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C. Setting Up a Copilot's Station Using Two Monitors with One Computer
VII. Flying Helicopters
Los meses subsiguientes constituyen el período de esplendor del Movimiento Occidente. Movimiento violento que practicaba un culto irracional al activismo, a la acción directa y al golpe de mano, un psiquiatra francés nos cuenta que cuando los izquierdistas se drogaban veían en el «viaje» a los miembros del grupo Occidente cargar contra ellos en una auténtica pulsación masoquista. Tal fue el terror que inspiró siempre el nombre de Occidente que siempre se consideró según sus propias palabras: «La formación de combate de la Oposición Nacional». Hasta 1967 el movimiento apenas contaba en París con 200 militantes pero todos eran auténticos «hoplitas», combatientes durísimos que acumulaban procedimientos penales y denuncias sin importarles nada. La «popularidad» del movimiento «Occidente» aconsejó a los directivos del «Teatro Oc- cidente» un prudente cambio de nombre...
Por fin llegó la revolución de mayo de 1968. Para hacernos una exacta visión del papel que jugó el neo-fascismo francés en el desarrollo de los acontecimientos, papel no precisamente secundario, hay que remontarse a la creación del Frente Unido de Apoyo a Vietnam del Sur fundado por Roger Holeindre. Los neofascistas pensaban, no sin razón, que el gobierno de Vietnam del Sur podría estar interesado en una acción de solidaridad en Francia en un momento en que los Comités Vietnam de Base, animador por los maoístas y trotskistas organizaban reuniones de apoyo al F.L.N. al grito de «Viet-cong vencerá». Por otra parte, Holeindre pensaba, acertadamente también, que la unidad de las fuerzas neo-fascistas podría conseguirse en torno a este slogan unitario. El Movimiento Occidente apoyó desde un principio la iniciativa como medio para salir de su aislamiento y ampliar sus temas de propaganda. Lanzado a principios de enero de 1968 el F.U.S.S.V. logró la adhesión de «Occidente», los restos del R.E.L., el M.J.R. y la Asociación de Combatientes de la Unión Francesa.
Como era de esperar, cada acción de propaganda del Frente constituía una grave provocación para trotskystas y maoístas y viceversa, las acciones de los comités Vietnam de Base llamaban a gritos a los militantes de Occidente a emprender violentas medidas. Piénsese además que en aquellos meses Europa vivía la fiebre del nacimiento de la nueva izquierda, la aparición del marcussianismo y el reavivamiento de tendencias ideológicas de izquierda que meses antes parecían muertas y enterradas: trotskysmo y anarquismo especialmente. El Frente organizó dos manifestaciones de apoyo con una asistencia media de 2.000 personas, otros dos mítines con cerca de 1.500 asistentes y por fin se decidió organizar una exposición fotográfica de material sobre Vietnam, las crueldades de los viets-cong, la labor de educación del gobierno sud-viedna- mita, etc. El lugar elegido fue la sala de 44. rué de Rennes, las fechas: el 28 y 29 de abril de 1968.
El 29 de abril hacia la 1 de la tarde, aprovechando la ausencia de parte del servicio de orden, 250 maoístas dirigidos por el jefe de la «Dirección Militar» de la Unión de Juventudes Comunistas Marxistas Leninistas, asaltaron y saquearon el local: Holeindre que se encontraba presente resultó con los dos brazos y las dos piernas rotas y el local totalmente devastado así como diez militantes heridos de gravedad.
El impacto en la base de los movimientos neo-fascistas fue inmenso, en especial la reacción de «Occidente» que distribuyó un panfleto repitiendo la frase del general Suharto: «Matad a los
comunistas en donde quiera que se encuentren». Occidente organizó un mitin de protesta... precisamente en Nanterre, la facultad más radicalmente izquierdista de todas las existentes en París. Todo el mundo comprendía que se trataba más de un raid de represalia que de una operación propagandística. Los izquierdistas transformaron Nanterre en un campo atrincherado, destrozaron todo el mobiliario, cerraron y atrancaron las puertas, edificaron varias líneas de barricadas interiores y se proveyeron de cascos, cócteles molotov, y demás armas de guerrilla urbana. Por fin colocaron una pancarta en la fachada en la que se podía leer: «Fascistas que escapasteis de Dien-Bien-Phu, no escaparéis de Nanterre». Sin embargo Occidente no se arredraba: 250 activistas de vanguardia se aprestaban a vengar a Holeindre y los camaradas heridos en la exposición.
Afortunadamente la policía clausuró el recinto universitario y se evitó una masacre segura. Pero no acabó aquí la escalada de violencia. Occidente siguió atacando: primero dinamitó los locales de una asociación estudiantil de izquierdas, más tarde desplazó a 200 militantes que asaltaron la Sorbona con el resultado que se puede esperar. En su fuga un militante de Occidente lanzó un cóctel molotov contra un coche de policía que había llegado a cortar la violencia. Históricamente éste es considerado como el primer cóctel de la revolución de mayo. Estamos en el jueves 2 de mayo de 1968. Los izquierdistas lanzan una llamada de movilización general antifascista, pasan a ocupar las facultades y el barrio latino.
En la revuelta de mayo los neo-fascistas adoptaron posiciones contradictorias. Para unos el objetivo era «golpear al comunista», acabar con la peste roja, ésta era una buena excusa; para otros, se trataba de una excusa para hacer la guerra a De Gaulle. No es raro pues que mientras unos practicaban raids contra los izquierdistas atrincherados en el Odeón, otros defendieran las barricadas de la calle Guy Lussac en donde tuvieron lugar los más violentos combates contra la policía y otros, los llamados «katangueses», se convirtieran en los «terribles defensores de la Sorbona», la misma que sus camaradas habían intentado asaltar hacía sólo dos semanas.
Poco a poco la situación se fue agravando, lo que había empezado como una huelga de protesta, una ocupación universitaria en protesta por la acción de Occidente se transformó en un alboroto general en las universidades y, por fin, en una paralización total de Francia cuando las centrales sindicales proclamaron una huelga general. De Gaulle visitó a sus generales en Alemania, éstos le declararon fidelidad a cambio de la amnistía para sus viejos camaradas de la O.A.S. De Gaulle la concedió. En pocas horas un régimen paralizado por una protesta generalizada resucitó. Occidente pudo organizar manifestaciones de protesta que agruparon a un máximo de 4.000 personas, pronto los Comités Gaullistas para la Defensa de la República tomaron la iniciativa y, por último, un gigantesco cortejo de un millón de personas desfiló bajo el arco del triunfo el 30 de mayo. De Gaulle salió fortalecido, así como su régimen y su partido; en el referéndum que tuvo lugar al mes siguiente alcanzó una cómoda y aplastante mayoría.
No ocurrió lo mismo con los neo-fascistas que terminaron destrozados: varios de sus militantes acabaron en la extrema-izquierda, otros pasaron al gaullismo en nombre de la lucha contra el comunismo, otros abrumados por lo que habían presenciado se retiraron del combate político. Pero en las bambalinas había pasado algo que ni ellos mismos sospechaban:
Pocas semanas antes de que se desencadenaran los disturbios individuos ligados a servicios de inteligencia internacionales y próximos al régimen gaullista habían tomado discretos contactos con algunos responsables del Movimiento Occidente. Ofrecieron un crédito abierto en una imprenta, algunos millones de francos antiguos y cobertura a cambio de que Occidente protagonizara acciones violentas en las universidades y en la callé. La explicación era «para aumentar las medidas represivas contra la extrema-izquierda», respuesta convincente para algunos neo-fascistas. Sabemos lo que ocurrió después.
«Jimmy el Katangués», individuo turbio relacionado con extremistas de uno y otro signo, dirigente del grupo que defendió la Scrbona hasta el último momento, fue encontrado muerto en agosto en los alrededores del bosque de Boloña. También se supo que algunas autoridades del régimen gaullista temieron que se desbordaran los acontecimientos con la huelga general tan inoportuna y contactaron con elementos de extrema derecha a fin de formar milicias paramilitares. Otro tanto ocurrió con ciertos medios militares que nunca ocultaron su simpatía por la O.A.S. a pesar de no haberse comprometido. La rapidez de los acontecimientos, la reacción de De Gaulle y la amplitud de la tormenta de mayo, redujo a los nacionalistas a la impotencia.
Los movimientos izquierdistas fueron disueltos a fines del mes de mayo. «Occidente» como premio resistió hasta octubre siendo también disuelto después de que sus ya 800 militantes asaltaran los locales del sindicato de profesores y de la revista izquierdista «Action». Una nueva etapa se abría ahora, protagonizada por un nombre que se ha hecho célebre en el mundo: «Ordre Nouveau».