7.3 Sub-question 1: Construction of circle geometry diagrams with GeoGebra
7.3.3 Analysis of construction protocols
En los albores del siglo v, Heros se hizo cargo de la sede de Arles, la
«gallula Roma» («Roma gala»), que era entonces una de las ciudades
más florecientes de Occidente. Heros, discípulo de Martín de Tours, había obtenido su dignidad obispal mediante la amenaza y la violencia (según testimonio de Zósimo) y sólo pudo consolidar su sede con ayuda del usur- pador Constantino III, quien residió en Arles desde el año 409 al 411. Es por ello perfectamente creíble que Heros, como escribe el historiador So- zomeno, diese cobijo en su iglesia al cercado usurpador del trono y lo consagrase, incluso, como obispo sin que ello impidiera, no obstante, su ejecución. Poco después de ello, y a consecuencia de sus manejos políti- cos y de otro tipo, Heros se vio pronto padeciendo exilio en Palestina, juntamente con el obispo Lázaro de Aix, sobre el que pesaban grandes
acusaciones. Aquí acosaron a Pelagio, a quien llegaron a acusar formal- mente con un amplio escrito.16
Un sucesor de Heros, el influyente Patroclo de Arles (412-426), «un
personnage asser suspect» (Duchesne), asesinado posteriormente, consi-
guió la elevación al solio pontificio de Zósimo. Ello gracias al respaldo que le dispensaba el gobierno de su amigo Flavio Constancio, a quien de- bía propiamente su sede obispal. Y casi de inmediato, Zósimo honró al obispo Patroclo con una serie de «sorprendentes privilegios» (el católico Baus). Ya su primer decreto del 22 de marzo de 417 -¡cuatro días des- pués de su elevación a Papa!- estableció en favor de aquél «un amplio poder metropolitano». Es más, aparte de ello, le otorgó el derecho de su- pervisión «sobre toda la Iglesia gálica» (el católico Langgártner). Con todo ello no hacía probablemente otra cosa que pagar con la mayor ce- leridad la factura que Patroclo le presentó por su ayuda en la elección papal.17
El obispo de Arles había fomentado esa tendencia atribuyendo trapa- ceramente un origen petrino a su sede. La ironía de la historia hizo que fuese la misma Roma, concretamente a través de Inocencio I, quien pro- paló la historia de que todas las iglesias del mundo habían sido fundadas por Pedro o sus discípulos. Aquello compaginaba muy bien con su inte- rés por el primado, pero condujo después al conflicto entre el papa y otros clerizontes sedientos de poder. En esa línea, Patroclo de Arles se in- ventó un discípulo de Pedro, san Trófimo de Arles, y este personaje, que ni siquiera existió, fue, no obstante, exaltado a misionero de las Galias y fundador de la iglesia de Arles. Con ello y con la anuencia del papa Zósi- mo, Patroclo se elevó también a metropolitano. Los obispos de Marsella, Narbona y Vienne protestaron en el acto y negaron su obediencia a Roma, pese a algunas citaciones y acres reprimendas. Próculo de Marsella fue depuesto y pocos decenios después ello condujo a una grave desavenien- cia entre el papa León y un sucesor de Patroclo, san Hilario de Arles, a quien aquél privó de los derechos de metropolitano, derechos que ya ha- bían restringido sus antecesores.18
El arzobispo Hilario de Arles (429-449), un santo auténtico de la Igle- sia católica (festividad el 5 de mayo) descendía de círculos políticos diri- gentes de vieja raigambre. Al principio fue monje del monasterio insular de Lerinum (Lérins) y fue investido de los honores episcopales -pese a la mucha resistencia que él mismo opuso, si hemos de creer a su biógrafo- gracias a un pariente, su antecesor el obispo Honorato. Nos dice también el biógrafo que san Hilario hacía todos sus viajes descalzo, incluso en in- vierno, cubierto de un hábito miserable sobre una áspera camisa peniten- cial a efectos de mortificación; que rescataba prisioneros, fundaba mo- nasterios y construía iglesias; que los días de ayuno predicaba a menudo hasta tres horas seguidas y que lloraba amargamente cuando una des-
gracia afectaba a uno de los suyos. Por otra parte, san Hilario, al decir de san León, irrumpía tumultuosamente y por la fuerza de las armas en aque- llas ciudades cuyo obispo había muerto para imponerles un sucesor de entre sus parciales. Incluso cuando el obispo Proyecto yacía aquejado de grave enfermedad apareció el santo, quien consagró a Importuno a la cabeza de la diócesis. «En su arrogancia -decía el papa, sarcástico-, creía que la muerte del hermano no acudía al paso debido.» Contra lo espera- do, Proyecto mejoró y los habitantes de la ciudad elevaron sus quejas contra Hilario: «Apenas tomaron noticia de su llegada y ya había desapa- recido de nuevo». También por lo que respecta a las excomuniones era el metropolitano harto expeditivo. De ahí que León, el santo, se enfureciese contra Hilario, el santo, quien «busca su fama más en una ridicula celeri- dad que en una mesurada actitud sacerdotal». Aquí se enfrentaban santo contra santo, algo que no era tan infrecuente y que sucedió incluso entre los doctores de la Iglesia. Y como suele pasar en círculos no santos, tam- bién entre los santos es el que está más arriba quien descabalga al que estarnas abajo.19
El romano tenía miedo de su resoluto y elocuente colega, de la forma- ción de un patriarcado en Arles, incluso temía se constituyese una Iglesia de las Galias independiente, temor tanto mayor cuanto que también la aristocracia gala, emparentada con Hilario, secundaba a éste y se opo- nía a la nobleza italiana. De ahí que León, al estallar el conflicto entre, por una parte, Hilario y, por la otra, Proyecto y el obispo Celedonio -este último depuesto por aquél por estar, según parece, casado con una viuda- procedió a lanzar un ataque frontal. «Ansia someteros a su dominio (sub-
dere) -escribía León a los obispos de la provincia de Vienne- y no quie-
re, por su parte, soportar el someterse a san Pedro (subiectum esse)» y «Vulnera con palabras de suma arrogancia la reverencia que debemos a san Pedro [...]». El santo León reprocha al santo Hilario su «ambición de nuevas pretensiones insolentes». Asevera que «es siervo de su concupis- cencia», que «no se considera sujeto a ninguna ley ni limitado por ningu- na prescripción de orden divino» que «perpetra lo que es ilícito» y «des- considera lo que debiera observar [...]». Cuando el arlesiano intentó, el año 445, solventar la cuestión hablando buenamente con el papa tras cru- zar a pie los Alpes en lo más crudo del invierno -«entró impávido en Roma, sin caballo, sin silla y sin abrigo» (Vita Hilarü)- León, por su par- te, lo puso bajo custodia y lo llevó ante un concilio. Hilario, sin embar- go, lanzó contra la asamblea improperios de tal violencia que «a ningún seglar le es permitido pronunciar ni a ningún obispo oír» (quae nullus
laicorum dicere, nullus sacerdotum posset audire) y emprendió viaje de
regreso.
El romano dejó tan sólo el derecho de regir su propia diócesis -dere- cho del que ya se había hecho propiamente indigno- a quien se había
sustraído al veredicto «mediante una huida vergonzosa» y «aspira a la autoridad de forma malévola».
Cabe resaltar, con todo, que León no depuso al popular Hilario (como afirmó posteriormente una falsificación hecha en Vienne). Sin embargo, siguiendo sus hábitos, se aseguró el apoyo del poder estatal para dar fuer- za a sus medidas. Informado «por el fidedigno informe del venerable obispo romano León» acerca del «abominabilis tumultus» en las iglesias gálicas, el emperador Valentiniano III mandó el 8 de julio de 445 que «para todo el tiempo futuro» y bajo multa de 10 libras de oro, se prestase obediencia a sus propias órdenes y a la autoridad de la Sede Apostólica. A los gobernadores de provincia les ordenaba que llevasen por la fuerza ante el tribunal del obispo romano a aquellos obispos que se resistiesen «como salvaguarda de todos los derechos que nuestros mayores otorga- ron a la Iglesia romana».20
León acentuó especialmente el deber protector del soberano, que para él finge a menudo como «cusios fidei», considerándolo en verdad caracte- rística esencial de la potestad imperial. El monarca ha obtenido su poder de manos de Dios y en consecuencia se debe no sólo al gobierno del mun- do, «sino ante todo (máxime) a la protección de la Iglesia»: ¡ésa será siem-
pre, para cualquier papa, la misión más importante, con mucho, del poder
estatal! Y ello conlleva perpetuamente, con tal que sea mínimamente po- sible, el exterminio o, en todo caso, la opresión de los disidentes.21
León tenía ahora a los obispos de la Galia sujetos a su poder, pero desde luego sólo a los del sur, el territorio donde el emperador seguía, de momento, ejerciendo su soberanía gracias a Aecio. Pero también allí se aproximaba la catástrofe.
Por lo que respecta a Hilario, en la travesía invernal de los Alpes, de retorno a su sede, contrajo una enfermedad a la que sucumbió en 449. Lo lloró, parece, todo Arles y la población se mostró tan ansiosa de tocar su santo cuerpo que el cadáver corrió peligro de ser despedazado. León tuvo ahora palabras de recuerdo para el santo «sanctae memoriae».