Pero activismo quiere decir culto a la violencia y culto a la juventud, a la violencia en tanto en cuanto que toda lucha contra el sistema representa un enfrentamiento directo con él y un entendimiento, más o menos cercano, con la violencia; a la juventud, ya que un combate de este tipo no lo pueden realizar obviamente más que personas de gran vitalidad física y ansias de vivir, es decir, de jóvenes. Y cómo no, fanatismo. Sin fanatismo no hay revolución, ni de derechas, ni de izquierdas; se combata por la Nación, se luche por la redención del proletariado, solamente una fe ciega puede guiar a los militantes por esta ardua senda. En algunos partidos radicales el fanatismo intenta ser reconducido, educado y transformado en algo más razonado, en «exaltación
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A este respecto cabe recordar algunos de los ensayos de Drieu: «Con Doriot», «Doriot: vida de un obrero francés», «Socialismo fascista» (título significativo).
consecuente». Este proceso de educación política tiende siempre a unir las motivaciones de ese fanatismo a la vida personal de los militantes procurando conseguir una unidad indivisible entre el fin propuesto y la persona operante, de tal forma que ésta no conciba posibilidades de seguir viviendo fuera de la fidelidad a su ideología. Sólo así se comprenden las acciones desesperadas de la Fracción del Ejército Rojo, más conocida como Banda Baader-Meinhof, o la loca incursión de 19 guerrilleros croatas pertenecientes a la «Ustacha», organización nazi de liberación, en plena Yugoslavia, hasta ser liquidados todos.
Es fácilmente observable que en la personalidad de ambos prototipos extremistas se da una extraña mezcla de dulzura y ferocidad. Basta repasar los textos nacionalsocialistas para darse cuenta de que querían combatir para salvar Alemania de una serie de peligros, construir una Alemania joven, limpia, florida, una comunidad hermanada por lazos fraternales. Se nos dirá que esto era un producto de la propaganda hitleriana, pero una cosa es cierta, que el militante de base del NSDAP creía sinceramente en esto, al igual que la nueva izquierda ofrecía una panorámica no menos idílica: colectividades comunales, en las que la propiedad no existe, ni tampoco la rivalidad para utilizar bienes de uso y consumo, donde todo aquel que lo desee puede trabajar en todo aquello que de veras le guste, donde el medio ambiente esté limpio de toda contaminación y las grandes ciudades se vean despobladas en beneficio de una vuelta al campo. Los textos de la Internacional Situacionista de Copenhagen, el libro de Raoul Vanehigen, «Tratado del saber vivir al uso de las jóvenes generaciones», comparados con los artículos de «Schwarze Korps», portavoz de las SS o los libros de Robert Brasillach, Drieu la Rochelle, incluso, los más modernos textos emitidos por el Centro de Estudios «Ordine Nuovo» dedicados al estudio de la ecología, muestran este aspecto angelical de los extremistas de ambos bandos.
La otra cara de la moneda viene cuando leemos textos como los que siguen:
«La revolución que empieza pondrá en su lugar no sólo a la sociedad capitalista sino a la civilización industrial. La sociedad de consumo debe morir de muerte violenta. La sociedad de alienación debe morir de muerte violenta. Queremos un mundo nuevo y original. Rechazamos un mundo donde la certidumbre de no morir de hambre se da a cambio de la muerte por aburrimiento.»
Y este otro, tampoco tiene desperdicio:
«Sigo preguntándome qué es más asqueroso: una mierda de judío bien aplanada o un burgués francés de pie... No puedo decidir cuál de ambos es más infecto.»
Y, por último:
«A los quince años preconicé la ejecución sumaria como el único medio de purgar el mundo de las peores locuras y los más temibles males.»
El primer texto pertenece a un cartel contestarlo aparecido en mayo de 1968 en la facultad de letras de Nanterre, París, el segundo lleva el sello inequívoco de la prosa de Louis Ferdinand Celine en «Bagatelas para una masacre». Por fin, el último es un fragmento de Lucien Rebatet, «Les Décombres». Un contestatario de izquierdas y dos intelectuales para-fascistas. ¿No notan algo de común en ellos? Sí lo hay, un poso de odio y de ferocidad, del que recomienda acabar a sangre y fuego con un tipo de sociedad al que preconiza fusilar a diestro y siniestro, pasando por aquel que compara un excremento a un burgués, todo en ellos es odio, estéticamente perfectamente presentado, sí, pero éticamente no es más que odio en distintas gradaciones, a cual más salvaje.
Porque todo buen extremista es, en última instancia, un fanático y un fanático es, en todas las latitudes, alguien que ama intensamente y que, para compensar, debe odiar a fin de establecer un equilibrio interno. Y no nos extrañará nada que los mismos S.S. que escribían en las páginas de su revista odas a la naturaleza y a la vida idílica y pastoril, se lanzaran luego contra masas de tanques soviéticos en cargas irracionales y suicidas; en el extremo opuesto veremos a cuatro extremistas nipones descender de su Boeing 707 en Fiumicino, desembalar de sus equipajes nuevas y engrasadas ametralladoras y disparar a diestro y siniestro con un gesto de odio radicalmente diferente al que ostentaban segundos antes.
En mayo de 1968 en París una frase se popularizó rápidamente «Agarra tu fusil como agarras a tu amor», quizás el éxito de la consigna se debiera a que sabía aunar en un mismo simbolismo las dos pasiones que mueven a un militante extremista: el amor y el odio.