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Appendix G: The Log File Explained

In document X-Plane Operation Manual (Page 193-198)

Existe una dificultad prácticamente insalvable para estudiar los movimientos neo-fascistas japoneses, una dificultad trivial quizás para los grandes historiadores pero importante para nosotros: el idioma, intraducible en muchas ocasiones, expresado en caracteres incomprensibles para los europeos. Y no es sólo el idioma lo único incomprensible en el Japón, también los movimientos neo-fascistas ofrecen características de difícil asimilación para sus camaradas occidentales. Las novedades y actividades del neo-fascismo japonés apenas han empezado a llegar ahora a Occidente gracias al profesor Hanji Kinoshita por medio de la revista «Défense de l'Occident» siempre preocupada por estos temas. Sin embargo, Kinoshita apenas ha historiado el fascismo japonés inmediatamente anterior y posterior a la guerra mundial, por lo que ha sido preciso recurrir a fuentes más actuales.

Los servicios policiales japoneses señalaban hace dos años un aumento espectacular en el número de activistas de extrema-derecha, estableciéndolo en 120.000 militantes pertenecientes a más de cuarenta asociaciones distintas, muchas de las cuales constituidas por 10.000 y 20.000 activistas. Todo esto aparte, claro está, de la secta budista «Sokka Kakai» de la que ha emanado el partido «Komeito» (término intraducible que podría significar lejanamente algo así como «Autogobierno»). El «Komeito» participó junto a socialistas moderados y socialdemócratas en el Frente Nacional de Centro, única alternativa al Partido Democrático Liberal.

El Komeito está constituido por células muy bien estructuradas que toman como base a la familia. Prácticamente en nada se parece a los partidos políticos occidentales, es más bien una amplia comunidad de vida, unida por unos ideales religiosos que son transformados en criterios políticos por la dirección del partido sobre la cual la base delega la dirección política, pero no la es- piritual que sigue dependiendo de la secta budista ya mencionada. Electoralmente representa el 9 % de los votantes habiendo obtenido tres millones de votos y 24 diputados en las elecciones generales de 1974. El Sokka Gakkai afirma reunir a 7.500.000 familias en todo Japón. Sus opciones políticas se pueden incluir dentro de los típicos esquemas de la derecha-nacional, incluso el M.S.I. ha intentado establecer contactos más o menos oficiales con este gigantesco partido japonés de dimensiones impensables en Europa. Hasta la fecha no parece que los budistas japoneses estén muy interesados en la operación.

El resto de organizaciones son inclasificables desde el punto de vista occidental. Se trata de sociedades patrióticas que practican una extraña mezcla de religión, culto a las tradiciones japonesas y radicalismo político. Su esencia antidemocrática, la admiración que profesan hacia los samurais y hacia la tradición secular de su nación, la velada simpatía hacia el fascismo y mucho más hacia el nazismo de muchas de ellas hacen que las incluyamos aquí.

La extrema-derecha activista está repleta de nombres evocadores y poéticos: «Cuerpo de Protectores de la Nación» (Gokoku Dan), «Asociación de los Camaradas de la Tierra Natal» (Kyoyu Seiji Renmei), «Sociedad del Crisantemo del Gran Japón» (Dai Nippon Kikusinkai), «Liga de la Juventud Estudiantil para la Pureza» (Gakuken Seinen Junsei Domei), «Sociedad de camaradas para la Vía Imperial» (Kodo Doshikai), etc. Generalmente se trata de grupos locales que reúnen entre 100 y 500 miembros practicantes de un activismo desenfrenado que alcanza especial virulencia en este país precisamente cuna de la mayoría de artes marciales. El sentido mi- litante va unido a una impronta misticista y religiosa, idealista y voluntarista, desconocida en Occidente. Algunas de estas asociaciones están ligadas al «Hitler Japonés» Ben Akao, pero sin duda las posiciones —a menudo grotescas— de Ben Akao, incluso pro-occidentalistas como su adhesión a la W.U.N.S., le han llevado a ser una especie de excepción en el neo-fascismo japonés. Mucho más identificado con las tradiciones japonesas y por tanto con más peso político entre las ligas activistas es Inoue Nissho, muerto en 1967, y quizás el más importante líder del fascismo histórico japonés. Su organización «Gokoku Dan» ha sido la matriz de muchas otras ligas activistas.

Existen también numerosas sociedades de estudio y acción, formadas mayoritariamente por estudiantes idealistas que chocan con la realidad cotidiana de las universidades japonesas en las que la contestación juvenil mantiene aún hoy la iniciativa (recordar, por ejemplo, los «Zengakuren»

y sus famosos grupos de choque, la mayoría integrados hoy en la IV.a Internacional trotskysta). Sus nombres poéticos esconden a activistas duros e implacables combatientes anticomunistas. «Sociedad del Sacrificio por el Emperador del Japón» (Dai Nippon Junkokai), «Sociedad del Cerezo del Gran Japón» (Dai Nippon Oshikai), «Tropa de Flores de Cerezo del Gran Japón» (Dai Nippon Okatai), el «Cuerpo de los Justos» (Giwadan), la «Sociedad de la Creación» (Soseika), etc., etc.

Estaría incompleto nuestro vistazo al neo-fascismo japonés si no mencionáramos la personalidad de Yukkio Mishima, un prometedor escritor japonés, uno de los pocos que han llegado a Europa, colaborador en la filmación de varias películas, novelista y poeta 14. Mishima fundó en 1969 la «Sociedad de los Escudos» (Tate no Kai), un año después lograba agrupar a un centenar de partidarios uniformados provistos de guerrera azul con bocamangas rojas y pantalón negro. Sus hombres recibían instrucción militar y practicaban varias artes marciales. Su tipo humano ideal era la figura del «Samurai». Quizá recordara aquella frase del Bushido (Código del Honor) «No hay soledad más profunda que la del samurai, salvo quizás la del tigre en la selva» cuando acompañado sólo por cinco dirigentes del «Tate no Kai» asaltó un cuartel en las cercanía de Tokyo. Mientras sus hombres desenvainaban sus espadas samurais aterrorizando al coronel del cuartel, Mishima asomado en el porche de la ventana arengaba a la tropa formada en el patio de armas. Les habló de la dignidad perdida del Gran Japón, de los políticos corruptos e incapaces, de las mentiras democráticas, de la decadencia de la patria y del círculo de aislamiento en que se veía el emperador. Al terminar, volvió a entrar en el despacho, desenvainó su sable samurai y se practicó el seppuku o harakiri. Su segundo, Morita, le cortó la cabeza de un sablazo y a su vez se practicó también el suicidio honorable. Un tercer miembro del comando le cortó la cabeza y a su vez se abrió el vientre... Habrían muerto los cinco si la guardia del cuartel no hubiera entrado en acción. En marzo de 1972 fueron juzgados y condenados los miembros de la Sociedad de los Escudos a cuatro años de prisión. En la actualidad, cada año el sacrificio de Yukkio Mishima es recordado por las ligas patrióticas con actos públicos e incienso a los altares. Sus obras son cada vez más leídas en occidente y su ejemplo ha servido para alentar a jóvenes adolescentes a luchar por los mismo ideales por los que Mishima juzgó que valía la pena dar su vida.

En 1976 otro militante de extrema-derecha, curiosamente actor de cine pornográfico, estrelló una avioneta particular en las cercanías de la casa de un ministro acusado de corrupción emulando a los antiguos pilotos suicidas...

Este es el neo-fascismo japonés... inclasificable en los esquemas occidentales, sorprendente y a menudo heroico. Tras cada neo-fascista japonés aparece la figura a emular de un samurai. Hoy es frecuente verlos asaltando facultades universitarias ocupadas por los trotskystas o disolver manifestaciones de los sindicatos de izquierda. Sólo que han trocado la espada por la caña de bambú y el casco samurai por el casco de motorista... cambian las apariencias, el fondo idealista permanece.

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