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69 For example, the activeness in recruiting and encouraging users has

3 Case Studies

69 For example, the activeness in recruiting and encouraging users has

En los momentos en que nos es dado sustraernos a la seducción de la vida exterior y logramos enfrentarnos con nuestro yo desnudo, su vista, en la soledad, nos espanta: tenemos personas queridas, intereses profundos, lazos vivísimos con otras criaturas; y, sin embargo, el corazón ha quedado en cierta manera solo, la nostalgia lo atormenta; ella es la que insensiblemente comunica aquella nota inconsolable a las meditaciones de Marco Aurelio. Rumores y pasiones surcan y agitan el corazón; mas allá en lo íntimo, permanece encerrado con su pena, que es nostalgia de otra cosa; que es, para quien lo sabe entender, como san Agustín, la nostalgia de Dios, el deseo de un retorno a su casa, que nos gime como una música triste, como una fontana que solloza. Es la inquietud...

Los insensatos lo sofocan mediante ruido —actividad desbordante, conversaciones inútiles, aficiones diversas, consumismo, viajes, fiestas... — logra atolondrar aquella pena; pero con el atolondramiento de la embriaguez o de las heridas; basta una pausa para sentir de nuevo el vacío y la tristeza.

Los antiguos cristianos tenían viva conciencia de esta realidad. La expresaban con aquella idea de peregrinación: “La iglesia que peregrina en Roma a la iglesia que peregrina en Corinto...” Caminaban por las diminu- tas sendas de la tierra, como viandantes que no se detienen, cuyo corazón tiende a otras regiones, más allá de lo terreno; y no robaban sus afectos ni los faroles de las aceras ni las pilastras de las palacios. Observaban, meneaban la cabeza, y seguían adelante, con la esperanza puesta en la otra vida.

No ponían su interés en las pasajeras —cosas sujetas a los terremotos, a los temporales, a los bárbaros y al fisco— sino en la salvación del alma y de las de los demás. El apostolado era un deber, una exigencia de la peregrinación; porque el viaje resulta menos triste hecho en compañía y porque el gozo de cada uno se multiplica con el gozo de las demás. Todo cristiano, en su medio y con sus posibilidades de acción, era un apóstol: Jesús había enviado a los doce, mas con ellos a todos los que

ya creían y a los que habían de creer. De hecho en Roma se habla formado un grupo de cristianos, hasta en el mismo Palatino, antes de que Pedro y Pablo pusiesen allí sus pies. Todo cristiano se convertía —como se convierte—en misionero, con derecho y obligación de evangelizar. De no ser así, la civilización no estaría hoy, como lo está, impregnada de cristianismo, y la historia hubiera seguido otro curso.

Esta obra de propagación de la fe, fue preciso que estuviera también sujeta a la disciplina de la Iglesia; porque sucedía con harta frecuencia, que algunos avispados, como Peregrino Proteo, o maniáticos como Montano y sus doncellas, andaban acá y allá anunciando un cristianismo reformado a la medida de su apetito o de su intransigencia degenerada en prácticas e interpretaciones erradas. Para impedir mas falsificaciones de la fe —como ocurría desde los tiempos mismos de Pablo— la Iglesia definió el canon, precisó paulatinamente el dogma, y encomendó especialmente la misión de enseñar a los competentes; como se confía la enseñanza de la geografía y de las matemáticas al geógrafo y al matemático. Los competentes eran los sacerdotes.

Pero no sólo éstos. En sentido amplio, forman parte del sacerdocio —de un regio sacerdocio— hasta los mismos seglares. Así lo dijo el primer Papa, de acuerdo, también en estío con el último.

La confirmación hace de cada cristiano un soldado: y se es soldado, no para las paradas, sino para el combate. La lucha del cristiano va dirigida contra las legiones de Satanás, para desbaratarlas o convertirlas. Es un apostolado.

Cuando la codicia comercial distrajo la atención de los hombres de las cosas esenciales, fue el hijo de un comerciante de Asís quien empuñó las riendas de la reconquista espiritual. Un seglar. Cuando, tres siglos más tarde, el cisma y la medialuna atacaron con folletos y armas las tierras católicas, fue un convertido español, Iñigo de Loyola, quien concibió una compañía, a las órdenes del Papa, para atajar el neopaganismo camuflado con ropaje cristiano cristianas.

Hoy, sobre todo, bajo la preocupación del impresionante enrarecimiento de vocaciones sacerdotales, el Papa llama con más insistente reclamo a los seglares a la acción católica, esto es, al apostolado, recordando que la causa de la Iglesia debe sentirla el médico, el oficial, el empleado, el obrero, no menos que el obispo y el párroco.

Han hecho mucho por el apostolado, seglares como Dante, Colón, Manzoni, Donoso, Mella, Chesterton, Maritain, Papini…

Este apostolado —dice uno de esos seglares— atraviesa desde hace mucho tiempo, desde el edicto de Milán, una fase de depresión. Gran número de cristianos vive la propia fe de puertas adentro, para ellos solos. Semejante restricción mutila la caridad. Cuando no hay caridad, se debilita la fe; cuando se deja de hacer apostolado, la virtud social por excelencia aumenta la prepotencia del anticristianismo o del agnosticismo, que es su equivalente en la vida pública. El egoísmo de los vividores ha contribuido enormemente a consumar la separación del pueblo de la Iglesia, que constituye hoy la paradoja viviente y la amenaza pavorosa de los países llamados cristianos, o declaradamente católicos.

En la primogénita de la Iglesia ésta se ha visto, proscrita; en la Rusia ortodoxa la ortodoxia es perseguida y reducida a su mínima expresión; en España, antes gloriosa en batallas y mártires de la fe, la legislación pública ha tratado de oprimir la libertad de la Iglesia poniendo trabas a los fieles que asisten a Misa, mientras los obreros —los más allegados al corazón de Cristo, Carpintero—, han destrozado crucifijos, volado templos, matado sacerdotes, algunos hasta quemados. Y en mayor o menor grado la vida tiende en todas partes a desenvolverse fuera de los templos, rodeándolos, sin tocarlos, o presionando como torrente para derruirlos.

Este enquistamiento de la fe en el mundo, debido a la indiferencia por la fe de loa unos y la deserción del apostolado de los otros, es una grave llamada de atención. Todo bautizado tiene el deber, por el mero hecho de serlo, de convertirse en apóstol.

La fe es un fuego que tanto más se acrecienta cuanto en más almas prende; quien lo encierra dentro de sí se expone a sofocarlo, por falta de aquel oxígeno que es la caridad, virtud expansiva y no egocéntrica. No se ha hecho todo con tener la fe para sí; entonces comienza la obligación de comunicarla a otros. La religión nace en la conciencia, pero no muere en ella. Nace, y se exterioriza. Retenerla dentro como en un cofre, es empequeñecer la inmensidad de Dios y la del amor, esto es, llevar a cabo una obra de deformación y limitación; de la cual se sigue un pequeño culto a nuestra medida, celoso del culto ajeno; una tentativa sectaria de secuestrar para propios usos a la divinidad. Al Jesús nuestro se le subs- tituye por el Jesús mío: la catolicidad se encoge hasta morir; la fraternidad se vivisecciona.

Se echa en olvido la solidaridad universal.

Renace, con nomenclatura cristiana, el paganismo, en el cual cada familia tenía sus dioses, cuidadosamente diferenciados de los de las otras

familias; y como se ora para acapararse la divinidad en propio y exclusivo provecho, se sale de la religión y se entra en la magia.

Salvar la propia alma es muy justo; mas quien pretende salvar la propia alma, la perderá; y esto es verdad en el sentido de que quien más la entrega por amor de Dios y de sus hermanos, mejor la recobra y más fácilmente la salva. El cristiano procura la propia salvación procurando la de los otros, porque a la salvación del prójimo está obligado tanto como a la suya. En la Iglesia somos solidarios: cada uno para todos y todos para cada uno. De aquí el débito de apostolado, que se traduce después en asociación de almas, en actuación de la universalidad cristiana.

Hasta una esclava puede hacer de apóstol, haciendo admirar en su paciencia a su Dios; y un tejedor, como Saulo, puede prender fuego al mundo, atravesando con reiterada audacia el Mediterráneo, en veleros que a la primera borrasca se averían y al primer choque se hacen astillas.

Es la nuestra una Iglesia que tiene sed de almas, no un círculo de privilegiados cerrado a los demás. Pablo, en Atenas, “discutía en la Sinagoga con los judíos y con los prosélitos; y discutía en las plazas con quien se encontraba en ellas, todos los días”. Este disputar constante, presentando al examen de los griegos orgullosos una doctrina y un modo de vida “bárbaros”, le ocupaba el día entero, viéndose precisado a trabajar por la noche para ganar su sustento y ayudar a los que tenían menos que él. Todo esto le ocasionaba serios peligros; mas cuanto eran más temibles tanto con mayor insistencia le encomendaba el Señor: “No temas: habla; habla claro y fuerte.” Le expulsaban de una ciudad, y se iba a otra; lo arrojaban los hebreos de las sinagogas, y se iba a las ágoras de los gentiles. No podía contener aquel fuego en su pecho: debía encenderlo en los demás.

“Si evangelizo, no tengo de qué gloriarme; es para mí una necesidad hacerlo así; y ay de mí si no lo hiciera.” Esto escribía a los Corintios. Y si se hacía todo para todos —judío con los judíos, débil con los débiles—, era siempre por el Evangelio.

De modo semejante el mártir Justino, a mediados del siglo II, escribía y disputaba sin mirar por sí; polemizaba con el cínico Crescente, disputaba bajo los pórticos con el rabino Trifón, sin recusarse, sin desalentarse jamás por las objeciones y las decepciones, sabiendo que “quienquiera se halle en condición de testificar la verdad y no lo haga, será condenado por Dios”.

discutir, polemizar con maniqueos, paganos, arrianos, judíos, para incendiar el mundo con aquel fuego, que Jesús trajo del cielo a la tierra para que arda.

Y aunque parezca increíble, la misma propaganda que era una necesidad para Pablo, para Bonifacio, para Cirilo y para Javier, para todos los santos, debe serlo para nosotros, puesto que el Evangelio es el mismo e idénticos los deberes.

El apostolado de loa hombres sigue siendo semejante al trabajo de quien riega un jardín; quien hace crecer flores y frutos es Dios, ¡Pero no es pequeña gloria ser cooperadores suyos!

No se explica sin milagro la primitiva propagación cristiana. Otras religiones se propagaron en aquella época; pero apenas si lograron reunir núcleos semiclandestinos. Que unos pocos hombres del pueblo, y sobre todo Pablo, consiguieran establecer centros en más de medio Imperio y más allá de sus confines, sobrepasa toda humana posibilidad.

Sin embargo, la acción sobrenatural nada resta al mérito de aquellos hombres que trabajaron denodadamente, se movían sin descanso, dejando a un lado patria, parientes, intereses materiales; que se exponían a la prisión, a la injuria, a la muerte; que tropezaban con decepciones, sufrían desalientos y temores, nostalgias y desgarros del corazón; que no cejaban hasta caer rendidos por la fatiga. Sin duda alguna, junto con la acción de Dios, está la acción heroica del hombre que explica la inmensidad del éxito.

Ciertamente el apostolado es una fatiga ejercida en las zonas del espíritu, de lo eterno; allí planta y allí recoge; no cabe, pues, esperar flores y frutos en las zonas de la materia.

Cuando Jesús decidió hacer de Saulo el apóstol Pablo y un apóstol de figura excepcional, “instrumento elegido para llevar su nombre ante las gentes, ante los reyes y los hijos de Israel”, al anuncio dado a Ananías, añadió, como en premio de tan alta vocación: “y yo le manifestaré lo mucho que habrá de padecer por mi nombre”. Padecer. Cuanto más excelente es el apóstol, mayor es la seguridad de padecer: se podría calcular por la suma de los padecimientos la medida del apostolado. Cuan- do Teresa de Avila se propuso reformar el Carmelo, se le echaron encima hasta teólogos y hermanos suyos, que de buen grado la hubieran empalado en una hoguera, por no verse importunados en su religión sedentaria. De apóstoles que acabaron en una cárcel o en un patíbulo están llenas las crónicas de los Acta Sanctorum.

* * *

Pablo, convertido, era buscado por los judíos para darle muerte. En Jerusalén “predicaba valientemente...”, se ocupaba en discutir con los helenos, pero éstos trataban de darle muerte.

Es el apóstol, en su significación griega, el enviado: “Como tú, (Padre) me has enviado al mundo, así yo los envío a ellos al mundo”.

Él manda y nosotros nos ponemos en camino: uno recorrerá miles de kilómetros, y otro hará el recorrido de un tranvía. Pero hay trabajo para todos; lo que imparta es poner en circulación los valores del cristianismo, no ocultarlos como moneda infructífera debajo del colchón.

Las antiguas religiones desconocían el apostolado, es decir, el deber de propaganda; el hombre antiguo, cuando más, hubiera querida lo divinidad toda para sí, como fuente de favores y de prestaciones. En la antigüedad sólo el hebraísmo por un par de siglos y no con el con- sentimiento de todos, realizó una obra de proselitismo, al que le impulsaba la naturaleza de las Escrituras Sagradas; pero era un proselitismo guiado de intenciones políticas; por lo cual, después que en 134 las legiones de Adriano hubieron acabado con el último amotinado mesías, el pueblo se recluyó de nuevo en la cerca de su religión nacional, rodeó el libro con el alambrado espinoso del Talmud, acentuó la marca diferencial de la circuncisión, y no se preocupó más de la expansión.

El cristianismo introdujo esta nueva tendencia, por la cual todo bautizado se sintió apóstol y cooperó, o hubiera debido y debería cooperar, al acrecentamiento de la familia de la Iglesia. Jamás hubiera pensado Sócrates mandar socráticos a la Sarmacia, ni Platón en enviar platónicos a Berbería.

Cuando el Papa da nuevo impulso a la acción católica, no hace sino restablecer el primitivo movimiento de evangelización y vigorizar la colaboración de los seglares nunca interrumpida desde el día en que todos fueron a ella llamados, esclavos y senadores, y sin la cual el cristianismo se hubiera reducido a una secta de esenios o mormones, ocupados en abluciones inútiles en la ribera un remoto mar muerto.

En suma. De átomos errantes, todos los cristianos se asocian en Iglesia, constituyendo un pueblo santo, sacerdotal. Y misión sacerdotal es también la propagación de la buena nueva. Misión soberana, que les pone en comunión con Cristo docente y les hace partícipes del reino.

* * *

La historia de las antiguas civilizaciones ostenta centenares de nombres de varones por una docena o poco más de mujeres. Señal de que los varones hicieron las partes del león; a las mujeres las tuvieron a raya, en los gineceos, en los harenes, bajo la carga, entre los esclavos. Los anales desgranan exclusivamente en largos volúmenes prenombres, nombres y renombres de generales y aventureros. Se las podría llamar civilizaciones de machos.

De las pocas mujeres mencionadas, unas, las discretas, se desvanecen en la palidez del mito y en las brumas de las leyendas: Penélope, Andrómaca, Cornelia (“he aquí mis alegrías”), Lucrecia y otra media docena; las otras, las indiscretas, las incapaces como si dijéramos de discernir el líbet (lo agradable) del lícet (lo permitido), aupadas a menudo en alas de dísticos y tetrásticos por poetas lésbicos (lesbianos), son en la historia: Friné, Aspasia, Cleopatra, Claudia, Mesalina...

Entre las dos clases, existían verdaderas figuras retóricas campestres, como las Amarilis, las Cloris, y otras sombras resucitadas en el gran siglo del ocio por los colegas de Crescimbeni, cuando nació, para enervamiento de las damas y delicuescencia de los caballeros, la burdísima Arcadia en la ciudad de Rómulo.

Es decir, que la mujer si salía del apartamiento de los gineceos entraba en la canícula del vicio (instrumento de placer y afrodisiaco de locura para el abuso del varón).

En este punto, el cristianismo invirtió también los principios. Donde la mujer era arquetipo de belleza física y de carnal libidinoso, la hizo él instrumento de belleza psíquica y de ascesis moral; aprovechó todo su Inmenso prestigio y lo enderezó a elevar al hombre, en lugar de embrutecerlo. Frente a las eteras29 del mundo antiguo, a las féminas de los

divorcios y de los triclinios, el cristianismo levantó a un tallo de pureza la virginidad, como para encadenar el repugnante vientre del paganismo con un trenzado de rosas blancas, y desarrolló la maternidad espiritual.

Al comienzo de la economía redentora intervenía, por parte de las criaturas, una mujer: la Virgen, encumbrada a la sublime cima donde las virtudes humanas colindan con lo divino, reencarnando todos los más 29 Etera (hetera, hieródula): esclava al servicio del templo. Las eteras que se prostituían, sólo se hallaban en Grecia relacionadas con el culto de divinidades de origen oriental. (N. del E.)

puros ideales de perfección.

Y le sucedieron las heroínas de la fe. Los romanos se vieron sorprendidos ante una multitud sin fin de Lucrecias30; pero transfiguradas

en los afectos, inmunes de odio y embellecidas por la sonrisa. Los nietos de los Gracos y de les Escipiones practicaban una vida de austeridad y estudiaban exégesis y hebreo bajo la dirección de Jerónimo. Hablando de san Gregorio el Grande escribía el joven sacerdote Clauser: “Il est remarquable que Dieu a toujours placé une femme à côté de ceux qu'il destine à jouer un rôle éclatant dans son Eglise”.

Y hablando del abate Fouque, observaba Henri Bordeaux, con agudeza de novelista: “Siempre son las mujeres las que adivinan y ayudan a los hombres superiores y santos.”

Tiene que ser así: detrás de cada poeta fulgura una Beatriz que inspira; mas también a la sombra de los grandes santos alborean suaves figuras de mujer, maternalmente dedicadas a sostener y servir con cristiana pureza la santidad de los otros, repitiendo en la oscuridad y el silencio, la asistencia materna que María y las piadosas mujeres prestaron al divino Hijo en el trienio luminoso y sangriento de su predicación.

Estos servicios, raras veces los hacen los hombres. Ellos son fuertes, pacientes, sobrios, castos, pero sobre todo envidiosos; sienten la viperina mordedura de la rivalidad, tanto que ya el primer escritor entre los obispos romanos después de las apóstoles, Clemente, se vio obligado a señalar en la envidia las causas de la primera disgregación en una comunidad floreciente; y aquel gran obispo mártir Cipriano sintió la necesidad, a me- diados del siglo III, de componer un tratado para estigmatizar ese vicio.

30 Lucrecia: personaje perteneciente a la historia de la antigua Roma, coetánea del último rey romano Lucio Tarquinio el Soberbio (534-510 a. C.). Hija del Ilustre Romano Espurio Lucrecio Tricipitino, contrajo matrimonio con Colatino. Fue víctima de una violación por parte del hijo de Lucio Tarquinio. Este ultraje y el posterior suicidio de Lucrecia, influyeron en la caída de la monarquía y en el establecimiento de la República. Lucrecia tenía fama de mujer hacendosa, honesta y hermosa. Se sabe que su belleza y honestidad impresionaron vivamente a Sexto Tarquinio, hijo del Rey

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