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Entre las inculpaciones erróneas que acerca de la Madre Laura y su Congregación cundieron por ahí, aun entre los clérigos y prelados, una fue la de su desdén a desamor a los sacramentos.

- Se va al monte sin confesores, sin sagrario, sin misa, sin comunión… En Bogotá, Monseñor Vicentini, el Nuncio de Su Santidad, le decía:

-¿Y por qué no quieren los sacramentos? No sabe que son el medio ordinario de salvación y que sin ellos se pierden?

- Si, Excmo. Señor, sé que sin sacramentos nos perdemos. - ¿Y entones por qué no los buscan ni quieren?

- Es que sí los buscamos, suspiramos por ellos y lloramos cuando se nos quitan…

Brote e indicio del sentido eclesiológico, que animó siempre a la Madre Laura Montoya, fueron sus manifestaciones de reverencia, amor y devoción a los sacramentos de la Iglesia.

El sacramento del bautizo conmovió siempre hasta los más íntimo de su corazón de esta mujer de fe inmensa. Conservó gratitud inmarcesible al sacerdote que le administró el santo bautismo. Delante de la pila bautismal de la Parroquia de Jericó, al pasar por esta ciudad en 1909, no pudo contener el

desborde de sus afectos. Al entrar en la ciudad lo primero que hizo, antes de hospedarse en casa de sus familiares, fue visitar el bautisterio. “Busqué con ansia loca el único objetivo allí perseguía, la sagrada pila bautismal, diciendo dentro de mí: ¡Oh, mi filiación divina, ya desfigurada! Mis lágrimas alarmaron a mis compañeras de viaje, que no sentían como yo el dolor de una joya perdida ni el aliento de un amor perpetuo exteriorizado treinta y cinco años antes en aquel lugar…”

Durante su estancia en Fredonia, como maestra fue costumbre suya visitar los sábados el cementerio en donde creía que reposaba el Padre Uribe, el sacerdote que la bautizó. Allí hablábamos de Dios y especialmente de la adopción que hace de las almas en el santo bautismo. Contemplaba cómo aquellas manos que me habían abierto el cielo derramado sobre mi cabeza al agua santa están reducidas a polvo debajo de aquella bóveda y me estremecía de ternura. ¡Yo era hija de Dios, la heredera de su Cielo! ¡Y las manos que habían sido los instrumentos del amoroso beneficio eran polvo! ¡Cómo hubiera querido romper aquella tumba y robarme aquellas manos deshechas para besarlas! ¡Dios mío, cuán grande es el bautizo y cuán poco comprendemos su grandeza!”.

Sus misioneras, por disposición de su Fundadora, rodean la ceremonia del bautismo de la mayor solemnidad. Y el Manual de oraciones trae una oración del neófito para después del bautismo que es una joya de teología simplificada, de unción y de entrañable belleza.

Para la confesión tuvo siempre una veneración extraordinaria. “Miren este sacramento como una dulce cita que hace Dios a nuestras almas para recaudar cada semana sus relaciones con ella…”

Sencilla como niña y guiada por la fe acudía a este sacramento y abría su alma al sacerdote en busca de perdón, de luces, de orientaciones. Alma escogida, que volaba muy alto, los confesores no siempre acertaban y más

quedaban perplejos ante los dones, las gracias y las novedades que en ella sorprendían…

Es posible que alguno de ellos, ciertamente doctos y espirituales, no hubieran leído a Santa Teresa o San Juan de la Cruz o sin percatarse, creyeran que esos fenómenos eran para los místicos de Europa y no se cosechaban por estos trigales de la cristiandad americana…. Cuando ya se confesó con Padres Carmelitas las cosas anduvieron más claras.

En cuanto a su piedad eucarística puede la Madre Laura competir con los santos más famosos por su amor y devoción al Santísimo Sacramento. Ya niña durante su estancia en al campo se levantaba antes del alba para llegarse, en escapaditas furtivas, a la Iglesia a recibir a Jesús. Colegiala, supo industriarse para comulgar diariamente sin que el reglamento sufriera menoscabo. En sus excursiones misioneras, su mayor desconsuelo era la privación de la misa y de la comunión; su mayor anhelo era tener sagrario y capellán junto a sus ranchos perdidos en la selva. No conocían las finuras y los vuelos de su alma quienes la acusaron ante la Nunciatura de menospreciar los sacramentos y alardear de la carencia de capellanes. Llegó incluso a tantear en Roma la posibilidad de que sus religiosas privadas de capellán pudieran por sí mismas administrarse la sagrada comunión.

“Comulgo –decía- porque Jesús desea que comulgue. Satisfacer el deseo de Jesús sí me urge, me parece cosa digna; el mío no merece la pena…”

Fundar una misión y establecer un nuevo sagrario fue para ella el más preciado logro.

Y sentía un amor especial hacía esos sagrarios en donde el Huésped celestial vive tan solo, como ella dice: “Verdad que el hálito del amor, escapado en suspiros desde el lecho del dolor o desde el centro de un cobertizo destinado a la enseñanza llegó hasta el santo copón y estremece de amor a

Jesús, el apasionado de las almas”. Pensando en tal soledad, la Madre escribía y proponía: - Haceos espiritualmente compañeras íntimas de Jesús en los sagrarios de las misiones. Para facilitarlos compuso una oración bellísima en la que decía: “Me he enterado de que has querido quedarte en una casita humilde en medio de esos bosque y de las tribus errantes de esas montañas. Ahí, en ese sagrario solitario has colocado el trono de tus misericordias y de tu amor, que se adelanta a nuestras mezquinas correspondencias…”

En sus últimos años, inmovilizada por la enfermedad, recluida en Belencito, menudeaba las visitas al Templo, velaba por el respeto en el santuario y lo exigía con severidad.

“¿Qué es la sagrada Hostia? Es el Dios de mi corazón y el corazón de mi Dios. ¡Luz mía, oculta en la Hostia, difundíos en todos los corazones! ¡Síntesis divina de todos mis amores, Hostia mía, deja que muera ya por vuestro amor!.

- Hoy –le decía un día al Padre Germán Montoya- he estado hablando con el Señor en el Tabernáculo, le he contado todas mis penas y se lo he ofrecido todo!.

Precursora genial en muchas cosas, aun en lo sacramentario y litúrgico, anduvo madrugadora la Madre Laura. Hacia 1934, su discípula la Hermana María Teresa Lopera apuntaba estas iniciativas oídas a la Madre Laura en sus conferencias: “Si yo anduviera cerca del Padre Santo le diría al oído algunos cuantos secreticos muy importantes.

El primero: que mitigara el ayuno eucarístico (que entonces regía desde la media noche hasta todo el día siguiente…) Que duro para los que somos enfermos vernos privados del Pan Eucarístico; que bueno poder tomar líquido antes de la Comunión. Así la pobre Laura podría beber algo en sus noches de agonía sin tener que privarse de la comunión.

Segundo: las misas vespertinas. Conversando en 1940 con su sobrino Rafael Montoya, que la visitaba en la residencia de El Cuchillón, le decía: Qué bueno que hubiera misas a todas las horas del día para que los trabajadores y los empleados pudieran oírlas en la tarde.

Tercero: qué bueno que la Semana Santa se celebrara según la liturgia primitiva, de modo que los oficios litúrgicos coincidieran con la misma hora en que tales misterios sucedieron: Cena del jueves, muerte de Jesús, resurrección de Jesús…

Ella, cuando dirigía a sus misioneras las meditaciones de Semana Santa las acomodaba a la hora en que los misterios se habían realizado.

Cuarto: Ya entonces acarició largamente la idea de que sus misioneras, privadas tantas veces en esos días iniciales, del auxilio del capellán permanente, pudieran llegar a tomar ellas mismas o por manos de la superiora, la sagrada comunión.

Sobre esta iniciativa hay documentación copiosa en su archivo. Y tanto dio y cavó este pensamiento en el ánimo de la Madre que al fin con tal solicitud escribió bellísima carta la Santidad de Pío XII.

Estas cuatro iniciativas en 1930 eran audaces.

Y ya entonces ella las sustentaba. Hoy son dichosa realidad en la Iglesia. Testimonio de su piedad eucarística, tan meditada, tan iluminada, es su folleto: Devociones eucarísticas que sus misioneras guardaban en gran parte inéditas o impresas en hojas volanderas y al fin recopilaron e imprimieron en Medellín, como recordatorio del centenario del natalicio de la Fundadora.