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3 Case Studies

63 at a time at the scene does not seem to have been adequate in retrospect.

3.5 E NERGY S OLUTIONS (V)

La Iglesia quiere a sus miembros santos, apartados o contrarios del mundo, viviendo un cristianismo integral. Cosa harto ardua.

Por eso, Santa Catalina de Siena inculcaba a todos, aun a los seglares, a que se recogieran en la celda del propio conocimiento, preparándose, en medio de los negocios y tareas del día a día, un retiro donde rehicieran su propia integridad espiritual.

El monaquismo nació con este fin: de la aspiración a vivir un cris- tianismo integral entre gentes que querían o se contentaban con vivirlo a medias —o con no vivirlo de hecho.

Cuando Decio mataba y desterraba, algún cristiano de Egipto transformó el destierro en la práctica más esmerada de la ascesis y del amor de Dios; arrojado de la ciudad terrena construía, en una gruta del desierto un aposento de la ciudad celeste; pues de la casa del Padre —¡oh impotencia!— ningún edicto puede expulsar. Al desierto se fue después Antonio, luego Pacomio: y en torno de ellos se congregaron otros ama- dores del Absoluto, que renunciaron a cuanto es amable a los más (ascesis) para procurarse la contemplación de Dios, amable a los menos (mística).

Los más seguían ocupados en ganar dinero, en corromper y hacerse corromper, en tirar hacia adelante con el menor riesgo; éstos, en un gesto magnánimo, dejaban a los demás estos cuidados, y se ocupaban de Dios y de la propia alma, haciendo de todo acto de la jornada, hasta del trabajo de sus manos, una ofrenda de oración.

Basilio propagó el monaquismo en Asía; Atanasio anunció sus maravillas en Roma, y en el 500 Benito lo estableció en Occidente, dándole un carácter más social, asociando a la contemplación y a la salvación de la propia alma, la salvación de las ajenas —ya que en la Igle- sia nos salvamos individual y corporativamente— y uniendo como medio a la atención de las cosas del espíritu las obras de misericordia.

Las hermanas vírgenes de Pacomio, Basilio y Benito, imitaron a sus vírgenes hermanos, y siguiendo el trazado de sus reglas edificaron en

Africa, en Asia, en Europa, monasterios para mujeres, que florecieron tal vez más que los otros.

Parecía el suyo un apartamiento del mundo, una huida. Y no lo era sino en el sentido de que desertaban de la vulgaridad, del constante pactar con el mal, de la idolatría de la vida, de la miseria espiritual. — ¡Bienaventurado quien deserta para Dios!—, había dicho en el Didaskaleio de Alejandría el maestro de Orígenes, Clemente. Y éstos desertaban; más por un impulso del amor de Dios, que en su actuación práctica es también amor del prójimo; por lo cual sus agrupaciones lejos de restar energías a la sociedad, constituían, en Occidente sobre todo, institutos de desarrollo social: desde sus retiros intervenían en los actos todos de la vida cotidiana, no para matar o robar, sino para consolar, curar, reconstruir. Templaban su propio carácter para comunicar su fuerza a los demás.

Fueron núcleos de restauración. Establecidos en Egipto, en Asia, en Germana, en Italia, en Irlanda, cuando entre collados y llanuras, por ríos y por mares, irrumpían hordas de salteadores musulmanes, idólatras, salvajes, piratas, bagaudas, y a su paso sembraban la devastación y se acumulaban las ruinas, ellos recogieron a los supervivientes, y les enseñaron a no desesperar —a no desesperar puesto que el objeto de la esperanza no se encontraba en las cosas ni en las personas, sino en Dios, en una patria resguardada de correrías y de matanzas— y pusieron manos a la reedificación.

Desecaron marismas, desmontaron selvas, encauzaron cursos de agua, construyeron aldeas, unieron alejadas tierras mediante caminos y puentes; pusieron para guarda de las pasajes a la Virgen y un grupo de monjes —escoltas solitarias al servicio de Ella, y, por ella, al de los pobres viandantes. Y con la vida salvaron los más altos valores de la vida: la cultura, los libros sagrados, los textos clásicos, las artes; y de esta suerte, en las horas más funestas, cuando en las cercanías escasos ejércitos de déspotas se disputaban una tierra exhausta, ellos, sin interrumpir la obra de Dios —la salmodia, la meditación—, no cesaban tampoco de enseñar, de copiar códices, de ilustrar misales, de esculpir piedras, de edificar templos. Y ponían sobre la tierra lúgubre las notas de su arte luminoso y de sus cantos jubilosos, y enseñaban a trabajar, amar y sonreír.

Un caso típico es el del excónsul Casiodoro, quien en el 540 dejó la corte de Teodorico y se refugió en el extremo sur oriental de Italia, en el monasterio de Vivario por él fundado, para vivir con los monjes alternando los rezos con el estudio de las “artes liberales” en los libros de los clásicos.

Para ellos fundó una Biblioteca, trasladada luego, al menos en parte, al también famoso monasterio de Bobbio, centro de estudios y de ascesis, fundado en el 612 por san Colombiano, de Irlanda. Como él monjes bretones e irlandeses y anglosajones acudían del Septentrión emulando la cultura de los monjes latinos y con frecuencia los superaban. De otra parte Carlomagno secundaba decididamente las aspiraciones de los unos y de los otros. Vivario, Montecasino, Subiaco, Bobbio, Luxeuil, St. Gall, Fulda, Malmesbury: viveros de monjes y, por tanto, de cultura, alzados como islas inconmovibles sobre un océano embravecido: fortalezas inexpugnables de evangelización y de civilización. Mantenían el sentimiento de la solidez —de una solidez basada en lo Eterno—y generaciones de hombres, en las horas más turbulentas, encontraron en ellas su apoyo.

* * *

Si todo se veía sumergido, a ellos los salvaba su consagración en Dios, su asimiento al Inmutable. Nada tenían que perder de incursiones, asaltos y amenazas, pues a todo habían renunciado.

Cuando senadores y caballeros andaban todavía a la caza de herencias de viudas y de fugitivos, y para enriquecerse en una economía depauperada que no sabía ya hacer productivo el suelo, se traficaban niños y niñas, se agredía a los mercaderes, se practicaba como fuente de lucro la delación y como fuentes subsidiarias la usura y la rapiña de guerra; cuando el ideal era no trabajar, hasta tal punto que desde tiempo remoto el pueblo de los quirites26 se había transformado en la capital en una turba de

mendigos públicos y el pueblo de las otras ciudades cultivaba cuanto podía la misma aspiración procurando dejar para los esclavos el trabajar conceptuado como degradante arriba y abajo por los filósofos, entonces, los monjes renunciaban a la propiedad, con un despego que a muchos les parecía una locura, y ponían sus bienes en común para los hermanos del monasterio y para los pobres que hacia ellos acudían, empujados por el hambre y atraídos por la caridad; y puesto que los bienes vendidos no eran suficientes para acudir a las modestas necesidades de los monjes y a las de sus pobres, proveían ellos a los demás con su propio trabajo, no ya maldito, sino practicado como una plegaria. Ora et labora: era necesario lo uno y lo otro para santificarse.

Cuando el impudor cogía en su remolino a las clases altas y a las 26 Quirite: ciudadanos de la antigua Roma. (N. del E.)

bajas, y las mujeres se desposaban para divorciarse, y los hombres se daban a la lujuria incluso contra natura, costumbres vehementemente fustigadas por san Pablo y cínicamente exhibidas por Patrono, y los emperadores reunían a menudo en casa los ejemplares masculinos y femeninos del mayor desarreglo, y muchos maridos paganos preferían sus mujeres disolutas antes que cristianas, y como tales, castas; resistiendo ra- dicalmente a tamaña corrupción, que deshacía con el Imperio la civilización grecorromana, hombres y mujeres del cristianismo abrazaron como regla de vida la castidad absoluta. Y fue ésta una de las rebeliones más audaces y más ricas en beneficios sociales, opuestas a un mundo mediocre y loco; porque estas criaturas a la vez que con su ejemplo saneaban la sociedad, la ofrecían con el mayor desinterés su colaboración, haciéndose padres y madres, y hermanos y hermanas de familias, que no eran suyas por lazos de sangre, pero venían a serlo por lazos de caridad, traspasando las barreras de la gens27, de la polis, de la casta y de la lengua, prodigándose en todas direcciones, mas preferentemente y como por gravitación espontánea hacia los más miserables. Griegos, romanos y orientales, por necesidad o por vicio, exponían a sus hijos y sobre todo a sus hijas, o los vendían, dejándolos candidatos a la esclavitud y al prostíbulo; los monjes, recogiéndolos, los destinaban a la castidad del monasterio o a la de una familia cristiana.

Finalmente, cuando imperaba un individualismo desenfrenado, mantenido tan sólo a raya por leyes que ligaban los trabajadores al suelo, al comercio y a la nave, y por una filosofía determinista que las encadenaba a una predestinación envilecedora, los cristianos afirmaban el libre albedrío: y los más animosos entre ellos, demostraban su eficiencia haciendo ofrenda de él a un ministro de Dios —a uno que enderezase la voluntad a un fin socialmente unitario de adoración y de beneficencia— convirtiendo la obediencia en virtud restauradora en aquel atomismo en que se deshacía el Imperio.

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San Benito —esta robusta encina romana crecida en el humus cristiano— extiende ramas y frondas sobre la edad media y moderna. Se le 27 La Gens fue la organización social, que precedió en Roma la constitución del estado-ciudad. La gens podría definirse como un conjunto de familias que descendían o creían descender de un antepasado común vinculadas por un parentesco más o menos lejano, que tenían sus divinidades, sus costumbres y su territorio. Cada gens comprendía a varias familias. (N. del E.)

ha llamado padre de naciones y, ciertamente, el fermento diseminado por sus innumerables discípulos, trabajadores de Dios, desarrolló la civilización de Occidente, en que se formaron las naciones modernas. Algunas, como suele suceder, le pagaron demoliendo sus casas y dispersando sus hijos. Pero éstos volvieron del destierro, animados de per- dón: sobre las ruinas reconstruyeron la casa, y sobre los huesos de sus mártires reconstruyeron el altar, y reanudaron el opus Dei.

Inglaterra ofrece un ejemplo. En sus campiñas, en los monasterios, generaciones de monjes habían labrado tierras y cristianizado almas, y en sus escuelas o en las escuelas de las monjas, habían tenido su cuna las famosas universidades. Enrique VIII, ávido de dinero —spurcissimo habendi amore, como ha grabado sobre la reconstrucción del antiguo santuario de Walsingham un pastor anglicano— interrumpió, con las bandas de Cromwell, el opus Dei, deportando, matando, confiscando; y sus sucesores acrecentaron las ruinas, no quedando al fin de tanta gloria sino un monje prisionero, no consumido, sin embargo, por la prisión, sino des- pués de muchos años cuando, ya decrépito, tuvo la consolación de ceñir la cogulla a dos jóvenes, sin que se lograra romper la cadena. En 1932 en Buckfast un legado del Papa consagraba una abadía con iglesia enteramente reconstruida piedra a piedra en el silencio por los monjes, sobre las ruinas amontonadas por otros.

El monaquismo elegía en la topografía los lugares estratégicos para levantar en ellos atalayas del espíritu, y confiaba su custodia a hombres escogidos con tal manera de criba, que los retenía de toda raza y de toda casta. A la muerte de Juan XXII contaban ya 24 papas, 11 emperadores, 46 reyes, 57 reinas, 200 cardenales, 4.000 santos, con una red de más de 37.000 monasterios. Víctor Hugo recordaba 40 papas, 2.000 cardenales, 20.000 obispos, 5.000 santos. En una hora difícil, cuando la fuerza de las armas y del dinero parecían haber apresado por la garganta a la joven Iglesia, salía de uno de aquellos claustros Hildebrando y restablecía, entre enormes sacudidas, el predominio del espíritu sobre la materia. Hildebrando era quizá un noble romano; pero igual podía ser, como hasta hoy se ha creído, un aldeano senense ido a los monjes como tantos otros hijos de trabajadores, de siervos y hasta de amos.

El monasterio les vestía a todos un sayo y los ceñía un cinturón igual; y no había ya reyes, vasallos o siervos, sino hermanos; y el príncipe normando, en su turno, servía la mesa a los monjes anglosajones. Realizaba la única comunicación posible en una sociedad dividida en

estratos sobrepuestos en pirámide, con impermeables departamentos de casta.

Acogía jóvenes ingenuos y fuertes, como también ancianos probados por la vida y por el dolor; y aprovechaba la fuerza de los unos para compensar la debilidad de los otros.

Se dijo que ofrecía un ocioso asilo a los vencidos, convirtiéndose en una organización de la debilidad.

Hasta esto puede hacer la Iglesia. A sus ojos pueden resultar fuertes los que son débiles en la antropometría de la sociedad, y puede hacer de una flaca criatura una santa incomparable. De estas almas santificadas en el lecho de dolor son muchas las que se recuerdan hasta en nuestros días. Gerlich28, asesinado a causa de su catolicismo intrépido por los nazis,

28 Carl Albert Fritz (Michael) Gerlich (1883 –1934) fue un periodista e historiador alemán, miembro de la resistencia contra el nacionalsocialismo. En 1931 se había convertido en un amigo orante de Teresa Neumann, la mística y visionaria de Konnersreuth en Baviera, que apoyaba las actividades de resistencia de Gerlich. Inicialmente quería exponer el "engaño" de su estigmatización, pero Gerlich regresó como un hombre cambiado y poco después se convirtió al catolicismo.

A partir de 1931 hasta su muerte, su resistencia estuvo inspirada por la doctrina social de la Iglesia Católica. Dejó el puesto como redactor principal de la Münchner Neueste Nachrichten y regresó a su trabajo en el Archivo Nacional de Baviera.

Un círculo de amigos que se había desarrollado en torno a Teresa Neumann dio lugar a la idea de fundar un semanario político, a fin de reorientar a la izquierda y la derecha lejos del extremismo político. Apoyado por un rico mecenas, Gerlich fue capaz de liderar el semanario "Der Illustrierte Sonntag", el cual se renombro "Der gerade Weg" (el camino recto) en 1932.

En su periódico Gerlich lucho en contra de las principales doctrinas políticas de su tiempo: el comunismo, el nacionalsocialismo y el antisemitismo. El conflicto del creciente movimiento nazi se convirtió en el eje central de Gerlich y su escritura. La enfática y a veces estridente entonación de su batalla periodística obtuvo al periódico un creciente espectro de lectores. A finales de 1932 la circulación sobrepasaba los 100.000 lectores. Gerlich escribió entonces: "Nacional-socialismo se entiende como: la enemistad con las naciones vecinas, la tiranía interna, guerra civil, guerra mundial, la mentira, el odio, fratricidio e ilimitados deseos".

Un día después de que los nazis tomaran el poder en Alemania, decidieron eliminar a Gerlich. Fue detenido el 9 de marzo de 1933 y llevado el 30 Junio de 1934 al campo de concentración de Dachau, donde fue asesinado el 1º de julio de 1934 durante la noche de los cuchillos largos. Su esposa recibió la confirmación de la muerte cuando sus lentes salpicados de sangre fueron entregados a su casa. Fue retratado en la película Hitler: El reinado del mal por el actor Matthew Modine. En la película, Gerlich termina dictando un artículo de primera plana que advierte del

había sido convertido por la inválida Teresa Neumann. ¡Las contradicciones del Espíritu!... Pero además entre los monjes los desenga- ñados y los desvalidos son una minoría: lo ha demostrado ya aquel elocuente historiador del monaquismo occidental, que fue Montalembert. Los más eran y son energías intactas y ardientes de esperanza; y el claustro templaba aquella esperanza para que no se consumiera como fuego de paja. A los débiles y derrotados, esto es, a los desvalidos espiritualmente, el claustro los trocó siempre en sanos; les reintegró cuanto habían perdido en la lucha. Y esta era su misión, habiendo sido Cristo el Salvador venido a restituir la salud a los enfermos.

No menos que esta construcción de castidad y austeridad se necesitaba, para resistir, como una diagonal roqueño, el choque de instintos y de hierro de la Edad Media. Pero al fin de hombres estaba compuesta, por lo que nada tiene de extraño que el hierro y los instintos se entronizaran también en abadías y prioratos, y que se desataran abades violentos, monjes lujuriosos, abadesas despóticas. Pero el espíritu monástico —que era el espíritu del cristianismo puro— triunfó de nuevo: fueron rechazados los ataques externos de los normandos, sarracenos, árabes anticristianos y los internos de longobardos, sajones y francos pseudocristianos; y de Cluny y de otros centros la pureza de la Regla resistió a la mundanización y rehízo el prestigio religioso y moral de la Orden. Del tronco brotaron ramas de virgen lozanía, como los Cirtercienses, quienes introdujeron una organización más centralizada, mientras del monaquismo griego derivaban en la Italia meridional Camaldulenses y Cartujos, que reforzaron, al clarear de la economía nueva, la tendencia ascética y contemplativa. Reforma y ramificaciones venían a satisfacer una necesidad de resistencia contra los males del ambiente. Porque el monaquismo actúa siempre de correctivo social.

* * *

Y así, a la vez que él, en pleno vigor, se prolongaba a la edad moderna, de su mismo espíritu aunque con diversas formas, florecía adaptada a las necesidades de una civilización en período evolutivo, la vida de las órdenes religiosas propiamente dichas.

peligro que Hitler representa, diciendo: “lo peor que podemos hacer, absolutamente lo peor, es no hacer nada.” Esta línea está inspirada en un dicho atribuido incorrectamente a Edmund Burke: “La única cosa necesaria para el triunfo del mal es que hombres buenos no hagan nada.” (N. del E.)

Los Benedictinos habían fundado pequeñas repúblicas del espíritu, entrelazadas únicamente por le regla, autónomas en la organización; muy en consonancia con la vida comarcal y la economía cerrada del feudalismo. Apenas se organiza una primera vida comunal en las repú- blicas marítimas con una economía abierta de más vasto comercio y de nuevas industrias, se establecen las primeras fundaciones semimonásticas de los Canónigos regulares o Agustinianos, integradas por sacerdotes que, dentro del marco cenobítico, atienden al apostolado sacerdotal, mientras los monjes en la Edad Media ni eran por lo común sacerdotes ni cuidaban de la parroquia. De ellos provinieron los Premostratenses.

Del despertar de Cluny y del renacimiento de la fe religiosa derivaron las Cruzadas; y éstas determinaron la especial organización religiosa de las Ordenes militares, defensoras de la fe en tierra de infieles con el apostolado y con la espada, asistiendo a los enfermos en los hospitales y rechazando a los sarracenos de las santas ciudades; entre ellas se señalaron las órdenes dedicadas a la redención de cautivos, consiguiendo la libertad de los esclavos cristianos con el dinero o con la ofrenda de la propia vida. Es el heroísmo de los auténticos caballeros de Cristo.

Entregadas en el siglo XIII las ciudades al comercio y a la industria, se apoderó de los espíritus una fiebre tal de lucro, que pareció extinguir necesariamente la fe. Al peligro de un materialismo hedonístico se opusieron nuevas órdenes religiosas, que, por reacción, se llamaron y fue- ron mendicantes: los Franciscanos (1210), los Dominicos (1215), los Carmelitas (1245) y los Ermitaños Agustinos (1256). Se llamaron frailes: rompieron con el sistema estático del monaquismo, conservado también en gran parte por Canónigos regulares, y se dispersaron por el mundo, El monje estaba ligado al monasterio, el fraile lo estaba solamente a la orden. Y pues el tráfico conducía los ciudadanos a nuevas tierras y los aldeanos a las ciudades, y las Cruzadas habían provocado tan grande efervescencia de pueblos y de intereses, estos monjes-sacerdotes siguieron sus pasos, para asistirles doquiera la necesidad lo reclamase. El monje era un elemento de

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