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Application and System Abstractions

2.6 Summary

3.1.2 Application and System Abstractions

El crecimiento de la Ciudad de México ha ido en contracorriente a la conservación de sus recursos naturales. López Rangel (1993) señala que “el desmesurado y depredador crecimiento de la Ciudad de México, no se debe solamente a su altísima concentración de actividades económicas y sociales en general y a la fuerte migración campo-ciudad (ambas se arrecian a partir de la década de los cincuenta), sino a las especulativas y costosas formas de producción urbana, encausadas muchas de ellas por claras líneas de consenso político, y cuando se habla del costo nos referimos tanto al material como al social y ecológico” (p. 14).

Estas costosas formas de producción urbana han dado cuenta de los recursos naturales de la ciudad y por tanto, su resultado ha sido la disminución de la calidad de vida de los habitantes de la urbe. De todos son conocidos los grandes indicadores de esta crítica situación ambiental: problemas de agua y drenaje, basura, contaminación del aire, auditiva, paisajística, de suelos, ríos, flora y fauna. Las barrancas en la ciudad se encuentran en grave deterioro, con asentamientos humanos en situación de riesgo; la Ciudad de México pierde 240 ha de bosques al año (GDF, 2001b; Legorreta, 2002; López, op. cit.).

Lo que plantea Coraggio (1997), en el párrafo que sigue, es la disyuntiva en que se encuentran las políticas de desarrollo en América Latina; todo indica que son las que se están siguiendo y llevan a la actual situación social y ambiental que se padece. Este podría ser el marco general en que se inserta el desarrollo de México.

Centrarse en la competitividad vista como capacidad de exportar ciertos bienes en exceso de lo que se importa supone olvidar el criterio del ingreso real y la calidad de vida como objetivo. La modernización desregulada del sector agrario para exportar puede tener como consecuencia que se expulse masivamente a trabajadores del sector agrícola despojándolos de medios de producción y de acceso al consumo, y a la vez que quienes aún pueden comprar en el mercado interno deban pagar los mismos precios internacionales que los países que no producen alimentos, reduciendo así el ingreso real. En un sistema tecnológico donde el conocimiento y la información aparecen como fuerzas productivas principales, las regiones y países que se inserten en el mercado global sobre la base de mano de obra no calificada y de bajo precio o mediante la expoliación de los recursos naturales estarán erosionando las bases de una sociedad integrada, con calidad de vida creciente y competitividad de largo plazo (p. 12).

Las zonas urbanas generan problemas ambientales, que se perciben tanto a escala doméstica como mundial. Estos problemas van desde los perjuicios para la salud humana hasta las pérdidas económicas y sociales, o los daños al ecosistema. La contaminación del aire, agua y la acumulación de desechos figuran entre los problemas básicos; el sacrificio de bosques y tierras agrícolas puede también reducir las zonas permeables al agua, alterar el drenaje natural y ocasionar graves inundaciones.

Los procesos de expansión territorial de la ciudad, se producen dejando en su interior agujeros negros, como, por ejemplo, áreas centrales degradadas, espacios verdes abandonados, áreas industriales y de servicios en declive o simplemente desmanteladas, e incluso barrios deteriorados con procesos de empobrecimiento económico y social, con elevados índices de desempleo y con escasa inversión privada. Todo ello desemboca en situaciones de gran vulnerabilidad, cuando no de marginalidad (GDF, op. cit.).

La ciudad se ha desarrollado, aparte de estas zonas, al margen de las infraestructuras ya realizadas, muchas veces subutilizada, y de los solares o el suelo semiurbanizado. Se invierte, en nueva urbanización discontinua, en áreas alejadas o aisladas, que exigirán la ampliación de las infraestructuras, sin producir ninguna sinergia sobre las áreas en declive, favoreciendo la segregación social y funcional. Este crecimiento, con carácter discontinuo y basado en una separación funcional de las actividades, ocupa de forma desproporcionada el suelo de

conservación en el Distrito Federal y desarticula los sistemas naturales, afectando aceleradamente el ambiente y degradando, especialmente, los ecosistemas (barrancas y áreas naturales) de los que depende el funcionamiento de la ciudad. Estos ecosistemas son los que la soportan, tanto por la ocupación directa de su suelo, como por la explotación de sus recursos, el transporte y la disposición de desechos (GDF, 2001b).

En el análisis que se realiza para diseñar el Programa de Desarrollo Urbano del Distrito Federal, se señala que el deterioro y abandono de las áreas centrales es uno de los problemas más serios de la urbanización actual, porque desperdicia el patrimonio urbano, económico y cultural de la ciudad antigua. Entre los factores que lo propician destacan: la proliferación del ambulantaje y la economía informal que alejan la inversión, degradan la imagen urbana y propician la inseguridad; las fallas del mercado inmobiliario, como la existencia hasta principios de los años 90 de “rentas congeladas” que llevaron a la decadencia de muchos inmuebles; los problemas de propiedad en “manos muertas” y, en general, la indefinición de derechos de propiedad y las invasiones de inmuebles; la falta de incentivos para promover la oferta de vivienda en arrendamiento y la poca información sobre el parque inmobiliario (Ibid.).

Actualmente, el Distrito Federal cuenta con 8.6 millones de habitantes, de los cuales, sólo el 19% se encuentra en las delegaciones centrales, mientras que el 81% se localiza en el resto de las delegaciones. Durante las últimas tres décadas las delegaciones Cuauhtémoc, Benito Juárez, Miguel Hidalgo y Venustiano Carranza han perdido cerca de 1 millón 200 mil habitantes. A partir de los años ochenta las delegaciones Azcapotzalco, Gustavo A. Madero e Iztacalco también han sufrido pérdida poblacional en menor proporción; y la delegación Coyoacán, a partir de 1995 viene marcando una ligera tendencia a la baja (Ibid.).

Esta forma de hacer ciudad tiene consecuencias desastrosas social y ambientalmente como lo señala la Agenda hábitat española (1997):

La quiebra del concepto de ciudad viene reafirmada por el desarrollo de un tipo de barrios que rompen con el equilibrio que se exigía para el desarrollo de una vida social más intensa e integrada. Este nuevo proceso de urbanización extensiva, discontinua y segregada, se hace insostenible a largo plazo, tanto desde una perspectiva social como desde consideraciones ambientales, siendo además perjudiciales para el desarrollo social e incluso para el crecimiento económico, ya que dejan tras de sí una estela de degradación y de dualidad social (p. 5).

La construcción de grandes avenidas en la Ciudad de México, sin tomar en cuenta estas consideraciones provoca mayor disgregación y crea condiciones de inseguridad y aislamiento de grandes áreas dentro de la ciudad. Se impone por tanto una nueva estrategia de desarrollo urbano donde desde el punto de vista de los espacios verdes, su distribución racional y planeada pueda contribuir a la continuidad y unidad de unos barrios con otros, con todos los efectos positivos de tipo ecológico y social.