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—Las mujeres de la familia siempre estuvieron muy cerca de ti. Y no sólo la abuela y la

madre, sino las tías. Las tres.

—Cuatro, eran cuatro. Todas ellas dedicadas a mí. Se dio el caso de que fui un hijo que vino al mundo después de que el mayor muriera al año y medio de nacer. Yo fui por eso, muy deseado y esperado. Además, a los 5 años tuve una desgracia grande. Me caí dentro de un gran tacho lleno de agua hirviendo. Me quemé la mitad del cuerpo, y pasé un año en cama y muy enfermo. Estuve terriblemente mimado. Me hacían unas curas atroces, y para distraerme me contaban cuentos. Los tradicionales, los de siempre, y los cuentos de nuestra familia. Era una familia llena de cuentos y llena de leyendas y de sucesos, y de extravagancias. Todo eso me fue nutriendo desde entonces, y sin saberlo, eso era lo que iba a hacer de mí un escritor más tarde.

—Las tías, las tías Láinez, eran mujeres muy cultas.

—Muy cultas, sí, y muy distintas entre sí. La mayor, mi madrina, murió cuando yo era un chico de 13 años. Era la que menos brillaba, pero era la mejor. Era dada a las genealogías. Desde la edad de los 20 años, y murió muy vieja, vivió haciendo cuadernos de genealogías de reyes de Europa. Cuadernos infinitos que yo he heredado después de su muerte. Pero como no he heredado la clave para su manejo, no sé pasar de un cuaderno a otro y entenderme en medio de todos esos Habsburgos… Están allí como si fueran un gran osario de reyes, inútil. Revuelvo los cajones pero no encuentro la clave. Después venía mi tía Ana María, también soltera como las otras dos, que se interesaba mucho por las religiones extrañas, por las orientales. Vivió buscando libros hindúes y cosas así. Por último estaba mi tía Marta, la menor; quizá también la menos interesante, pero la más dada a la literatura. Sabía mucho sobre romances viejos, sobre los simbolistas franceses y los trovadores… Es la única que vive; vive conmigo. Por allí andaba también mi abuela. Un personaje curioso. En aquella época hablaba el inglés como un inglés, cosa rara en la Argentina, y también francés admirablemente. Tenía una cama gigantesca, china, que más tarde supe que era un quiosco. Mucho tiempo después, en Pekín, yo vi de esos quioscos.

En ellos los chinos toman el té. Son del siglo XVIII. Un tío abuelo mío que tenía no sé qué negocio con chinos recibió en pago unas sedas, al parecer divinas, que le dio a su mujer, y ese aparato que, probablemente para quitárselo de encima, se lo dio a su cuñada, mi abuela, y ese extrañísimo quiosco, cuando yo era chico, estaba en medio de un inmenso cuarto redondo. Aquello tenía puertas y ventanas y se podía pasar a su interior. Era todo él de maderas claras y tenía infinitas figuras de marfil. Entonces uno entraba allí, se sentaba en una silla de paja y escuchaba los cuentos que me contaba mi abuela. Todo aquello era mágico. Y además mi abuela era una mujer que había sido divina; no linda, divina. Fue famosa por ello.

—¡Qué bonita evocación nos has ofrecido…! —Verdadera.

—Por cierto, me contaron (y no sé si cometo una indiscreción) que las tías, en los

últimos tiempos, vivían con grandes estrecheces económicas. —Cierto. —Pero no renunciaban a abrir cada semana sus salones… —¡Ah, también sabes eso!… Es verdad. —Y sacaban las vajillas más hermosas, las mantelerías más finas y delicadas. —Yo creo que era el único día que comían a la semana. Ellas hacían ese gran almuerzo al que yo les llevaba gente. Sacaban las porcelanas, y todo lo que les quedaba. Yo llevaba a los personajes que aparecían por Buenos Aires, a ese almuerzo triunfal. El resto de la semana desaparecían. Yo creo que comían en la cama, algo así… Eran unas mujeres admirables.

—Aparte de ese recuerdo de la quemadura producida por el agua hirviendo, creo que

hay otro recuerdo de agua, parecido pero a la inversa, de agua helada. Para que perdieras el miedo al agua te ataron una soga a la cintura y te echaron a una piscina.

—Sí. ¿Dónde has leído eso?

—En Cecil. Hablaremos después de él.

—Lo recuerdo. Mi padre deseaba mucho que yo supiera nadar. Cuando de niño nos llevaban a Mar del Plata, nuestra gran playa. De muy pequeño, a los 6 años, fuimos a una piscina. Había un hombre que nos enseñaba, pero no aprendíamos nada. Eso enfureció a mi padre. Entonces, me llevaron a una piscina cubierta en Buenos Aires, y allí había una especie de bárbaro que enseñaba a nadar atándonos una soga a la cintura. El agua estaba helada. Allí manoteaba como un perro, como nado ahora. Aprendí para salvar mi vida.

«Sirve la sopa, Adela. / Está caliente que pela.»

—¿Cuál fue tu primera obra literaria? —Es muy gracioso, verás… Yo tenía entonces 6 años. Nos mudamos de casa a la calle Maipú, en pleno centro de Buenos Aires. Mi madre escribía teatro en francés y español. Una pieza suya la elogió Benavente: yo conservo la carta. Siendo muy pequeño, recuerdo que la oía leer teatro y hacía la voz de los distintos personajes. Aquello me impresionaba mucho. Una noche hubo una cena con bastantes invitados. Mi hermano, con 4 años, y yo con 6, no participábamos, de modo que estábamos en el piso de arriba y a través de la baranda de la escalera que bajaba al hall veíamos entrar a la gente. Luego nos metieron en la cama y nos llevaron la cena. Al rato nos enteramos de que una señora muy ridícula se había enfermado comiendo mollejas… unas mollejas que le sentaron mal, y eso nos hizo una gracia enorme. Inmediatamente cogí papel y lápiz y escribí una obra de teatro. —A la que pertenecen, si no me han informado mal, estos versos: Sirva la sopa, Adela. Está caliente que pela. —Es lo único que queda en la memoria. Pero me parece que no era la sopa, ¿sabes? Creo que decía: Sirva la comida, Adela. Está caliente que pela. —Y ése fue tu debut literario y teatral.

—Curioso, porque después he intentado hacer teatro muchas veces y no lo he conseguido. Y resulta que aquello lo escribí en verso, y en verso bien medido. Y también tenía acotaciones entre paréntesis. Como lo había oído a mi madre.

—Luego vienen tus estudios en París y Londres.

—Desde mis 13 a los 17 años. Mi padre, que era mucho mayor que mi madre (casi hubiera podido ser mi abuelo), resolvió llevarnos a París, yo creo que porque en aquella época era más barato vivir en Paris que en Buenos Aires. Mi padre era un clubman, un hombre que vivía en el club más elegante de Buenos Aires, en el que tenía sus ropas y todo. Era un solterón. Aunque se casó a los 36 años, siguió siendo un solterón siempre. A nosotros nos quería, pero a cierta distancia. Nos llevó a París y nos metió en un colegio a mi hermano y a mí. Y todo lo que de veras sé lo aprendí allí. Fueron años muy útiles; los clásicos franceses, el latín… Ya en Londres, la cosa cambió. Teníamos un tutor y vivíamos en su casa. Aquello duró menos de un año. Pero nos sirvió para aprender el inglés. Y así, de aquella estancia europea salimos ganando dos idiomas. —Tanto, que hasta escribiste poemas y ensayos en francés.

—En francés yo escribía como escribo en español, en una época. Yo ahora me pregunto si podría; quizá con algún esfuerzo. Pudo haber ocurrido que hubiera llegado a ser un escritor, con el andar del tiempo, en francés. Mi padre, al terminar los estudios en

Europa, nos convocó y nos dijo que podríamos volver a la Argentina, «pero no quiero asumir la responsabilidad del futuro de ustedes. Si uno decide que nos vayamos a la Argentina, nos iremos. Si los dos deciden quedarse, nos quedaremos». Yo preferiría quedarme, pensé que para ser escritor estaba bien donde estaba. Fue mi hermano quien decidió irse, y nos fuimos. La consecuencia es que mi hermano hace veintiséis años que vive en Estados Unidos, donde es periodista de la United Press. Ha vivido también en el Japón; en la Argentina ha vivido muy poco. Aquella decisión me hizo fondear en mi tierra y no me quejo, no me ha ido mal.

—La vuelta fue en el 28. Terminas el bachillerato y comienzas a estudiar Derecho

para abandonar sus estudios en 1932.

—Sí, yo no tenía ninguna vocación. Mi padre era abogado, mi abuelo Láinez era abogado… todos creían de buena fe que si uno no era un abogado era un fracasado.