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5.2 Hardware E2ERTA

5.2.2 Hardware Accelerated Vector Operator

Internet es la última versión tecnológica de la idolatría. Por la red global circula información, abyección, promoción y respuestas a casi cualquier pregunta. Es, como cualquier tecnología, un arma de doble filo por donde se democratiza el Mal, pero también la ciencia y la información sobre cualquier materia, en una aldea global a la que cualquier usuario puede, con unas mínimas habilidades, acceder, sin ningún tipo de restricción, mas allá de su capacidad discriminatoria sobre lo útil o lo banal, sobre lo legítimo de lo prohibido.

También de la perversión. Pero no de una forma de perversión cualquiera, sino de una forma nueva, asimilable por el gran público, mediatizada por el anonimato y la virtualidad, una fórmula que erosiona nuestro sentido de la transgresión y de los límites del juicio de la realidad. Una perversión, pues, al alcance de todos.

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En realidad cualquier alteridad que no incluya el tacto es una forma de virtualidad que compromete el sentido de la realidad. El teléfono por ejemplo contiene algo de siniestro, de irreal. La pornografía y cualquier variación sexual, por extraña que sea, circula de forma procelosa por la red, fagocitando nueva clientela para nuevas perversiones, aun en aquellos que no son, de hecho, perversos, al diseminar las oportunidades y las posibilidades de goce. Un goce deshonesto en tanto que promete y miente respecto al resultado real de su finalidad. Como sucede con la mala pornografía, los goces perversos en la red son sustituidos y desplazados por otros, anónimos, virtuales y alienados. ¿Soy un hombre o un clon? ¿O un ser transparente que se alimenta de su propia mismidad masturbatoria, frente a los estímulos que la red desparrama para consumo de unas masas atemorizadas por la existencia de Otros?

Dispersión de identidades: ahora masoquista, más tarde fetichista, mañana homosexual. No importa, porque cualquier perversión real o imaginaria que preexistiese, será desplazada por una nueva actividad adictiva. Tanto más adic tiva cuanto mayor sea el miedo del individuo a confrontarse con sus

semejantes, un miedo postmoderno y también un ideal: vivir y gozar, sufrir y morir sólo, conectado a una pantalla que virtualmente enciende pasiones poco confesables para la mayoría de los humanos. Internet desplaza la perversión, que siempre reconoce al Otro, aunque sea para abominar de él, por la perversión aun no filiada de una perversión virtual, una perversión sin sentido, en tanto en cuanto no existe como posibilidad real de goce, cuerpo a cuerpo, mediante la confrontación dolorosa del Otro. Es allí pues donde el psiquiatra, el sociólogo, el humanista, acudirán buscando información sobre esos goces, que no se encuentran en los tratados37, o si lo hacen, es para colgar de ellos etiquetas que, prendidas de conceptos, acaban por no significar nada.

En un contexto clínico, es imposible aprender nada sobre la perversidad, más allá de sus efectos secundarios. Ya he dicho que la gente no va al psiquiatra a contarle cómo disfruta de la vida, sino cómo la sufre. Los psiquiatras sabemos muy poco acerca de los placeres individuales y lo poco que sabemos es tangencial, generalmente a partir de los fracasos del goce, o de su encubrimiento neurótico. A pesar de ello, "las perversiones" siguen estando en los manuales de Psiquiatría, pero el conocimiento que adquirimos -a veces tras una larga vida profesional-es insuficiente y fragmentario. Se impone pues la red.

Los puntos de encuentro que tenemos con los fenómenos perversos están descalificados por sí mismos: el ambiente clínico es un malentendido para articular un discurso sobre el goce, pero ¿qué decir del conocimiento que logramos cuando actuamos como peritos judiciales de un supuesto perverso, en un conflicto médico legal? Aquí el encuadre está viciado de antemano y nuestras conclusiones, como la tarea de los inquisidores, está más cercana a discriminar sobre un posible heretismo inimputable por enfermedad mental.

En mi vida profesional he actuado como perito en tres ocasiones para diagnosticar a un supuesto perverso: una vez fue un pederasta, otra un exhibicionista y la tercera vez un asesino en serie. Los dos primeros salieron bien librados de sus etiquetas diagnósticas, el tercero no. Las sentencias del juez siempre tuvieron en cuenta el peso de la etiqueta, casi siempre para dejar libre al acusado de acuerdo con un diagnóstico de perversión. Por el contrario el asesino en serie no tuvo esta suerte, a pesar de que hubiera quien adornara su diagnóstico de perversidad con otras etiquetas no menos confusas como la de "psicopatía".

Creo que hay que situarse fuera de la clínica si pretendemos entender los fenómenos del goce periférico que representan las perversiones. En ella, podemos presumir que no vamos a encontrar sino disimulo, incluso cuando trabajamos en ambientes clínicos y confidenciales, secretos. ¿Qué decir de cuando lo hacemos en un contexto médico-legal?

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El malentendido, ya he dicho, procede de la suposición de que la "enfermedad mental" supone una mengua en la voluntad y que los perversos son enfermos mentales. Nada más lejos de la realidad. Es verdad que un enfermo mental (verdadero), puede ser a su vez un perverso, como puede también padecer una apendicitis, pero no hay ninguna relación entre la perversidad (una condición para el goce erótico) y la enfermedad mental. En realidad, los enfermos mentales están muy poco interesados en lo erótico, sin embargo, los perversos son personas normales que no padecen signos o síntomas de enfermedad mental, son por tanto totalmente imputables.

La condición para el goce no puede constituirse en una etiqueta psiquiátrica, no sólo porque confunde la epistemología de la propia Psiquiatría, sino porque configura un caldo social, donde cualquier diferencia es percibida de forma paranoica y cuyo inevitable destino es la exclusión, no en nombre de la

normatividad, lo que sería tolerable, sino "en nombre de la ciencia".

En el contexto clínico me he preguntado muchas veces hasta qué punto nuestros enfermos nos cuentan la verdad. Me refiero a toda la verdad. Creo que sería inocente que supusiéramos que esto es así. Aun en el caso de que hubiere una perfecta sintonía en la alianza terapéutica que conseguimos establecer con ellos, es obvio que hay un segmento de privacidad que queda sin explorar en cualquier forma de psicoterapia.

Se trata de barreras de edad: los adolescentes nos ven como agentes de sus padres. De barreras jurídicas: los acusados de algún delito como mecanismos abstrusos de la propia ley. Las mujeres pueden sentirse violentas contándoles intimidades a los hombres y los hombres también a las psiquiatras. Por último, existen barreras sociales, barreras de lenguaje y barreras transferenciales, el terapeuta puede vivirse como una persona lejana e inaccesible, alguien que es o representa al Poder en sí mismo. No, los pacientes no nos cuentan toda la verdad, para no ser descubiertos, disecados, analizados y sometidos al tormento de ser etiquetados como un bicho raro. El encuadre psicoterapéutico es insuficiente para dar cuenta de la intimidad de una persona.

Además, los psiquiatras damos miedo. Las personas comunes suelen pensar que los psiquiatras tratamos locos, que estamos locos o que tenemos poderes invisibles. Nos adjudican mágicamente habilidades que no tenemos y nos sustraen otras que sí tenemos. No todo el mundo va al psiquiatra a contar su intimidad. Se prefiere para eso a los amigos o confidentes no profesionales. Cuando alguien va al psiquiatra ya ha agotado, podríamos decir, los apoyos sociales que le daban sustento. Aun así, no es de esperar una apertura confiada y sostenida, sino una relación desconfiada y difícil. En los últimos años, y quizá a un debilitamiento del discurso psicoanalítico y de su prestigio, estamos asistiendo a una progresiva medicalización de la figura del psiquiatra, del psiquiatra médico. Los pacientes traen

expectativas de curación médica, rauda y eficaz. Ya nadie busca al psiquiatra como testigo donde volcar en él, sus problemas ordinarios o sus fantasías, sino una curación mágica con psicofármacos de

cualquier sufrimiento, hasta del sufrimiento necesario como es, por ejemplo, el duelo. No sé si de eso tenemos la culpa los propios psiquiatras, la industria farmacéutica o la emergencia de los psicólogos en el mercado del sufrimiento, pero me parece haber asistido a un cambio en la presentación de la enfermedad, como también a las expectativas que los enfermos depositan en nosotros, desde que empecé mi ejercicio profesional en la década de los 70.

Hago este rodeo para preguntarme sobre el futuro de nuestra disciplina. Y también para mencionar un hecho que aunque embrionario, me parece digno de tener en cuenta: me refiero a la emergencia de las nuevas tecnologías de la comunicación en el mercado del sufrimiento y sobre todo en el intercambio de la perversidad. Me refiero a las posibilidades que se entrevén en Internet, con respecto a la

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comunicación humana. Sobre todo a los chats específicamente perversos, como los dedicados a gays, sado-masoquistas, lesbianas, fetichistas, etc. No estoy utilizando en ningún momento el término perverso en cuanto a una entidad clínica, sino que me voy a referir a la sociedad perversa como un modo de articular la perversidad, es decir, las condiciones individuales para el goce. La proliferación de esta formas de intercambio abren un interrogante muy interesante a la propia Psiquiatría. ¿Para qué serviremos los psiquiatras en la era de Internet?

Es evidente que aún no podemos hacer psicoterapia en la red, por varias razones. La primera es el tema de la despersonalización. Efectivamente, en Internet nadie es quien dice ser, pueden vivirse

personalidades alternativas, lo que favorece el fraude terapéutico, algo insalvable para una terapia reglada. Pero también favorece algo que nadie en su propia vida puede hacer. Me refiero al posible desdoblamiento de la personalidad, de las actitudes y de las identidades. ¿Puede este desdoblamiento tener algún efecto beneficioso en sus usuarios?

En una reciente entrevista publicada por un diario de tirada nacional, Susan Sontag explicaba el caso de un amigo suyo que gracias a Internet había podido "vivir" una experiencia homosexual, que de ningún otro modo hubiera osado explorar. La pregunta que me hago es: ¿ese desdoblamiento anónimo de esa persona le procurará algún efecto en su felicidad, salud individual o posib ilidades de goce?

Y la siguiente pregunta es ¿las relaciones virtuales son capaces de provocar distorsiones o beneficios en los que las emplean?

Ningún terapeuta aceptaría -creo-hacer una terapia por Internet sin ver la cara de su paciente, aunque ya exis ten formas mitigadas de counseling en la red. Aunque es muy probable que hubiera pacientes que prefirieran hacer terapia con alguien a quien no ven. Se abren interrogantes éticos de imposible respuesta en este momento, en que la red aun no ha dado de sí todo lo que se espera en un futuro próximo. Sin embargo, los temas deontológicos no me preocupan demasiado en este momento. ¿Habrá alguien en el futuro dispuesto a pagar una escucha profesional teniendo la posibilidad de encontrar un partenaire en la red? ¿Será la red la substituta de la confidencia clínica en el futuro? Se puede decir, con razón, que las relaciones virtuales en Internet no dejan de ser imaginarias. Es verdad. También lo son nuestras fantasías, nuestros deseos y nuestros sueños. El imaginario de cada cual es potente y construye y deconstruye mundos con la velocidad de un ciclón, en este sentido, somos omnipotentes. Y además, aunque el cerebro sano sabe que el imaginario sigue siendo el imaginario, muchas personas prefieren este registro al de la propia realidad y se dedican a destilar su propia fantasía para consumo de los demás. Además el cerebro no parece distinguir demasiado entre la realidad que procesa como realidad y la realidad que procesa como imaginaria. Lo sabe sólo en condiciones de vigilia, pero la materia en que se sustentan ambas es la misma.

Por eso, nos refugiamos en la narrativa ajena, vamos al cine y estamos fascinados por el arte. Vamos a que nos cuenten historias, porque - como decía Dostoievsky-, si la vida fuera divertida no

necesitaríamos jugar. De pequeños nos cuentan cuentos, que recordaremos toda la vida con alguna fábula moral. Nos enamoramos de artistas de cine que nunca conoceremos. Recordamos cancioncillas de cuanto estuvimos enamorados, leemos novelas que nos transportan hacia mundos que nunca visitaremos y visionamos vídeos pornográficos con variantes sexuales que nunca hemos ejercitado. ¿Es esto virtual?

Las tecnologías virtuales se definen en oposición al puro imaginario de las novelas o de los cuentos orales, en que comprometen nuestro juicio de la realidad. No se trata sólo de leer una novela, sino de vivirla. Percepción visual, auditiva, cenestesias y texturas conformarán un nuevo engaño de los sentidos

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tan aproximado a la realidad que tendremos serias dificultades en saber qué es real y qué es imaginario sin volvernos locos.

Nada de esto se encuentra aún comercializado en masa, y no es mi intención más que mencionarlo de pasada para decir que la variable crítica que discrimina entre lo real y lo imaginario o virtual es el juicio de la realidad. Es real aquello a lo que adjudicamos valor de realidad y no es real aquello que vivimos como imaginario. Hasta en las pesadillas tenemos una especie de gobernante interno que nos advierte de que estamos soñando cuando las cosas se ponen feas. De manera que no acepto que se diga que las interacciones que se hacen en Internet son del todo inocentes o juegos de niños, como sostienen aquellos que movidos por el prejuicio, aun no navegan o aquellos otros que ven un peligro en cualquier tecnología nueva sin ver también lo que tienen de avance.

Otra dificultad que encuentro para hacer terapia por Internet es la falta de control sobre el propio encuadre. Internet se caracteriza por la desaparición de nuestros interlocutores, por su dispersión y por el misterio de su identidad real.

¿Cómo hacer para ayudar a un supuesto suicida que no conocemos más que por un nick? La falta de control sobre las variables de la psicoterapia la convierten de hecho en algo anómalo, en algo

desprofesionalizado, en una ayuda puntual que tiene más de desahogo que de búsqueda de soluciones. Las personas recorren varios chats, desaparecen largas temporadas y cuando vuelven lo hacen con otro nombre adoptando quizá otra identidad. La impostura es frecuente, hay hombres que se hacen pasar por mujeres y mujeres por hombres. Casi todos mienten (o pueden hacerlo) sobre su edad o su aspecto físico. Pero aunque estas variables pudieran ser sometidas a un examen objetivo, no habría manera de mantener al mismo tiempo el anonimato y la objetividad, al eludir las señales analógicas de un contacto real. El tono de la voz, los gestos y el aspecto de una persona delatan muchas veces sus conflictos profundos. Sin embargo el "cara a cara" es un obstáculo que me parece que opera en muchas ocasiones contra la sinceridad. Es verdad que se pueden hacer ya chats con imagen, pero esta situación es entonces la misma que un cara a cara, con sus mismas dificultades y obstáculos. Con una más añadida, la ausencia de calor humano y de "carne en el asador", lo cual impediría -a mi juicio-la emergencia de una trasferencia intensa tal y como la conocemos en nuestra práctica convencional. Tampoco era mi intención hablar aquí de las posibilidades de hacer terapia en Internet. Si he tocado este tema era para aclarar de pasada lo que pienso acerca de las relaciones entre “partenaires” dialogantes en un chat, que están presididas a mi juicio por:

1.-El anonimato

2.-La posibilidad de adquirir diversas identidades 3.-La impostura

4.-El volcado de fantasías poco usuales

5.-La posibilidad de encontrar “partenaires” con quien compartirlas, es decir, la posibilidad de contactar con un semejante.

Naturalmente, este encuadre es cualquier cosa menos un encuadre terapéutico, y por eso le llamaré en adelante el "encuadre perverso". El encuadre perverso no tiene como fines clasificar, tratar o curar, sino simplemente "poner en con tacto" personas según un área concreta de preferencias. Hay chats dedicados a la poesía, a la caza, a los deportes de riesgo y también a la perversidad de la que me estoy ocupando prioritariamente. La gente que concurre a un chat no lo hace con ningún fin utilitario, sino que muchas veces es un fin en sí mismo, se trata de charlar, bromear, insultarse, o discrepar, sin la posibilidad de llegar a las manos: una posibilidad que acentúa -necesariamente-nuestra fantasía del otro

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transparente, por tanto otro que no puede ser espejo. Todo lo que sucede (o casi todo) lo que sucede en un chat es inocente y algo ingenuo, sus usuarios suelen ser adolescentes entre los 18 y 30 años, como sucede siempre con las nuevas tecnologías. Hay también chats donde la gente se propone tener la ilusión virtual de masturbarse en grupo, tener coitos virtuales, etc. En realidad no hay forma humana de saber que pasa al otro lado de la red y la mayor parte de las veces todo queda en un truco de buenos actores y de mejores intenciones. El juego consiste en creer que nuestro “partenaire trasnparente” está teniendo realmente un orgasmo si se trata de una interacción cibersexual o de que está fumándose un "canuto" que muchas veces compartirá con sus "colegas" de chat.

De manera que se pueden tener ciberorgasmos, ciberfelaciones, ciberamantes o ciberamores, dando lugar a una nueva nomenclatura, que como mínimo es ingeniosa.

No quiero decir que en el futuro las relaciones virtuales vayan a substituir a las relaciones reales. Las relaciones "reales" no corren ningún peligro, son insustituibles, diría que inevitables. El infierno de las relaciones reales prevalecerá. Lo que parece adivinarse es que estamos asistiendo a una verdadera democratización o globalización del fenómeno de la perversidad, del mismo modo que la información circula por la red de forma ubicua.

Ya no es necesario guardarse para sí aquello abyecto e inconfesable que nunca hemos contado a nadie, ahora tenemos la oportunidad de volcar nuestras fantasías en la red, después de buscar un “partenaire” complementario que opere como contenedor del goce. Tampoco quiero decir que los contactos entre internautas tengan como finalidad tener un contacto real. Creo que más bien los contactos entre cibernautas tienen la finalidad de servir de soportes a las fantasías, que pueden constituirse en verdaderas comunidades virtuales como ya está sucediendo en algún caso. Las "Kedadas" (encuentros colectivos entre ciberamigos), generalmente adolescentes sin compromisos con la vida, están sometidas a la misma decepción y a la misma aridez y dificultades que cualquier interacción entre humanos. De modo que son usuales que los primeros entusiasmos vengan seguidos rápidamente de deserciones en masa. Dos de las razones del éxito de estas "interacciones perversas" se encuentra en el anonimato y en la gratuidad. Nadie (o poca gente) pagaría por charlar en un chat si tuviera que abonar una cuota para ello, ese pago implicaría demasiado compromiso para el usuario y de lo que se trata en cualquier interacción perversa es quedar afuera de compromisos y de la exposición de la verdadera identidad, que cualquier pago derivaría.