El 24 de febrero de 1916 a la naciente comunidad misionera se le desgajó una filial en el paraje denominado Rioverde, a diez leguas de Dabeiba, en los más espeso de la selva tropical y en medio de una tribu aislada y diezmada, El capellán, Padre Carlos Duque, les glosó elocuentemente, en la misa de inauguración, el lema “Tengo sed”, pronunciado por Jesús en el Calvario. Sed de almas y sed de sacrificio para conquistarlas.
Desde Rioverde, en incursiones penosísimas por las marañas, derrumbaderos y torrentes del bosque, fueron explorando regiones, visitando bohíos, ganando corazones desconfiados. Pero se tornaba necesarios vivir junto a ellos. Y hubo que hacer nuevas fundaciones: así surgió la casita blanca
o toldo de campaña que la Madre Laura plantó en las “ambulancias” o fundaciones provisionales y de temporada. Hubo ambulancias en El Pital y en Antadó. Los indios, al principio, las miraron con recelo y aun con odio impotente. Y amenazaban:
- Caminaremos lejos. Para terminar diciendo: “Estamos jorobados. No habrá más remedio que aprender la ley de Dios.
La paciencia y la bondad de las hermanas daban feliz remate al logro de sus almas.
En agosto de 1918, el Padre Elías, Carmelita, la Madre Laura, tres misioneras y varios indios salieron de Dabeiba con rumbo hacía Murrí, donde se iba a establecer la tercera casa. En la cumbre del Portachuelo pernoctaron bajo un rancho deshabitado y junto a un fogón que encendieron para no aterirse de frío. Y por fin, al fallar las promesas de un señor Gaviria, se acomodaron en un rancho llamado La Lejía, herbazal húmedo entre dos riachuelos y allí improvisaron celditas, cocina y salón que sirviera de capilla, de escuela y recibidor. Más adelante se alzó una casita más adecuada, se multiplicó el trabajo y fueron colmados los frutos misionales. El capellán y la fundadora regresaron a Dabeiba. Pero en Murrí quedaron tres misioneras, aisladas del mundo, sin capellán y con el sagrario vacío.
Fue en este rincón del mundo donde la Madre Laura, que en semejante excursión, pernoctando bajo plantas de tagua había escuchado el silbido de las culebras y el bramido nocturno de los animales salvajes haciendo coro a los ríos enfurecidos que amenazaban tragarse el rancho, hizo con Dios el llamado “Pacto de las fieras”, mediante el cual éstas no harían daño a las hermanas y las hermanas se habían de comprometer a respetarles la vida.
Hermana ha habido que ha hecho su oración delante del Santísimo de su humilde oratorio teniendo al lado, tranquilamente arrollada, una rolliza serpiente.
Varios fueron los meritísimos sacerdotes que en los primeros años asistieron, en lo posible a las catequistas. Ellos eran pocos, vivían muy distantes, a leguas y leguas por caminos de espanto y con el deber de atender parroquias tan extensas como una diócesis. Las Misioneras guardaron eterna gratitud a los Presbíteros Duque, Peña, Jesús M. Rivera, Lopera y otros.
Trasladado Monseñor Crespo a la nueva diócesis de Santa Rosa de Osos, le sucedió en la sede antioqueña el amable y virtuoso Prelado Monseñor Francisco Cristóbal Toro, bajo cuyo pastorazgo quedó la nueva congregación. Hasta el 4 de marzo de 1918, por decreto por la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, fue erigida la Prefectura Apostólica de Urabá, confiada al celo de los Reverendos Padres Carmelitas Descalzos de la Provincia de Navarra. Primer Prefecto Apostólico que fue nombrado el Rvmo. Padre José Joaquín Arteaga, a quien adornaban exquisitas dotes de naturaleza, de saber y de virtud. Bajo su autoridad se amparó la congregación naciente. Él retocó las Constituciones de las religiosas, dirigió algún tiempo el espíritu de la fundadora, llamó a sus hijas a trabajar junto a los Padres Carmelitas en las fundaciones de Puerto César, Turbo y Unguía, en el golfo de Urabá y penetró con ellas en la región de Caimán, asentamiento de los indios Kunas, que al fin rechazaron la misión.
Por testimonio de un Padre Carmelita español, que conversó con al Padre Arteaga cuando éste aun no había llegado a Frontino a posesionarse, ya el Perfecto estaba siniestramente informado y prevenido sobre la Madre Laura y su incipiente empresa.
Además, por temperamento y formación, miraba de reojo y con recelo la tarea y la colaboración de la mujer.
La Madre admiró siempre sus cualidades y las elogió en sus Cartas Misionales: pero diferencias temperamentales y una serie de minucias y una serie de roces impidieron que estas dos almas grandes y virtuosas armonizaran definitivamente hasta el punto de que la Fundadora, con harto sentimiento y con la aprobación de varios obispos reunidos entonces en Bogotá con motivo del Primer Congreso Misional de Colombia, hubo de levantar en 1925 todas las comunidades existentes en la Prefectura y abandonar la comarca natal de la Congregación.
El rancho de Dabeiba, casa madre de la Congregación, fue vendido a menos precio. Tocó a la Hermana María San Benito entregarlo, desgarrada de pena. “He pensado que ese sacrificio tan inusitado cual es el de dejar para siempre la cuna de la Congregación, nos lo ha exigido Dios porque nos quiere como Él. Él no conservó durante su vida ni fue propiedad de la Sagrada Familia la cueva de Belén. “Oh santa desnudez! ¡Oh pobreza hermosa: cuánto debemos amarte!”.
XI