1.5 Thesis Structure
2.1.4 Predictable NoC Architecture
La fantasía es un acto voluntario (o involuntario) del cerebro, que en contraste con los sueños acontece en estado de vigilia. Es usual que a la vida fantástica diurna se le adjudique un papel similar al de los sueños, una forma de compensación. Es decir, una manera creativa de complementar la vida real. Es usual que las fantasías no se lleven a la práctica, sino que se limiten a un mero ejercicio lúdico. En las personas normales, la cualidad de la fantasía sustituye a la vida práctica. Gracias a la fantasía nos es posible recrear, inventar y visitar mundos que no osaríamos hacer en la realidad. La fantasía representa un espacio protegido, íntimo e ininterpretable, que representa al deseo en su estado puro (a diferencia del fantasma donde ya se encuentra modificada). De ella emerge el arte, y la transformación del mundo, también el crimen y cualquier abyección violenta. El fanático se alimenta de su fantasía y trata de imponerla al mundo, el novelista inventa nuevas realidades a partir de su fantasía, el lector - aquel que no tiene suficiente - se limita a recorrer las que sugieren otros. Las personas comunes obtienen muchos beneficios de su vida fantástica. Les hace más adaptables, más felices, en la medida que su imaginario llega a componer como la cara oculta de una vida -quizá-sin interés subjetivo alguno. Los sueños están para ser soñados y no para ser vividos, sobre todo cuando se convierten en pesadillas. Existen ciertas evidencias de que los actos irreflexivos, violentos o desajustados de la vida de algunas personas, se encuentra en oposición a su vida fantástica o al menos a su incapacidad para la anticipación. Es verdad que muchos sueños soñados llegan a ser también vividos, pero este hecho se encuentra en oposición al concepto de "acting out", un acto que se opone al recuerdo, un acto en cortocircuito, sin reflexión. Un antirecuerdo al que se le supone como soporte material una fantasía inconsciente.
Los psicoanalistas franceses utilizan el término fantasma (fantasme) en lugar de fantasía. Ambos conceptos sin embargo no son equivalentes. Mientras la fantasía se supone un acto voluntario y
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consciente, el fantasma es un material reprimido, una presencia espectral que da cuenta de una lucha de transformación de la pulsión -repulsión originaria-, en derivados socialmente aceptables. La inversión "tu no debes", por la más aceptable "tú debes", es el ejemplo más común para entender aquella metamorfosis, después de que en ella se hayan producido las necesarias inversiones, que en este caso serían: "no debes golpear", se transformaría en: "me golpean" y aún más allá de eso en: "disfruto con los golpes”.
Creo que el término fantasía inconsciente es un constructo algo tautológico, porque se supone que es previo haber pensado en algo para llevarlo a cabo. No es necesario suponer tal cosa, pero por hacer el relato más verosímil, en adelante me referiré tan sólo a las fantasías conscientes, aquellas de las que el sujeto tiene alguna noticia.
En sí mismas, las fantasías conscientes suelen ser inocentes en tanto que el sujeto sabe que se trata sólo de eso: de fantasías, es decir, de no eventos. Sólo los enfermos obsesivos parecen sufrir a consecuencia de su actividad fantástica, generalmente relacionadas con deseos de matar algo que parece estar en relación con la vivencia de corporeidad de las palabras, o de los pensamientos que parecen operar como hechos, al estilo del Fiat lux, el lenguaje de Dios que creaba Realidad; dijo fuego y ardió. Las fantasías comunes no representan un antirecuerdo, como el
"acting out" o los recuerdos intrusivos de los escrúpulos obsesivos. No se trata de una instancia antiempírica como en los actos irreflexivos que nunca fueron soñados, sino de un complemento de la vida que no se pudo vivir. Es decir, de una forma de aprender algo acerca del deseo.
Para Reik, el origen del masoquismo es precisamente la fantasía- ensoñación: surge de imágenes, de acciones violentas y agresivas que son transformadas y remodeladas por los cambios de roles. (T. Reik
op. cit) La vida fantástica está generalizada entre los humanos. Hay como un continuo: en un extremo estarían aquellas personas mitomaníacas que se creen sus propias fantasías, es decir, se mienten a sí mismos con cierta verosimilitud, sin perder del todo el juicio sobre la realidad, es decir, sin estar locos y en el otro extremo se encontrarían aquellas personas, serias, rígidas o demasiado formales, que nunca fantasean, pareciera como si no existiera en ellos ni un ápice de irrealidad.
En este sentido, diré que las fantasías sadomasoquistas están absolutamente generalizadas en la población. Baste echar un vistazo a los informes sobre sexualidad que se han editado hasta la fecha para comprobarlo. Esas fantasías recrean sobre todo los grandes temas de la dominación/sumisión que de algún modo ya adelanté cuando hablaba del masoquismo erógeno. Trataré de sintetizarlos en algunos epígrafes.
1.-INDEFENSIÓN
Llamamos indefensión a la situación en la que el sujeto percibe que sus esfuerzos no le permiten luchar o escapar de una situación temida, peligrosa o dolorosa. Se supone que la indefensión es una estructura comportamental y neuroglandular que informa al cerebro de que determinadas actitudes de
lucha/huida han fracasado. El sujeto se rinde ante el temor (real o imaginario), mostrándose por tanto vulnerable a la emergencia de trastornos afectivos o de ansiedad. Para Seligman, la indefensión aprendida seria la base psicobiológica de estos trastornos, presididos por la claudicación y la desmoralización.
Al margen de esta consideración etiológica, en la génesis de determinadas enfermedades, la indefensión es buscada voluntariamente por muchas personas "corrientes" que fantasean o sueñan con ser atadas, amordazadas, vendadas en los ojos y sometidas al libre uso de otra persona, generalmente de un modo sexual, erótico, aunque también pueden combinarse con otro tipo de sevicias masoquistas, actividades que se conocen con el nombre genérico de bondage. Este tipo de prácticas son comunes y se establecen
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como rituales obligados en cualquier pareja sadomasoquista. Se trata de fantasías generalizadas entre las mujeres normales. La pregunta que yo me haría ahora es ¿qué clase de enigma se encuentra agazapado en este goce, aun siendo imaginario? ¿qué gana una persona fantaseando con ser maniatada?
La actitud de entrega voluntaria parece no ser suficiente. Algunas mujeres (y algunos hombres) quieren pertenecer a alguien, de un modo animal, de un modo que vaya más allá de la entrega que se hace en nombre del amor, de la conveniencia o el bienestar. Hay algo de atávico en ser atada, en ser dominada hasta la rendición física. Ser obligada a hacer algo, generalmente el acto sexual, parece ser un goce femenino arcaico, como ya he tenido ocasión de decir en más de una ocasión. Hay algo quizá también de voluptuoso en esa rendición, que será seguida - naturalmente-por una restitución de la libertad, tanto en la fantasía como en el juego. El prisionero está a merced de su captor, este escenario - aún pactado-suele ser de una enorme intensidad erótica, porque cualquier cosa es posible esperar en esa situación de cautividad, más aún si se suprimen las aferencias visuales y el cautivo no puede ver qué está haciendo su
"secuestrador", si se suprimen también las señales verbales, el miedo emergerá y puede actuar como un potente multiplicador (arousal) de la espera tensa que tanta importancia tiene en el goce masoquista. La imposibilidad de escapar, aun siendo una escenografía más o menos consensuada, parece que no termina de eliminar el miedo, y ese miedo puede actuar del modo en que las descripciones clásicas nos revelaron: como un componente del cóctel voluptuoso, ese "no saber qué va a venir después", que parece operar como un siniestro anticipador del placer sexual.
El miedo es un sentimiento aversivo, desagradable, que nos hace alejarnos de las personas o situaciones que nos lo provocan. Lo usual es evitar las situaciones temidas, es lo que sucede en las fobias, sin embargo, sabemos que la evitación es una mala estrategia para afrontar el miedo. El tratamiento de cualquier fobia consiste en la exposición, es decir, el afrontamiento de la situación temida en grados crecientes hasta que el miedo haya desaparecido completamente de esa percha cognitiva. Toda fobia es un miedo irracional, exagerado e invalidante que apresa al individuo en un círculo de rituales para evitar la situación temida, que poco a poco va extendiéndose más y más como una mancha de aceite. La autorrestricción que se impone el masoquista o la que procede de la fantasía puede ser una forma de liberarse de las propias restricciones, es decir, una forma de irresponsabilizarse del propio deseo o al menos, que no resulte inmoral. El que está atado, inmovilizado, o carece de escapatoria, no puede hacer otra cosa que "relajarse y gozar", la responsabilidad es del otro. Dicho de otro modo, es muy posible que la causa de estas fantasías y el goce de ser sometido a ataduras y restricciones de movimientos, proceda de un intento de deshacerse de las propias "ataduras mentales", que imposibilitan el goce de sentirse sometido en la realidad, al menos en la relación sexual de las mujeres siempre maniatadas por amplios e intensos resortes arcaicos.
Una mujer de 38 años la que traté por una agorafobia y cuyo inicio coincidió con una serie de fantasías sexuales relacionadas con un compañero de trabajo, me hizo la siguiente confesión: Lo que más me gusta de él (se refiere a su compañero de trabajo), es que es desconsiderado, malhablado y algo tosco, me gustaría que me raptara y me llevara a una cueva, que me tuviera allí encadenada y que me usara a su antojo.
Naturalmente, no consiguió sus objetivos, pero su agorafobia mejoró en la medida en que fue capaz de relacionar aquellas tendencias masoquistas que habían aparecido en su relación con el compañero de trabajo, y el cuestionamiento que esa misma relación había logrado introducir en la relación con su marido y al mismo tiempo con la pérdida de seguridad que para ella entrañaba esta relación y que
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estaba en la base de la emergencia de su agorafobia. En esta paciente aparece otro de los fantasmas masoquistas universales: el gusto por lo abyecto, lo siniestro o lo animal, es decir por los antivalores. 2.-EXPLOTACIÓN
Si en las mujeres, la fantasía más común es la de ser "utilizada sexualmente", sin consentimiento (al menos tácito); en los hombres masoquistas, la fantasía y también la práctica más usual es la de ser esclavizados en el servicio doméstico.
Ser mayordomos, o criados, señores de la limpieza o simplemente esclavos destinados a estas tareas, parece que es un goce suscrito por muchos hombres, que buscan una pareja dominante femenina. El gusto por la explotación doméstica supone una inversión de roles tan divertida que no puedo dejar de admirarme por la inventiva humana23. En una época donde el discurso social dominante es la igualdad de oportunidades, la participación del hombre en las tareas domésticas y la liberación de la mujer de la "esclavitud del hogar", el hecho de que haya hombres que se ofrezcan a este tipo de servicios de forma gratuita, con tal de tener la oportunidad de tener un ama dominante y exigente que colme sus deseos de "mucamas esclavizadas", no deja de tener una pizca de ironía. Los hombres sabemos que las tareas del hogar son detestables, aburridas, monótonas y que compensan poco a nada a las que las realizan, mujeres en su mayoría. De hecho, casi todo el mundo que conozco delega estas tareas en personal contratado para tal fin, al menos la limpieza de la casa, un acto reiterativo, absorbente y enormemente aburrido. De modo que lejos de resolver el problema las clases acomodadas lo delega en las clases más desfavorecidas, lo que suele ser algo conocido por todos y tolerado por la moral individual. Se trata de la esencia de la cultura de la dominación, que es posible desentrañar en las relaciones laborales, de un modo más nítido que en las personales.
En mi opinión, los hombres masoquistas que se ofrecen para este tipo de servicios, no lo hacen tanto porque obtengan un placer en ello, sino porque indirectamente pretenden introducir un elemento de subversión en la relación de dominación con una mujer, ese es el goce, porque aunque la sumisión se haya atribuido clásica y universalmente al deseo de dominio del hombre, existe un metadominio, que es cuando un hombre domina a la mujer no sólo en el terreno habitual, sino más allá de él, a través de la captura imaginaria que tiene lugar en este tipo de escenas, donde el hombre "juega" a ser esclavizado por una mujer.
Este aspecto de simulación grotesca que parece acompañar a todas las actividades sadomasoquistas no debe hacernos presuponer que se trata de una ficción, de una dramatización, sino que más allá de eso, se sirve de una cierta tramoya teatral, para esconder y mostrar ese margen de incertidumbre, que opera como en un funanbulista a lo largo de la red sadomasoquista que le contiene.
Una persona a la que conocí, en una situación no clínica, me contó que solía poner anuncios en el periódico para dar rienda suelta a esta fantasía masoquista en la realidad. Solía anunciarse, como
"esclavo se ofrece a ama dominante para tareas domésticas de forma gratuita”. Esta persona que
vivía solo, tenía contratada para su propio servicio doméstico a una persona ajena, sin embargo para él suponía un extremo goce el ser maltratado, constantemente humillado y obligado a repetir la misma tarea, (Un conocido aforismo sufí dice: Lo que es, es/lo que no es, ni ha sido ni será. Una manera
poética de decir que cualquier cosa que pueda ser imaginada puede llevarse a cabo, mientras que lo no imaginable, jamás será llevado a la práctica, pues existe más allá del lenguaje) por un ama que le
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El goce no es por tanto la limpieza, sino la humillación que la propia tarea doméstica encarna para cualquier persona, tanto más si es un hombre quien la sufre: es posible entrever la dualidad del pensamiento masoquista y la búsqueda de la inversión. Tanto más si es ejercida por el dominio de una mujer y voluntariamente aceptada como un componente más de un ritual masoquista de tipo erógeno, que incluía maltrato y distintas sevicias, siempre presididas por los instrumentos propios de la limpieza: cubos, fregonas, escobas y diversos utensilios fálicos vinculados a las tareas del hogar. Contrariamente a esto, no he conocido nunca ninguna mujer que declarara su gusto por este tipo de "esclavitud", dado que de existir ya tiene su propia legitimación en las relaciones convencionales. Oldman y Morris en 1990 y Millon en 1994 describen la disposición de algunas personas a:
Actuar de una forma servil y humillante. Se sitúan en un plano inferior y animan a los demás para que se aprovechen de ellos. Son aquiescentes y poco asertivos, obsequiosos y sacrificados, dependiendo en grado extremo de las expectativas que los demás tienen sobre ellos Es decir, existen formas de sumisión tan bien integradas que no son reconocibles como algo patológico, ni como algo atávicamente sexual, como por ejemplo la sumisión doméstica de las mujeres en general. En mi opinión, aquellas formas de sumisión que se hallan integradas en las relaciones comunes o en las rutinas convencionales, nunca se convierten en un ritual masoquista, porque en este tipo de relaciones lo que se busca es una inversión de los roles tradicionales y quizá también una esperpentización de las propias relaciones de poder. No hay que olvidar que si existe el sadomasoquismo o las relaciones D/s en general es porque existen realmente vínculos de poder y sumisión entre las personas y que además, la mente se rige por un principio de economía: si un impulso se encuentra ya gratificado, lo que se buscará a continuación es un castigo. Por eso, es prácticamente imposible encontrar mujeres masoquistas perversas entre las amas de casa convencionales y sí
muchas neuróticas. En el caso de que alguna de ellas fuera masoquista, ya tiene su parcela de goce y de castigo en el anonimato de su actividad. Una vez más, lo que es un goce para unos se constituye en un tormento para el resto de la humanidad.
Si existe el sadomasoquismo como fenómeno, es porque existe una sociedad donde la dominación, el éxito, la autonomía y la eficacia, son valores deseables y otros, como la dependencia, la sumisión, el fracaso o la ineficacia son lacras a extinguir. Es verdad también, que si existen "esclavos" es porque la esclavitud fue abolida (está de hecho prohibida), no me imagino a ningún masoquista en los campos de algodón del sur de los Estados Unidos, mientras se mantuvo vigente la esclavitud de forma legal, aunque supongo que la carga erótica de las relaciones entre amos y esclavos flotaría por los campos de algodón, y aun hoy, en el inconsciente de las razas. Naturalmente, detrás de un valor, hace falta un contravalor y esto es precisamente lo risible de esta situación, donde de lo que se trata es casi siempre de, a partir de un goce individual (que procede de la fragmentación y enmascaramiento del goce prohibido), subvertir el orden social deseable y políticamente correcto, en definitiva, un ataque al consenso. Claro, porque la perversión no es sólo una venganza de la sexualidad frente a la represión, sino también una forma
paradojal de placer que se vuelve hacia el Poder para invadirlo como un “placer a soportar” (Foucault,
op cit, pag 63).
En este sentido, una paciente (Marta) - licenciada y con bastante éxito en su profesión-que tuve ocasión de tratar me contó:
"A mí lo que me gusta es la esclavitud sexual, pero no la esclavitud doméstica, no estoy dispuesta a casarme nunca, porque los hombres lo que buscan es una criada. Creo que no estoy preparada para eso,
100 además soy una persona muy independiente y no creo que me adaptara a esa situación. Estoy dispuesta a hacer de criada en una sesión, pero no en ser definitivamente la criada de nadie. Además el hombre en cuanto encuentra una criada deja de ser un Amo y se convierte en un gordo complaciente: pierde toda capacidad para dominar, aquello se convierte en una relación incestuosa".
Efectivamente, las relaciones convencionales parecen abocar ineluctablemente a un tipo de vínculo rutinario, dominado por los fantasmas familiares, donde casi inevitablemente se pierde toda carga erótica, aunque se conserve la afectiva. Tal y como dice A. Philips: El sexo blando es cualquier cosa menos sexualidad.
Algunas personas fragmentan su vida erótica de un modo tan lúcido, que no dispuestos a renunciar al placer, sacrifican la estabilidad que cualquier rutina de pareja pudiera proporcionar, es el caso de Marta. Ese parece ser el truco, "esclava para esto y no para lo otro". Una especie de fragmentación de la actividad erótica que permitiera preservar su mundo erótico masoquista con una vida bastante
adaptada y competitiva que por otra parte había conseguido. Un deslinde entre lo erótico, lo laboral y lo