—Hay una cosa que afirmas en uno de tus libros primeros y más tarde también en
algunas entrevistas, y es que de niño tuviste una enorme pasión por los objetos.
—Ah, sí; yo creo en los objetos. —¿Más que en los seres humanos?
—Inclusive más que en los seres humanos. Creo que son más fieles. Los seres humanos pueden traicionarte, pero a los objetos los traicionamos nosotros. Decimos esta silla es Luis XV, cuando sabemos perfectamente que no lo es. No, nosotros somos los que mentimos. Me he pasado la vida reuniendo objetos.
—De todas maneras, has hecho siempre distinción entre los objetos que te interesan y
los otros, los que llamas objetos tontos; más o menos los souvenirs de los turistas gregarios.
—Sí, son horrendos.
—Esos objetos que has ido reuniendo a lo largo de los años se han convertido en
colecciones realmente impresionantes, muchas de las cuales están ya recogidas en tu casa actual, en Córdoba. Una casa que debe de ser interesantísima.
—Sí, se llama El Paraíso. Una casualidad más de las muchas que se dan y que se han producido en mi vida y me hacen pensar tanto en lo sobrenatural, en lo mágico. Verás: yo publiqué hace muchos años, ya no recuerdo cuál, cerrando un ciclo de novelas sobre la
sociedad porteña, la sociedad de Buenos Aires, una que se titula Invitados en El Paraíso. El Paraíso era el nombre de una quinta. Y ahora vivo en una quinta que cuando la compré ya se llamaba El Paraíso, y está situada en una calle llamada Albiar, el apellido de mi mujer. Son casualidades que se dan.
—Dejando un poco el ritmo cronológico, me gustaría, como sé que eres un magnífico
guía para los invitados de El Paraíso, hacer una rápida visita por esa casa. Esa casa que describes en el libro Cecil. Tiene algunas salas impresionantes, como la sala de los ochenta retratos.
—La sala de los retratos tiene ochenta y tantos. Ahora me los quieren quitar quienes me los dieron. Hay retratos enormes y hay miniaturas. Son retratos de nuestra familia. Algunos muy interesantes. Sobre la chimenea está el retrato de mi tatarabuelo Varela, escritor, que fue asesinado en Montevideo por razones políticas. Era un hombre muy hermoso. Yo siempre digo que es una felicidad descender de él. Queda muy bien sobre la chimenea. Igual podría haber descendido de algún otro prócer de los que parecen monos. Hubiera tenido, ahí, encima de la chimenea, un cuadro de un mono, pero por suerte…
«Que nadie ose tocar esta piedra en forma de buda»
—Sobre una de las siete chimeneas de la casa… —Siete chimeneas. La casa está ubicada en un parque de siete hectáreas en el cual hay siete casas, y costó siete millones de pesos. —Y tiene siete chimeneas como ha quedado dicho. —Siete chimeneas…—Hay piezas enormes que están llenas de recuerdos arqueológicos, de ídolos
incaicos, de cerámicas precolombinas…
—Bueno, yo he estado dos veces en el Perú y otras dos en Ecuador, que es donde se trae uno cosas así, tan misteriosas. De joven hice ese viaje a Oriente, formando parte de una misión económica en la que iba de periodista. Yo hablaba inglés, por eso fui. En realidad, nuestra visita fue como una embajada y nuestra misión no tenía fronteras, aduanas, y, por otra parte, el dinero argentino, entonces, era muy fuerte. Pekín estaba en manos de los japoneses. Yo me volví a la Argentina con diecisiete cajones de cosas. Muchas me las habían regalado los japoneses, que son tan regaladores. Todo no era bonito, pero en fin, había de todo. Cosas estupendas. Muchas las conservo desde el 40. —Me contaron que, entre otras cosas, había una estela funeraria con una inscripción un tanto estremecedora, ¿no? —Ah, si. Eso lo compré en Manchuria, en Mukden, en un templo. Estaba tirado en el suelo. Tiene un poco más de un metro, de piedra gris. Es una figura de Buda sentado en una especie de pajarraco, y, alrededor, hay una serie de figuras de ángeles budistas… Los
japoneses nos rogaron que no comprásemos cosas pesadas porque el viaje era largo; había que trasbordar de unos trenes a otros… Andábamos con unas pequeñas valijas. Así viajábamos. Pero cuando vi esa estela ahí tirada en un patio me fascinó. Después que todos se fueron al hotel, volví solo. Me entendí como pude con una persona que había allí, y la compré por nada. Me veo volviendo al hotel en dos carritos. En uno iba yo, en el otro…
—La piedra…
—Y cuando llegué, el horror de los japoneses. Yo dije que si no viajaba con esa piedra me volvía a Tokio. Me acuerdo del resto del viaje. Detrás iban dos japoneses, llevando aquel cajón. En Tokio lo abrieron. Tenía una inscripción. La copié en un papel y se la llevé a un viejecito que conocí en el Museo Imperial. Era un arqueólogo. La estuvo estudiando unos días. La traducción decía: «Que nadie ose tocar esta piedra en forma de Buda que hice a la memoria de mi madre en el segundo mes de primavera…» de tal y cual, de la dinastía tal, del siglo XII… ¡Qué plan! Pero el viejecito me dijo que no era sobre mí sobre quien recaía la maldición. «Fíjese que la piedra ha sido arrancada, está rota abajo. La base tiene una rotura…». A quien la rompió no sé cómo le ha ido. A mí no me ha ido mal. La tengo sobre una chimenea en el comedor.
De los libros a la isla de Skiros, pasando por Aquiles y los sonetos de
Shakespeare
—La biblioteca creo que es considerable. —Bueno, no es enorme, hay 20 000 libros. Está muy clasificada. Se sabe dónde están todos sin necesidad de un fichero. Por temas, y luego por orden alfabético. —¿Hay ejemplares importantes?—Hay cosas raras, sí, que me han regalado o que he heredado. En mi familia hay ciento cincuenta años de escritores, y los libros han ido pasando de mano en mano, y los manuscritos. Hay uno muy raro, es la primera y segunda partes del Amadís de Gaula, el manuscrito de la traducción en francés. Es del año 1540.
—Y luego están las estatuas.
—Están las estatuas. Está la estatua de Aquiles, que es muy hermosa. Era de mi suegro. La compró en París en el año 16, más o menos, para el jardín de su casa, que es ahora la embajada de Italia en Buenos Aires. Cuando vendió la casa a los italianos se la llevó. Luego que murió él y su señora, mi suegra, y que se distribuyeron las cosas, yo me acordé de la estatua que estaba en el jardín. Aquiles en el país de las mujeres; Aquiles en la isla de Skiros. Yo la pedí y me la llevaron con un trabajo atroz a El Paraíso. La colocaron en el bosque (porque aquello no es un parque, es un bosque), el de la Bella Durmiente, y ahí estaba, y desgraciadamente los muchachones, supongo yo, de por ahí,
durante uno de mis viajes, le rompieron la nariz, le rompieron el penacho. Entonces la coloqué junto a la casa, en un patio. Fíjate, esa estatua la he visto en Versalles, está en el parque y está intacta, y por esa estatua ha pasado la Revolución francesa, y la mía, en tres años de sierra de Córdoba, en la Argentina, perdió la nariz, perdió el penacho, pero ahora está bien, le hicieron la cirugía estética. —¿Está firmada y con fecha? —Está firmada y con fecha. Es del fin del XVII, de la época de Luis XIV.
—Bien. Hemos paseado por esa hermosa casa, El Paraíso. Pero vayamos a otro
tema… Empiezas en el campo de la poesía por traducir cincuenta sonetos de Shakespeare. —Traduje aquellos poemas en una época difícil. —Me han hablado mucho del monóculo que llevas, aunque casi nunca lo usas. —Sí, sí lo uso. Lo uso en el Prado para mirar los cuadros de lejos. Y ahora te veo por primera vez con él y veo que la cara tiene unos brillos que antes… —Y me han hablado de tus anillos… y de tus bastones.
—He perdido el más importante hace poco. Era un anillo redondo, que me habían regalado entre veintisiete amigos y lo he perdido hace menos de dos meses en El Paraíso. Tenía el perfil de Shakespeare en una ágata.
—Otra cosa poco sabida, me dicen, y no sé si es cierto, que posaste como modelo
para una revista norteamericana en compañía de la esposa del hijo de Hitchcock. —Sí, cierto; cuando fui a… —Estrenar Bomarzo, hecho ópera… —En Nueva York. Se estrenó en Washington, y al año siguiente se dio en Nueva York. Fue allí. Preparaban un número extraordinario de una revista dedicada a América Latina y nos pidieron a varios que posáramos con unas modelos. La mía era la nuera de Hitchcock, una mujer espléndida. Recuerdo que sucedió una cosa muy divertida. Aquello era un gran estudio y estábamos muchos para posar. Había una muchacha que tenía que posar con un tapado, un abrigo. Se lo puso y le sacaron cien fotografías. ¡Tú sabes!, estilo blow-up, y cuando le habían sacado las fotografías se dieron cuenta de que el abrigo que llevaba puesto era el de una secretaria. Tuvieron que volver a empezar.