones sinodales- en «señor efectivo de la Iglesia» (Aland). Ciento trece de los «padres» presentes habían declarado a Eutiques ortodoxo y lo habían rehabilitado, deponiendo en cambio a Flaviano. Con ello elimi- naron de un manotazo la «Unión» del año 433. El papa León, desde lue- go, anatematizó a Dióscoro; tildó su proceder no de «juicio», sino de «vesania»; el concilio de «nonjudicium sed latrocinium», de «sínodo ban- didesco», de asamblea en la que «so capa de la religión ventiló intereses privados» (privatae causae), afirmación que valdría asimismo para toda la historia de la Iglesia e incluso para cada creyente particular. Por lo de- más, no sólo el patriarca de Constantinopla, también el de Antioquía, Domnos II (442-449), juntamente con Eusebio y el obispo Ibas de Edesa (rehabilitado, por cierto, en Calcedonia y vuelto a condenar cien años más tarde en la «Cuestión de los Tres Capítulos» el año 553), en una palabra, todos los prelados antioquenos prominentes fueron depuestos, condena- dos y subsiguientemente desterrados. Las sedes de las Iglesias orientales

más ilustres fueron ocupadas por partidarios de Dióscoro, quien también excomulgó al papa León I, si bien con el único apoyo de diez obispos egipcios. En suma, una victoria que apenas tenía par en la historia ante- rior de Alejandría.133

El papa dirigió a la sazón un escrito, con el correo del 13 de octubre de 449, a su «clemente majestad», al «más cristiano y venerable de los emperadores», a Teodosio, afirmando por lo pronto audazmente que todo habría tenido un desenlace muy distinto si se hubiesen seguido sus direc- tivas. Si no se hubiese estorbado la lectura de su carta al «santo sínodo» (que también le merecía el calificativo de «latrocinio»), la exposición de su «fe incontaminada que agradecemos a la inspiración del cielo y que mantenemos con firme fidelidad, hubiese cesado el estruendo y la igno- rancia teológica -¡como si esa ignorancia no fuese el alfa y el omega de la teología!- se habría disipado. Las envidias clericales -algo que sigue floreciendo en nuestros días- no hubiesen hallado ningún subterfugio para su obra maligna». Es más, el papa censuraba que «al pronunciarse el ve- redicto no estaban presentes todos los conciliares». ¡Como ya pasó en Éfeso en 431! «Se nos ha informado de que a algunos se les denegó sin más la participación, de que otros fueron introducidos de matute, quienes con docilidad de esclavo -¡ni siquiera tenían por qué haber sido obis- pos!- y cediendo a la arbitrariedad, prestaron su mano a una firma impía, pues sabían exactamente que perderían su puesto si no se plegaban a sus órdenes (las de Dióscoro).» ¡Como si las cosas fuesen distintas cuando los concilios siguen directrices católicas!134

El papa León exigía, pues, «la revocación de ese siniestro seudovere- dicto, que supera cualquier sacrilegio». El diablo jugaba de tal modo con cierta gente insensata «que les aconsejaba veneno cuando buscaban una medicina». ¡Ay!, el corazón de León se encogía al decirlo. Rogaba a su majestad convocar un concilio en «tierra italiana» para solventar todas las cuestiones controvertidas y restablecer el amor fraterno. El romano per- mitía generosamente que participasen también los obispos orientales. Que- ría, incluso, reconducir «a la salud con curativa medicina» a los que se hubiesen desviado del recto camino de la fe verdadera. «Incluso si algu- no hubiese incurrido en pertinaz transgresión, no debería perder los vín- culos que lo unen a la Iglesia si mudaba sanamente de parecer.» En caso contrario, desde luego, tendría que tragarse el tósigo católico perdiendo asimismo su puesto. Por lo que respecta a corrupción y afán de poder, ambos bandos andaban igualados.135

Con todo, por mucho que el papa condenase las resoluciones concilia- res considerándolas como auténticos crímenes y sintiéndose mortalmente ofendido por ellas, no se atrevía a impugnar, ni menos aún a derogar el veredicto de Éfeso, ni mediante declaración pública personal, ni tampoco mediante un sínodo. Con ello hubiese entrado en contradicción con el de-

recho imperial relativo a la Iglesia: el «primado jurisdiccional» sobre la totalidad de la Iglesia, acá o allá. Y cuando más tarde, él mismo envió a la Galia una parte de las actas del Concilio de Calcedonia con el exemplar

sententiae, el texto exacto de la sentencia emitida contra Dióscoro, no

tuvo reparo alguno en suprimir de entre las razones que fundamentaban aquella sentencia la del anatema que Dióscoro lanzó contra él mismo: no convenía que los obispos occidentales llegasen siquiera a tener conoci- miento de aquella tremenda posibilidad.136

Cierto es que León apeló urgentemente al emperador escribiendo una y otra vez: «Os conjuro», «¡No carguéis con el lastre de un pecado come- tido por otros!», «Desechad toda culpa de vuestra pía conciencia». Le ro- gaba invocando «la divinidad una y trina [...], por los santos ángeles del cielo». Le imploraba con todos sus obispos, con todas las iglesias de «esta mitad de nuestro imperio». Invocaba «entre lágrimas a la clemente majestad». La exaltaba como «el más cristiano de los emperadores ante quien todos doblaban humildemente su rodilla». Pero también escribió al santo Flaviano (difunto ya entretanto), al clero y a los monjes de Cons- tantinopla, a los ciudadanos de la capital, a obispos de Oriente, de Italia y de las Galias. A todos los exhortaba a la defensa del catolicismo. Pero, sobre todo, se escudaba en Pulquería, la hermana mayor del emperador, mojigata y sedienta de poder, que había educado a su hermano tanto más cristianamente cuanto que ella misma había hecho voto de castidad, in- duciendo a sus hermanas a hacer otro tanto. Como quiera que ella «había apoyado siempre los esfuerzos de la Iglesia», el papa la requería para que interviniese ante Teodosio en virtud «de la alegación que el mismo após- tol Pedro le había expresamente encomendado». También el diácono Hi- lario, que tan milagrosamente escapó de Éfeso, adjuntó un escrito a Pul- quería. La (falsa) monja pasaba, por lo visto, en Roma por ser la figura clave en la casa imperial de Constantinopla.

El déspota mismo, no obstante, se puso decididamente de parte de Dióscoro. No se ablandó ni siquiera cuando León I intentó mover el áni- mo de su «clemente majestad» en la Roma oriental para que derogase el veredicto del sínodo imperial de Éfeso, pese a que ahora trataba de lo- grarlo a través de cuatro cartas -impetradas por León en la fiesta de la «Cathedra Petri», el 22 de febrero en la iglesia de San Pedro-: una del emperador Valentiniano, otra de su madre Gala Placidia, otra de su mujer Licinia Eudoxia, hija de Teodosio II, y otra de la hermana de Valentinia- no, y a las cuales, como decían las altas señoras «mezclaban lágrimas a sus palabras» y «apenas si podían hablar de tanta pena». Las epístolas de

la corte -León lo había tramado todo hábilmente- rezumaban por cierto

devoción ante la sede romana, que «superaba a todas en dignidad», y eran más papistas que el papa. Pero Teodosio no admitía intromisión algu- na del «patriarca León» en los asuntos de Oriente, calificando al sínodo

de «juicio divino» y a sus resultados de «verdad pura». Flaviano, «culpa- ble de nocivas innovaciones», recibió el castigo que merecía. «Desde su alejamiento imperan en la Iglesia la paz y la unanimidad total [...].» Su- cesor del «bienaventurado Flaviano», que no pudo ya recibir la carta de consuelo de León fue Anatolio, hechura de Dióscoro y presbítero suyo, apocrisiario alejandrino en la corte. Anatolio, a su vez, entronizó de nuevo a Máximo, miembro de la misma facción, en Antioquía.137

Pero precisamente en el momento en que Dióscoro de Alejandría se disponía a regir sobre la totalidad de la Iglesia oriental, cayó desde toda la altura de sus triunfos. Una simple y desdichada casualidad condujo a una alteración total de la política imperial y eclesiástica.

El 28 de julio del año 450, el emperador Teodosio, obstinado oponen- te del papa y valedor de los monofisitas hasta el fin de su vida, sucumbió a una caída de caballo en una cacería cuando sólo tenía 49 años. Murió sin dejar varón. Santa Pulquería, su hermana, tan dada a beaterías y otro- ra apartada por Crisafio de la escena política, tomó las riendas del Estado y, sin más rodeos, hizo decapitar al omnímodo eunuco con quien hacía causa común el patriarca de Constantinopla -ésa fue la primera acción del nuevo gobierno-, arrancando a Eutiques de su monasterio y enclaus- trándolo a la fuerza en Constantinopla. El papa León vio como de súbito «aumentaba considerablemente la libertad de los católicos en virtud de la gracia de Dios».

Y, efectivamente, bajo el general Marciano (450-457), encumbrado hasta el poder por el hombre fuerte de Oriente, el jefe del ejército Aspar, con quien (Marciano) se casó en agosto de aquel año Pulquería -que era aún virgen a sus 51 años y lo seguiría siendo en el futuro- y a quien haría regente adjunto, los vientos soplaron en dirección completamente opues- ta. El advenedizo que, según escribe Próspero, era «hombre estrecha- mente vinculado a la Iglesia» y adversario declarado de los monofisitas, por lo demás, apenas otra cosa que un dócil instrumento en manos de la emperatriz, ofreció insistentemente un concilio al papa que «sirva a la paz de la religión cristiana y a la fe católica». Pero León, sabiendo ahora que el déspota estaba de su parte, no necesitaba ya de concilio alguno. Dios le había escogido para la «defensa de la fe», escribió a Marciano, conjurándo- le, con todo, a no dar lugar a que esta fe se sometiera siquiera a la discu-