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The Game Show Analogy

La ciudad de Medellín es el espacio de referencia de esta novela: los sitios públicos, las calles, las heladerías, rebasando la vida del barrio o del sector. La ciudad, simultáneamente con el cambio cultural, está atravesando por una transformación física: se tumban las casonas construidas en la primera mitad del siglo para levantar altos edificios con visos de modernidad, y el centro de la ciudad con sus amplias avenidas y sus grandes edificaciones, va perdiendo su fisionomía en aras de la modernización. En ese proceso de crecimiento urbano, adquieren significado la masificación y el anonimato, la diversidad y la fugacidad de la vida, afectando las relaciones entre sus habitantes. "Regueros de automóviles por las avenidas, reguero de gente buscando, buscándose, cuando se afanan por llegar o cuando su meta es cualquier esquina donde la brisa mueve bordes despegados de los afiches de las carteleras" (p. 102).45

Claudia representa a la joven generación producto de la ciudad, "su paisaje era su libertad y su estrechez, sus luces y su gente y su retraimiento". Sus amigos, críticos de la sociedad, participan de las ideas del Nadaísmo, el Existencialismo y el Surrealismo. Están influenciados por escritores que, como lo señala el autor, "mostraban caminos desviados, desesperación y esperanza, búsqueda en el amor y en la muerte: Herman Hesse, Albert Camus, Fernando González, Alberto Moravia, León de Greiff, Neruda, Simone de Beauvoir"(p. 19). Leen a poetas como Antonin Artaud, Kavafis, André Bretón o Silvia Plath. Pero esa influencia es considerada por él como una imitación.46

En el Medellín referenciado, de los años sesenta, jóvenes inconformes cuestionan con su pensamiento y con su vida la sociedad institucionalizada. Practican el amor libre, se rebelan contra lo establecido, incluyendo la familia, la religión y el trabajo. Algunos, con una posición consecuente con su existencialismo, llegan al suicidio. Confrontan la norma y la tradición de una sociedad que no se coloca frente a lo urbano con una postura de

45 Marshall Berman, en Todo lo sólido se desvanece en el aire, se refiere a estos cambios como elementos de la modernidad. Para él los

sujetos de hoy forman parte de un universo cambiante, sometido a un perpetuo movimiento en torno a la desintegración y renovación; viven presos en la ambigüedad y la angustia, la sensación de vértigo y el vacío. (Berman, 1992). Sin embargo, no hay que olvidar las posibilidades de crecimiento, experiencias nuevas, creatividad y libertad que ofrece la modernidad.

46 Hay un silencio en la novela sobre otros movimientos contestatarios y políticos de izquierda, que influenciaron un amplio sector de

jóvenes con sus ideas políticas, las cuales, además de referirse a la sociedad y al estado, tomaban posición frente a la vida privada: la familia, el amor, la sexualidad. Coincidían con estos movimientos culturales en sus críticas sobre el modelo de sociedad, pero a sus seguidores los llamaban “pequeño burgueses” por considerar que, a pesar de las críticas, se adecuaban al sistema y se beneficiaban de él.

aceptación de la diferencia, lo heterogéneo y lo diverso.47 Inicialmente son cuestionados por vagos, inútiles,

contestatarios, pero Bernardo reconoce que en esa confrontación se generaron ideas libertarias, aunque inmersas en el individualismo y la soledad, y que condujeron a sus exponentes a situaciones límites, aun contra sus propias vidas.

Algunos de estos jóvenes comulgan con el Nadaísmo, movimiento cultural que nació con el escritor Gonzalo Arango en Medellín, en 1958, cuando en un evento público lanzó una proclama que llamaba a la subversión en el campo cultural. Este movimiento significó, a pesar de sus críticos, "una ruptura y una apertura. Pero no sólo ruptura con los medios literarios anteriores sino una negación, el intento de desquiciar los valores aceptados: desde luego en poesía, pero también en política, filosofía y moral. En este sentido rebozó los límites de la literatura y se infiltró, con algunas dosis de satanismo y cinismo, en las costumbres y en los credos".48 Según

Bernardo, muchos jóvenes confunden esa postura contestataria con la bohemia y el consumo de drogas, pero otros asumen una real confrontación con los modelos institucionales y participan de búsquedas creativas en el arte.

Claudia y sus amigos representan ese sector de jóvenes de fines de los sesenta, que pretendieron desmontar las tradiciones en torno al amor, el matrimonio, la sexualidad, la religión, el trabajo, en fin, la existencia; sin embargo, no construyeron un sustituto que les sirviera de referente para justificar sus vidas. Son descritos como seres confundidos y perdidos en un mundo que no les ofrece asideros vitales. "Porque [Claudia] buscaba cierta vocación de hundimiento, la atrajo aquel tremedal colectivo, aquella amarga y festiva irresponsabilidad. No era la alegría pueril del paseo, era un jugársela todo contra nada, azar del momento irreverente, de la copa a medio llenar, del sexo al aire libre o en zaguanes o bajo los pinos. Era la caída por la caída misma, los ojos inocentes o depravados, el movimiento sin rumbo, la quietud atolondrada. /(...) A ella parecía no importarle estar ahí, tampoco no estar” (p.42). Existe entre ellos una complicidad grupal para la rebeldía. Su mundo es el de la calle y el de la noche, espacio y tiempo propios de la vida urbana. Su función es oponerse a lo establecido: el trabajo constante, disciplinado y al servicio de otros; los proyectos y el mañana; los límites y las prohibiciones sexuales; la prudencia y el decoro. Los guía el afán de inventar formas de oposición, rebeldía y transgresión.

47Según Habermas, "La modernidad se rebela contra las funciones normalizadoras de la tradición; la modernidad vive de la experiencia

de rebelarse contra todo lo que es normativo". (Habermas, en: Viviescas, 1991, p. 19).

Bernardo critica a estos jóvenes por sus poses de "intelectuales y de artistas", amparadas en prácticas de vida desordenada y ociosa, para ocultar una incapacidad de creación. Confronta las posiciones de esos sectores, a partir de lo que él representa como búsqueda de alternativas y posibilidad de creación. Para Bernardo, esos grupos "formaron una baraúnda pintoresca desde que el Nadaísmo hizo compatibles degeneración y literatura, arte y desvarío; en que el sexo puso a sonar sus cascabeles. Allí la muchachada alegremente perdida, el desplante con visos de brillantez, la barrabasada absoluta. Y un ir muriendo en cómodas cuotas semanales, amparados bajo una desesperación de invento personal" (p. 41). Bernardo pertenece a una generación que no comparte esas formas de vida, pero es seducido por Claudia y de alguna manera por lo que ella representa. Como testigo crítico de todo este movimiento se pregunta, al final de la obra, si tiene derecho a tales acusaciones, reconociendo que había "muchachos inteligentes y valerosos que ventilaron el aire retórico y estancado de este país y abrieron un camino para la marcha (...) fue un espectáculo necesario" (p. 62).

El autor es cuidadoso al nombrar literatos, pensadores y artistas, que de alguna manera aportaron a la conformación de una mentalidad más abierta al pensamiento occidental, sustentada en una crítica a los fanatismos y a las ideas redentoras en religión, en política y aun en arte. Personajes como Fernando González (a quien algunos críticos literarios le atribuyen ser el padre del Nadaísmo), Gonzalo Arango, Amilkar U., Eduardo Escobar, Darío Lemos, Rogelio Echavarría, son reconocidos. Artistas como Alejandro Obregón, Enrique Grau, Edgar Negret, Omar Rayo, Luis Caballero, Pedro Nel Gómez, Fernando Botero, Oscar Jaramillo, entre otros, son evocados porque sus ideas y sus obras influenciaron un amplio sector de jóvenes. En esos sectores de pensadores y artistas, entre la confusión y la desilusión, nacieron ideas nuevas y productos culturales en la pintura, la literatura, la poesía y el teatro, que contribuyeron a darle una mirada diferente a la vida, el amor, el erotismo y la muerte.