3 Case Studies
3.1 M EDIA C ENTER (I)
La sociabilidad cristiana es una ordenada y armoniosa convergencia —un retorno— al Uno, a Dios. Importa, por consiguiente, autoridad,
unidad, concordia, igualdad, libertad. Estos ideales se abrieron paso hasta
en la esfera política, venciendo resistencias sostenidas con hipocresías y múltiples compromisos, aun en los siglos cristianos. Aun hoy, están lejos de su realización completa. La autoridad no es una prerrogativa otorgada a un particular para sus personales usos y abusos; es un ministerio, una servidumbre, y como proveniente del Creador, y al igual que las demás servidumbres sociales, recibió del cristianismo un carácter sagrado, en cuya virtud fue colocada por encima del despotismo de un césar-dios. Recíprocamente, la obediencia, a la que como autoridad tiene derecho, no es una imposición ni una hipocresía, sino un sentimiento avalorado por la conciencia del bien social.
La concordia nace de la conciencia del fin común a todos: la salvación del alma. Cuanto le es opuesto, debe ser rechazado. Por eso la autoridad es para los dependientes de ella, y no éstos para la autoridad. Por eso toda suerte de sociedad va dirigida a facilitar y no a estorbar la consecución del fin de todos y cada uno, sin que le sea lícito atropellar el supremo interés de ninguno, ni siquiera del ínfimo entre sus miembros. Tienen las sociedades fines propios altísimos y perfectos, pero en orden al fin supremo son medios tan sólo.
La igualdad nace de ser todos hijos de un mismo Padre, Dios, y de tener todos un alma inmortal. Discutían los filósofos si tenía también alma el esclavo. Pero la tenía igual que el amo. Y en el orden del espíritu —en la Iglesia, por ejemplo— no existía diferencia entre el pobre y el rico, el escita y el griego, el varón y la mujer, borrada ya todas las distinciones del registro oficial. Santiago, “hermano” de Jesús, recriminaba ásperamente en su carta, a los cristianos que en la asamblea cedían el asiento al rico dejando en pie al pobre. La idea de que Dios no es aceptador de personas es motivo dominante del Nuevo Testamento en su acción demoledora de loa prejuicios de casta, trasladados en su sentido fraccionario al orden
religioso.
Mas la igualdad, desde el orden espiritual, impulsaba hacia el orden temporal, y sigue impulsando con irreprimible tendencia, como hacia una plasmación exterior de la caridad y de la fraternidad.
La dependencia de Dios, el primado del espíritu sobre la materia, libertó a los hombres del miedo a la fuerza física. Cristo emancipó a todos los hombres, y su verdad sigue libertando al que le sigue. Algunos cristianos entendieron en sentido material esta promesa, y decidieron alzarse contra amas y funcionarios. Mas la libertad tenía más hondo alcance. Podía el amo entregar al gladiador, mandar al ergástulo4 o
encadenar a su esclavo; pero no podía posesionarse de su alma. Podía partirle el espinazo; pero no doblegarle el espíritu. Éste era libre aún antes del libelo de emancipación. Ya ningún semejante inducía miedo. Podía sentirse respeto, piedad, amor hacia él; miedo no, porque en Dios todos eran libres y todos iguales. Cuando las castas dominantes y las clases sojuzgadas se dieron cuenta de esta verdad, iniciaron la disolución de los sistemas de separación y diferenciación. Y aquella conciencia gravitó y gravita hacia una siempre más perfecta libertad del espíritu, contra todo el arsenal de cadenas y barreras, de pertrechos y de agentes, inventado para oprimirla, y para someter el espíritu a seres distintos de Dios, a fines que no sean el de su retorno a la Divinidad.
Ideas semejantes revoloteaban en la mente de algunos filósofos. Mas aquí, eran difundidas entre el pueblo, entre todas las categorías sociales y fundamentadas en lo Eterno.
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No se encuentra en el Nuevo Testamento una doctrina económica. Mas en cuanto la economía atañe a las relaciones entre los hombres o influye en la actividad espiritual, secundándola, entorpeciéndola o deformándola, establece él preceptos, a los cuales el mundo antiguo y el mundo moderno —el paganismo que, en diferentes formas, persiste como sistema de conservación antirrevolucionaria— le opuso y le opone la más astuta resistencia, amontonando negaciones, sofismas y transacciones.
La riqueza no es de suyo ni buena ni mala, o, por mejor decir, en cuanto forma parte de la creación es originariamente buena. Y en verdad 4 Se llamaban ergástulos a la prisión donde encerraban a los esclavos en la Antigua Roma. Al prisionero allí encerrado se le llamaba ergástulo. (Nota del Editor).
su verdadero amo es Dios. Al hombre le pertenece solamente su admi- nistración temporal, ejerciéndola de manera que la haga concurrir al único fin, al que todo converge: la conquista del Paraíso. Lo que quiere decir que la ejerce con sujeción al doble precepto del amor a Dios y del amor al pró- jimo. La riqueza se convierte en perniciosa cuando el hombre pone en ella el corazón y hace de ella su dios, porque entonces se transforma en idolatría y sustrae el alma de los deberes para con Dios y para con los hermanos. Por lo cual al rico pegado a su oro le es difícil la entrada en el reino de los cielos. También le es difícil al pobre, si se revuelve contra su pobreza, si es un rico frustrado. Quien acumula dinero por el dinero, es un idólatra; el avaro es un idólatra. El oro es un medio, no un fin. Bienaventurado por tanto, el que vende sus bienes y da su precio a los po- bres. Él alcanza la heroicidad evangélica. Y muchos la alcanzaron, cooperando a reparar las injusticias económicas.
En la relatividad de la vida humana frente a la eternidad, la riqueza debe servir a las necesidades, no al derroche, no a la sobreabundancia: lo sobreabundante pertenece al que tiene de menos. Esta verdad la llevaba San Juan Crisóstomo a sus últimas consecuencias, afirmando que lo que se tiene de sobra representa un robo, en perjuicio del que no tiene, y estigmatizando las frías palabras “mío” y “tuyo”. —¡Dad lo superfluo a los pobres!
Pero, ¿qué es lo superfluo? Con pretexto de que no se puede fijar en números, muchos cristianos se dispensan de obedecer el mandato evangélico. Entretanto la dialéctica de las diferencias económicas obliga a los Estados a desposeer a los ricos de parte de lo superfluo, para acudir a la indigencia de los pobres, cumpliendo por la fuerza lo que el cristianismo pide que se haga de buen grado, lo que voluntariamente cumplido constituiría un mérito incomparable, una manera de colocación al mil por uno en el Banco del Divino Banquero que no quiebra. Ha de recordar el rico que es hermano del pobre, y en consecuencia no debe tolerar diferencias lesivas de la unidad y del amor familiar. El ideal sería que de hecho no existiesen diferencias. La iglesia madre de Jerusalén puso en práctica la comunidad de bienes, que permitía a los ricos gozar de los beneficios espirituales de la asistencia a los pobres. En cierto modo eran los pobres quienes hacían limosna a los ricos, dándoles ocasión de transformar el oro inerte en riqueza religiosa.
Es, pues, consejo heroico el de venderlo y darlo todo a los pobres. Es precepto general, el de dar lo superfluo a los pobres.
San Pablo decía claramente que esta cesión de lo superfluo tendía a restablecer la igualdad, aun material, a la que aspira como a ideal el amor cristiano.
En uno y otro caso, la donación debía y debe ser espontánea, no impuesta coercitivamente. Es asunto de conciencia, y se resuelve ante el tribunal de Dios, no ante el del magistrado.
Así nació la beneficencia cristiana, mediante la cual un haber inmenso fluyó como en incontables arroyuelos, de los palacios y castillos, de los cofres de los privilegiados y de los más poderosos, a las manos de los indigentes, ayudando, durante siglos, a las clases necesitadas, a superar sus ahogos, y sirviendo de lazo de aproximación entre los unos y las otras.
Las fuentes principales de la riqueza eran la guerra, la usura, las
magistraturas. Tres modos de expoliar al adversario, al deudor, a los
administrados.
Las fuentes secundarias eran el artesanado, la agricultura, la
industria y el comercio.
La guerra era un acto de violencia, de carnicería y de rapiña. El cristianismo la condenaba, en principio, como condenaba la ambición de poder, el homicidio y el hurto.
La usura era el ejercicio favorito, no sólo de banqueros y publicanos, sino también de cesares, senadores, patricios y libertos. Prestaba Mecenas, prestaba Séneca y prestaba Plinio; y el filósofo era quizá el más rapaz de los tres. Más de una expedición militar llevada a cabo a expensas del erario público, iba dirigida a rescatar créditos e intereses de particulares. Tenía aquí lugar el empleo del oro por el oro; el culto de la moneda, la avaricia: idolatría para el cristiano, y como tal, abominable. Abominable sobre todo si se procedía a punta de lanza sin entrañas para el deudor. El Evangelio hace solamente alusión a casos de pequeños préstamos, y aun aconseja que no se insista demasiado en la restitución, por considerarlos como una asistencia caritativa. En todo caso el usurero era un agente de Satanás, y no podía estar de acuerdo con el Evangelio ni en comunión con la Iglesia, que luchó durante siglos contra la usura, como contra un parasitismo innatural e inmoral.
Las magistraturas, de suyo peligrosas por las relaciones idolátricas que su ejercicio implicaba, se hacían condenables cuando eran desempeñadas con espíritu de rapacidad. Era caso de todos los días el de funcionarios, gente del fisco, que expoliasen las provincias. Verres era uno de tantos, pero cometió la torpeza de no untar las cuerdas vocales del
célebre orador, abogado de abastecedores y publicanos. Félix, gobernador de Siria, que tuvo a Pablo en prisión durante dos años con la esperanza de poder cobrarle la libertad, era uno de los numerosos buitres que caían sobre las provincias conquistadas. En realidad el cristianismo no condenaba las magistraturas, fuesen civiles o militares, condenaba sus abusos; exigía de los magistrados que no procediesen con violencia o con rapacidad, que cumpliesen su deber con justicia y caridad.
El trabajo manual era objeto de profundo desprecio entre los pueblos antiguos, exceptuado el judío. Y el verdadero régimen de trabajo era la esclavitud. Para Cicerón, artesanos y bárbaros, estaban en el mismo plano. Platón y Aristóteles los excluían de sus repúblicas. Figuraban en los triunfos como material de masa, incapaz de participar en la vida política. Restos de este desprecio perduran hasta nuestros días. Ni se puede decir que hayan desaparecido.
No eran sólo las clases pudientes las que despreciaban el trabajo: eran los mismos que lo ejercían y que preferían el ocio, alimentado con donativos gratuitos o semigratuitos. En Roma, con pretexto de que eran señores del mundo, vivían como mendigos públicos 200.000 romanos. Y Juvenal lamentaba que la avaricia de los ricos forzase a ciudadanos libres al trabajo manual.
En el cristianismo, heredero de las mejores tradiciones hebreas sobre el trabajo, Cristo y los apóstoles —el Fundador y los dirigentes— eran trabajadores manuales. Pablo, siendo docto y teniendo derecho a vivir de su ministerio, trabajaba de noche para no ser gravoso a nadie y para ayudar a los más necesitados que él. Y él fue quien sintetizó la ética social del trabajo cristiano en la máxima: El que no trabaja que no coma. La cual quiere decir que a todos es obligatorio el trabajo. De este modo fue ennoblecido el trabajo por el ejemplo de Cristo y de los apóstoles. Y el ocio, ideal apetecido de los antiguos, fue condenado. Esta innovación fue de capitales efectos en la sociedad nueva.
Correlativo al trabajo es el salario: el que trabaja necesita comer; y es justo que por su trabajo obtenga lo suficiente para sustentación suya y de los suyos. El salario defraudado al obrero clama venganza a Dios. Si al- guno, por justo impedimento, no puede trabajar, debe ser mantenido por los otros; si no encuentra trabajo se le debe procurar.
La Didache, a fines del siglo I, regulaba ya el problema del trabajo en las comunidades cristianas; comunidades integradas principalmente de pobres, salidos de la indigencia merced a la solidaridad cristiana y por ella
libertados de la pesadilla del hambre. Cuando la carestía se encrudeeía en Jerusalén, mandaban socorros a los pobres de su Iglesia hasta las de Acaya, Macedonia y Siria. Se distribuía el trabajo y se repartían sus beneficios para que no se diese el caso de que comiendo un hermano, otro quedase en ayunas.
De manera que cuando los Papas León XIII y Pio XI intervenían en los problemas económicos, abogando por soluciones de solidaridad humana, no tomaban una nueva iniciativa; hacían lo que la Iglesia había hecho desde sus principios. Cristo, antes que nadie, tuvo compasión de las turbas y socorrió su hambre milagrosamente.
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Si se contrastan las ideas de ascesis enunciadas por Pablo, por Tertuliano y Orígenes, con el ideal de la vida moldeado en dísticos por Ovidio o expresado en luminosos escorzos por las pinturas pompeyanas, podría creerse —como fue creído— que el cristianismo hacía de apagador de las luces del paganismo; que sustituía las marmóreas plazas esclarecidas de sol, de sonrisas de divinidades, de hermosura de doncellas, por las catacumbas goteantes de humedad, olientes a resina, por los cubículos invadidos de escuálidas sombras; que introducía la muerte en el lugar de la vida, el dolor en el del gozo. Nunca faltan periodistas insensatos que describen la guerra desde un refugio de cuarta línea, y fervientes poetas que cantan la vida por un frasco de Frascati.
A la venida de Jesús, el mundo romano había sufrido el estrago de una cincuentena de guerras civiles, acompañadas de mortandades, incendios, saqueos, despoblación. La predicación del Evangelio y el desenvolvimiento de la primitiva Iglesia se verificaron cuando el despotismo fortalecía el Imperio encadenando las conciencias; al tiempo en que la locura de algunos cesares ahogaba las iniciativas en las voluntades y la sonrisa en los labios, y la poesía enmudecía por no sucumbir a mano airada como el joven Lucano, o se desahogaba en sátiras amargas con Juvenal, en sarcásticas remembranzas del pasado con Persio y Marcial (quien se rebajaba a llamar “nuestro señor dios” a un domiciano). La riqueza económica se agotaba por incapacidad administrativa del gobierno y por la concepción del trabajo, de la propiedad y del placer, y las diferencias sociales llevaban al borde del abismo, tanto que el gobierno se vio precisado a sujetar los aldeanos a la gleba, los comerciantes a la barra, los artesanos al taller.
Estatuas de oro y de mármol hacían de sí mismas magnífica ostentación. Por fortuna se conservaron algunas de ellas, merced a la costosa solicitud de los obispos. Desde sus pedestales, más miserias contemplaban que alegrías. Los armoniosos ensueños de Platón no estaban mal para los libros de texto; pero la realidad de la vida era otra cosa. El mismo filósofo había concebido una ciudad de utopía con vistas a orillar las pendenciosas competencias, en las cuales se deshacían la riqueza y la alegría de los helenos. El triunfo de la democracia llevaba consigo un loco despilfarro de los bienes de los ricos; el triunfo de la aristocracia se llamaba libertad porque restablecía el señorío de los óptimos sobre la multitud. En la ciudad platónica, mujeres y trabajadores eran sometidos a una esclavitud anónima para regocijo de guerreros y politicastros.
Reducidos los ciudadanos a simples números del fisco y a instrumentos de reproducción, que asegurasen nuevos contribuyentes al erario y nuevos soldados al ejército; extinguido en ellos el interés político y el ideal patriótico, vivo en las épocas republicanas y bajo el mando de algún que otro emperador, en Grecia primero y en Roma después, los padres se rebelaron por el único modo viable: no procreando más. Y así, los Estados helénicos y el Imperio romano murieron principalmente por agotamiento de la prole; no debido solamente, como se cree, a la degradación y al egoísmo, sino también, y sobre todo, al espanto, que helaba los espíritus, ante la idea de engendrar candidatos a una vida de incertidumbre y desesperación.
Esta era la realidad del paganismo.
El turista que contempla el Palatino, cubierto de laureles y abrasado del sol, o el Coliseo, puede soñar en bellezas soberanas y en la fuerza dominadora. Y sobre los acueductos que cruzan la campaña romana puede montar los caballetes de pintura. Pero no haría mal en darse cuenta de cuántas lágrimas y cuánta sangre soldaron aquellos muros reticulares y amasaron aquellos bloques de tibertino; de cuánto material humano fue empleado con mayor desprecio que los ladrillos timbrados y las piedras pulimentadas; de la inmensa aglomeración de covachas o tugurios que entre los foros y palacios eran fácil pasto de las llamas, y alojaban las degradantes miserias de un proletariado sin dignidad. Podía Goethe componer elegías sobre las ruinas y Carducci estrofas sáficas sobre el Galileo de rubia cabellera destinado a cargar una cruz sobre Roma; pero la verdad es que fue Roma la que cargó una cruz sobre las espaldas de Jesús, y después, por una tiranía que formaba parte de su sistema de gobierno, so-
bre las espaldas del Cirineo. Y ella fue la que sobre la cruz enclavó a Cristo, por Justo; a millares de hebreos, por patriotas, y a innumerable muchedumbre de esclavos, porque anhelaban vivir como hombres.
Estos escritores que sólo ven las piedras, residuo de los palacios de los césares, de los generales y de los plutócratas, contemplan la historia desde un mirador burgués, a la manera de los sociólogos que estudian la cuestión obrera a la mesa del capitalista.
La riqueza, contra la cual tronaban los cristianos, era monopolio de unos cuantos. Los capitalistas la relegaban a las arcas, y la derrochaban en objetos de lujo, sustrayéndola a la circulación, privando de su fruto a quien la necesitaba. Las tierras alrededor de Roma se tornaban pantanosas e insalubres; todo un anillo mortífero en torno a la cabeza del mundo. Los carros que transportaban las mercancías de Asia y de Egipto, volvían descargados, a través de aquellos latifundios en que se oían los gemidos de los esclavos. Los Antoninos se decidieron a conjurar el proceso mortífero, pero no impidieron la indigencia, ni el descenso de la natalidad. Y después de ellos se puso fin al desgobierno con una más cruel tiranía, en cuyas garras se extinguió gradualmente el gallardo corazón de Roma.
Una cosa es la poesía y otra la historia. O quizá fuera mejor poetizar también el reverso de la medalla. Las legiones cada día más desmoralizadas luchaban en las fronteras cuando no se apoderaban del Estado, nombrando nuevos emperadores para arrancarles mayores salarios; mas los romanos en Roma y los ciudadanos libres en las ciudades de provincias, luchaban por arrebatar bonos para conseguir un puñado de habas o de harina, ocasionando tumultos. El ideal de todos era disfrutar el trabajo ajeno, viviendo según el clásico carpe diem5, que es la filosofía
materialista, nacida no del goce sino de la desesperación, es decir: del pavoroso sentimiento de incertidumbre ante el mañana. Sabiduría de una