«Descubrí, y era un poco penoso, que yo me movía con naturalidad en el territorio de lo fantástico sin distinguirlo demasiado del real». Otra vez en el tiempo, querido Julio, intento establecer comunicación contigo, cosa que la experiencia me ha revelado nada fácil, pues he conocido al verdadero Cortázar después de muchos amagos y decepciones, cuando eras largamente inencontrable para el rosario de cartas, telegramas y telefonazos que se estrellaban en el muro del silencio. Así es que hay en mis sentimientos y visiones de Cortázar una tumultuosa mezcla: veo el escritor superior doblado de fantasma, al muchacho triste y con asma que jugaba con los hijos de los obreros en los descampados de Banfield, y al joven envuelto en bufanda y gabardina por el quartier latin, al enseñante de literatura francesa en la Universidad mendocina y al apologista de Fidel Castro, al habitante de una granja en la campiña del Midi y al hombre que lucha con un pullóver.
Cortázar caminando por las calles de Argentina como un fantasma entre los vivos, o como un vivo entre los muertos, o tendiéndome la mano en el salón de un hotel alemán, sí, ese gigante sonriente que hace desaparecer mi mano —que no es chica— entre los dedos nudosos de una mano enorme. Y bajando del sauce de la infancia para ver borroso y desvanecido a un padre que nunca volverá. Traductor de la Unesco, muchacho que amó a Keats sobre todos los poetas, yo te escucho a veces en los discos, cuando suena la trompeta de Louis Armstrong o solloza el saxofón de Charlie Parker. Todo mi afecto hacia
ti nace de esa complicidad lector-autor que a ti te gusta tanto, y sobre la que luego se han superpuesto recuerdos, biografías y vivencias. Aunque no me gusten los barcos, creo escuchar la sirena del Conte Grande mientras Persio estudia en el tablero infinito el movimiento de los adversarios mudos. Y en las esquinas me asalta a veces el chirrido con que frenas tu vespa un día para no matar a esa anciana que desprecia por igual los semáforos y la vida.
El Cortázar de todas las lecturas directas e indirectas, el de la fascinante aventura de
Rayuela que te carbonizó la sangre, y el que busqué —sin hallarlo, claro— en las alturas
de Saicnon, en aquella pequeña casa perdida en el campo donde también dejé mensajes que nunca supe que llegaran a tus manos. Cortázar inaprensible; errante, en ignorados paraderos. Los telegramas se perdían por el camino, se hacían trizas en París. Las cartas desaparecían engullidas por el polvo y el fracaso. Los hilos telefónicos desembocaban en un babélico mar de confusiones. Parecía claro que Cortázar sólo existía en los libros, y habría que seguir buscándote en ellos, ya que, por otra parte, «los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo».
Virgo, asténico, mercurial, y con el gris y verde como tus colores básicos —en la predilección como en el aspecto—, yo me hice el retrato robot de aquel maravilloso escritor fantasma al que definitivamente creí que no alcanzaría a ver. Pero las fronteras de ese retrato imaginario cambiaban de continuo, y lo mismo tenían perfiles de Poe que de Rita Renoir, o sonaba el gong de Borges entre las doce cuerdas para proclamar al cuento vencedor por knock-out, mientras la novela vuelve derrotada al camarín de las embrocaciones y de los tafetanes.
Y llegó aquel día con color de día cualquiera, uno entre tantos empujando el ladrillo de cristal, la masa pegajosa que se proclama mundo, y por fin sucedió. Fue tu primer acto de presencia. ¡Existías! Era una tarjeta postal en la que me escribías tu gratitud por haber sido invitado al programa, y declinabas cordialmente la invitación. Tomabas cuerpo en forma progresiva: el Cortázar que está en Kenya-en Cuba-en México-en cualquier parte menos-donde-se-le-busca, ya no es hijo de la fantasía. Es algo más que literatura, algo más que libros sin una imagen humana y latente que los respalde. Los editores, los agentes literarios, los carteros parisienses, los marselleses, los mexicanos, los cubanos, las señoritas del 009, las coordinadoras de «A fondo» pegadas a un teléfono estéril habían logrado tejer casi mágicamente aquel milagroso rectángulo de cartulina que nos mostraba, al dorso de una panorámica creo que de París, el tatuaje de tu caligrafía cada día más joven, como tú mismo, doriangreyesca y a lo conde Fosca de la Beauvoir.
Aquella sorprendente caligrafía alentó el vuelo de nuestra pesquisa, y mientras llegaba la hora del primer encuentro físico, seguía dando mi «vuelta a Cortázar en ochenta libros», los tuyos y los escritos sobre ti, pieza de disección en los laboratorios universitarios, y trataba de verte «del lado de allá» y «del lado de acá». Y te veía de señorito porteño, solterón, melómano y solitario, arrastrando aún aquella sensibilidad excesiva de tus años primeros con la sedosa flor creciente de la tristeza, y de los primeros
amores desesperados.
La Feria del Libro de Frankfurt, puesta bajo el signo de la literatura latinoamericana, hizo de factor decisivo y desencadenante. Nos encontramos y hablamos por primera vez. Te vi enorme, altísimo, con 63 años según el registro, y veinte menos en tu verdad exterior, de joven atleta que va a correr los cien metros lisos. Y los ojos tan claros, tan grandes, tan verdes o tan azules, y esas chaquetas de tweed un poco grandes, y el pullóver de cuello cisne, y la sonrisa, sobre todo la sonrisa envolvente, amistosa. Allí estaba el Cortázar vivo, y a tu alrededor flotaban los Cortázares buscados y no hallados, los perdidos entre un millón de librerías del mundo, y en las papeleras donde van a yacer los telegramas sin respuesta, y los Cortázares imaginados y otro tiempo reales, que vomitan conejos en los ascensores, que escriben con el fósforo al lado de la botella de nafta, que se deslizan cautelosos por las calles mojadas con miedo de resbalar y quebrarse una pierna, el pequeño burgués que acaba por querer al «pelusa», y al automovilista atrapado en la autopista del sur, el niño que aprende el francés como idioma materno y nunca logra quitarse la «r» de su pronunciación, y el hombre del tribunal Bertrand Russell, que condena a los regímenes que se sustentan sobre la tortura, el que cede sus derechos del
Libro de Manuel y hace posible el largo viaje de las madres de muchachos presos hasta
las cárceles de la Patagonia. No sé quién escribió que hay siempre un niño en tu mirada, y yo creo que eso es lo que nos acerca a ti aún más profundamente que tu talento: es ese mundo que promete futuros prodigios, esa inquietante escalera hacia atrás y hacia siempre y hacia el amor y hacia la fraternidad, esa mirada del niño triste y sin asma al que un día se le fue el padre y tuvo que llenar el vacío con gatos, perros, tortugas y cotorras. Aquel niño de Banfield es el que está todavía ahí, encaramado en tus pupilas, el que mira los azulejos del parque Güell, el que escribe poemas simbolistas en las ramas de un sauce, el pecoso «belgicano» que me dice ahora desde su metro noventa y tres (y creo que te quitas centímetros) que ya no necesitamos a Cortés ni a Pizarra, y que somos un solo conjunto unido por el idioma y ojalá que por un mismo destino histórico. Madrid fue una fiesta con Julio, no sé para ti, pero sí para nosotros, en todos aquellos encuentros antes y después del programa. Se nos fue —se me fue— el santo al cielo, y donde debí grabar un máximo de noventa minutos, que era en ese momento «mi» tiempo para el programa, hubo necesidad de empalmar nuevas cintas de vídeo y quedó la entrevista en dos horas y veinticinco minutos. En el estudio se produjo una invasión de cronopios, y cuando el programa cabalgó las ondas, las calles se quedaron desiertas de famas y esperanzas, y todos estábamos allí, atrapados por aquel gigante de larga y oscura cabellera, aquel barbudo de voz melosa y erres guturales que nos asomaba al mundo de lo fantástico —la muerte, el circo y el manicomio que según Lezama Lima se anillan en tu arca—, prisioneros de los Cortázares de dentro y el Cortázar exterior, de tez pecosa, que fuma gauloises y pide otro poco de whisky por favor. Pero sobre todo, querido Julio, si esta nueva comunicación te llega para que a lo mejor otro día nos estremezca el milagro de una tarjeta postal venida de cualquier parte con tu firma, quiero decirte que lo que no ha olvidado nadie todavía es aquella mirada tuya, la mirada del niño que nace entre cañonazos alemanes, la que descubre atónita en Barcelona el oleaje del mar, la que
persigue a Mallarmé por entre los baldíos de Banfield, o por el laberinto místico de los mandalas… Esa mirada en la que todos los hombres nos reconocemos un poco, elevados sobre los niños que fuimos, y pensando en los hombres nuevos que quisiéramos llegar a ser.
Todos los hombres, el hombre
—Nací el 26 de agosto de 1914 a las tres de la tarde en Bruselas. —¿Por qué en Bruselas?—Porque mi padre, que era técnico en ciertas materias económicas en la Argentina, fue destinado al frente de una misión agregada a la legación argentina en Bélgica. Yo no sé si tenía cargo o estatuto diplomático; el hecho es que trabajaba en la legación.
—Naces en plena Gran Guerra.
—Mi madre contaba que fue terrible estar metida en una clínica (esperándome), al tiempo que oía las explosiones de los obuses alemanes cayendo en las cercanías. Parece que nací un poco de casualidad.
—Así es que la guerra os empujó hacia horizontes más gratos y menos peligrosos. —La Argentina era un país neutral en la guerra del 14 como lo fue también en la segunda guerra mundial, y mi familia no tuvo problemas directamente con los invasores (los alemanes), que le permitieron pasar a un país neutral, en este caso Suiza, y luego España, y por eso entre mi primer año y medio y los casi cuatro vivía en Barcelona, hasta que en 1918, una vez terminada la lucha, la familia pudo volver a la Argentina.
—De los primeros años quedan a veces recuerdos vagos, imágenes evanescentes…
¿cuáles son los más antiguos en tu memoria?
—He tenido y tengo recuerdos que me atormentaban, porque a los 9 o 10 años me volvían de vez en cuando imágenes inconexas y muy dispersas que yo no podía hacer coincidir con nada conocido. Entonces se lo pregunté a mi madre: «Mira, hay momentos en que veo cosas extrañas, como baldosas o mayólicas con colores… ¿qué puede ser eso?». Y mi madre me dijo: «Eso puede corresponder a que, de niño, te llevábamos en Barcelona a jugar con otros niños al parque Güell». De modo que mi inmensa admiración por Gaudí comienza quizá a los 2 años. —Inconscientemente. —Sí… y también recordaba una playa, y luego supe que me llevaban a ella con otros niños. Una sensación amenazante de grandes olas que avanzaban, y un enorme sol, y un olor a sal, muy extraño y muy inquietante para mí. Evidentemente, un niño ve las cosas de una manera mucho más primitiva, sin ninguna conceptualización, sin pasar por el
intelecto, en una intuición pura, y volvían así como a ráfagas, pero mi madre me dio los suficientes elementos como para que yo pudiese finalmente identificarlos.
—¿Alguna vez tuviste la tentación de ir al reencuentro de ese tiempo perdido?
—Sí, claro. La primera vez que vine a Europa, en 1949, tomé un barco cuya primera escala era Barcelona. Y lo primero que hice fue ir al parque Güell, pero naturalmente la imagen no correspondía, incluso por una cuestión óptica. Ahora miraba el parque Güell desde un metro noventa y tres, y en cambio el niño había mirado desde abajo, con una mirada mágica que yo trato de conservar pero que no siempre tengo, desdichadamente.
—Tampoco las olas tendrían la misma entidad amenazadora.
—Pero no son como las obras de Gaudí. Las olas son intercambiables. Todos los fuegos el fuego, y todos los mares el mar. El mismo mar.
—Tus padres, argentinos, tenían ascendencia vasca y francesa, respectivamente… —En este aspecto de la biografía, muchos argentinos coincidiríamos bastante porque tú sabes bien que la Argentina, país de inmigración, produce estos cócteles humanos, mezclas de razas por cierto afortunada, pues sigo creyendo que uno de los caminos positivos de la humanidad es el mestizaje. Cuanto más grande se haga la fusión, más podremos eliminar el chovinismo, los patrioterismos, los nacionalismos de frontera, absurdos e insensatos. —¿Todos los hombres, el hombre? ¡Ojalá! —Pero espero que al mismo tiempo el hombre sea todos los hombres, porque tampoco pienso en un modelo unilateral. Bueno, ni siquiera lo son las abejas o las hormigas. Pero que el individuo se salve. De no ser así, la vida no tiene sentido. —De modo que tú eres uno de esos cócteles producidos por la inmigración.
—Cortázar es un apellido vasco, incluso me han dicho que hay una aldea con ese nombre en el País Vasco. Mi bisabuelo vasco emigró a la Argentina, y en Salta, una de las provincias del norte, se dedicó a la agricultura y un poco a la ganadería. No sé mucho más. Jamás me interesé por el árbol genealógico e incluso me faltan datos concretos. No conozco bien mis antecedentes.
—¿Y por el lado materno?
—Mi madre era argentina nativa, al igual que mi padre, pero hija de franceses y con abuelos alemanes, de Hamburgo, de modo que ya ves tú que las combinaciones de cromosomas son algo complejas.