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2.4 Evolutionary Computing

2.4.1 EA Basic

Si es cierto que las perversiones no representan sino distintas cualidades del goce individual, es predecible que existirán correspondencias entre ellas y que coexistirán usualmente más de una en una misma persona. Así sucede en realidad.

Es muy frecuente encontrar combinaciones diversas en casi todas las perversiones, como ya hice mención al abordar el fenómeno del fetichismo. También los rasgos exhibicionistas son frecuentes entre las parejas sadomasoquistas o entre las fantasías de mujeres masoquistas, sobre todo si se trata de la exhibición forzada. Muchas mujeres se someterán a alguien si es capaz de conectar con sus pulsiones exhibicionistas y llevarlas a cabo a partir del deseo de otro, dado que el Amo habita en el espejo (Amo "es la conciencia que es para sí, pero ya no simplemente el concepto de ella, sino una conciencia que es para sí, que es mediación consigo a través de otra conciencia, a saber: una conciencia a cuya esencia pertenece el estar sintetizada con el ser independiente o con la coseidad en general" (Hegel)) , en la mirada. Lo más interesante del exhibicionismo es que es una conducta que sólo parece ser legítima (como el goce perverso), a partir de una cierta condición impositiva, ya hemos visto que se trata de una falacia impositiva, pese a lo cual y quizá por eso, libera "de facto" al exhibidor de su responsabilidad. La búsqueda de situaciones de riesgo, el coito en lugares públicos, tanteando la posibilidad de ser

descubierto y por tanto merecedor de algún tipo de sanción, parece encontrarse entre el catálogo de goces de algunas personas y forman parte del repertorio sofisticado que muchos contemplamos en películas como Nueve semanas y media, verdadera biblia del masoquismo light.

Lo que me parece una cualidad distintiva del exhibicionismo entre hombres y mujeres es precisamente el carácter compulsivo del exhibicionismo masculino en comparación con el carácter manipulativo del exhibicionismo de las mujeres. En realidad, este carácter de compulsión o de "fuerza irresistible", con el que parecen manifestarse determinadas perversiones como el exhibicionismo o la pederastia, se refieren casi siempre a las perversiones ilegales, practicadas más frecuentemente por los perversos masculinos. Si comparamos estas conductas por sexos, veremos que en las mujeres casi nunca son percibidas como impulsos emergentes, sino como conductas que precisan de una legitimación para otra persona, de otra mirada. Como dice Lorca:

Hay barcos que en la noche, buscan ser mirados

para naufragar.

El exhibicionista masculino busca en la sorpresa de su exposición, el asombro y la perplejidad de su víctima, mientras que la exhibicionista femenina lo que busca es "ofrecerse como objeto erótico", ser deseada, evocar una mirada y escapar. En este tipo de conductas hay mucho de provocación y de manipulación y también de riesgo, por lo que muchas mujeres optan por hacer este tipo de juegos en pareja, estableciendo con ella una especie de contrato sado-masoquista que incluye la exhibición forzada. Sin embargo, no he conocido nunca ninguna mujer exhibicionista que sienta ese impulso como

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algo irrefrenable, probablemente porque el exhibicionismo femenino no es ilegal y por tanto no está sujeto a sanción alguna.

En este sentido, baste como muestra esta confesión que (Utilizaré adrede el término confesión para referirme en toda la obra a las manifestaciones realizadas por pacientes en contextos clínicos, al entender que este tipo de confidencias se hacen con el fin de obtener perdón y reconocimiento, tal y como señala Foucault, con la diferencia de sustituir la penitencia por la terapia.) me hizo una paciente exhibicionista durante su tratamiento, al que solía acudir sin bragas. Una vez confrontada con este límite que le impuse para seguir en tratamiento, me confesó:

"Me gusta ir sin bragas porque los hombres te miran, ¿Llevará o no llevará?".

Donde parece evidente el ofrecimiento como objeto erótico, ligado a la ambigüedad de su propuesta. Sin embargo, un exhibicionista masculino que tuve en tratamiento durante años debido a una permuta de su condena, que el juez le había impuesto para no procesarlo, me confesaba abiertamente.

"La verdad es que no sé por qué lo hago. Es una tontería". Donde puede evidenciarse el extrañamiento y

la alienación respecto a sí mismo y a su propia conducta. El paciente sentía que su impulso

exhibicionista era irrefrenable, a pesar de la evidencia de que mientras estuvo conmigo en tratamiento por prescripción judicial, no reincidió. Es más que obvio que existe una correlación entre la sanción jurídica de determinadas conductas y el sentimiento de alienación con respecto a ellas, en este caso la simple tutela psiquiátrica bastó para que esta conducta cesara durante años. No ya porque ser un libertino no es una categoría deseable, ni reconocible, sino además porque la Psiquiatría y la Ley intervienen de oficio para sancionar esta inocente actividad sexual periférica, que al ser sustraída del catálogo de conductas intencionales, se desplaza a un lugar donde no puede sino ser sentida como una actividad alienante, impuesta desde alguna lejana instancia y enloquecida. De lo que se trata, al parecer, es de mantener opacas las relaciones entre placer y poder, mediante la diseminación de conductas específicas que puedan ser filiadas, y por tanto ser reintroyectadas como categorías en el ser humano individual. Conseguido este objetivo, el Poder puede volver a ser indulgente y permisivo.

Además del fetichismo y del exhibicionismo, el travestismo es también una actividad, más frecuente de lo que pudiera pensarse y que tiene que ver con el masoquismo y también con el fetichismo. Todo travestismo es un caso especial de fetichismo. Por una razón que se me muestra esquiva, a muchos hombres les gusta disfrazarse de mujeres y no dejan de hacerlo a la menor oportunidad legítima, como son las fiestas de disfraces o los carnavales, fiestas profanas que sacralizan y prescriben la transgresión. Al margen de estas oportunidades legitimadas por la costumbre, los hombres travestistas, lo hacen en la intimidad. Simulacro de unos y de otros, socializado el uno, íntimo el otro. Una intimidad homo u heterosexual y como mecanismo de retardo o un preliminar erótico. Al parecer, esta tendencia y este goce de vestirse de mujer tiene que ver con la suspensión fotográfica de la que hablaba Deleuze. El travestista se mira en el espejo y detiene así el transcurso de los hechos y deniega de la castración, a veces incluyendo entre sus sevicias la de ser suspendido (literalmente), una forma de dramatizar precisamente el juego erótico que desea, la suspensión (metafórica) o detención del tiempo. Al ser él, un hombre vestido de mujer, capta aquella imagen infantil que según la teoría clásica le permite escapar del horror ante la diferencia. Contrariamente a lo que puedan pensar los profanos, no todos los

travestistas son homosexuales. Casi siempre el ejercicio del disfraz se suele hacer en soledad, situación ideal para captar esa instantánea precipitada, ese No que permite al sujeto escapar a lo que por cierto

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sabe, dado que no está tan perturbado como para confundir su sexo biológico. La denegación no es lo mismo que la negación, dado que generalmente el travestido sí

sabe que es un hombre y sí sabe que las mujeres carecen de pene, al contrario de los transexuales. Esta es la teoría clásica, aunque caben otras interpretaciones, que entroncan con el hecho cultural de la androginia. La postmodernidad se caracteriza por el trasnsexualismo, el transeconomicismo, el trasnesteticismo y la transpolítica, esto es la búsqueda de negación de las diferencias. Baudrillard pone el ejemplo de Michael Jackson como icono postmoderno, una imagen de transvestista frankesteniano, que supera en un solo cuerpo el discurso del mestizaje y de la diferencia sexual: un ídolo de síntesis, para ser adorado por los fieles que reniegan de la diferencia .

El hecho de que la mayor parte de travestidos sean hombres, habla por si mismo de qué trata de conseguir el varón que se disfraza de mujer: detener un instante y visionar en su propio cuerpo,

recreándolo, la fotografía de una madre fálica, imposible por tanto de poseer (o de ser poseído por ella). Precisamente, el masoquismo masculino se establece sobre este pacto, sobre este malentendido: "Seré tu esclavo en tanto en cuanto no te muestres tal como eres, no muestres tu desnudez y tu carencia y te muestres inaccesible para mí".

Sólo en los casos más graves, donde existe además un severo trastorno de identidad, podemos encontrarnos con incursiones más o menos vergonzantes del travestido en busca de ser mirado, observado o descubierto, que indica además la necesidad de otra mirada para dar crédito, una mirada- testigo que añadir a la propia.

Un paciente trasvestista, me hizo una vez la siguiente confesión:

Mi ilusión es poder vestirme de mujer y atreverme a salir de casa, aunque sea en coche.

Este mismo paciente que tenía una sexualidad tan infantil y poco diferenciada que daría la razón al propio Freud en sus formulaciones originales, nunca había tenido relaciones sexuales completas, aunque declaraba que era homosexual. Sus experiencias y actividades homosexuales se limitaban a escarceos extragenitales, y a la imposibilidad de mantener una relación mínimamente continuada con alguien. Un día, iluminó a partir de una frase una de las claves para mi comprensión del masoquismo y de cualquier perversión:

Me gusta acostarme con chicos y que me abracen fuerte, muy fuerte, para no morirme solo.

En mi opinión, este estado prepsicótico de perceptividad entronca con la clave de cualquier goce perverso, la denegación que se hace de la muerte, no sólo en la reproducción, sino en la sexuación misma, y en este caso, en la soledad. Una soledad percibida como límite, más allá del cual, sí existe el NO definitivo: la ausencia y la discontinuidad perpetuas.

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SEGUNDA PARTE

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5.-MASOQUISMO Y ESPIRITUALIDAD

"Abdicar de la libertad me ha hecho libre"

José Luis Sampedro

Si la sexualidad no contuviera en sí misma un germen de violencia, sería impensable que estuviera reprimida de forma universal: una prohibición que se acata en nombre de las conveniencias o de la religión, de la ideología o del compromiso social, porque en el fondo, la sexualidad es engorrosa de administrar por parte del ser individual. La sexualidad genera pasiones y locura, pendencias, vergüenza y culpa, es abyecta o sublime, fuente de inspiración o desasosiego, pero en su naturaleza se encuentra contenida la clave de su prohibición, por una instancia informe y prehumana, una prohibición que se soslaya mediante la transgresión de sus artículos, a esta transgresión le he llamado - hasta ahora- erotismo. Erotismo, que es indivisible del sacrificio del cuerpo y de la sumisión aceptada en nombre de una instancia supraindividual, conectada a través de estados emocionales como la agonía y del éxtasis, con el ser humano individual.

Es cierto que la violencia sexual resulta inapreciable en las prácticas comunes, en las prácticas regladas y conyugales que cualquier sociedad considera como legítimas, sin embargo, el temblor de su presencia es absolutamente visible en las perversiones, en todas ellas y también en algunas de sus posibles transgresiones no catalogadas como clínicas: el desfloramiento de una virgen, en el adulterio, la violación, en la prostitución o en cualquier versión de lo infame.

Es totalmente invisible (parece haber desaparecido por completo) en aquellos estados que buscan, precisamente, una institucionalización de su soslayo, mediante el celibato voluntariamente aceptado, sea trascendente o por incompatibilidad con una causa. En los estados de renuncia instintiva que se enmascaran detrás de una elección de sacrificio altruista. Si el erotismo es, precisamente, el derroche de sensualidad que el hombre inventó para transgredir la regla de la prohibición sexual, el ascetismo es precisamente su contrario: el goce reinterpretado desde el otro flanco, el goce de la restricción, un ahorro de energía sexual que se invierte y se polariza desde otra posición, persiguiendo no obstante el mismo objetivo, el rastro de "lo numinoso". No olvidemos que el sacrificio procede no sólo

etimológicamente de lo sagrado, sino que cualquier tráfico de relaciones del hombre con lo divino, incluye siempre un sacrificio. Un sacrificio humano.

Lo numinoso podría transcribirse como "lo que es totalmente ajeno" o bien "lo totalmente otro". El Otro con mayúsculas, cuyo representante moral es la represión, dado que es, precisamente, esta instancia la que consigue a duras penas introducir al hombre en el seno de la cultura (de la renuncia). En este sentido, identifico lo numinoso con la represión, pero estoy lejos de considerarla un mecanismo psicológico individual como imaginaba Freud. Creo que es más bien una instancia que opera desde afuera de nosotros, alienando y desalienando al ser humano individual, por medio de preceptos y prohibiciones como también de alivio y protección. Una instancia que es internalizada de forma desigual por los individuos y también transgredida de forma distinta y con suerte y ropajes diferentes. En mi opinión el acceso al "numen", tiene dos vías, la vía erótica y la vía espiritual. A esta vía voy a dedicar este capítulo.

Ya he dicho que el problema que tienen planteado los entes individuales humanos es la incapacidad de obtener una sensación permanente de continuidad entre ellos. Siendo como somos tan parecidos, tan

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semejantes, parece que nuestra condición nos empuja constantemente hacia una búsqueda de diferencias individuales. Tenemos tanto horror a la igualdad como a la diferencia.

El ser humano nunca termina de perder la nostalgia por la completud extraviada en la ardua tarea de construirse un Ego, una identidad propia y su vida, al menos la vida de algunas personas se caracteriza por una búsqueda que trata de recuperar la continuidad perdida o el "sentimiento oceánico" del que hablaba Rolland en 1923, la fusión con el Todo. Una búsqueda que es constante en la vida de aquellos que tuvieron pérdidas precoces o que sufrieron exilios emocionales. Una dificultad sobreañadida es que nuestro apego por los seres queridos, no es más que una ilusión que viene a desaparecer con su muerte, con el abandono o con la decepción. Hay algo en las relaciones, en los vínculos humanos, que les hace tender hacia el desengaño o al aniquilamiento. De modo que el miedo por la pérdida sobrevuela de principio a fin en la vida de los hombres, desde el momento en que osamos establecer vínculos afectivos con otros, entes individuales y discontinuos como nosotros mismos. Aun así, lo hacemos

constantemente, sucediendo con frecuencia que la amargura por las sucesivas pérdidas y decepciones va agrandando el abismo de discontinuidad que sólo los adolescentes y los niños parecen soslayar con sus actitudes de fraternidad o amor universales. Por eso, quizá, se les llama

idealistas. Porque creen que es posible reconstruir con los iguales la continuidad perdida en la primera infancia donde usualmente fuimos dioses.

La omnipotencia infantil es el rastro que conservamos individualmente de la fusión perdida con el Todo, al menos con esa parte del todo que es posible preservar no ya desde el recuerdo sino desde una remota sensación de plenitud y completud que opera desde fuera del lenguaje: una sensación que es inefable.

Lo común es que los adultos sepan a una determinada edad que es imposible lograr esa continuidad con sus iguales y se refugien en el egoísmo bienpensante, el egoísmo posible que hace que "cada cual vaya a lo suyo", sin intentar modificar nada ni a nadie. Esa es, según todos los datos contrastados por mí, la creencia y la actitud más popular entre los adultos. Por eso, a medida que envejecemos y vamos acumulando decepciones, nos hacemos más egoístas, es decir, ya no queremos a nadie o todo lo más a nuestras "prolongaciones", eso es, se considera normal, aunque se critique en privado, sobre todo cuando ese egoísmo nos resulta intolerable para nuestro propio bienestar.

Perder a alguien querido es usualmente insoportable para los humanos, se trata de vivir la muerte por anticipado. Quedarse solo, es decir, ser consciente, vivir de forma corpórea esa discontinuidad, ese aniquilamiento del ser es intolerable para la mayor parte de los humanos acostumbrados como estamos a vivir la ilusión de una complementariedad posible. Por eso formamos parejas y familias, tejemos un círculo de amistades, nos asociamos y somos - en definitiva-gregarios, porque la soledad es un anticipo de la muerte. Es la muerte - precisamente-lo que las personas comunes tratan de eludir y de bordear sin acercarse demasiado a ella. Algunos, hasta intentan renegar de la misma, exponiéndose a situaciones de riesgo, otros suicidándose, basándose en la conocida máxima de que "morir" no es lo mismo que "matarse", aunque fácticamente sean equivalentes.

Hay personas que por razones de su propia historia individual,

"eligen", se posicionan frente a este dilema haciendo todo lo contrario de aquellos que pretendían bordear la muerte a través del erotismo. Tampoco enferman a causa de él como hacen los neuróticos ya descritos en anteriores capítulos, van por otro camino, simplemente renuncian voluntariamente a la sexualidad, a la violencia, y dedican su vida a perseguir un ideal. Ideal que generalmente va asociado a fuertes restricciones, renuncias y sacrificios individuales. Es obvio que estas personas son

frecuentemente violentas y extraordinariamente sensuales, de ahí la frecuente asociación entre su conducta y la psicopatología. Mi opinión, sin embargo, es contraria a esta hipótesis, creo que la vía

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espiritual es un camino extraordinariamente exitoso para resolver determinadas encrucijadas de la personalidad del mismo modo que el masoquismo erógeno puede resolver frecuentemente duelos e identificaciones morbosas, mediante el mecanismo de escapar o trascender a la propia subjetividad. La subjetividad tiene algo de alienante, de siniestro, algo que conecta con la "fantasía del doble", esa fascinación humana por un mundo sin diferencias, una multiplicación infinita de lo Mismo. Quedar a merced de otro, de una tarea o de una misión puede ser para algunas personas más creativo o tranquilizador, que sucumbir alienado por la propia Mismidad. Es obvio que existen muchas personas que acometen esta tarea desde una posición laica, como Simone Weil. Otras desde una fuerte

convicción del sentido de mis ión, como Lawrence de Arabia, personas apasionadas que vivieron su vida con un profundo desgarro. Unos desde el compromiso social, y otros desde el lado de la gesta. Creo que todos ellos merecerían de alguna manera estar en este capítulo, porque todos ellos sacrificaron y exhibieron en su vida pública fuertes componentes sadomasoquistas. Y distintas formas de acometer la gestión de sus pulsiones agresivas, convirtiéndose quizá en masoquistas trascendentes.

Voy a dedicar este capítulo a aquellas personas que derivaron su búsqueda hacia el lado de la

espiritualidad propiamente religiosa. Se trata de saber si el ascetismo, el misticismo o la espiritualidad tienen algo que ver con el masoquismo, con esa constelación que llamamos masoquismo, y que de alguna manera se manifiesta en todos y cada uno de nosotros desde diversos ángulos y fórmulas de compromiso con la agresión. No obstante, aclararé desde este preciso momento que no intento hacer una patografía, ni un análisis psicoanalítico de ninguna de las obras que me merecen más consideración para ilustrar este capítulo: los místicos españoles. No estoy de acuerdo con aquellos que pretenden retrospectivamente-diagnosticar o etiquetar determinadas experiencias místicas, rotulándolas de experiencias histéricas o epilépticas, tratando a personajes históricos como si fueran coetáneos nuestros. Si Santa Teresa de Jesús era una epiléptica o no, no sólo es algo indemostrable, sino irrelevante, y además pone patas arriba el paradigma clínico, porque creo que ese tipo de fenómenos