—Parece que sus padres sentían cierto temor a posibles contagios en la escuela, dadas
las enfermedades de la época, por lo que tardaron mucho en dejarle salir de casa. ¿Por eso leyó tanto?
—Por eso.
—Y tuvo usted una institutriz inglesa que creo se llamaba miss Tink.
—Sí, sí, miss Tink, qué raro, y un primo de ella fue famoso como malevo, «Tink el inglés», un cuchillero, o navajero, como dicen ustedes.
—Fue fácil para usted aprender el inglés.
—Mi padre sabía inglés, mi abuela inglesa me recitaba de memoria la Biblia en inglés, y en el inglés de la Biblia de los obispos. Era como una Biblia viviente. Usted citaba un pasaje cualquiera, y ella decía: «Libro de Job. Capítulo tal, versículo tal», y seguía adelante. —¿La recuerda bien? —Mucho. Me acuerdo de tantas cosas… Y de cuando se estaba muriendo. Todos nos hallábamos muy apenados, y nos mandó a llamar, y nos dijo: «Esto que sucede no tiene nada de interesante; soy una mujer muy vieja que está muriéndose muy despacio. Esto no puede interesar a nadie, ni preocupar a nadie». Era una mujer muy vieja pero muy frágil, como mi madre. Es bonito, ¿verdad?, que ella pudiera ver su propia muerte, que ella pudiera verse morir como desde lejos, ¿no? «Una mujer muy vieja que está muriendo muy
despacio».
—¿Y su otra abuela? Murió en Ginebra, ¿verdad?
—¿Puedo ser indiscreto, y contarle la muerte de mi otra abuela? —Naturalmente.
—Pues sí, se estaba muriendo en Ginebra, una mujer a la que jamás había oído una mala palabra. Tenía un hilo de voz, era hija del coronel Suárez, el que mandó la carga de Junín, en el Perú. Todos la rodeábamos, y entonces dijo: «Déjenme morir tranquila». Y después la mala palabra que yo nunca le había oído antes, pronunciada con aquel hilo de voz. Sentimos que era una mujer valiente. Entonces mi padre dijo: «Bueno, la hija del coronel Suárez está bien». Aquella mala palabra, que no voy a mencionar aquí, la oímos entonces de sus labios por primera y última vez.
«Si me muriera esta noche, sería muy feliz»
—Esas agonías que usted ha vivido de cerca ¿han podido influirle hasta el punto de que
haya en usted una verdadera obsesión de la muerte?
—Quizá hice mal en contar esta anécdota, pero la he contado con todo cariño y respeto, con toda reverencia hacia ella. Sí, todas esas agonías me han marcado, a todo el mundo le marca la muerte. La agonía de mi padre fue también una larga agonía. Como digo en un poema, «murió sonriente y ciego». Larga fue asimismo la agonía de mi madre. La idea de que podemos cesar en cualquier momento, de que somos fortuitos, de que somos casuales, tiene que emocionar a cualquiera que no sea del todo insensible.
—Me dicen que está usted preocupado por su vida, por su salud, y por su longevidad,
la longevidad tradicional de su familia…
—Sí, sí me dieran la noticia de que voy a morirme esta noche, creo que me sentiría muy feliz. La Sagrada Escritura aconseja 70 años, yo ya cumplí los 79, mi madre murió a los 99, mi tía murió a los 100 años y diez días… No puedo tenerlo peor, ¿eh? Yo creo que es durar mucho. —Y a usted no le apetece… —No. Ahora bien, como yo descreo de la otra vida, siempre me queda la esperanza de la muerte como un fin total. Y espero ser olvidado después de mi muerte. —¿De veras tiene usted deseo de «irse»? —Siempre los he tenido. Como me gusta mucho dormir, y padezco de insomnio, veo la muerte como un largo sueño deseable. —¿Es verdad que su padre se dejó morir?
porque sé que no lo harás, pero voy a arreglarme». Y a partir de ese momento, no se alimentó, no dejó que le pusieran inyecciones, se limitó a tomar de cuando en cuando un poco de agua, y al cabo de un tiempo (sin duda muy largo) encontró lo que buscaba.
—¿Lo interpreta usted como un rasgo de valor, o de cobardía? —Para mí es un rasgo de valor.
—Usted, de algún modo, se siente identificado con ese final de su padre, y el de su
abuelo avanzando al trote con un poncho blanco contra el ejército enemigo. —Sí, los admiro, los quiero, y los envidio… porque no creo tener el valor de hacer lo mismo. —Y sin embargo, la vida no se porta mal con usted. Es el escritor en castellano que más suena hoy en el mundo, y… —La gente es demasiado buena, la gente es muy indulgente conmigo.
«No he buscado nunca la celebridad»
—Está usted de moda en todas partes, ahora se vive una fiebre Borges en los Estados
Unidos, y no digamos lo que es usted para los hispanoamericanos…
—Es muy raro lo que pasa conmigo. Yo no he buscado nunca la celebridad, y la celebridad me ha llegado. Quizá por eso, porque no la buscaba. Mejor es no buscar las cosas, y dejar que lleguen solas.
—Entonces, quedamos en que la muerte es para usted…
—Una esperanza, el fin de todo, esperémoslo así. Sería espantoso tener que seguir, ¿eh?
—¿Qué ha sido para usted lo más hermoso de la vida?
—He encontrado la amistad, he encontrado el amor, he encontrado sobre todo los libros, el estudio de las lenguas… Yo en el año 1917 me enseñé alemán. Compré las obras de Heine, y un diccionario alemán-inglés, me puse a estudiar, y al cabo de unos meses estaba leyendo a los grandes escritores alemanes en su lengua… Y en 1955 empecé a estudiar anglosajón, inglés antiguo, y voy a publicar una antología en colaboración con María Kodama, una antología de poesía anglosajona cuyos textos hemos traducido directamente.