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The Equations Used to Calculate Paths

El protagonista confronta la moral y se permite vivir una sexualidad libertina y sin el peso de la culpa; no obstante, no puede sustraerse de la presencia de un subrogado paterno: Dios como censura. “¡Qué importa la eternidad del infierno comparado con el instante de placer!” A pesar de su rebeldía, no se sustrae de la existencia del Otro (el gran Otro del psicoanálisis) en la imagen de Dios. Un gran ojo que vigila, omnisciente. El padre de la ley.43 Ley que, en este caso, tiene sentido no como represión sino como posibilidad de desafío. “Dios impotente, mirón de las cosas humanas, con sus ojos eternos de búho, de lechuza, todo lo veía penetrando la oscuridad. Para ver, su omnipresencia, que lo tenía en el cuarto, lo eximía de abrir un agujero en la pared. Como novelista omnisciente, metido en todos los cuartos y corazones ajenos, veía sin pagar. Así que mira, fíjate, date cuenta de cómo el fulgor de estos instantes míos hace polvo la eternidad de tu Infierno” (p. 35). Fernando desafía esa imagen reguladora y sancionadora, que se hace presente en los momentos de placer. Pero el hecho de nombrarla, de no poder evitar su presencia, y la consecuente confrontación, están expresando que de todos modos el Otro, como ley, opera, y en consecuencia no es posible sustraerse de la prohibición. Hacerlo implicaría colocarse por fuera de la cultura, de la condición humana y de la cordura.

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Ese gran Otro se configura para el sujeto a partir de la relación con la madre, el primer objeto amoroso, pero también a partir de la "función paterna", que separa al sujeto de la madre; es un lugar en el campo de lo simbólico, no de la referencia concreta o real.

Prohibición y transgresión están unidos por la misma cadena significante. Transgresión que en esta obra se convierte en un acto compulsivo. “Padre he pecado”. “¿Cuándo?” “Siempre”. ¿Cómo?” “Por los cuarto costados”. “¿Con quién?” “Solo y con Todos”. “¿Dónde?” “Por doquier”. “¿Te arrepientes hijo?” “No” (p. 96). Para Fernando, su deseo se expresa en la posibilidad de acceder al otro, de conquistarlo, de obtener un placer que se ve incrementado por lo imaginario de sumar uno más a la lista de hombres seducidos, o con los cuales ha tenido algún tipo de encuentro corporal. Como la mayor parte de los personajes de la novela, vive compulsivamente el erotismo confrontando la cultura y la sociedad.

Además de Fernando, varios personajes desafían las prohibiciones sexuales, asumiendo un comportamiento promiscuo. El caso más ilustrativo es el de Jesús Lopera. Fernando lo describe en varias ocasiones. Chucho “sacó la siniestra libreta , y empezó a presumir (...) todos, todos los nombres, simples y compuestos, y los apellidos antioqueños iban desfilando por las páginas de esa libreta que compendiaba, en las infinitas combinaciones del capricho y la fortuna, el fuego de una obsesión. Hermanos, primos, amigos, vecinos... ‘Con todos me acosté’ (...) Chucho Lopera se burló a su antojo de medio Medellín: con el otro medio se acostó” (pp. 9-10). Hace alusión a la multiplicidad de relaciones homosexuales con amigos, amantes, conocidos o extraños, de quienes no recuerda el nombre. La promiscuidad sexual es asumida y aceptada por este personaje como un triunfo. Hay ostentación sin censura. En tales condiciones, es imposible lograr la saciedad, la completa satisfacción, porque habría que poseerlos a todos. No importa tanto el deseo por el otro como sujeto: como lo que orienta a Chucho es el deseo de acceder a todos, tendrá que continuar la búsqueda, hasta culminar con la lista. Meta ideal: “lo absoluto”.

Fernando también representa el erotismo desenfrenado; buena parte de sus anécdotas son referencias a este tipo de contactos. Pero, a pesar de haber vivido como los demás esa búsqueda afanosa de relaciones eróticas, su experiencia asume características diferentes, en tanto no paga y no acepta dinero a cambio de placer. Él utiliza o demanda otro tipo de halagos, como los regalos o la promesa de conexión con otro joven. El recuerdo de Hernando Giraldo, a quien había conocido por azar, es ilustrativo de esta situación. Ambos estaban a la espera de un otro que no llegó y Hernando quiso volver a ver a Fernando. “Con nerviosa prisa arregló una nueva cita para el sábado en su apartamento, y con la misma prisa me metió un billete nuevo de veinte pesos en el bolsillo de la camisa para que no le fuera a faltar. El cual al punto le devolví: ‘Dinero no necesito: tengo ropa, comida y casa, y los libros los tomo de las librerías, donde hay de sobra: entro con dos y salgo con tres. Mejor me das un muchacho’. Abrió tamaños ojos ante mi precocidad viciosa, pero al punto

se recobró y contestó encantado: ¡Claro que sí! Te voy a dar un sargento” (p. 40). Como el asunto es pasar y disfrutar el rato, entre ellos no existen los celos. Un amigo sirve de contacto con otro y así se multiplican indefinidamente los encuentros, en una búsqueda sin fin del “Otro”, de aquel que imaginariamente llenaría todas las expectativas y permitiría la completa satisfacción, pero ese ser ideal no se alcanza, y sólo queda disperso, como en retazos, en todos los encuentros fallidos.