Una de las opciones contemporáneas en investigación social en América Latina, que recorre los caminos en las dos últimas décadas han sido las investigaciones co- laborativas, las cuales se sustentan a partir de ciertos posicionamientos teóricos pro- ducto de las emergentes y múltiples perspectivas des-colonizadoras en el continente.
Al realizar procesos de investigación durante largos trayectos de experiencia pro- fesional, señalamos como investigadoras, que en este recorrido exploramos nuestras propias capacidades de comprensión en donde al reconocernos como sujetos activos producentes de memoria (Medina, 2013), al mismo tiempo reconocemos niñas y ni- ños en su condición activa, partícipes y constructores de sus mundos de vida sociales, en tanto sujetos sociales son producentes de lenguajes, de recuerdos, de acciones y prácticas que condensan las propias memorias sociales, por lo que hacen memoria construyendo y participando junto con otros, (niños y niñas, madres, padres, familias, abuelas y abuelos, agentes comunitarios) en las actividades productivas y culturales en su contexto (Medina y Martínez, 2016).
Estas formas de participación infantil se articulan a las formas de acción política y de los posicionamientos de los grupos y organizaciones a los que se adscriben sus propias familias, o tal vez otras familias no necesariamente las suyas; pero que al com- partir con otras y otros niños se involucran de los procesos de lucha y organización. En este contexto el realizar investigaciones colaborativas implica reconocer que los “otros y otras”, como agentes políticos, muchas veces ya no se encuentran dispuestos a seguir estableciendo relaciones asimétricas aceptando ser “objetos pasivos de estudio”, por lo tanto reclaman a los investigadores establecer relaciones comprensivas sobre los pro- cesos de lucha y resistencia, implicándose en los ámbitos de realidad, reconociéndolos no sólo como sujetos, sino como actores sociales; hecho que reconfigura la relación de supuesta objetividad, tanto del que investiga como del sujeto social, cuestionando la postura de externalidad (Spivak, 2013).
De esta manera las infancias como construcción social se inscriben y generan “zo- nas de experiencia” (Medina, 2016a), como actores de sus propios espacios biográficos (Medina, 2016b; Arsfuch, 2002); por lo que las infancias participan activamente del terreno emergente de las movilizaciones y demandas reivindicativas de los pueblos subalternos en el contexto de América, cuyas praxis cotidianas han sido sustento de profundas transformaciones de carácter epistémico (Medina, 2015). En este sentido, es fundamental explicitar el contexto social, cultural y político, tanto del sujeto-investi- gador, como de los actores sociales en su construcción como sujeto-colaborador a fin de reconocer su diversidad en historias, lenguas y culturas, lo que generará otras expe-
riencias de investigación: en diálogo con la niñez, propiciando más la colaboración y la solidaridad desde la reflexión de los saberes y prácticas, propias y compartidas.
Los pueblos indígenas y afroamericanos se encuentran diferenciados colonial- mente por condición social, étnica y de género, en consecuencia las voces infantiles de niños pertenecientes a estos pueblos se hallan también, y tal vez de forma exacerbada, en condiciones complejas de intervención de múltiples exclusiones.
Si reconocemos los espacios de formación de los sujetos, las infancias compar- ten no solamente estas formas de discriminación colonial, sino también los espacios y procesos de resistencia construidos inter/generacionalmente por sus comunidades y pueblos. Así las infancias emergen como sujetos vitales con demandas sociales y polí- ticas, de ahí la necesidad de comprender sus miradas, escuchar sus voces y configurar espacios de diálogo y encuentro.
Reconocer sus formas de participación y construcción de conocimiento vincula- dos a las propias contradicciones de diferencias políticas, étnica, social y de género, aunada a la discriminación por sus edades en contexto de fuertes alteridades históri- cas (Segato, 2007).
En consecuencia, para el encuentro con las infancias debemos comprender la in- ter/seccionalidad en la configuración y apropiación de sus mundos de vida. Es en estas formas de apropiación que se configuran a su vez los “modos de subjetivación” (Medi- na y Da Costa 2016), como formas de experiencia en y del mundo de vida: espacios en que se construyen, en el caso de las infancias, los referentes elaborados en contexto, las niñas y los niños como sujetos situados crean y recrean a partir de las interacciones y aprendizajes, como modos de apropiación, enunciando de formas particulares y pro- pias las elaboraciones de mundo.
Proceso al que nos referimos como condensación de espacios y zonas de expe- riencias (Medina, 2016a). Estas zonas de experiencia, como procesos sociales, no pue- den ser lineales y repetibles, mucho menos medibles, sin embargo, al concebirlos como discursividades pueden ser comprendidos como textos, inter-textos, los cuales se producen y se co-construyen y se co-interpretan. Es decir, tanto se conforma un “yo”, como un nosotros, y “los otros”, como sentidos de alteridad y pertenencia. Los actos de aprehensión del mundo, y su transmisibilidad, al comunicarlos se construyen sentidos múltiples desde la propia inteligibilidad como de las afecciones-afectos, referentes que constituyen a los espacios mismos de la experiencia infantil.
Las experiencias, implican la alquimia que constituye a los modos de subjetiva- ción, a decir de Foucault (2001: 241): “... a través de los cuales, en nuestra cultura, los seres humanos se han convertido en sujetos”. En este contexto, al encontrarse las niñas y los niños como sujetos activos, sus formas de participación en los mundos de vida, y
sus definiciones de sus propios contextos, conducen a comprender que se encuentran en intensos procesos de subjetivación política (Modonesi, 2010), en donde actúan, elaboran y expresan sus propias demandas, pero al mismo tiempo se conjugan con aquellas de sus familias y pueblos de pertenencia.