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Todo este impulso tiende a restituir al espíritu en la dirección de la vida. Amor contra odio, paz contra guerra, razón y pensamiento contra puños, pistolas, gases asfixiantes. Empeño en restablecer el primado del bien, ¿Utopía? El cristianismo, visto con lentes de sabiduría terrena, es un cúmulo de utopías. Mas para esa misma sabiduría eran también utopías el vuelo del hombre y la curación de la viruela. ¿Y qué es el odio, la fuerza bruta, sino una escarlatina que ataca a la vez al espíritu y al cuerpo? ¿Y qué es el amor sino sangre arterial, cuyos glóbulos reaccionan sin tregua contra las toxinas mortíferas? La primacía de lo espiritual es la reivindicación de las razones de la Vida contra las razones de la Muerte. Séneca se consolaba de que un abismo, el mar, un pozo, un árbol, podía ofrecer siempre al hombre el medio de substraerse al mal con el suicidio. Pero el cristiano ve en el suicidio una victoria de la Muerte, y para efectuar su liberación, prefiere declarar la lucha al mal: no destruye la víctima, sino al autor de su opresión. “Dios nos ha dado un espíritu, no de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad.” (2. Tim. I, 7.) Si los cristianos morían a mano airada, era por no sacrificar los derechos de la espiritualidad a las coacciones de la violencia: pero dejaban que el homicidio lo perpetraran otros. La suya era la verdadera fortaleza.
La verdadera fortaleza por ser la del espíritu. El Nuevo Testamento asocia los dos términos, como efecto y causa. El pequeño Juan Bautista crecía y se fortalecía en el espíritu: para la lucha contra los agentes de la materia.
“No temáis a los que dan muerte al cuerpo, y luego no pueden hacer más”, enseñó Jesús; porque su fuerza se ceba en un cadáver, no en el valor que perdura. —Así se destierra el miedo.
“No temáis, ¡oh pequeña grey!”
Y Teresa: “¡Una higa para todos los demonios!, que ellos me temerán a mí. No entiendo estos miedos: ¡demonio!, ¡demonio!, adonde podemos decir: ¡Dios!, ¡Dios!, y hacerle temblar...”
“Porque andar un alma acobardada y temerosa de nada, sino de ofender a Dios, es grandísimo inconveniente.”
Vistas así las relaciones con el hombre, se explica el ánimo de los mártires y de los confesores y la resistencia de la Iglesia a una coalición cosmopolita de enemigos.
La fuerza es un don del Espíritu.
La fuerza es el Espíritu. Y sojuzga la materia. Pero se adquiere a costa de una educación asidua.
Los antiguos cristianos se preparaban al martirio mediante un verdadero entrenamiento: sucumbían los no adiestrados. Una cátedra de valor...
Mediante el espíritu, el cristiano asciende a Dios, Espíritu purísimo; se coloca en el plano de su voluntad y se sobrepone a cuanto acontece en el plano terreno de la materialidad. Si el hombre le es enemigo y le amenaza, él no le teme: le sigue amando y por añadidura le compadece. Siendo víctima le vence.
“Al hombre se le ha de honrar humanamente, y sólo a Dios se ha de temer”, escribía Taciano a los griegos.
Y su maestro, Justino, había llamado “cristianos a cuantos vivieron y viven según Razón, gente intrépida y sin miedo”.
Razón, fortaleza, coordinadas en el plano de la espiritualidad cristiana, donde el miedo es lo irracional, sinónimo de mentira. Pero al enjuiciar esta fortaleza es preciso dar de mano las medidas en uso, para no sufrir engaño. Se verá una doncellita tímida, que se ruboriza ante un juez y se asusta ante un escarabajo, la cual, por la fe no duda en dejar atormentar sus delicados miembros sin lanzar un gemido y, sobre todo, sin renegar de Cristo. Esto es, la fortaleza tiene un carácter propio: no se confunde con la petulancia; nada tiene que ver con la musculatura; no sabe de aspavientos.
Hace tiempo, los consabidos profesores de aquella parte de la Germania, donde la Reforma ha dificultado una nueva fase en el desarrollo del cristianismo, pusieron en circulación una teoría, según la cual el cristianismo, con sus principios de amor, había debilitado, afeminado las almas. —Esto ya lo decía. Machiavelll, partidario también de una religión de la brutalidad muscular—. Los profesores venidos después, plagiarios también, oponian como antítesis a la ley del amor, la ley del honor, propia de una no mejor definida raza nórdica, como tónico de fuerza irresistible. Lo que esto significaba se ha visto cuándo hombres “fuertes”, tonificados
por esas teorías, han dado muerte a inermes39 que se hallaban a la mesa, en
el lecho o en prisiones, incluidos un octogenario casi ciego y una mujer. Ciertamente el valor de matar, y de matar a viejos e inermes, no lo comunica el cristianismo. Comunica más bien el valor de dejarse matar, que es más difícil.
Su fuerza, en efecto, no radica en los músculos, sino en el espíritu. Por eso la acción coactiva puede derribar el cuerpo, pero nunca llegar al asiento de su fortaleza; y reinstaura los procedimientos absurdos del cesarismo pagano, aceptado también por cristianos mal en bautizados, que reduce materialista principios y sentimientos a los miembros físicos y sobre ellos hace presión. Tan grande es su miseria.
La verdadera fortaleza es un carácter constitutivo del cristianismo, tanto, que ya no llama la atención. Se encuentran millones de personas que leen sin respirar las proezas de un gangster de Chicago, que, por hacer cuartos, arriesga su propia vida, después de poner en riesgo la de los otros; pero esas mismas personas pasan de largo la noticia —recogida por muy pocos diarios— de muchachos y muchachas, que apenas salidos del hogar, renuncian a las satisfacciones corrientes para confinarse en un villorrio africano o en una leprosería del Pacifico; y truncan su vida encerrándose alegres en el sepulcro de los vivos o muriendo jóvenes por el contagio.
Historiadores y sabiondos pomposos trazan panoramas de siglos con la presunción de sorprender la historia del espíritu; y mientras, 39 La eutanasia de la Alemania nazi, más conocida como Operación T4 comienza el 1 de Septiembre de 1939 en todos los centros psiquiátricos del país; esta operación consistía en el asesinato "compasivo" de centenares de miles de discapacitados físicos y/o psíquicos que "enturbiaban" el predominio de la raza aria. Para ello aquellas familias (alemanas primero y de países del este después) que tuviesen algún hijo discapacitado deberían entregarlo para su cuidado en los centros psiquiátricos y se unirían a los ya ingresados anteriormente a la Operación T4 y a los residentes fijos.
La primera fase de la eutanasia nazi duró hasta Agosto de 1941; los asesinatos no eran excesivamente llamativos y en ese periodo mataron a unas 70.000 personas pero a partir de esta fecha comienza la "eutanasia salvaje" por lo que el gobierno nazi, lejos de ocultar estos crímenes, se lanza a la barbarie directa con el asesinato "compasivo" de casi 300.000 discapacitados a lo largo de toda Europa. Reunidos en grupos eran conducidos a habitáculos acondicionados como cámaras de gas o se les inyectaba veneno y asesinados con la típica y correcta frialdad nazi. Generalmente las familias no protestaban primero porque al comienzo de estos crímenes no se sabía la realidad y después porque podría recibirse una visita de la Gestapo y ser invitada a acudir a alguna comisaría en donde serían tratados de "forma correcta". (N. del E.).
escudriñando hasta en los más remotos parajes, extraen una suma de nombres desconocidos de estadistas, generales, escritores y otros famosos que sirvieron tal vez a la humanidad, y más probablemente a un partido o a una ambición personal, desestiman a los fundadores de congregaciones religiosas, a hombres que abandonaron la literatura, la política, las finanzas, para entregarse al servicio del prójimo en las personas más humildes, en los estratos más ocultos. La gran masa de los diarios, que dedica columnas enteras a la patología de un delincuente que despedaza cuatro mujeres, pasa en silencio los atropellos legislativos de un gobierno que descuartiza la conciencia de sus ciudadanos tratándola con procedimientos de negreros; como si las violencias perpetradas en el orden religioso no interesasen directamente a la civilización entera.
El más valioso heroísmo —el que da cima a la abnegación— y de ordinario la vida toda del espíritu, pasan desapercibidos para los más; ni los mismos que de él se benefician lo saben apreciar, pareciéndoles debido que un hombre o una mujer de Dios se ofrenden al servicio ajeno, y no percatándose de la serie de esforzados vencimientos propios que dan por resultado esa abnegación.
La fortaleza del cristianismo está al servicio de la debilidad de los débiles; la del mundo con mucha frecuencia al servicio del poder de loa poderosos. Y esta diferencia en los servicios, da pie para que se confunda la filiación de la fortaleza y para que se juzgue al cristianismo emparentado con la debilidad y a la Iglesia un reclutamiento de inútiles, pícaros, fracasados de la vida, sentimentales, cobardes, débiles y de otros sujetos de filantropía patológica. No se entiende una cosa sencillísima: que loa ciegos buscan la luz, los enfermos la salud, los débiles la fuerza. El fuerte de este mundo —el fuerte de las finanzas y de la musculatura desasistida del espíritu—, piensa en acumular nuevo poder en torno a su persona, arrebatando a los demás las pocas energías de que disponen para sobreañadirlas a las suyas. Hasta circula desde hace algunas generaciones cierta filosofía que llama a esto libre juego de las fuerzas, siendo así que lo único libre es la explotación del que puede de la sangre del que no puede. De ahí que los débiles huyan de esos fuertes como el mal nadador del remolino. Acuden adonde pueden obtener energías integradoras, a la Iglesia que los reconstituye en su entereza, les fortalece en el espíritu, infunde confianza a su abatimiento, y les asegura que son iguales — inmortalmente iguales— a los otros, y hasta pueden por virtud —por un valor intrínseco — ser superiores a ellos. De ahí que, desde hace muchos siglos, los conventos, las parroquias, los confesonarios, los altares, son
meta cotidiana de una caravana de pobres, de desvalidos, de desconsolados; una caravana, sin embargo, que al contacto de las cosas sa- gradas, recobra energía y vuelve a afrontar la vida sin desesperar. Séneca aconsejaba a los esclavos la muerte como medio de liberación. Cristo acaba con la esclavitud al restituirle la plenitud de derechos en el orden del espíritu, que es el que importa. Y así un esclavo puede decir a los jueces, si no con las mismas palabras socráticas del escritor greco-palestinense Justino, si ciertamente con el mismo pensamiento: matarme, podéis; hacerme mal, no.
En este orden, puede más el reo que el juez.
¿En qué se ocupa la Iglesia desde hace dos mil años, sino en desplegar una fortaleza heroica en una lucha desigual? El procurador, el sanedrín, los procónsules, los régulos, los cesares, los turcos, los herejes, los presidentes de repúblicas ateas o laicas, los jueces, los ministros llamados por escarnio liberales, las sociedades secretas, Pombal y Napoleón, los Tudor, los Aragoneses, los Zares y sus lugartenientes, han desgarrado sus carnes en las carnes de sus hijos, la han despojado de sus bienes, la han difamado con libros y panfletos de escritores asalariados, la han presionado por todos los medios para inducirla a pactar, a renunciar a su espiritualidad; y de hecho lograron corromper muchas veces aun a miembros suyos responsables; mas ella en su integridad de institución divina, como maestra, como madre, siguió su marcha gimiendo, chorreando sangre; pero sin doblegarse, gritando su no bajo el látigo y bajo la espada, en la galera y en el destierro; y su resistencia tenaz arrancó gritos de admiración aun a escritores acatólicos y ateos en los que el sectarismo no había nublado las pupilas de la mente.
Ha podido dar pie a un error de valoración, el descubrir en los recodos de la historia y a la sombra de vigorosos caracteres, a hombrecillos agazapados, que se aterrorizaban ante la fe —en cuanto manifestación de “espíritu y de poder”, que diría Pablo— como ante la órbita de una rueda gigante que amenazara su esternón. Impotentes para igualarse a los grandes intentaron reducir a éstos a su propia pequeñez; encoger el espíritu a su medida; perpetrar un proceso de debilitación de la fe misma, que se desenvolvió cabalmente en razón proporcional a su materialización, sin duda porque debilidad y materia se corresponden como espíritu y fuerza. Se esforzaba la Iglesia en someter a la ley moral a todos los potentados; ellos procuraban someter a todos los potentados la ley moral, con el fin de que las abominables satisfacciones de la carne no
se vieran turbadas por la revolución cristiana. El cristianismo, espíritu, había derrocado al paganismo, materia: éstos repaganizaban la fe haciéndola aparecer ante quien les observaba, como una cristiandad de moluscos, como una religiosidad de reblandecidos, como una moral en maridaje con la riqueza.
Pero la espiritualidad cristiana, cotidiana victoria de la razón sobre los sentidos, nada tiene que ver con esa pusilanimidad, como nada tiene de común con la insolencia muscular y con la animalidad desbocada. Para enjuiciarla, es necesario ante todo distinguirla de toda la miseria de los flácidos, de los proxenetas, de los gladiadores y de los codiciosos que trataron de adulterarla.
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Una distinción parecida hay que hacer entre la esencia del cristianismo y el intelectualismo tentacular que reiteradamente trató de deformarla. La Iglesia se ha servido de la cultura, pero no la ha permitido ocupar el puesto de la fe. Por eso le han lanzado la acusación de enemiga de la ciencia.
Tampoco es de hoy esta acusación de incompatibilidad o al menos de escasa afinidad entre el cristianismo católico y la cultura; esto es, no procede de un contraste o de una disociación entre ambos términos que haya sido motivada en estos tiempos (después del concilio de Trento, por ejemplo, o después de la emancipación del Syllabus) remonta a los inicios de la fe.
Los rabinos despreciaban a los desconocedores de la Ley, que, en aquel tiempo, eran los ignorantes; por esta razón desdeñaban también al cristianismo que sólo exigía a los suyos un conocimiento limitado a pocos y sencillos principios.
Pero el que formuló explícitamente la acusación del mundo docto — del mundo griego (pagano)— fue, un centenar de años después de la muerte de Cristo, el romano Celso, quien tachó a los cristianos de enemigos del Estado, de la sociedad y de la cultura, compendiando en un tricornio para uso de todos los reporteros, las acusaciones de todos los tiempos. Pero entendámonos, Celso desde su punto de vista tenía razón: no era un denunciante vulgar. Era sincero y competente. Sólo que, al igual que casi todos sus imitadores de después, generalizaba donde debía particularizar y decir: —Los cristianos son enemigos del Estado, pero del Estado pagano, no de la sociedad, sino de la sociedad corrompida, no de la
cultura, sino de la cultura mitológica.
Después de Celso vino Porfirio, el exponente de la cultura greco- romana, que arremetió contra la “barbarie” cristiana, atacando a Cristo por haber ocultado la ciencia a los sabios revelándola a los pequeños, es decir, por haber antepuesto a la razón y a la doctrina la irracionalidad y la ignorancia.
Juliano el Apóstata se despachaba diciendo que el cometido de los cristianos era “la ignorancia y la rudeza”. De este modo los antepasados del Kulturkampf están a la vista. Tampoco los dos últimos hacían las debi- das distinciones. Lo mismo que hoy. Si Croce, que, como Porfirio, es autor de una religión filosofal, y otros escritores distinguiesen su cultura de la cultura, nadie tendría que repetir: la cultura católica no es la cultura aca- tólica; y estamos iguales. Pero ellos pretenden establecer esta ecuación: cultura igual a cultura acatólica, como un negociante de artículos alimenticios que razonara: —Aquel señor no se provee de mí, luego no se alimenta—. El catolicismo no acepta las culturas Hegel, Croce, Russel, Ortega Gasset, luego no se cultiva.
En orden a la religión no es que el razonamiento de éstos no sólo no tiene cabeza, mas ni siquiera pies. Son una especie de gnósticos, que hablan como a si la Iglesia hubiera sido instituida para propinar al mundo manuales de especulación filosófica. Ignoran u olvidan que semejante propósito desentona de la predicación de Cristo; y no saben que la vida de la Iglesia no se mide por la cultura, sino por la caridad; no por los volúmenes que imprime, sino por las almas que salva.
La Iglesia está en el mundo para realizar el doble mandamiento del amor de Dios y del amor del prójimo, que en resumidas cuentas es uno solo. Cuando esto cumple, que es el reino de Dios, da lo demás por añadidura.
Ya respondió, pues, por todos, desde el siglo II, el mártir Irineo: “Los que abandonan la enseñanza de la Iglesia, con el pretexto de la ignorancia de los santos sacerdotes, no consideran cuanto más vale un simple religioso que un sofista blasfemo e impudente.”
Y de hecho en verdad, esos doctores extranjeros y nacionales que denuncian el retroceso y estacionamiento del pensamiento católico y la emprenden contra sacerdotes y frailes desde las inaccesibles alturas de su petulancia erudita, ven el asunto sólo librescamente, con miopía de especialización, y no universalmente (en griego católicamente); es decir, no se preguntan si aquel modesto fraile y aquel sacerdote que deletrea el
latín y aquella religiosa que raya en el analfabetismo llenan la función a que sus hábitos o su consagración manifiestamente les obligan; no se pregunten si mientras ellos venden a la humanidad volúmenes más o menos fastidiosos, de los cuales el 99 por ciento constituyen una distracción inútil porque no hacen otra cosa que suscitar y remover, sin resolver los problemas cien veces planteados y discutidos, hasta el punto de reducir a ese juego estéril la fecundidad de le cultura; no se preguntan, digo, si frente a cada uno de sus volúmenes no existe de parte del fraile, del sacerdote, de la religiosa, una obra de caridad, conviene saber, una restauración de energías en el cuerpo social exhausto, una reinfusión de vida donde se hallaba agonizante: un esclavo rescatado, un moribundo consolado, un degenerado reennoblecido, un suicidio conjurado, una espe- ranza reanimada... Ni se preguntan si por casualidad no vale más un hospicio fundado por don Cottolengo que un tomo de razón pura, o un ambulatorio en Africa más que una Academia en otra ciudad de Italia.
Entendámonos. Al establecer el parangón sigo a los adversarios que se empeñan en contraponer los términos. Para un cristiano es cosa distinta. Entre ambos términos no encontrará él contraposición, sino coordinación.
La Iglesia, en suma, no tiene por misión hacer competencia a las universidades, a los laboratorios, a los observatorios; los construye, mas no para sí, pues no los necesita, sino para los hombres que los necesitan; y en esto ejerce una nueva obra de caridad. Lo que ella intenta y necesita es renovar las almas en Cristo, y esta revolución la viene promoviendo desde