2.4 Evolutionary Computing
2.4.3 GA Improvement
163 Ya no sabemos nombrar el Mal.
Baudrillard
Si existen actitudes individuales de dominio y sumisión es porque existe una sociedad basada en la dominación: una actitud cultural desde que el hombre se propuso el dominio y la predicción de la naturaleza. El sadomasoquismo es pues un hecho cultural, como el Bien y el Mal. Es ingenuo el promover al uno en beneficio del otro, ambos se encuentran encadenados. No se trata aquí de categorías biológicas, como sucede en el sexo cromosómico que nos es dado por la naturaleza y su aleatoriedad, o el sexo genital, consecuencia del desarrollo embrionario de aquél. Tampoco del sexo cerebral, el género, punto de cruce entre la biología y la psicología y consecuencia de la capacidad recursiva del cerebro humano. Tampoco de la orientación sexual, que es el modo en que el sujeto organiza sus pulsiones y repulsiones, en relación a sus identificaciones precoces.
La dominancia y la sumisión son características específicas del modo en que los humanos nos relacionamos sexualmente, que a veces son congruentes con actitudes más genéricas de nuestro carácter y a veces son completamente divergentes con nuestra manera de ser. Dominancia y sumisión son pues polos extremos de un contínuo de actitudes, que a modo de campana de Gauss, contendrían a la mayor parte de la población en el centro de la misma si dispusiéramos de instrumentos fiables para su medida. Como la extraversión-introversión, o el neuroticismo-estabilidad o la dureza-ternura o cualquier otro par de opuestos modales del carácter. Ni siquiera tenemos la evidencia de que este rasgo sea heredado, innato o biológicamente determinado, entre otras razones porque psicológicamente no representan más que conductas puntuales, que casi nunca se establecen como rasgos permanentes de la personalidad. Como sucede con otros parámetros psicológicos tenemos una cierta evidencia empírica de su existencia, pero no tenemos la seguridad de que se trate de magnitudes de la personalidad, mas allá de las descripciones de la caracterología o de la sexología.
Pero tenemos la evidencia de que las sociedades humanas se articulan sobre la dominación de unos sobre otros, a partir de instancias supraindividuales. De unas clases sociales sobre otras, de un sexo sobre el otro, de unas prácticas sobre las demás. Sin embargo, existe un denominador común a ellas: su impredictibilidad, la carencia de leyes, que hacen que podamos hacer suposiciones fiables sobre fenómenos que puedan arrancar de esa suposición.
Esta incertidumbre es una de las características de la complejidad. Si tuviéramos que buscar una palabra que definiera el "medio ambiente" en que el cerebro humano sigue su desarrollo ontológico, desde el nacimiento hasta pasada la adolescencia, esta palabra sería sin duda, la complejidad.
Nuestro cerebro pesa al nacer 1400 gr., igual que el "Homo sapiens" que habitaba las cavernas de Cro- Magnon, somos, pues, Homo Sapiens. Este límite que dispuso la evolución se halla al parecer en la estrechez del canal pélvico de la mujer. La evolución llegó a un compromiso entre el coeficiente de encefalización y las cargas del parto en las hembras humanas. No parece que el cerebro humano haya aumentado su peso desde entonces, lo que sí ha hecho es ganar complejidad. Este dato nos permite suponer que la evolución no ha terminado (Ayala 1994).
Lo que nos lleva de cabeza a deducir que los desarrollos y el aumento de prestaciones del cerebro humano se ha hecho sin modif icar cuantitativamente su masa total. Pero entonces ¿de dónde procede la complejidad cerebral?
Naturalmente de su medio ambiente. Medio ambiente que no es sólo aire, sol y temperatura, sino también y sobre todo, la organización social. Todo permite suponer que el tamaño del cerebro, que alcanzó su cima evolutiva en el hombre primitivo, le llevó a modificar su medio ambiente, creando una red de predicciones a su alrededor, capturando la naturaleza y alejándose del determinismo puro. Su
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mayor cerebro e inteligencia le permitió crear una mayor riqueza en su estructura social y esa mayor complejidad social, a su vez, cinceló su cerebro hacia una mayor complejidad, manteniendo la masa total del mismo, mediante pliegues y repliegues de su estructura.
Dicho de un modo más claro, la complejidad social puede ser un modo de introducir presiones selectivas en los individuos. Si esto es así
podemos predecir que el destino de la especie humana pasa inevitablemente por un aumento de su trama social, de sus laberintos pasionales, señalizados con una cada vez mayor riqueza de abstracción y una mayor dificultad de discriminación entre el bienestar y el riesgo. Vivir armónicamente con la naturaleza es ya una utopía porque la naturaleza ha dejado de ser una amenaza.
Para el hombre moderno la mayor amenaza procede de sus
semejantes. Del proceso de codificación y decodificación de las señales cada vez más complejas y ambiguas que nuestros iguales nos dirigen. Desentrañar el nudo de señales, cada vez más engorroso y paradójico del vivir en común, es un problema relativamente nuevo que nuestros coetáneos tienen que enfrentar y aprender a reconocer. Un problema que deben aprender a resolver antes de su entrada definitiva en el mundo adulto, una entrada cada vez más diferida. Un dile ma, pues, de aprendizaje. De estos dilemas y complejidades voy a hablar ahora, una nueva complicación que añadir a la existencia. De cómo se integren en el cerebro individual, dependerá que surjan nuevas patologías que ya se adivinan y también que los más capaces sean los destinados a configurar cambios en el genoma (o nuevas
turbulencias sociales) que legar a las generaciones futuras a través de la supervivencia de los más adaptados.