En los últimos tiempos, el pueblo wayuu ha experimentado profundas transfor- maciones en su forma de vida en las rancherías y en las diferentes maneras en que transmiten sus saberes. Sin embargo, gracias a la fuerza del arraigo a la tradición, siguen preservando prácticas de cuidado que les dan identidad. La experiencia de comprender las prácticas de cuidado originarias con la comunidad fue una oportu- nidad para percibir y sentir el origen de la vida wayuu. Juana, de 90 años, recrea en su memoria el canto jayeechi, en el que la palabra como esencia es la que habita en el cuidado de la comunidad.
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La abuela Juana.
Fuente: Archivo Maribel Vergara.
Juana tenía trece años cuando se desarrolló. Ese es el comienzo de un largo encie- rro que duraría tres años: la bañaron, le cortaron el pelo como símbolo de cambio y re- novación, y la dejaron colgada del chinchorro los tres primeros días. En un cuarto, sola y aislada de la comunidad, Juana era atendida por su madre y una hermana mayor quien la ayudó durante un mes con el baño que se hacía sobre una piedra. Transcurri- do el mes, y cuando se hacía de noche, ya estaba preparada para bañarse sola, lo hacía de madrugada para no ser vista; se bañaba y se metía, sola, en el cuarto. El encierro era la preparación para las tareas del hogar, el tejido y la maternidad. Mercado (2016) dice:
La naturaleza es también madre. La abuela araña (Waleker), que vino a enseñar a la mujer wayuu el arte del tejido, es hija de la naturaleza. Esta naturaleza es su integridad, en su virginidad en su estado natural. (p. 82)
En la enseñanza heredada, las actividades del hogar, levantarse de madrugada a cuidar de los animales, ordeñarlos y criarlos está el entramado de la cultura wayuu y sus valores fundamentales que trascienden y dan sentido, identidad y colectividad.
Ya no eres una niña, eres una señorita, ya te tienes que comportar, tienes que ver la vida de otra manera, -le decía su madre- ya te van a hablar de una persona, tú vas a tener tu pareja, vas a casarte algún día y tú tienes que ver que esa persona sea un hombre trabajador para que te respeten, para que te vean con admiración, para que cambies. Así Juana agarro consejos desde el principio. (Voz de Juana)
Anteriormente existía la partera wayuu, dice Juana, ella era la que se encargaba de cuidar al bebé en el vientre, ella se ocupaba de acomodar y arreglar la barriga, pues sabía cómo viene el niño. Cuando un niño juguetea en la barriga, es señal de bienestar y, por tanto, nacen rápido, sin dolor y sin problema; en cambio, cuando el bebé viene de mala manera, la partera lo acomoda y anuncia cuando la mujer va a dar a luz. Ella recibe el niño, lo baña y le corta el cordón.
Acosta (2016) establece que la mujer es quien forja la vida de todos los miembros, y los organiza. La casta viene desde su embarazo, el eiruku, que literalmente traduce
carne. Ella, al traer al mundo un bebé, trae con él un pedazo de su carne, que expresa en un grupo familiar o clan con un terreno, y constituye el respaldo establecido, dado por el parentesco materno. A los familiares por eiruku, se les dice los apushii (descendientes uterinos), que traduce verdadera familia, y les determina la vida, ya que su accionar es para fortalecer su clan y mantener el respaldo de su casta.
Después del parto, a la madre la cuidan en la mañana y en la noche con tomas de una planta roja que le ayuda a limpiar el útero. Para la lactancia se ordeña a la vaca y el chivo y así hacen chicha con leche. Y para que la mujer no quede barrigona o se ponga vieja rápido, le dan de beber algo ligero como chicha caliente sin nada de dulce.
Desde el acto de nombrar y dar lugar a su experiencia, Juana declara que el cui- dado está en la comunidad, en los profesores y la familia; en la responsabilidad de asumir a los niños desde pequeños, conversarles, hacerles ver de buena manera cuál es su futuro y las dinámicas grupales que dan sentido a la marca de ser wayuu. En la memoria narrada de Juana se delinea un mapa del cuidado que está en los objetos, las historias, el espacio y el territorio.A la narrativa de Juana, se suma la figura del señor Edicto, el palabrero putchipuü, portador de la palabra y el saber, encargado de proteger y guardar la concordia en las rancherías pues representa el ideal de paz y de cuidado. El palabrero es memoria viva que sirve para evitar violencias porque conoce su cultura y sabe resolver los problemas que surgen a raíz de los conflictos entre familias y evita la sangre; también usa su palabra e inteligencia para llevar la paz y la armonía; por eso al palabrero lo cuida y conduce por la vida un abuelo o un tío paterno, lo guía para saber llevar la palabra, una palabra cuidadosa que no lastime los sentimientos de quien la
recibe, poderosa, que es conciliadora. Mercado (2016) señala que “cuando un Putchi- puü (palabrero) va a resolver un conflicto, tiene que tener toda la serenidad del mundo para no dejarse intimidar o calentarse con los insultos” (p. 216).El palabrero tiene que hacerse desde pequeño, aprender del oficio del cuidado de los animales, debe apren- der a respetar, a ser muy preciso en las cosas y a hacer caso, además de ser analítico. De niño debió jugar poco.
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Don Edicto – El palabrero-.
Fuente: Archivo Maribel Vergara.
Para el señor Edicto a los jóvenes de hoy se les debe enseñar muy bien la cultura; la experiencia con los ancianos enseña a los más jóvenes a escuchar y respetar. Los niños deben usar con decoro el shein (la manta) porque es símbolo de la cultura y lleva tiempo aprender a usarla, no debe tomarse como un disfraz. Para evitar la vergüen- za étnica y rechazo por las tradiciones, el señor Edicto dice que se debe trabajar por la familia y por comunidad sin dejarse contaminar por lo occidental.En la figura del palabrero está el punto de partida y llegada para permanecer en sus raíces, conservar la cultura y la palabra como eje central. Mandar la palabra es hacer que las cosas suce- dan, es un compromiso vital, pues la palabra queda en el corazón de quien la manda y la recibe, no se la lleva el viento. La figura del palabrero es comparada con la lluvia que
trae armonía, espiritualidad y alegría, tiene en su cabeza las enseñanzas de generacio- nes y ayuda a preservar el sentido colectivo y de pertenencia a la familia.