3 Case Studies
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En la antigüedad la moral era laica, no porque no pretendiesen los moralistas apoyarla en la religión, sino porque la religión era incapaz de apoyar la moral: los dioses estaban dominados de pasiones tanto y más que los hombres, de quienes eran hechura. Platón exaltando la idea de Dios, intuyó en la virtud el medio de allegarse a El. Algo semejante intentaron los estoicos y los neoplatónicos; pero terminaron por divorciar aun más la ética de la religión nacional. Las misteriosofías asiáticas elaboraron ideas de perfección, de purificación, de ascesis, pero tarde, y en círculos reducidos, y entremezcladas de torpes aberraciones.
Si la realidad de Hombre-Dios, de redención, de paternidad, constituyó el sistema vertebral de la renovación cristiana, la moral que derivaba de sus principios tenía los caracteres revolucionarios de toda la religión, en el hecho mismo de imponer al hombre el modelarse según Dios, esto es, de señalarle un modelo alto infinitamente. La filosofía había concebido al hombre perfecto como realizador del cumplidamente humano; el cristianismo ideaba el hombre perfecto como realizador de una ambición divina. Dios es bondad, y el hombre se le acerca en fuerza de la virtud.
Mucho se puede aquí conceder a quienes negando los saltos bruscos en la historia, pero viendo en ella una gradual transformación, hacen del cristianismo una integración de aspiraciones éticas cultivadas por la sabi- duría antigua. Pero con alcance limitado. Porque el cristianismo reunió y cristalizó en un sistema ordenado sobre un principio sobrenatural, y por tanto inconmovible, las aspiraciones del bien suscitadas por la luz natural de la razón, en siglos de especulaciones y de experiencias; e hizo de la vida moral la corroboración —la actuación en cierto modo— de la vida religiosa. Con la ayuda de la gracia la libre voluntad del hombre gobierna su vida moral en la dirección que prefiere, y crea el carácter. Contra la moral más elevada, la estoica, maniatada por el determinismo, y contra la moral popular obscurecida por el fatalismo astral, los polemistas del siglo II tuvieron que batallar para imponer la doctrina del libre albedrío; y
conquistaron para el espíritu una dignidad jamás gozada.
La civilización cristiana perpetúa las virtudes naturales de la antigüedad, pero purificándolas de todas las injusticias y corrupciones. La depravación de la sociedad antigua es un tópico y no hay para qué repetirlo: divorcio, prácticas abortivas, exposición de recién nacidos, falta de natalidad, pederastia, castración masculina, orgías sagradas y profanas, usura, injusticias, destrozaban por dentro el organismo que los bárbaros asaltaban por de fuera. El polo en torno al cual giraba la vida era un egoísmo canonizado. La virtud misma era más apreciada como valor físico, virilidad, que como valor espiritual.
El cristianismo realzó el nombre, virtus (valor), pero modificó, espiritualizándolo, su significado; y con nuevos valores quiso sanear la sociedad, rejuveneciendo su sangre.
Y enseñó que el camino hacia Dios —hacia la verdadera bienaventuranza— está constituido por la vía de las Virtudes.
Repuso en su trono a la justicia que era su derrocada reina. Una reina, con dramático pasado y un señorío combatidísimo.
En la justicia personificó Platón el Bien. En sus ensayos llegó hasta diseñar este perfil del justo: “hombre sencillo y generoso que prefiere ser bueno a parecerlo”: como tal será crucificado.
La misma religión que es sólo un aspecto de la justicia: la justicia para con Dios. Y Aristóteles convenía en conceptuar como virtud principal a la justicia, a la que consideraba no sólo como virtud, sino como la Virtud en toda su extensión.
Orígenes, en la Exhortación al martirio, comenta un pensamiento de Pablo y escribe que para responder al ideal cristiano, no basta creer con el corazón en la justicia, sino que es también necesario profesarla con la palabra. Bien se entiende que una tal profesión puede ocasionar persecuciones de parte de la iniquidad; y de hecho, en tiempo de Orígenes, ocasionaba la muerte. Sólo el que callaba, escapaba a la cárcel y algo peor; pero —como dice el gran escritor semimártir— rinde a Dios mayor homenaje el que sin tenerlo en el corazón le profesa con la boca, que el que teniéndolo en el corazón no le confiesa. Y Dios es la justicia perfecta. San Juan Crisóstomo, por reclamar la sujeción a la justicia de la misma Emperatriz que, como se sobreentiende, se creía exenta de ella, fue mandado al destierro a morir como un perro. Gregorio VII expirando en Salerno de angustia decía: “He amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso muero desterrado.”
¿Es lógica le ilación? Odio a la injusticia: luego muerte en destierro. No se muere en el lecho, conforme a los postulados de la paz doméstica, cuando se ama la justicia, y menos aún si se odia la iniquidad.
Y es que la justicia no se doblega ni ante los amos ni ante los tiberios; no repara en las personas; no tolera distinciones de tiempo ni de linaje. Es reina; no cortesana. Y por ella combatieron los cristianos y combatirán sin fin.
Donde su realeza resulta demasiado fuerte y áspera, acude la Caridad para templarla.
Jesucristo nos trajo también la modestia, que era una virtud muy rehuida. ¡Qué difícil es que una persona sea modesta! —es decir, que sea lo que es—, y no trate de aparentar lo que no es.
A la sinceridad también se la había mandado de paseo; por lo cual imperaba un lenguaje de doble filo, de zancadilla, cuajado de sutilezas y distinciones, escurridizo, anguiloso, que cede y toma, dice y no dice, con- dicionado por conjuntivos y por hermenéuticas misteriosóficas...; cuando el lenguaje de la sinceridad, como el de la Inocencia, es diáfano, de agua cristalina, que tiene el don de hacerse entender al instante vaciándolo todo.
Es fiel a Jesús quien dijo: —Vuestro hablar sea: sí, sí; no no.
Y nos enseñó que cuando nos cae entre las manos una página engomada, pegajosa, con pasajes que se prestan a varias y aun opuestas interpretaciones, la consideremos como anticristiana y la destruyamos, por caridad para el que la escribió. Porque el exterior ha de estar en conformidad con el interior; y hasta los cerdos son preferibles cerdosos, o sea, puercos.
Sigue la prudencia, que es la peor parada, tanto que quizá su nombre nos trae a la mente habilidades pusilánimes, con salpicaduras pringosas. Verdaderamente es la Cenicienta entre las virtudes, ya que los bellacos la han convertido en encubridora, y los audaces la han trocado en trapera que lleva el saco para el contrabando.
Pero no es así. Ella es la defensa de los fuertes.
Cuando la mediocridad ofende los ideales cristianos, para no hacerle el juego ni deslizarte en su pantano, conviene en casos acogerse a doña Prudencia, y ella salvará, no tanto la persona, que importa menos, cuanto la idea y el porvenir. Contra la retórica, el vilipendio y la provocación de los adversarios de la fe, el silencio asume algunas veces el valor de defensa y de ofensa.
Acude también la Paciencia que nos enseña a soportar por amor de Dios tragos amargos, conferencias eruditas, cocciones históricas, retórica afrentosa y toda suerte de brebajes putrefactos… cuando el traidor a Dios se encarama, con la facilidad adhesiva de una conciencia gelatinosa, y se mofa desde lo alto de la coherencia simple, desnuda, pobre, macilenta, y vitupera, como un delito, la rectitud que obliga a marchar por el camino recto cuando sería factible tirar por sendas tortuosas.
Porque precisamente la rectitud forma parte del sistema; y en la Biblia aparece como sinónima de Virtud sin más, e importa le justificación ante Dios.
Su nombre significaba derechura: indicaba el andar derecho. Recto era aquel que andaba tieso y derecho tanto en la posición como en el caminar por eso no se doblegaba, no zigzagueaba a diestra y siniestra siguiendo el impulso de la pasión y del apetito. En este proceder recto no se entorpecían los hombres el camino; convergían todos en el infinito, a donde tendían.
Mas con el refinamiento de la filosofía, también el concepto de rectitud fue absorbido en el espíritu, en la idea; y en sus “retortas” sufrió la transformación química de la cual resultó que el mejor caminar es no andar derecho y rectitud vino a ser equivalente de caerse a pedazos.
De este modo el hombre recto, el que no se doblegaba, fue conceptuado como un autómata destituido de flexibilidad espiritual, ni más ni menos que el que hubiese tragado un hierro de T, o un fósil: y se dieron por legítimas todas las contorsiones, todos los culebreos, todas las reverencias ante los ídolos de cualquier tipo. La línea curva —quedó demostrado— no es más que una recta curvada: pero permaneciendo ipsa
et eadem (ella misma al mismo tiempo).
Recapitulando.
De estas y de otras virtudes, cierta prosa pseudomanzoniana, estúpida, incolora como los indefinibles e imprecisos brebajes en ciertas marmitas del frente, había sugerido una imagen deslavazada, como de seres aflictivos y repugnantes.
Son, por el contrario, viejos robles que desafían al tiempo: vibrantes, magnéticos.
Sigámoslas (es la peroración) porque, por mal que vaya, la suerte del justo contemplada por Platón no habrá de fallar.
* * *
Sin embargo, la acción del cristianismo fue todavía más original y definitiva en la órbita de dos virtudes que, aunque no desconocidas de los antiguos, revivieron con una integridad del todo nueva: la castidad y el amor. Ellas más que las otras comunicaron su impronta a la sociedad nueva. Una mujer depravada, un marido disoluto, bautizándose, aparecían como crucificados y resucitados a sus padres que, quizá, como buenos paganos, se les habían opuesto.
El espíritu era un esclavo de diferente rango a las órdenes del cuerpo. Cristo hizo del cuerpo un siervo solícito del espíritu.
El neopaganismo ha formado la teoría de un cristianismo necróforo amigo de sepultar cuerpos humanos vivos, mortificándolos con renunciaciones, confinándolos a esas tumbas que son los monasterios, etc., etc.
Lo verdadero es lo contrario. El vicio, que de manifestaciones paganas degenera en manifestaciones bestiales, el vicio que es anticristianismo, entristece y enerva el organismo humano, reduciendo sus funciones a la acción de excitantes. El cristianismo, por el contrario, ha elevado en la virginidad el más puro himno al cuerpo, haciendo de él un elemento sagrado, un coeficiente de perfección; preservándolo al someterle a ese régimen de virtud, esto es, de santidad.
En una homilía del siglo II, legendariamente atribuida a San Clemente, se predica el respeto al cuerpo con expresiones de extremada reverencia; ve en él, no sólo el aparato nervioso o muscular que la anatomía moderna comparada nos muestra discretamente análogo al de los otros mamíferos, sino el receptáculo del alma destinado a resucitar en el juicio. No se le considera como un saco cualquiera, sino como receptáculo de Jesús eucarístico; y es suficiente este pensamiento para sublimar la fun- ción del organismo físico a templo de Dios.
El desprecio al cuerpo y a la vida humana lo predicaron los gnósticos, los marcionistas, los maniqueos. Por algo eran herejes.
Ahora el paganismo —que más que en las exhumaciones poéticas vive en las carnes de nuestra generación— invierte los términos de la subordinación entre el cuerpo y el espíritu; y al destruir el cuerpo en el vi- cio, mantiene en pie la antítesis con el cristianismo que no condena a nuestro hermano asno, sino que lo santifica. La carne ha dejado de ser estómago y sexo para aspirar a la perfección del espíritu, el cual se
ennoblece padeciendo, sintiendo a través del cuerpo, y resistiendo a su influjo. Pero donde el paganismo hace del cuerpo centro de cuidados resultando los hombres núcleos independientes, egocéntricos, el cristianismo se esfuerza por vencer esa tendencia aisladora, anárquica, haciendo del individuo, no centro del universo y fin de la humanidad, sino cooperador del bien ajeno, encuadrándolo en la sociedad.
Es decir: tiende a superar el egoísmo, porque el egoísmo impide la fraternidad, eliminando las fuerzas de cohesión y exasperando las repulsivas; porque no es posible la convivencia sino en la medida en que los particulares sepan renunciarse sobrellevando a los demás. Renuncia es esencia de ascetismo. Y sólo en cuanto éste se cumple es posible la sociedad.
El cuerpo, pues, es instrumento del espíritu, y el bienestar social instrumento de la perfección espiritual. El cuerpo no es el fin, es el medio.
Si el cuerpo nos desune, nos reúne al espíritu, ya que centro y meta de las almas es un solo Padre. De ahí el concepto de fraternidad, que se transfundió en sentimiento entrañable y daba un sentido más que meta- fórico a la denominación con que los primitivos cristianos se llamaban hermanos.
El cuerpo se ama a sí mismo; el espíritu se desdobla en el afecto a otros distintos de sí. El paganismo es egocéntrico, absorbente; el cristianismo es centrífugo, expansivo, tendente a abrazar la humanidad entera, más allá de los cuerpos. El neopaganismo salvaje adora el cuerpo porque mira a la raza, y lo rectifica con la eugenesia; el cristianismo cultiva el espíritu por que atiende a la humanidad, y lo corrige mediante el cuerpo mismo.
Es el mundo físico el que establece la diversidad, gradúa las jerarquías ficticias; en el mundo de los espiritas reina la igualdad, la cual sólo es posible en cuanto se logra superar los límites corpóreos en una aspiración de perfeccionamiento moral.
Verdad es que también el espíritu helénico —iluminado por los átomos del Verbo seminal esparcidos en la opacidad del alma antigua— había sentido en un momento dado un impulso a desligarse de la cárcel en que lo tenían enjaulado el cuerpo físico y la presión animal del prójimo.
Los iniciados en los misterios dionisíacos creían conseguir esta emancipación con un desencadenamiento báquico35 de la psiquis,
verificado con artificios rituales.
Platón, recogiendo esta exigencia catártica expresada por el alma popular en el culto dionisíaco y por la contemplación conceptual de los pitagóricos, entrevió la liberación en la renuncia al mundo terreno, en el dominio de los sentidos, en el derrumbamiento de los valores tradicionales, por lo cual señaló el fin de la vida en el más allá, fuera del mundo visible.
Libertad, espacio, aire terso, luz: los apetitos del sentido engarzándose con los del prójimo traman una malla de acero bajo la cual languidece el alma, como el cuerpo de los mártires en los subterráneos del Mamertino.
Tomada la ilusión por realidad, se hace deidad absorbente de la existencia este relativismo de apetitos insatisfechos, de trabajo esclavizado por saciarlos, en una alternativa de noches insomnes y de días febriles, topando unos contra otros, embistiéndonos como los condenados de Malebolge36, echando en olvido en el fragor que constituye esta vida
nuestra, el fin de nuestro destierro, que Dios quiso breve para que no se hiciera ardua la prueba.
No nos libertamos sino en Dios, en el amor de Cristo, en la fidelidad a su ley tremenda.
Santa Catalina de Sena, con el imperio de su virginidad que la sublimaba a Dios, nos aconsejó esta fidelidad, dejándonosla en herencia.
“Dije que deseaba veros servidores fieles; este servir os hará reinar en esta vida por gracia, y señoreréis el mundo, la carne y el demonio; y
hechos libres, seréis vinculados con el vínculo de la caridad, humildes,
mansos, y con verdadera y santa paciencia.”
Más, ¿cómo esta carne puede convertirse en templo del Espíritu Santo, según la iluminada expresión de San Pablo?
“Custodia esta tu carne pura e inmaculada, para que el Espíritu Santo que en ella habita le dé testimonio de merecer la justificación.
Cuida de que jamás asalte tu corazón el pensamiento de que tu carne es corruptible; jamás hagas de ella uso impuro. Porque contaminando tu carne, contaminarás el Espíritu.” (Hermas).
He aquí la subordinación; y también la solución; y sobre todo la 36 Malebolge o Fraudulentos es el octavo círculo del Infierno, la primera parte de La Divina Comedia de Dante Alighieri. Este foso circular y concentro está dedicado al castigo de este fraudulento: los malos consejeros (los que hacen incurrir en fraude mediante consejos malintencionados). (N. del E.)
liberación.
Considerado el cuerpo como templo, el alma se ve arder dentro, por transparencia, como una llama dentro del alabastro.
Aquí las miras del cristianismo son absolutamente inconciliables con las tendencias de aquel cuerpo que la Biblia llama mundo. De los carpocracianos37 a los neomaltusianos se han inventado un sinnúmero de
teorías para obscurecer la limpieza de relaciones que la moral establece entre los dos sexos. O matrimonio, o castidad. Las soluciones intermedias son componendas. Y surge aquí el más vivo conflicto entre los dos órdenes, que la guerra mundial exasperó, desatando un hormiguero de instintos, frenado antes por una inhibición de generaciones. Aquí la artillería, que derribó tantas barricadas, abrió una nueva brecha en el dique moral: Y por ella se está precipitando una juventud enloquecida. El varón acosa la mujer; el ardor pasional extingue el vigor de los veinte años. La mujer acosa al varón, sin tener cuenta con el pudor; se despoja o viste conforme lo exija la carnalidad sexual.
Mientras tanto, la Iglesia trabaja sola, hecha blanco de injurias y de golpes hasta de parte de la ciencia y de la filosofía propulsora de un 37 Carpocraciano es el nombre dado a los seguidores de un movimiento gnóstico del siglo II que profesaban la doctrina de Carpócrates de Alejandría. Reyes, hijo de Carpócrates y su esposa Marcelina organizó la secta en Roma bajo el pontificado del Papa Aniceto. Rechazó el Antiguo Testamento, y afirmó que José es el padre carnal de Jesús. Defendió la preexistencia de las almas para explicar las imperfecciones del hombre y decir que nuestro objetivo último es unir a la Divinidad. Carpócrates enseñó que en el principio existía la primitiva fuente divina, “el padre de todo”, “el único principio”. Los ángeles, que están lejos de esa fuente, son quienes han creado el mundo. Los demiurgos del mundo han aprisionado en cuerpos las almas caídas, que originalmente colaboraron con Dios y ahora tienen que pasar por cada forma de vida y cada acto para recuperar su libertad. Para lograrlo se necesita una larga serie de transmigraciones a través de los cuerpos. Durante sus transmigraciones las almas retienen el poder de la memoria, aunque en grado diferente. El alma de Jesús, hijo de José, poseía el poder de recordar a Dios con la mayor pureza. Por lo tanto, Dios le invistió de poder para escapar de los demiurgos del mundo y despreciar las costumbres judías, en las que fue criado. Cualquiera que piensa y actúa como él, obtiene el mismo poder. Esta es la fe y el amor por el cual somos salvados; cualquier otra cosa, esencialmente indiferente, es buena o mala, piadosa o vergonzosa sólo según el concepto humano, pues por naturaleza nada es