—Tu primer libro, Glosas castellanas, es del 36, una reflexión sobre el Quijote. Del 38
data la primera novela Don Galaz de Buenos Aires. Le sigue Miguel Cané: un romántico
porteño.
—Y en el 43 aparece Canto a Buenos Aires. La historia de la ciudad, en versos alejandrinos. —Mi único libro en verso. —Y con un soneto de Borges a guisa de prólogo. —El soneto es muy bello. Dice así: A Manuel Mujica Láinez Isaac Luria declara que la eterna Escritura Tiene tantos sentidos como lectores. Cada Versión es verdadera y ha sido prefijada Por quien es el lector, el libro y la lectura. Tu versión de la patria, con sus fastos y brillos Entra en mi vaga sombra como si entrara el día Y la oda se burla de la Oda (la mía No es más que una nostalgia de ignorantes cuchillos Y de viejo coraje). Ya se estremece el Canto, Ya, apenas contenidas por la presión del verso, Surgen las muchedumbres del futuro y diverso Reino que será tuyo, su júbilo y su llanto. Manuel Mujica Láinez, alguna vez tuvimos Una patria —¿recuerdas?— y los dos la perdimos.
»Porque tanto Borges como yo fuimos antiperonistas. Por eso la perdimos. Los dos sufrimos mucho durante el peronismo, a los dos nos echaron de nuestros respectivos trabajos. Nos persiguieron.
»Perdimos nuestra ciudad, nuestra vida, nuestro modo de vivir.
—Podríamos detenemos en algo que creo que merece la pena. Un cierto paralelismo
que hay entre las vidas, salvando muchas distancias, por supuesto, de Borges y Mujica.
—Bueno, pues tiene diez años más que yo… Los paralelos… Primero, está el de los orígenes porque tanto él como yo descendemos de familias históricas, con personajes históricos en la familia, y luego hay hechos a lo largo de nuestras biografías que nos acercan, sí. Por lo pronto, durante el primer gobierno de Perón. A los dos nos echaron de nuestro trabajo. Él trabajaba en la biblioteca, yo era secretario del Museo de Arte Decorativo. Después, en cambio, cuando la revolución posterior a Perón, a él le nombraron director de la Biblioteca Nacional y a mí director de Relaciones Culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores. Los dos entramos juntos en la Academia de Letras
Argentinas. Cuando a él le hicieron presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, a mí me hicieron vicepresidente…
—No sé si os han dado un premio al mismo tiempo. —No, yo he compartido un premio con Cortázar. —¡Ah!, sí, cuando Rayuela y Bomarzo.
—El Premio John Kennedy por mi novela Bomarzo y por Rayuela. Yo le escribí a Cortázar a quien no conozco personalmente, diciéndole que me daba gusto tener un premio al mismo tiempo con un hombre cuyos cuentos admiro, no sus novelas. Cortázar me contestó con bastante gracia que podríamos hacer una edición conjunta de los dos libros y que los podríamos llamar Boyuela, o Ramarzo.
—Hay otro hecho, muy importante, que entra dentro del paralelismo Borges-Mujica,
que es la cercanía, el amor y la presencia de la madre.
—Las madres, nuestras madres, murieron casi al mismo tiempo. El mismo año y con poca diferencia; sí, es cierto también. Yo quería mucho a la madre de Borges. Era una mujer excepcional. ¿Qué hubiera sido de esa familia sin ella? ¿Qué hubiera sido de un personaje ciego como Borges, de un personaje tan en el aire como su hermana la pintora, o del propio Guillermo de Torre, el cuñado de Borges? ¿Qué hubiera sido de todos ellos sin esa mujer? Era la que organizaba todo, el centro; era quien los ponía en marcha. —Era el motor. —Siempre decíamos que les daba cuerda y les hacía andar. —Y tu opinión de Borges como escritor… —¡Ah!, yo creo que es un gran escritor, por supuesto. Un enorme escritor. Cuando yo era joven me costaba mucho trabajo no imitarlo. Tuve esa suerte, pero no fue fácil, era una tentación. —Se habló mucho hace algún tiempo de una especie de debate entre vosotros…
—No, no fue un debate. Fue una conversación que se publicó en La Nación. Una conversación en la que Borges y yo evocábamos el Buenos Aires de nuestra juventud. Un Buenos Aires muy distinto. Diez años de diferencia, la de nuestras edades, en aquel entonces, marcan mucho. Las vidas fueron muy distintas, por otra parte. Yo era un muchacho muy mundano, muy frívolo, cosa que me fue muy útil para mis novelas. Mis novelas están llenas de personajes. Los que fui conociendo en los azares de la vida. Borges era, sin embargo, un hombre muy reconcentrado… por eso de la vista. La perdía, la recuperaba, la volvía a perder, hasta que la perdió del todo.
—Volvamos a los libros. Después de Canto a Buenos Aires vienen dos biografías, la Vida de Aniceto el Gallo y de Anastasio el Pollo.
—Que con Hernández, el autor del Martín Fierro, son nuestros poetas gauchescos. Yo me metí a hacer esas biografías porque mi abuela me regaló un manojo de cartas de
Aniceto el Gallo (que se llamaba el gallo Ascasubi) a mi bisabuelo. En esas cartas, este poeta que era un coronel del tiempo de nuestras guerras civiles le contaba cosas muy interesantes… —En la época rosista. —En la época de Rosas. Yo pensé que sería curioso escribir la vida de este personaje. Empecé a indagar. Se sabía muy poco de él. Fui al Museo Histórico y el director me dijo que había ido al lugar justo «donde está lo que usted necesita, porque aquí hay un baúl de cartas y papeles de Hilario Ascasubi, que donó su familia al morir. Nadie lo ha mirado», me dijo. Yo me metí en ese baúl y ahí encontré todo lo que me ha servido para hacer esa biografía.
Un encuentro feliz con el mundo del cine
—Tras estas vidas de los poetas gauchescos…—No hice la de Hernández, que cerraría el tríptico, porque se sabía mucho de él, se había hecho mucho ya sobre su vida.
—Aquí vivieron es la historia de una quinta de San Isidro, desde 1583 hasta 1924, a
través de veintitrés relatos encadenados. Con su lectura vamos asistiendo a la vida de una serie de personajes. Es la historia de ese mismo lugar… El personaje es el lugar.
—Bueno, a mí me lo compraron para el cinematógrafo hace muchísimos años y tuve la suerte de que no me lo filmaran. Fue una suerte estupenda. Lo vendí por siete años; si transcurridos no se filmaba, tal y cual, el libro volvía a ser mío. Lo vendí en aquella época por 300 000 pesos, que era una enorme cantidad de dinero entonces. Les pedí esa cantidad de dinero para que no me embromaran. Me lo dieron y viví con ese dinero ocho meses en Europa. Al cabo del tiempo, el libro volvió a ser mío. Estoy dispuesto a venderlo otra vez, siempre que no lo filmen. —Yo creo que va a ser muy difícil encontrar una ganga como ésa. —El siguiente es Misteriosa Buenos Aires, dentro de la tónica de los relatos. Es de mis libros el de mayor venta, porque se vendió y se sigue vendiendo en escuelas y colegios. A mí me asombra que lo lean los colegios, porque hay cuentos tremendos, pero en fin; los niños de ahora no son lo que eran antes. Es la historia de Buenos Aires contada en cuentos, todos muy documentados, muy trabajados.
—Y sobreviene después la famosa saga de la aristocracia porteña, o de la oligarquía
porteña, como han dicho otros críticos. Son cuatro tomos: Los ídolos, La casa, Los
viajeros e Invitados en El Paraíso. El primero de ellos consta de tres partes, que aunque se
pueden leer independientemente, constituyen una unidad en sí mismos.
—Te voy a decir por qué. Cuando escribí ese libro, yo era todavía un escritor bastante nuevo. Cuando lo llevé a la editorial me dijeron que era muy corto, que era un texto muy
corto para hacer un libro, y que debería agregar dos partes más. Yo le añadí eso, pero en realidad Los ídolos es sólo la primera parte, que quedó muy redonda.
—Dicen los críticos que La casa es la más lograda de las cuatro obras de la saga. Se
cuenta desde un punto de vista completamente nuevo. Quien habla en primera persona, quien cuenta, es la casa, es el edificio mientras lo están demoliendo.
—Mientras tanto cuenta su vida. —Cuenta su vida, sí…
—Mientras lo van demoliendo, mientras va sufriendo. Cuenta que le arrancan los escalones de mármol, comienza en ello, hasta que no queda nada de la casa.
—Los viajeros es la tercera de esta serie.
—Los viajeros me fue inspirada por mi familia materna que había estado en Europa, efectivamente, pero que vivían preparando un segundo viaje, un viaje que nunca realizaron. Eran los viajeros inmóviles. El punto de partida fue esa idea.
—¿Y el último?
—Invitados en El Paraíso, es el primer libro mío en el que figuran personajes tomados de la realidad.
—Llegamos a la obra considerada por la crítica como tu obra maestra. Dicen
algunos amigos tuyos que estás harto de que te hablen de ella porque se ha convertido para ti en un peso… —Un «ladrillo» de setecientas páginas. —Pero Bomarzo es un magnífico esfuerzo. Tres años de trabajo, una documentación anterior muy amplia. El narrador, en primera persona, está contando su vida después de cuatro siglos de haber muerto… —O de no haber muerto. Lo que se cuenta en la última página… no debe ser dicho. —Tu obra de mayor éxito mundial, traducida a todos los idiomas cultos. Y que inspiró
a Ginastera, el gran compositor, para hacer una cantata y, más tarde, es la ópera
Bomarzo. Se estrenó en Washington por ser un encargo de los americanos a Ginastera. —Y al año siguiente se dio en Nueva York. Cuando se iba a estrenar en Buenos Aires fue prohibida con el argumento de que era una obra inmoral. El libro había sido galardonado con el Gran Premio Nacional, y no estaba prohibido. Después cambió el gobierno y se estrenó con gran pompa en el teatro Colón.
—Sigue luego El unicornio, sobre la Edad Media francesa, y El laberinto, un libro que
en España conoce poca gente y que los españoles serían felices leyéndolo.
—Voy a tratar de que la editorial argentina me permita publicarlo acá. —El libro siguiente es Crónicas reales.
—Mi desquite sobre la historia después del gran trabajo que significó escribir los libros anteriores. Me inventé una dinastía de reyes europeos y los obligué a hacer tantas barbaridades como me vino en gana.
—De milagros y de melancolías, crónica de la fundación y costumbres de una
imaginaria ciudad americana, está seguido por Cecil, autobiografía de un perro… —Le puse Cecil porque me regalaron ese perro el día en que conocí a Cecil Beaton, el escritor inglés, el escritor fotógrafo. Me hice amigo de este perro, y se me ocurrió que él contase mi vida en Córdoba. —El viaje de los siete demonios, aparecido en 1974, es otro derroche de imaginación: una visión especial de los siete pecados capitales.
—Siete demonios que holgazanean en el infierno, y a quienes el diablo confiere la misión de ir a la tierra a tentar. —Y tu último libro… —Este que te he traído en mano desde Buenos Aires: Sergio. —Leí que es una novela bellísima, a caballo entre la realidad y la fantasía, que narra los infortunios de la virtud y de la belleza. —Sí, de la belleza sobre todo. —¿Escribes fácil?
—Fácil, rápido y a mano. Siempre por la mañana. Escribo tres o cuatro páginas a mano y de tarde las copio yo mismo a máquina. Eso es lo que va al editor. Tengo la suerte de no corregir apenas.
—Gracias, Manucho…
—Gracias a ti. Estoy muy feliz aquí, y muy contento y honrado con tu invitación: mis sangres españolas hacen que me sienta aquí como en mi casa.