—Y los americanos…
—Sobre Walt Whitman dicté varias conferencias en los Estados Unidos. Sí, sobre el extraordinario experimento de Whitman al escribir una epopeya en la que no hubiera un solo personaje, sino en la que todos fueran personajes principales, una idea democrática, de modo que ese personaje Whitman que es parcialmente él, parcialmente su proyección, su magnificación, parcialmente el lector también, y cada lector futuro, asimismo. Es un personaje rarísimo el Walt Whitman de las Hojas de hierba, porque no es el periodista quien escribe este poema, ni es el poeta, sino que son varias personas a la vez; el autor, una magnificación del autor, y cada lector, que en el curso del libro habla muchas veces con Whitman diciéndole: «¿Qué ves, Walt Whitman?», «¿Qué oyes, Walt Whitman?». Sí, es el lector, es cada uno de nosotros un personaje de Whitman cuando lee Hojas de
hierba. Es un experimento curiosísimo. Es lo más extraordinario que se haya hecho en la
historia de la literatura, y además Walt Whitman es un gran poeta. —¿Qué opina usted de la democracia?
—Ya lo dije en un poema de un libro mío reciente: es un abuso de la estadística, y nada más.
—¿No cree usted en la democracia?
—No creo en la posibilidad de la democracia argentina. Pero quizá en otros países pueda haber una democracia, y en algunos la hay, claro que en esos países ya no importa que haya democracia o que haya otra cosa. —¿Ve usted soluciones para su país? —Postergar las próximas elecciones unos trescientos o cuatrocientos años… La única solución es tener un gobierno fuerte y justo, un gobierno que gobierne, y un gobierno de señores y no de hampones.
El ideal: no tener gobierno
—En los tiempos del peronismo fue usted perseguido con cierta saña…—Sí, detuvieron a mi madre, a mi hermana, a mi sobrina, me destituyeron de un puesto modesto, que les pareció demasiado para mí… Yo nunca me he ocupado de política, y de política nada entiendo: yo entiendo de ética. Y por otra parte, a mi edad es natural que yo mire más hacia la derecha que hacia la izquierda. —¿Por razones puramente biológicas? —Posiblemente. —¿Usted heredó el anarquismo de su padre? —Sí. —¿Y lo tuvo de joven? —Y lo tengo para el porvenir. —¿Cuál es su ideal en política? —Ojalá merezcamos no tener ningún gobierno. En ningún país del mundo. Acaso un mínimo de gobierno, un gobierno puramente municipal, un gobierno Spencer.
«Tierra sacra que fuiste la memoria de Germania»
—En fin, será mejor que volvamos a la literatura. —Es un terreno más seguro… suponiendo que me sienta seguro en algún terreno. —Las conversaciones tienen estas idas y venidas…—De otro modo no serían una cosa viva. Tienen que ramificarse… —Pero volvamos a su exploración de las culturas. —A mí me han interesado muchas culturas, también la china en un tiempo, la filosofía del Indostán, la mitología escandinava… Sí, me he interesado por muchas cosas. Y ahora, especialmente por la literatura escandinava medieval. En Islandia se salva la memoria de toda Germania, la memoria de Alemania y de Inglaterra y los Países Bajos. Holanda, los países escandinavos… Todo eso se sabe allí, y todos esos mitos: el crepúsculo de los dioses, la historia del barco que se hace con las uñas de los muertos, todo eso se sabe en Islandia, en esa isla perdida, allí. Lo que llamamos mitología escandinava es en realidad la mitología germánica, y sin los islandeses se habría perdido. Wagner no habría podido hacer su obra sin ellos.
—¿Es usted wagneriano?
—No me gusta Wagner, porque me parece que no entendió mucho todo eso, que lo hizo de un modo muy romántico, muy enfático. Yo diría que Wagner no entendió lo escandinavo, o será que no entiendo a Wagner como él ignoró a los escandinavos… Poco tendríamos si no hubiera sido por Islandia. En un poema que le he dedicado reconozco todo eso, y recuerdo cómo desde mi infancia ha sido uno de mis nortes: «Islandia, te he soñado largamente».
Gracián, caricatura de Quevedo
—¿Y la cultura española? —¡Habría que hablar tanto y de tantas culturas españolas en diversas épocas! Pero con todo yo diría, y aquí voy a ser heterodoxo (y usted determinará si puedo serlo), que hay una soltura en los principios de la literatura española que se pierde… Busquemos un caso que no sea demasiado primitivo: Cervantes, por ejemplo. Toda esa complejidad que observo en Cervantes, y de la que le he hablado antes… esa complejidad fluye, y uno no siente mayor esfuerzo. En cambio ya en otros ingenios algo posteriores, como Quevedo, todo eso está un poco rígido, y en el caso de Gracián ya todo es absolutamente rígido.—¿Le disgusta Gracián?
—Me parece una caricatura de Quevedo, porque todavía en Quevedo todo eso está conmocionado por la pasión, pero Gracián es muy frío, prácticamente glacial. Llamar a las estrellas «gallinas de los prados celestiales», por ejemplo, es imperdonable, ¿no le parece a usted? Yo creo que Gracián es una superstición alemana en cierto modo, y que Schopenhauer lo admiraba mucho porque lo entendía poco. Gracián pensaba bien, era un hombre muy, muy agudo, pero que al escribir se creía obligado a decirlo todo de un modo ingenioso y con juegos de palabras. Por ejemplo, cuando dice: «La vida es milicia contra la malicia». Eso puede ser cierto. Uno puede pasarse la vida militando contra la malicia,
pero al mismo tiempo cuando uno lo lee en español (no cuando lee una traducción al alemán de Schopenhauer), lo que llama la atención es el juego de palabras: «milicia- malicia» y entonces el pensamiento ya está perdido, aprisionado por el retruécano. Y el retruécano ahí «milita» contra el autor, porque nos impide ver la idea de que la vida es milicia contra la malicia… Y en general eso es lo que ocurre con Gracián: que él ha pensado admirablemente, pero luego, al escribir, se cree obligado a esos dibujos, a esas simetrías que son la madre del estilo barroco, en el cual fue un maestro, pero un maestro de un género desdichado.