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En todo momento estoy utilizando el término perversidad como el lugar imaginario donde se articula el discurso de la sexualidad distinta, aquella sexualidad que no tiene nada que ver con la procreación, o con la reproducción. Perversidad como sinónimo, pues, de la sexualidad prohibida.

Y voy a tomar además a la homosexualidad como paradigma de las sexualidades periféricas: las diferentes, aquellas que se sitúan al margen de la reproducción, aunque no necesariamente - como después veremos -, más allá de la paternidad y maternidad electivas. Paradoja, que hoy, ya no lo es más, a partir - sobre todo-de los embarazos probeta o de las discutidas leyes de adopciones para

homosexuales. El motivo por el que elijo a esta

"perversidad" es por el hecho de ser la más conocida y frecuente, pero también porque integra una identidad social más coherente, y un discurso político más combativo, para su reconocimiento e

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menos), un posicionamiento sobre la sexuación y la ruptura privada de un tabú, es decir, sobre alguna de las prohibiciones que recaen sobre el placer individual. Es, o son, además, posicionamientos sobre la transgresión, sobre las excepciones y sobre las cargas reproductivas, que en este caso soporta la sociedad heterosexual, no perversa.

¿Por qué acatamos o transgredimos los tabúes? Es, sin duda, una pregunta interesante que tendemos a responder en clave de una rebeldía pública o acatamiento aquiescente a algún tipo de superestructura, quizá a una instancia supraindividual que desde algún lejano lugar nos gobierna, nos vigila y nos castiga: sea la Represión, Dios, o el mismísimo Superego. Situar esta instancia en el interior del cerebro, en las intenciones de las clases dominantes, en un Ser Superior o en la mente de determinados malvados que gobiernan el mundo desde una lejana atalaya de minorías económicas poderosas y selectas, es fruto de nuestra tendencia a antropormofizar las causas sociales o aquellas que se escapan de las leyes de las causalidades simples, próximas, concretas o comprensibles. Sí, la sexualidad está prohibida, pero nadie gestiona hoy esta prohibición directamente, ningún ser supremo o grupo de prohombres, ni las multinacionales, ni el capital, sólo el hombre, o mejor, su entramado social, lo prescriben y tutelan. Y lo hacen, porque el placer individual es peligroso para una sociedad laboriosa y productiva, desde que las sociedades aumentaran su complejidad y pasaran desde los grupos nomádicos y cazadores, a los grupos agrícolas, establecidos y recolectores. Claro, que este estado de cosas, donde se reprime lo instintivo y se favorece su transformación en derivados socialmente aceptables, beneficia a unos individuos de ese mismo tejido social y perjudica a otros. Necesariamente, porque una sociedad gobernada por

prohibiciones instintivas, favorece un caldo de dispensa de prebendas y corrupción. Porque estas prohibiciones no afectan a todos los individuos por igual, del mismo modo que la riqueza no se reparte igualitariamente entre todos los integrantes de una comunidad dada. Por ejemplo, el tabú del incesto, de obligatorio cumplimiento para los individuos comunes, no lo era para los faraones: en ellos la prescripción era desposar a la hermana, como es sabido. La prohibición se transforma aquí en prescripción. Las diferencias en las aplicaciones prácticas de las restricciones del tabú o de las excepciones de su jurisdicción, son y han sido motivos de desórdenes: unos desórdenes que Marx pronosticaba como la legítima coartada de las clases asalariadas en su rebelión contra el Poder, que en este caso situó en el Capital.

Sí existe la prohibición, existirá la transgresión, y también un límite entre la transgresión aceptable y la transgresión inasumible. Esta deletérea línea que separa lo tolerable, aun detrás del secreto o el disimulo de lo intolerable, es un consenso, esta vez sí: un consenso de los mercaderes, a través de la legitimidad política que las democracias formales extraen de sus discursos políticos homogéneos y "pegados al terreno" de lo posible. O sea, de aquellos que tienen algo que decir, ganar o perder en la distribución de prebendas, bulas y exenciones morales, penitencias públicas y beneficios sociales. Frente a ello, lo que se nos muestra es un continuo discurso de legitimación-desligitimación que pareciera ser urdido para despistar nuestra visibilidad sobre lo realmente importante, que es, que debe ser: ¿Para qué sirve la prohibición sexual? ¿Es aún hoy necesario mantenerla como eje de torsión de la vida en común?

En lugar de mantener este tipo de discursos, los perversos, aquellos que no acatan la prohibición sexual e incluso la llevan al paroxismo "contra natura" en una especie de venganza contra las instancias represoras, a las que con frecuencia ridiculizan aun de soslayo, en lugar de tomar este camino, los perversos, buscan su legitimidad.

Quizá el fin de su exilio civil, el fin de su disimulo, el fin del secreto, suponga la proclamación pública y estridente de su condición. Quizá los años pasados en la clandestinidad obligada por el discurso tradicional les impele ahora a profundizar en esa proclama. Que ganar terreno en la no discriminación suponga ese posicionamiento público, chillón y desafiante del "orgullo gay". Doy por sabido y asumido

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que la homosexualidad y todas las perversiones juntas no suponen ninguna amenaza para la

perpetuación de la especie. Así como doy por sabido y asumido que la homosexualidad no es un motivo de depravación para los jóvenes o una pedagogía pecaminosa inasumible por la mayoría social. De modo que como categoría psicológica, estoy persuadido de que la minoría homosexual tendrá con el tiempo y el cambio de determinadas mentalidades, asegurada una legitimación de su discurso. Considero pues al discurso deslegitimador, acabado y en retroceso.

Ahora bien, no hay que olvidar que cualquier transgresión se construye siempre en relación - quiero decir en oposición-a algo. La homosexualidad y las perversiones sexuales existen porque existe una prohibición primigenia, sin prohibición ¿existirían acaso las perversiones?

Sin la deslegitimación del discurso normalizador de la mayoría, ¿existiría el desafío de una sexualidad idiosincrásica, que se impone desde una convicción del innatismo del género, es decir de una forma alienante de fatalidad?

Mi posición personal está del lado de pensar que: de exilios por condición sexual ninguno, de integración social de los divergentes sexuales, toda, pero de remordimiento de la mayoría social, heterosexuales comprometidos con la tarea reproductora, ninguna, absolutamente ninguna. Dado que en definitiva, la humanidad entendida como ese almacén de posibilidades génicas de sus miembros, del que hablaba Bateson, está soportada por los individuos heterosexuales que se reproducen.

Concedámosle a esta mayoría, al menos, el mérito de haber soportado en la evolución de nuestra especie, el perfeccionamiento indiscutible del biotipo, del cual emergen también, no sólo las oportunas mejoras del fenotipo humano, (como la longevidad o la mejor calidad de vida), sino también la propia conducta homosexual, conducta que paradójicamente los propios homosexuales no pueden perpetuar. Usualmente, esta misma mayoría es la que – aparentemente -, pone el listón en un sitio distinto en cada momento histórico, cierto es que esta mayoría no actúa como un resorte, movida por el sentido (o el bien) común que los políticos demócratas (incluyendo a los homosexuales) replican elección tras elección, sino que lo usual es que estas masas estén dirigidas por intereses, líderes sociales, demagogias espúreas y otros fenómenos.

Pero vamos a admitir que –efectivamente-esta mayoría social es la que discrimina en cada instante histórico lo admisible de lo in admisible (más tarde ofreceré pruebas del porqué creo que no sucede exactamente así). Bien, esta mayoría social está muy cerca de admitir la igualdad civil para

homosexuales y lesbianas, al menos en lo que concierne a su estatuto jurídico, similar al de las parejas heterosexuales con las leyes de parejas de hecho, de matrimonio o la más radical, de adopción para las parejas del mismo sexo.

Mi impresión es que el movimiento gay-lesbiano se equivoca en esta estrategia. No sólo porque lleva a la propia homosexualidad a un callejón sin salida epistemológico (sin contenido transgresor alguno), sino porque una vez concedida la igualdad, ¿cómo harán para no sentirse obligados por las mismas cargas que abruman a los heterosexuales? Cargas que proceden de la rutina de la monogamia, pero también de una sexualidad sosegada, conservadora y patrimonial, es decir, legítima.

Los antecedentes a los que me refiero podrían relatarlos las historiadoras del movimiento feminista. Algunas de las más lúcidas de sus pensadoras han observado que una vez reivindicado y conseguido para la mujer el orgasmo que se les negaba desde la noche de la caverna, su conquista ha dado paso - inexorablemente-al deber al orgasmo, es decir, a una nueva carga, a una nueva presión que recae otra vez sobre las mujeres. El motivo de este acabalgamiento es, sin duda, la moderna vinculación entre el placer y la salud: si una plena vida sexual es buena para la salud, es más que obvio que el orgasmo femenino ha dejado de ser ilegítimo para convertirse en una norma, en un deber sanitario.

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Paradójicamente, de estos movimientos ha surgido la idea de que determinados discursos liberadores de la mujer no han hecho sino encadenarla con otro tipo de yugos a los mismos bueyes.

Se podrá decir, con razón, siguiendo argumentos de tipo legitimista, que los movimientos gays sólo buscan poner el contrato "gay" en igualdad de condiciones al contrato heterosexual. Convivir en igualdad de derechos y en igualdad de protección frente a la Ley. Es cierto y mis reservas no van en esa dirección, porque estoy persuadido de que las sociedades democráticas occidentales no tienen argumentos que oponer ni a la convivencia, ni a la adopción de niños, ni al matrimonio entre homosexuales.

Es muy posible que los únicos argumentos que puedan esgrimirse en esta batalla deslegitimadora, sean los argumentos clínicos, una vez desamortizados los discursos religiosos. Argumentos que enfatizarán las dificultades en la construcción de una identidad sólida por parte de los niños, criados y educados por una pareja del mismo sexo. ¿A quién llamarán papá y a quién llamarán mamá? ¿Romperá en su mapa afectivo del mundo esta confusión de sexos, que propician las parejas unisexuales?

Este tipo de argumentos son débiles y sobre todo demasiado escrupulosos: bordean el candor o la pusilanimidad. Hay niños con familias monoparentales y niños criados en ausencia de uno de los modelos sexuales, por no decir que hay niños educados según modelos perniciosos, en familias abusadoras, negligentes o francamente incompetentes. Aun en el caso de ser criado por padres más o menos homologados, la nómina de esqueletos en los armarios es demasiado numerosa como para señalar a la familia tradicional y heterosexual como una cuidadora ideal. No es posible pensar que una familia homosexual, o mejor, una pareja unisexual, pueda ser, precisamente en función de ello, más incompetente o nefasta que la pareja tradicional. Otra discusión es si este tipo de parejas constituyen familias o simplemente unidades domésticas.

Es verdad que la pareja tradicional aporta, sin embargo, una novedad sobre la propia pareja unisexual. Me refiero a que los diferentes sexos de los miembros de la pareja pueden ser soporte de identidades, modelos y roles que adheridos a aquellos (al género) operan como referentes imaginarios en el cerebro de los niños. De cómo se desplegaría este fenómeno en un niño criado por una pareja unisexual es motivo de elucubraciones. Sin embargo, no creo que este "conflicto de semejanzas" no pueda ser fácilmente resuelto por las figuras próximas al entorno social y de un modo más que precoz, del mismo modo que sucede ante la ausencia de uno de los progenitores.

No estoy seguro - sin embargo -, de si este "modus vivendi" podría conformar en sí mismo un nuevo motivo de exclusión o discriminación, dado que el grueso social seguirá estando compuesto por familias agrupadas en torno a la diferencia sexual. Un grupo mayoritario que seguiría imponiendo su discurso a las minorías sexuales y por tanto diseminando sus prescripciones, normas y preceptos, vinculados o derivados de sus propias construcciones imaginarias sobre los sexos. Pero supongo que este fenómeno es bien conocido por las minorías sexuales y no voy a enfatizar mi discurso en torno a este handicap predecible. Más allá de esas consecuencias, pudiéramos decir, políticas, no veo ningún otro problema a la crianza de niños en el seno de familias unisexuales, tal y como he dicho, que supongan alguna novedad a las lacras ya catalogadas por la propia historia y que nos ha legado la familia heterosexual. Lo que es previsible, en un primer momento al menos, es que este tipo de nueva parentalidad que

propugnan para sí las parejas unisexuales, derive en un ideal de crianza, una utopía de felicidad, como siempre sucede con aquellos proyectos sociales que son observados como en un laboratorio por los autores de un experimento trascendental. Lo sabemos porque ya existen de hecho padres y madres unisexuales con hijos adoptados o bien engendrados dentro o fuera del vientre de uno de los partenaires.

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Lo realmente novedoso en este tipo de parentalidad no es tanto la semejanza sexual de los padres, sino la disociación entre la parentalidad y la sexualidad. Una fórmula que podríamos llamar sexualidad perversa y paternidad responsable: una disociación que no es patrimonio exclusivo de ningún modelo perverso, sino que es perfectamente aplicable a la heterosexualidad convencional. Una práctica que al disociar –efectivamente - el trato sexual de la reproducción propiamente dicha, admite cualquier variante en su expresión fáctica, una disociación que representa una novedad respecto a la revolución sexual de los sesenta. Allí lo importante era tener mucho sexo con poca procreación, ahora parece que lo importante es de nuevo la procreación, pasando subrepticiamente el sexo a un callado segundo plano.

Para ser exactos lo que ha pasado a primer plano es la parentalidad, la procreación interesa muy poco a las clases opulentas de occidente, que parecen haber abdicado de esta tarea definitivamente,

depositando esta carga en los inmigrantes, es decir a los sometidos. También aparecen en el horizonte variantes perversas en parejas no perversas. Por ejemplo, una pareja heterosexual, con hijos a su cuidado, engendrados y criados según los cánones de la ortodoxia heterosexual, pueden a su vez ser padres de hijos engendrados de forma incestuosa. Sucedería si un padre donara su esperma a una hija viuda o estéril para fecundarla "in vitro", transformándose en padre (biológico) y abuelo (político) del mismo niño, mientras su esposa es abuela y hermana de ese mismo niño, dispersando las redes del parentesco hacia unas nuevas fórmulas que requerirán quizá nuevos sustantivos para nombrarlas. Y todo ello sin haber consumado delito alguno y sin tener la sensación de haber soslayado ningún tabú. Y desde luego, sin aportar ninguna desventaja para la crianza armónica de este niño.

La pregunta que en este momento se me ocurre lanzar, a modo de guía para un ejercicio de

introspección antropológica, es la siguiente: ¿Es el incesto del padre anteriormente citado, semejante al incesto común, o se trata de un fenómeno diferente? ¿La sociedad del mañana deberá penalizar los incestos -probeta, del mismo modo en que penalizó durante milenios el acceso sexual por parte de los padres hacia sus hijos?

Ningún lector con sentido común osaría -creo-condenar o criminalizar estos incestos-probeta que soslayan y salvaguardan - de hecho-el acceso sexual del padre hacia sus hijas, aunque permita fecundarlas. El incesto, uno de los tabúes más universales y profundos de nuestra especie, tiene, de hecho, excepciones. Excepciones que en este caso proceden de las modificaciones jurídicas que necesariamente introducirá la ciencia y sobre todo la tecnología reproductiva en los próximos años, no sólo en la vida práctica, sino también en el imaginario de nuestros conciudadanos. Sin embargo, no podemos olvidar los peligros reales que encierra la tecnología reproductiva si consigue comercializar y atrapar el fantasma de la inmortalidad: una inmortalidad que sólo puede ser conseguida

imaginariamente-mediante la reproducción asexuada, a o partir de series (clones) de un modelo original. La repetición ad libitum de una serie de individuos idénticos, como si fueran productos industriales, articularía la fantasía de inmortalidad posible, al mismo tiempo que permitiría eludir el terror a las diferencias.

La cohabitación con estos seres asexuados, idénticos al original mantendría alejado el fantasma del incesto, pero volvería cualquier sexualidad inútil. Resolvería la sexualidad edípica pero a favor de un sexo, no humano, como si de un coito con una muñeca hinchable se tratara. (Baudrillard, cit, pag 125 )

170 Nosotros ya no practicamos el incesto, pero lo hemos generalizado en todas sus derivaciones. La

diferencia consiste en que nuestro incesto ya no es sexual o familiar sino protozoario.( Baudrillard, op, cit, pag 131) Efectivamente, Edipo en la probeta seguirá siendo Edipo, aunque disfrazado de manera tal que resultará irreconocible, perdiendo quizá para siempre su envoltura trágica y convirtiéndose en un héroe de cómic.

¿Debilitará esta nueva apariencia cómica nuestra repugnancia por el incesto?

Nótese, sin embargo, que no es el sentido común, las buenas intenciones o las luchas políticas de las minorías sexuales las que consiguen avances, teñidos de incertidumbre (y a veces de repugnancia) en nuestra concepción de lo bueno y lo malo, lo criminal de lo tolerable, lo abyecto de lo sublime, sino más bien el discurso científico, que hace aparecer como inevitables determinados cambios que ya se adivinan y que proceden sobre todo de la industria de la reproducción humana, pronto de la genética, que permitirá incluso la elección de bebés a la carta, por no hablar de la clonación, que resucitará el fantasma de la inmortalidad y quizá también el vampirismo del XIX.

Podemos estar seguros de que estas tecnologías, no harán sino aumentar las diferencias entre unos y otros, a pesar de que conseguirán elevar el nivel y la calidad de vida, de forma tal, que seguirán siendo - casi invisibles-esas diferencias, incluso morfológicas, que aún hoy separan al abogado del trabajador manual. Estas desigualdades podrán ser asimiladas al progreso y aceptadas como un mal menor, teniendo en cuenta que todas las clases sociales tendrán acceso de forma más o menos similar a estos "bienes reproductivos". Naturalmente las clases sociales seguirán existiendo, aunque la tensión entre ellas será menor, como ya sucede hoy, en que el proletariado ha desaparecido de la escena política y social, dejando el relevo a una nueva clase social que ya se intuye: los inmigrantes.

Me parece más importante, pues, debatir cómo se engendrarán nuestros niños, a saber quién criará, adoptará o tutelará su infancia. Creo superado el modelo pedagógico que asimilaba el "teaching" (enseñar) al "nursing" (criar) y asignaba estas tareas en función del sexo. "Nursing" para mujeres, una habilidad adherida a su potencial dador de vida y "teaching" para los hombres, aquellos que en número más abundante accedían a cualquier tipo de magis terio. Cómo se engendrarán los niños y en virtud de qué intereses serán repartidos, en que vientres crecerán, qué manipulaciones genéticas serán

admisibles y cuáles serán perseguidas por la ley y por último: ¿qué clase de vínculos mercantiles o afectivos unirán a los gestores de los embarazos con los propiamente engendradores o dadores de material genético? ¿A quién pertenecen los niños, una vez disociado del todo el engendrar del apareamiento puramente físico?

Todas estas preguntas y paradojas que se despliegan a medida que la tecnología reproductiva banaliza y comercializa más y mejor sus productos (no olvidemos que es una industria como otra cualquiera),