—¿Cómo fueron sus primeros estudios?
—Aprendí a leer solo, aprendí a escribir solo, y fui al colegio a los siete años, un colegio de frailes mercedarios, donde hice la primera enseñanza y el bachillerato. De aquel colegio sería, años más tarde, profesor.
—¿Cómo se manifestó su vocación literaria?
—Una vez hicimos una apuesta un chico y yo, cuando yo tenía 11 años, de que yo no era capaz de escribir una novela del Oeste. Pero la escribí, y gané la apuesta… era un plagio repugnante aquella novela, y desde entonces me decidí a escribir y escribir, y seguí escribiendo… y quemando, pues quemé muchas cosas.
—¿Su verdadera vocación eran las letras, o la docencia?
—Uno nunca sabe cuál es su verdadera vocación. El que acierta con su vocación, tiene una gran fortuna. Pero en el caso de una doble vocación, como es el mío, surge el conflicto. Yo, naturalmente, tenía una vocación profesoral, que se manifestó bastante pronto, un propósito de hacer una cátedra universitaria… Claro que, por causa de la guerra civil y de otras razones, se quedó en una cátedra de instituto, y mi proyecto, mi ilusión, era escribir teatro para los universitarios. Después todo esto desapareció y me convertí en periodista, en escritor de teatro para leer, y luego, ya mucho más tarde, en novelista.
—Según mis notas, usted ha escrito para teatro El viaje del joven Tobías, El casamiento engañoso, El retorno de Ulises, Lope de Aguirre e Ínsula Barataria. ¿Hay
alguna otra?
—Quizá haya una pieza corta que se llama Napoleón en Longwood, que no conoce nadie, y que ni yo mismo tengo, y algunas cosas inéditas.
—Su teatro, ¿ha sido estrenado? —El Teatro Nacional estrenó El casamiento engañoso. —Y profesionalmente, en teatro comercial, ¿no se presentó ninguna de sus obras? —No, ninguna. —Eso quiere decir que no ha llegado usted nunca al gran público del teatro… —Ni al grande, ni al pequeño. —Imagino que usted lo lamenta…
—No lo sé, porque yo no he probado mis armas. No he escrito teatro para estrenar, sino para publicar. Ignoro si hubiera podido hacer algo en este campo. No olvidemos que la libertad del autor de teatro es muy inferior a la del novelista, del narrador. Aunque yo tuviese imaginación suficiente para hacer un teatro distinto, que era lo que yo me proponía, hubiera tropezado con muchos inconvenientes que me hubieran recortado las alas. De modo que no lo lamento… hoy, al menos, no lo lamento.
—Siendo muchacho conocí una de sus obras, que se publicó cuando la guerra
española tocaba a su fin, y que leída y comentada con otros compañeros de mi edad, nos parecía muy sugestiva: El viaje del joven Tobías. ¿Cómo no llegó al escenario?
—Porque, ante todo, su lenguaje no era el más indicado. Tendría que haberla reescrito en otro lenguaje más accesible. Era una obra de vanguardia… y además muy larga, una obra en siete actos.
—No es fácil hacer un análisis de su obra, pero se advierten a primera vista una serie
de constantes. La teología, la presencia de una sensualidad muy viva, el escepticismo…
—Sí, es así, en efecto, pero hay otras muchas constantes. La teología aparece efectivamente en varias obras mías. Estuve muy preocupado por la teología, que estudié profundamente, y de la que últimamente me he apartado mucho, aunque subyace en mis preocupaciones actuales… y volverá a aparecer en nuevas obras mías aunque algo metamorfoseada. Por lo que hace a la sensualidad, es algo que da la tierra, Galicia es un país sensual, y la sensualidad, cuando no está pervertida (como diría don Pío Baroja), es un elemento muy positivo. En cuanto al escepticismo, yo creo que es algo que apareció posteriormente. Yo señalo en mi obra literaria lo que usted llama el escepticismo, manifestado o expresado mediante esto que hoy se llama desmitificación, en un cuento que publiqué en el 43 o en el 44, Gerineldo. Después, de una manera mucho más clara, mucho más evidente, en una novela que se llama El golpe de Estado de Guadalupe Limón. Francamente declarado, en una novela corta que se llama Ifigenia. Luego, este propósito se sumerge un poco y renace en Don Juan y de manera más clara en La sagalfuga. Y el origen de esto, como de otras muchas cosas, está en El viaje del joven Tobías, donde, como usted recordará, hay un ángel que aparece vestido con traje de mono, que toma notas taquigráficas, que trata de cuestiones freudianas… Esta nota desmitificadora es un ingrediente de mi primera obra. Lo que pasa es que quizá se tratase de un escepticismo
más intelectual. Y a partir del año 44, mi escepticismo es una postura sentimental, y más humana… —Hoy mismo está usted hablándonos con un cierto escepticismo, y ha tenido palabras duras en cuanto a su obra más importante según los demás… —Pero eso no es escepticismo, es un gesto de pudor… —Un pudor nada frecuente entre los escritores. —A mí me hubiera gustado, desde hace muchos años, haber elegido un seudónimo, o quizá simplemente una sigla de dos letras, las iniciales de un seudónimo, y ser escritor toda mi vida. Mi vida personal no tiene nada que ver con el hecho de que a mí me dé por escribir novelas.
—En sus obras hay mucha autobiografía, según entiendo…
—Sí, pero metamorfoseada. Una novela sólo se hace con inspiración, experiencia (la experiencia de uno) y un poco de intuición. La experiencia es personal e intransferible, y yo estoy limitado a mi experiencia. Yo no puedo escribir como Vargas Llosa y García Márquez, porque tenemos experiencias distintas.
—¿Qué supone para usted la existencia de esos grandes escritores
hispanoamericanos?
—Algo muy positivo: el reconocimiento de la existencia de América, que es algo de lo que no queremos enterarnos, y que es absolutamente independiente, autónoma de nosotros, que ha cortado hace mucho tiempo el cordón umbilical, que tiene su vida, y que tampoco tiene por qué estar culturalmente vinculada a España cuando el mundo es muy grande, y sobre todo cuando no tenemos nada que darle ni que ofrecerle…
—¿Cómo es, según su juicio, el momento de nuestra novela?
—Soy optimista. En este momento hay un excelente grupo de novelistas. Si no tuviera miedo a olvidarme a alguno, citaría una docena de nombres importantes, que tienen una obra hecha, o que la están haciendo. Lo que a mí me gustaría es que se constituyera de una vez un modo español, absolutamente original, de resolver los problemas narrativos. Que dejáramos por fin de estar pendientes de lo que inventan los franceses, las técnicas de los americanos, o lo que hacen en Panamá… y que se pudiera hablar de una verdadera novela española.
«Mi mayor ilusión, cuando me jubile, sería irme a escribir a Mallorca»
—¿Qué tiene usted en el telar? —Otra novela. —¿Del mismo ciclo que La saga/fuga?—Sí, aunque no es una continuación. Es otra ciudad, es otro mundo, otros mitos… pero no cabe duda de que son mitos gallegos, ciudad gallega, mundo gallego, y escrito o descrito por el mismo señor gallego. —Sus años de la Universidad de Albany, en EE.UU., ¿en qué medida enriquecieron su obra? —En primer lugar, estudié mucho, porque tenía mucho tiempo y muchos libros. Y en segundo lugar, el conocimiento del mundo americano es muy importante. Como ir a la Luna, y comprobar que la Luna, en el fondo, es lo mismo que aquí, pero a través de otras formas. Y se ven otras tierras, y otros paisajes, y muchos cuadros buenos, incluso españoles y europeos, que aquí no hay… Para mí fue muy importante, y estoy muy contento de haber ido.
—Parece que usted ha sido aficionado a viajar… Fue usted a París, a ampliar
estudios…
—Soy un hombre pobre. No tuve dinero para viajes. Estuve en Londres, en París, en Portugal, en Bruselas, en Alemania… Nada más.
—No está mal…
—¡Sí está mal! Cualquier muchacho de hoy ha viajado más que yo. Imagínese lo que es, para mí, tan aficionado a la pintura, no haber estado jamás en Italia… También me hubiera gustado mucho ir a Grecia, y a Rusia, y a otros lugares que me interesan extraordinariamente.
—¿Qué condiciones necesita usted para escribir?
—El silencio, fundamentalmente. Que mis chicos no griten, y sobre todo, durante un espacio largo, dos o tres meses, no tener otra preocupación que el libro que estoy haciendo. Entonces sí, escribo de un tirón lo que sea, porque soy bastante rápido escribiendo. Claro que necesito tener las ganas… porque no siempre las tengo. Yo soy muy vago. —Pero cuando le llega la racha… —Si me llega la racha, y las circunstancias son favorables, entonces sí. —¿Cuánto tardó, por ejemplo, en escribir La saga/fuga? —Seis meses. En pensarla, casi cuatro años. —Haber sido crítico de teatro, ¿ha dejado en usted alguna huella especial? —Un buen recuerdo. Me divertía mucho. —Pero… le habrá costado mucho tiempo…
—Se lo robaba al sueño. Entonces las críticas se escribían al salir del teatro y aparecían en la edición de la mañana siguiente. Antes de acostarme tenía que ir al periódico, y dejar la crítica hecha, o sea, que me acostaba por lo menos a las tres de la
mañana. Hoy no hay esas preocupaciones… —¿Volvería usted a hacerla?
—No, ya no soy tan joven, y eran otros tiempos… Ahora no lo haría. —Su sueño sería… ¿vivir sólo de la literatura?
—Es un sueño tardío. Mi sueño sería que cuando me jubile, la jubilación que me da el Estado fuera suficiente para vivir, y entonces dedicarme a escribir. Pero es un sueño imposible. Cuando me jubile tendré que trabajar más que ahora.
—Usted, que ha pasado por Pontevedra, Palma de Mallorca, Santiago, Vigo, ¿por qué
ahora eligió precisamente Salamanca para residir?
—Porque es un clima seco, aparte de que es una ciudad universitaria, bonita, con cierto ambiente… y es una ciudad tranquila.
—Para cuando se jubile, ¿cuáles serían sus ilusiones?
—Irme a vivir a Mallorca, pero eso es imposible… Mi jubilación coincidirá con el final del bachillerato de mis dos hijas, y entonces vendrá el problema de la Universidad, lo que me hará vivir en una ciudad con Universidad en que las chicas puedan hacer sus carreras… De manera que mi vieja ilusión de irme a vivir a Palma de Mallorca la estoy viendo cada vez más difícil…
—Pero en Palma ya se pueden cursar algunas disciplinas universitarias… —¿Y usted sabe lo que cuesta mudarse de Salamanca a Palma?
—Lo pone usted dificilísimo todo… Es cuestión de tener otro éxito como La saga/fuga…
—Aun teniendo otro éxito como el de La saga/fuga, necesitaría esperar lo menos tres liquidaciones para reunir el dinero necesario para el traslado. Y eso es año y medio… Cuando se tienen 30 años, eso no es nada. Cuando se pasa de los 65, año y medio es una eternidad. De modo que, o me tocan las quinielas, que no juego, o me toca la lotería, que no juego, o me quedaré para siempre en Salamanca.
—Tiene usted, sin embargo, muchas cosas… Entre ellas, acaso la más importante:
una hermosa familia, verdadero tesoro. Y sigue usted disfrutando de esa piel que los americanos llaman baby face… Aunque haya usted nacido en 1910, la verdad es que se le vé a usted mucho más joven y emprendedor de lo que su edad sugiera…
—Yo sé lo que pasa por dentro.
—Tardíamente le llegó a usted el reconocimiento de las virtudes de su narrativa y de
su idioma. Pero aún vendrán para usted triunfos muy brillantes, días muy claros.
(Y vendrían, en efecto, poco después de esta entrevista, y a raíz de la adaptación al
medio televisual de su novela Los gozos y las sombras, que constituyó un éxito memorable, y llevó el nombre del escritor gallego a todas las gentes. A partir de ese
momento, Torrente ha conectado con el gran público, y han crecido considerablemente las ventas de sus libros).