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Buffering Output Parameters

5. Optimising the Client/Server Communication Protocol

5.2. Requests with Output Parameters

5.2.2. Buffering Output Parameters

La integración social supone la doble actitud de acomodarse a la sociedad y sentir- se orientado de manera afectiva y efectiva hacia el prójimo. Para hablar de inte- gración cabe referirse a la predisposición de la persona interesada hacia esta acción y también hay que hacer partícipe de este proceso a la sociedad de aco- gida para que sea un verdadero proceso de intercambio, conocimiento y respe- to mutuo.

En este proceso no sólo los profesionales que trabajan en el ámbito de la acción social pueden ir proponiendo programas o acciones encaminadas a la inclu- sión, sino que las propias personas interesadas tienen que sentirse protagonistas. Para ello, es preciso que dispongan del tiempo necesario para aceptar su nueva rea- lidad, “reorganizar su vida” y esto sólo puede irse trabajando en un marco concre- to, un lugar donde se sientan seguras, recuperen la confianza en sí mismas, vuel- van —en definitiva— a sentirse personas. La vivienda se convierte, en este caso, en la herramienta básica para evitar que se acentúen las situaciones de vulnerabilidad que acompañan a los solicitantes de asilo e impedir que se generen procesos de exclusión.

La situación inicial de los solicitantes de asilo es cada vez más preocupante, pues- to que llegan sin recursos económicos y deben afrontar una serie de trabas sociales y legales que, sin disponer de una red familiar y social, pueden convertirse en obstá- culos insalvables que condicionan su futuro y les abocan a la exclusión y la margina- ción. Para garantizar cierta protección en los procesos de incorporación social de este colectivo, la Dirección General de Integración de los Inmigrantes del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales tiene unos programas específicos ya analizados en profun- didad en los Informes anteriores de CEAR. En este caso, interesa estudiar desde un nuevo enfoque los programas de acogida, a menudo simplificados como meros recur- sos de alojamiento y manutención de sus residentes.

En efecto, los centros de acogida se concibieron con el objetivo de cubrir las necesidades más urgentes (alojamiento, alimentación y asistencia psicosocial) mientras el expediente de asilo estuviese en fase de instrucción. Sin embargo, si se circunscribe a la mera cobertura de las necesidades básicas, se desaprovecha la potencialidad que este recurso puede tener en el proceso de inserción. Si se pre- tende que el programa incida en el tiempo, es necesario completar estas acciones

con otras que promuevan sentimientos de seguridad, de libertad, de pertenencia y recuperación de la autoestima. Las estrategias encaminadas a cubrir sólo las necesidades de urgencia se agotan en el momento en que se prestan y responden a recursos más de índole asistencialista que social.

En el caso de los alojamientos gestionados por CEAR, ya sean centros de aco- gida o pisos, se desarrollan dinámicas para promover la participación de los resi- dentes en el día a día de los proyectos, lo que permite incidir en los aspectos ya mencionados y convertir el centro de acogida en un espacio de reunión, debate, conocimiento y acercamiento mutuo.

A través de estas reuniones y de actividades de ocio, las personas recién llega- das conocen a otras que ya han atravesado su misma situación y han logrado cons- truir su lugar en la nueva sociedad. La relación con personas que han vivido situa- ciones similares les sirve como ejemplo para continuar esforzándose sin perder la esperanza. La creación de espacios de escucha y entendimiento ayuda a recobrar la confianza personal, la identidad, el afecto y otros muchos mecanismos necesa- rios para iniciar con éxito el proceso de incorporación social. Un indicador de que la integración se va realizando con éxito son los pequeños cambios en la actitud, ya que se pasa de apreciar momentos de bloqueo total, apatía o angustia, a percibir que las personas empiezan a exteriorizar interés por lo que les rodea, se familiari- zan con esquemas normativos y valores del grupo y sienten curiosidad por la cultu- ra de la nueva sociedad y agrado en transmitir la suya.

Cuando las personas han adquirido la confianza necesaria para iniciar su pro- pio itinerario de inserción son capaces de asimilar nuevos conocimientos y adop- tar sus propias decisiones. Es entonces cuando los recursos, tanto específicos como normalizados, comienzan a ser más útiles: el aprendizaje del idioma o los idiomas de la sociedad de acogida, la formación sociolaboral y el conocimiento del medio. Se trata, en definitiva, de encontrar el momento adecuado para potenciar, en la medida en que lo permita la brevedad de la estancia, todas las capacidades de los residentes para facilitar su integración. Es fundamental incidir en los aspectos personales en el momento de la llegada pues las personas que se sienten bien aco- gidas desarrollan tendencias favorables hacia la integración, como lo demuestra el testimonio de este solicitante de asilo marfileño:

Mi nombre es Hamidou, tengo 23 años, nací en Sinfra, un pueblo del sureste de Costa de Marfil. Soy vendedor, aunque en España nunca he podido trabajar como tal, a pesar de que homologué mi título de Comercio. Mi historia está directamente relacionada con mi etnia y con la situación política que existe en mi país. Desde que salí de allí sabía que quería pedir asilo, pero no ha sido nada fácil.

Cuando llegué a España estuve un mes en un centro de una ONG en Las Palmas, donde vivíamos unas 16 personas, había una buena relación entre nosotros y con la gente que trabajaba, pero aún y todo no me sentía muy a gusto. Tenía las necesidades cubiertas, la comida, el alojamiento, pero me trataban un poco como un niño. Me decían todo el rato lo que tenía que hacer: a qué hora tenía que comer, a qué hora había que limpiar… Yo no elegía lo que quería comer, a veces había cerdo y simplemente no lo comía. Un día me dijeron que teníamos que ir a Madrid, no sé por qué, nunca lo entendí, ya no podía quedarme allí. Me dijeron que fuésemos a la policía, no entendía para qué, nada tenía sentido para mí. Me dijeron que más tarde ya solicitaría asilo.

Me mandaron con una asociación pero dos días más tarde me dijeron que ellos no tenían un centro para albergarnos, que nos buscásemos la vida. Nos pagaron los billetes. Tampoco allí pude pedir asilo.

Decidí ir a Almería porque tenía unos conocidos de Malí. Allí quise soli- citar asilo, pero donde fui la gente no sabía lo que era. Pensaba que en España no se podía pedir. Todo iba muy mal porque no había nadie para ayudarme. La gente vivía con muchas dificultades, no había trabajo y nadie podía ocuparse de mí.

Unos conocidos me dejaron dinero y me fui a solicitar asilo a Francia. Los trámites eran muy largos, duraron más de siete meses. No tenía nada que hacer, así que fui a un curso para aprender francés aunque ésta sea mi lengua materna. Yo quería hacer un curso de formación pero no podía. Sólo podía esperar, me sentía muy mal. Tenía siempre palpitaciones, me dolían los hue- sos. Al final me dijeron que tenía que volver a España. ¡Solicitar asilo allí! Era lo que yo quería desde el principio pero había sido imposible. Ahora ya no me quedaban fuerzas. ¡Fue horrible! ¡Vuelta a empezar! Me imaginaba otra vez en la calle, dando vueltas, sin saber por dónde empezar. Hubiese preferido que- darme en Francia, no vivía tan mal.

En diciembre de 2005 llegué otra vez a Madrid y de allí me fui a Bilbao. Siempre estaba nervioso, pensando qué sería de mí.

Finalmente solicité asilo y entré en un piso con cuatro chicos gestionado por CEAR-Euskadi, era una casa normal que me gustó. Mi mayor preocupación era entonces si me admitirían a trámite para poder quedarme más tiempo y seguir con mis planes. Así fue, por eso pude seguir en el piso. Pensé que aquí podría estudiar lo que quisiera y así fue. Vivir en un piso me ha proporcionado libertad [...]. No había una hora específica para entrar, era como mi propia casa. Hice el curso y me iba sintiendo cada vez mejor, notaba que las cosas por fin empezaban a tomar su rumbo y que podría hacerme un hueco.

He vivido en este piso más de diez meses, ahora comparto mi casa con una pareja. Tuve tiempo para estudiar, ahorrar y hacer amigos, tengo “papeles”, trabajo y una buena relación con mis compañeros. Siento que la gente me acoge bien. Tener amigos marfileños con los que compartir tiempo libre o jugar al fút- bol me hace sentir como en casa. Tener amigos de aquí y sentirme bien con ellos me hace sentir como un igual, querido y con ganas de seguir viviendo aquí.

Aunque el principio fue muy duro, finalmente he tenido suerte, también me he esforzado. De las personas con las que viví al principio soy de las pocas que tienen “papeles”, trabajo y una casa que puedo pagar con mis propios medios. Ahora espero que pueda venir mi hijo de cinco años, que se aleje de la violencia que vive mi país y pueda vivir en paz.

La salida del programa de acogida va acompañada a menudo de sensaciones de miedo, de pérdida, de “vuelta a empezar de cero”. Son pocas las personas que abandonan los centros con la documentación necesaria para continuar con el pro- ceso de incorporación social e iniciar una vida autónoma y normalizada.

La notificación de la resolución de inadmisión a trámite de la solicitud de asilo obliga a los residentes a abandonar el dispositivo de integración. Durante la pri- mera fase de instrucción del expediente, que debe durar un máximo de sesenta días, la mayoría de ellos no tienen tiempo para dominar el idioma o adquirir las habilidades suficientes y tampoco pueden realizar ninguna actividad que les suponga ingresos económicos. Mientras, la sociedad les exige que se integren, sin medios, sin documentación, sin un lugar estable donde asentarse. Hace falta una gran capacidad de superación para luchar contra esta situación tan inestable.

Las entidades públicas y privadas que apoyan los procesos de inserción de colectivos con dificultades carecen de plazas suficientes en sus recursos residen- ciales para acoger a las personas cuya solicitud de asilo ha sido inadmitida a trámite. Los albergues municipales y los dispositivos especiales de alojamiento —gestionados por entidades sociales— han pasado en los últimos años de atender situaciones de exclusión provocadas por toxicomanías, enfermedades mentales o reinserción de presos a atender además a un número elevado de personas extranjeras.

La sociedad española está asistiendo a un cambio en los procesos de exclusión, que afecta cada vez más a los migrantes. Las salidas precipitadas de los centros de acogida, sin medios ni alternativas suficientes, no hacen más que propiciar el incre- mento del número de extranjeros transeúntes; muchos pasan temporadas en los diferentes albergues, otros en la calle, algunos en casas de conocidos o cambian de ciudad, pero muy rara vez vuelven a sus países, pues, aunque su solicitud sea final- mente desestimada, su situación personal les impide regresar. Seguir apoyando a las

personas cuando salen del programa de acogida es fundamental porque condicio- na el modo de su inserción.

Las ayudas para inadmitidos y denegados de asilo pueden facilitar en estos casos la consecución de documentación, tan necesaria para el desarrollo del día a día, y el pago para afrontar el primer mes de alquiler de una habitación, sin embar- go son insuficientes para iniciar una vida autónoma y lograr la estabilidad perso- nal, como lo demuestra este caso:

Soy una persona que vengo de una republica islámica, llegué a España hace más de un año para pedir asilo. Necesitaba más libertad, derechos para las personas. Eso en mi país no existe ahora. ¿Qué es la libertad? Una vida nor- mal y correcta, decir tus ideas, hacer tus cosas pero sin hacer daño a la gente. Tengo motivos y una buena razón para haber venido a España, pero no estoy seguro si aquí podré conseguirlo (la libertad, me refiero). Voy a probar tengo sólo 24 años, voy a probar.

La primera semana en Madrid estaba muy contento, pero cuando se me acabó el dinero todo cambió, todo se volvió peor. Me mandaron a Bilbao. Acabo de llegar: “Hola Bilbao, tengo mucha energía, mucha fuerza, te conquistaré”. Pero cuando entré en la casa de acogida y la comparé con mi casa de Teherán ¡qué diferencia! Al principio no me importó porque pensaba trabajar y poder alquilar un piso para mí solo, más tranquilo, porque no tenía costumbre de vivir en este tipo de pisos. ¡Menudo sueño! En un principio no sentía nada, todo era nuevo, la gente, la forma de hablar, la cultura. Pensaba que estaba como un turista, no había llegado todavía a mi destino. Yo quería irme a Canadá, Canadá era mi sueño. Entonces me dije: “Yo no tengo nada que ver en este país. ¿Por qué estoy aquí?”. Tampoco había ninguna manera de salir ¿qué pasaría con mi futuro? Quería salir.

Después de dos meses en la casa de CEAR, me echaron. “Caso Dublín”, dijeron. ¡Qué mierda! No quería irme a otro país, no quería volver a trasladar- me a otro sitio. Estaba tan cansando… Fue el peor momento de mi vida, sin dinero, sin amigos, sin conocer el idioma. Fue increíble, lo había perdido todo. Me sentí como un perro que no tiene ni piel, que es muy feo y no tiene dueño. Igual, tiene dueño pero no sabe cuál. En realidad, sí sabe donde está su dueño pero está lejos y no puede verlo. Estoy hablando de mi país, de mi idioma, de todo lo que perdí.

¿Quién soy yo? Yo no existo sin documentación, ni nombre. Nadie me conoce en esta ciudad. He perdido todas mis fuerzas. Estaba muy mal, estaba cansado. Fui a vivir a los albergues, a la calle con mucha gente. ¡Qué pasada! Sólo pensaba qué iba a hacer con esta puta vida. No tenía dinero. En ese

momento sólo pensaba que el dinero es lo más importante en la vida. Antes no pensaba así sobre el dinero, no lo necesitaba pensar. La vida cambió al 100 por ciento o quizá al 1.000 por ciento. Mi fuerza no tardó mucho en agotarse, no podía andar más, estaba muy mal, cada vez peor.

Tenía pesadillas por la noche y tenía que guardar los nervios dentro de mí, porque nadie sabía lo que sentía, porque no quería que la gente viese cuán- to estaba sufriendo. No se lo podía decir a nadie, ni a mi familia, ni a mis ami- gos porque ellos no podían hacer nada por mí. No quería que se molestasen, que se preocuparan. El príncipe de Teherán se había convertido en perro y el perro no podía volver a Teherán. Yo no era una persona, yo era un perro. Incluso hay perros que viven mejor, tienen su cama, tienen caricias.

Ha pasado más de un año desde que llegué a España, ahora vivo en un piso de otra asociación de apoyo a inmigrantes que para mí es como una cár- cel, como el albergue. Alguien siempre está vigilándote como en una cárcel. Tienes que explicar todo lo que haces. No tienes derecho a quedar con un amigo en tu cumpleaños. Si un día te sientes solo no puedes invitar a nadie. Tampoco para celebrar el año nuevo. Este espacio no es tuyo. Vivo con otras personas, también en mi habitación duermen otras personas. No todos pensamos igual, ni funcionamos de la misma manera y esto a veces me molesta. Pero yo no puedo elegir con quién quiero vivir.

No quiero decir que sea totalmente malo, pero no tengo la libertad que busco. Ahora por lo menos me siento un poco persona (en comparación con el albergue). Hay limpieza, puedo ducharme todos los días, cepillarme los dien- tes, puedo preparar mi comida (aunque no la elijo yo).

Al final todo vuelve a la cuestión del dinero. Si tienes dinero consigues muchas cosas ¿Qué os parece? La vida es así. Yo sería feliz si tuviera amigos y dinero. Para tener amigos también hay que tener dinero. También persona- lidad, para mantenerlos. Todavía no tengo amigos, los tenía pero se han mar- chado.

Sí he conseguido una amiga que me ha ayudado mucho, no material- mente sino espiritualmente, dándome fuerza, quedando conmigo algunos días. La gente dice que los chicos y las chicas no pueden ser amigos. ¡Yo no pienso así! Ahora estoy trabajando en un bar unas horas al día.

No sé qué pasará en mi futuro. Por ahora no he conseguido las cosas que quería y esto me pone nervioso. Ahora soy una persona porque he conseguido un poquito de dinero, pienso que en la vida el 90 por ciento es dinero. Si alguien no está de acuerdo puede hablar conmigo, mi dirección de correo es azul2691981 @yahoo.es

La única opción para acceder a una vivienda adecuada para aquellas personas que mantienen su esfuerzo y empeño en establecerse y tienen algún ingreso es intentar encontrar alojamiento en el mercado inmobiliario libre. En el caso de los solicitantes de asilo y los refugiados, a los precios desorbitados de las viviendas en venta y la escasez de oferta de alquileres, se suma el rechazo que generan en una parte de la sociedad española los estereotipos asignados a los extranjeros sin recursos económicos.

Además, debido al aumento de extranjeros que demandan una vivienda en alquiler, se encuentran en el mercado pisos con rentas elevadísimas que no reúnen las condiciones mínimas de habitabilidad y que nunca serían arrendados por la población autóctona. Muchos propietarios se enriquecen a costa de estos nuevos clientes que, al carecer de redes familiares, se ven abocados a alquilar infravivien- das. Este tipo de pisos ofertados se concentran, muchas veces, en los barrios más degradados de las ciudades, lo que contribuye a la segregación geográfica de deter- minados colectivos.

Durante la búsqueda de alojamiento estas personas sufren abusos relaciona- dos con el empadronamiento, la puerta para acceder a los recursos sociales, educa- tivos y sanitarios. Muchas veces deben pagar una cantidad extra por ser empadro- nadas en el domicilio donde van a residir y otras se les niega dicho derecho a pesar de estar pagando un arriendo y residir en el domicilio de forma habitual.

CEAR percibió la necesidad de diseñar un servicio que prestara apoyo a las personas que abandonasen el programa de acogida y así en 2003 dentro del área social se creó el Servicio de Información, Orientación e Intermediación para la Vivienda, con el objetivo de facilitar a los extranjeros el acceso a una vivienda ade- cuada en condiciones de igualdad con la población autóctona. Los trabajadores de este Servicio dan a conocer el marco legal del arrendamiento con el fin de que los inmigrantes y los refugiados conozcan sus derechos y obligaciones y de evitar situaciones de vulnerabilidad; también se facilita información sobre los procesos de compra y se realizan acciones de sensibilización.

A través de la mediación con propietarios y las agencias inmobiliarias se intenta acercar la oferta de pisos en alquiler al colectivo y que el acceso se realice en igualdad de condiciones, así como para evitar los numerosos casos en los que las personas extranjeras, por su desconocimiento del idioma o de las normas del alquiler, suscri-