6.3 Sub-question 1: Identifying and recognizing the perceived figures
6.4.1 Visual connections
La actividad de Shenute no se agotaba, desde luego, en los azotes, por intensiva y extensiva que fuese en ese campo. Su terror está, más bien, estrechamente vinculado al ocaso del paganismo en Egipto, ocaso que aquí -donde ya Clemente de Alejandría reputaba a los hombres como «peor que monos», a causa de su idolatría- fue, desde finales del siglo iv, más violento que en otras partes.105
Las incursiones exterminadoras se efectuaron, no obstante, casi siem- pre bajo la dirección de obispos y abades que no veían otra cosa, incluso
en los templos más espléndidos, que focos de infección, baluartes de Sa- tán. Y como arrasadores de la peor especie obraban aquellos «puercos de sayal negro», como decían los griegos, que tenían aspecto de hombres, pero vivían como cerdos. Ascetas con instintos reprimidos, tendían a la agresividad, a la destrucción. Parecían expresamente creados para la ac- ción arrasadora, tanto más cuanto que sus filas estaban repletas de excén- tricos de existencias tragicómicas. Ya el origen social de algunos de los más famosos de entre ellos resulta casi típico. Shenute fue pastor; Maca- rio, contrabandista; Moisés, salteador de caminos; Antonio, escolar fra- casado. Sus discípulos y correligionarios habían elegido la «contracultu- ra» y el hecho de que «se oponían al diablo como auténticos "boxeadores profesionales"» (Brown)106 era uno de los factores que más contribuyó a su prestigio en el mundo cristiano.
Recorrían el país en hordas exaltadas, gustosamente recubiertos de pie- les de animales, asolando y quemando los templos, arrasando hasta las obras de arte más grandiosas, bastando para ello que pareciesen represen- tar a dioses. Toda vez que los funcionarios estatales se mostraban más ti- bios en la persecución del paganismo, los monjes se hicieron cargo de ella. Allá donde ardía un santuario antiguo, donde era reducida a cenizas una iglesia de «herejes» o una sinagoga, o donde había dinero al que echar mano allí estaban ellos casi indefectiblemente. Legiones de codi- ciosos de botín saqueaban a fondo las aldeas sospechosas de «falta de fe». «Los monjes cometen muchos delitos», se atrevió el mismo empera- dor Theodosio I a opinar ante el obispo Ambrosio, y el 2 de septiembre del año 390 decretó su expulsión de las ciudades (medida que revocó, en todo caso, ya el 17 de abril de 392). Quizá se había acordado del texto de Libanio -del pagano altamente estimado, esclarecido (de quien posee- mos muchos discursos y más de mil quinientas cartas que hacen de él una de las personas mejor documentadas de la Antigüedad)-, de un pasaje so- bre los monjes, tan fervientemente admirados por los cristianos, monjes que, sin embargo, «devoran más que los elefantes y vacían muchas cráte- ras», que ocultaban hábilmente su modo de vida real «bajo una fingida palidez». De ahí que, se queja Libanio, en su escrito Pro templis al sobe- rano, se precipiten como torrentes salvajes y arrasen el país destruyendo todos los templos. «Aunque tu ley siga vigente, oh emperador, irrumpen en los templos cargados con leños o armados de piedras y espadas. Des- pués hunden los techos, derriban los muros, despedazan las imágenes de los dioses, destrozan los altares. Los sacerdotes no tienen otra elección que callar o morir. Una vez destruido el primer templo acuden presurosos al segundo y al tercero y amontonan más y más trofeos para escarnio de la ley.»107
La demolición de los templos requería autorización estatal. Las accio- nes destructivas fueron ordenadas por ley, en 399, por lo que respecta a
Siria. En Occidente, en cambio, donde la aristocracia romana seguía de- fendiendo la vieja religión, ese mismo año obtenían protección legal, si bien un decreto de Estilicen confiscó en 407 todos los santuarios paganos en el territorio perteneciente a la capital. En Oriente fue Teodosio II quien dispuso, en 435, la clausura definitiva de los templos, el exorcizar- los y el destruirlos. Pero ello debía efectuarse sin grandes alborotos (sine
turba ac tumulto). Y como quiera que las autoridades, los funcionarios y
los soldados toleraban a menudo el paganismo más allá de lo que permi- tían los decretos promulgados bajo la presión clerical, el clero y el pueblo procedieron también a destrucciones no autorizadas -«noches de crista- les rotos» a la antigua- o, como expresa eufemísticamente el término téc- nico, procedieron a «cristianizar»: «A menudo» -pretende hacemos creer el jesuíta Grisar- o, incluso, «sobre todo, a causa de los tumultos provo- cados por los paganos». Especialmente en las provincias orientales, don- de predominaba el cristianismo y la resistencia de los paganos era, en el doble sentido del término, puramente «académica» (Jones), el número de templos demolidos se fue acrecentando ya en la segunda mitad del si- glo iv, dándose frecuentemente el hecho de que las masas fanatizadas caían cruentamente sobre los partidarios de la vieja fe. Se sabe que se de- fendían en ocasiones, pero no mucho más.108
El terror venía, sin embargo, precedido de una larga preparación lite- raria. También por parte de Shenute.
Siguiendo bien acreditados métodos, insultaba y vilipendiaba profu- samente en sus libelos a los «ídolos» y a los «idólatras»: a los adoradores de la madera, de la piedra, «de pájaros, cocodrilos, animales salvajes y ganado». Se mofaba de las velas flameantes, de la unificación con in- cienso: cosas que florecen incluso en el catolicismo actual, aunque no su- ceda ya en favor de los «dioses», sino ¡menuda diferencia! en favor de «Dios» (y de sus «santos»). Shenute se servía al respecto de una táctica que también sigue siendo usual entre todos los círculos eclesiásticos y de modo especial entre los católicos: delante de la plebe lanzaba imprope- rios y denuestos de lo más grosero y primitivo, reforzando así el odio fanático. Ante círculos más cultivados adoptaba un tono serio y se esfor- zaba, por difícil que ello le resultara, en ganarse más bien al adversario mediante la caballerosidad. «Y como Shenute apenas abrigaba otros sen- timientos frente a los paganos y su culto divino que no fuesen los de la mofa y el escarnio, exultaba, en consecuencia, ante la guerra de persecu- ción, muchas veces sangrienta, que el populacho cristiano libraba cabal- mente en su época contra los últimos sacerdotes del helenismo. Alaba a los "justos reyes y generales" que destruyen los templos y derriban las imágenes de los dioses. Se alegra de que arrastren lejos las estatuas. Se divierte con las canciones cristianas que se mofan de los paganos y de sus templos.» (Leipoldt)109
Por entonces, y también más tarde, el «gran abad» se dedicó a asolar el país. Shenute, un enemigo de la ciencia, era el peor aborrecedor de los helenos, un celóte católico que alaba a voz en cuello a todos los podero- sos que aniquilan los templos y las estatuas de los dioses (y esto último es algo que está a la «orden del día» desde el asesinato de Juliano: Fun- ke). Al frente de bandas de ascetas casi militarmente entrenados, debida- mente excitados por él y suficientemente hambrientos -la carne, el pes- cado, los huevos, el queso y el vino estaban prohibidos y prácticamente sólo se permitía el pan y una única comida al día- irrumpía en los tem- plos, los saqueaba y demolía, arrojando al Nilo las imágenes de los dio- ses. Todo cuanto poseía algún valor y podía dar dinero, se lo llevaba a su monasterio. Incluso el año anterior a su muerte, acaecida, presumible- mente, cuando contaba ya 118 años, asoló de ese modo un templo en la Tebaida. De ahí que el teólogo Leipoldt no pueda por menos de repu- tar como «mérito» incuestionable de Shenute el hecho de que «a partir del año 450 los dioses no fuesen ya venerados en el Alto Egipto».110
No pocas veces, el santo demolió con su propia mano los templos de su país. «El ejemplo de su arzobispo Cirilo le animaba así a obtener gran- des éxitos de esa manera rápida y cómoda», escribe Leipoldt, quien tam- bién nos describe cómo Shenute incendió el santuario pagano en la cer- cana Atripe o el templo de la aldea de Pneuit (hoy Pleuit). «Los paganos que presenciaban su acción no se atrevieron a oponer resistencia. Unos huyeron de allí como "zorras ahuyentadas por el león". Los otros se limi- taron a implorar: "¡Respetad nuestros lugares santos!", es decir: ¡Mos- trad piedad por nuestro sagrado templo! Fueron muy pocos los que tuvie- ron el valor de amenazar a Shenute: si la pretensión de éste era fundada, podía tramitarla e imponerla a través del tribunal. De hecho, en el último momento se alzaron voces, incluso entre los seguidores de Shenute, que, temiendo seguramente las malas consecuencias, aconsejaban la paz. Pero Shenute creía que debía desoírlas. Confiaba en el favor de su arzobispo y del gobierno cristiano e intentaba consumar su propósito fuese como fue- se. Sustrajo del templo todos los objetos transportables, los candelabros sagrados, los libros de magia, las ofrendas, los recipientes para el pan, los objetos de culto, los exvotos y hasta las mismas imágenes sagradas de los dioses y regresó así a su monasterio cargado de rico botín: más tarde se le reprochó a Shenute, posiblemente con razón, haberse apropiado de los ricos tesoros del templo para proporcionar a sus monjes, en aque- llos tiempos de penuria económica, un ingreso supletorio. Las nefastas consecuencias de esta acción no tardaron, naturalmente, en dejarse sentir. Cuando llegó a Antinou un hegemón pagano, Shenute fue acusado ante él por los sacerdotes del templo saqueado. Pero si pensaron que el fun- cionario pagano podía darles la razón, se equivocaron. Olvidaban cómo los odiaba el pueblo y cómo veneraba éste a Shenute. En una palabra, el día
del juicio Shenute no compareció sólo en Antinou. Los cristianos, hom*- bres y mujeres, acudieron allí venidos de todas las aldeas y fincas de los alrededores en tropeles tan numerosos que casi desbordaban los caminos. Su número se acrecentaba de hora en hora. Pronto se hicieron dueños de Antinou, cuya población era aún pagana en buena parte. Y cuando la se- sión debía comenzar la muchedumbre allí reunida exclamó como un solo hombre: "¡Jesús!, ¡Jesús!". La furia popular sofocaba la voz del juez: el proceso se frustró. Shenute, en cambio, fue conducido en medio de un griterío triunfal a la denominada Iglesia del Agua, en donde pronunció un sermón contra los paganos.»1'1
Al expolio, derribo, amotinamiento y extorsión, dirigida, sobre todo, contra los acaudalados propietarios rurales griegos, la clase económica dominante, vino a sumarse el asesinato.112
A raíz del arrasamiento a fuego del gran templo de Panápolis, fue ani- quilado el adinerado dirigente de los paganos. Y como quiera que el abad penetró también en las casas de otros notables para destruir toda clase de dioses y objetos diabólicos, y «limpiar» la comarca, también allí se pro- dujeron derramamientos de sangre. Y respecto al arrasamiento nocturno, por parte de Shenute, de la casa de Gesio, recién partido de viaje, en Akhmín, cuyos «ídolos» fueron arrojados al río debidamente despedaza- dos, y la queja del expoliado ante el gobernador, la Vida de Shenute nos informa así: «Desde que Jesús le privó de sus riquezas, nadie ha vuelto a oír nada de él»; fórmula acuñada eufemísticamente, a todas luces, para referirse a las criminales hazañas del santo. También cuando -como él mismo reconoce- destrozó a golpes una estatua de Akhmín visitada por muchos devotos, saqueando e incendiando la ciudad, y masacrando a sus habitantes, éstos, confiesa Shenute, corrieron la misma suerte que Gesio: «No se supo nunca más de ellos y después de la masacre sus despojos fueron dispersados por el viento [...]». «Un carácter duro, rudo, impetuo- so, pero también fascinante y arrebatador» para el que «sólo contaba lo práctico: obedecer a Dios y cumplir con su tarea.» (Léxico de la Teología
y de la Iglesia.)113
En otra obra standard católica, la Patrología de Altaner, Shenute figu- ra (con imprimatur del año 1978) como el «enérgico organizador del mo- nacato egipcio», como «el más notable de los escritores del cristianis- mo nacional copto de Egipto». También E. Stein ensalza al abad como al hombre más descollante de su pueblo en el plano espiritual, como «héroe de la literatura copta», añadiendo, sin embargo, que «su bajo nivel inte- lectual y su rudeza, que no se detenía ni ante el asesinato ni el homicidio perpetrados por su propia mano, nos sirven de índice con el que evaluar la miseria espiritual de su nación».114