Contexto de la experiencia
Los wayuu son un pueblo aborigen de carácter matrilineal y clánica, ubicado en la península desértica de La Guajira sobre el mar Caribe, perteneciente a la familia lingüística arawak e idioma wayuunaiki. Es un pueblo disperso debido a la aridez del terreno y su escaso acceso al agua, cuyas principales actividades son el pastoreo y la pesca, unido a los tejidos y explotación de sal, que centra su identidad con los elemen- tos sanguíneos y territoriales. Acosta (2016), refiriéndose a los wayuu escribe:
(…) han desarrollado una compleja y profunda relación con la naturaleza que les determina una sofisticada estructura social y cultural, basada en clanes familiares que definen el territorio y la forma de ordenar, usar y manejar los recursos naturales. (p. 23)
Sobre este territorio y su cultura suponemos se ha escuchado mucho, pues lo me- dios de comunicación de nuestro país se han encargado de difundir la difícil situación en la que viven, unido a la corrupción y robo de los recursos que son destinados para la población, que ha hecho que las condiciones sean aún más difíciles y complejas.
Sin embargo, aquel que se acerca a este territorio con otras perspectivas puede tener otra versión sobre lo que aquí sucede, pues tiene la oportunidad de convivir y acercarse a las diferentes maneras como la comunidad se organiza y vive su vida, las
prácticas que organizan para hacer frente a las condiciones climáticas, a la escasez de los recursos básicos (agua, luz y alimentación) y a las precarias formas de vivir por la negligencia del Estado que los tiene abandonados; seguramente suena catastrófico, pero así es. Lo que sí se nos presenta como algo maravilloso es encontrar un grupo humano que le hace frente a la situación y asumen su realidad con entereza, lo que les permite organizarse para ofrecer condiciones favorables para atender el cuidado y la educación de todos, incluidos los niños.
Este es el caso de la Institución Etnoeducativa Rural Indígena de Siapana, ubicada en el medio de un gran desierto que se revela al iniciar el recorrido en Riohacha (capital de La Guajira) bordeando la península por el mar Caribe hasta el turístico y encantador Cabo de la Vela. El recorrido continúa luego de traspasar la visión meramente turística y se adentra en un territorio que solo unos pocos nos atrevemos a descubrir: la “otra Guajira”, la del pueblo wayuu. El desierto se nos presenta con sus contrastes, lo exótico del paisaje en el Parque Nacional Natural de La Macuira, un oasis cercano al internado y los peajes humanos de familias y grupos de niños y jóvenes que encuentran en esta práctica un medio para subsistir.
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Ubicación corregimiento de Siapana en la Alta Guajira de Colombia.
Allí, en el internado, se presenta ante nuestros ojos el encuentro con parte de la cultura: los tambores, el rojo de las mantas guajiras (wayuushein) de las niñas, el shein de los niños, la alegría, las arengas y la yonna, el infaltable baile típico de los wayuu. Es de puertas para adentro que inicia esta parte de la experiencia que queremos contar, en este espacio encerrado por muros y puertas que se contribuye a formar a los niños y jóvenes wayuu. Encerrar es una costumbre de occidente pero que hoy en día es nece- saria para ellos, pues de no ser así se está expuesto a todos y a todo, dice la rectora del internado: “Cuando yo llegué esto no tenía muros y todos podían entrar, ahora con los muros protegemos el internado” (Diario de campo Alice Gutiérrez - 18.06.18).
F O T O G R A F Í A 1 .
Portón de ingreso al internado.
Fuente: Archivo Maribel Vergara (junio de 2018).
El colegio recibe a diario mil estudiantes que van desde la primera infancia hasta el grado once, provenientes de diferentes rancherías. Allí se encuentra un total de 600 internos entre niños y niñas. La historia del internado tiene su origen en un sentido misional de evangelización. Sin embargo, con el tiempo se convierte en una estrategia de la política pública nacional de garantía de derechos relacionada con la cobertura y la calidad, en este caso, centrada en el suministro de nutrición básica y educación que se encamina a la idea de una atención integral.
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Bienvenida a los invitados.
Fuente: Archivo Alice Gutiérrez (junio de 2018).
La mirada contextualizada de quienes hicimos el recorrido posibilita ubicar par- te de la realidad de lo que puede significar el ser wayuu desde la perspectiva de los arijunas, en un contexto donde las dos culturas tienen la oportunidad de compartir experiencias que pretenden el bienestar de todos, especialmente de aquello que está relacionado con el cuidado y la educación.
Desde el enfoque de las geografías, el territorio guajiro se articula por un conjun- to de significaciones grupales en el que la cultura, a través de algunos fragmentos de la cotidianidad, se muestra y se convierte en un reflejo de lo que se va comprendiendo respecto al significado de ser un indígena wayuu; así el espacio cobra sentido en estas identidades dando un lugar a la construcción del ser que se muestra. Por lo tanto, el cementerio familiar, la ranchería, la enramada, los corrales, el molino y el chinchorro se dotan de sentido a través de la experiencia que se narra de la vivencia compartida con este grupo wayuu.
Las vivencias que narramos hacen parte de una investigación cuyo propósito se centró en revelar las experiencias de cuidado y educación que promueven en el con- texto familiar y centros educativos de atención a la primera infancia en diferentes co- munidades, especialmente en la cultura wayuu, que se ubica espacialmente en el co- rregimiento de Uribia en la Alta Guajira en el corregimiento de Uribia, específicamente en la Institución Etnoeducativa Integral Rural Internado Indígena de Siapana.
Durante una semana desarrollamos la experiencia de participación con una par- te de la comunidad de Siapana: familias, profesoras, estudiantes de bachillerato y un grupo de niños de los grados transición y primero de primaria. Los encuentros se lle- van a cabo a partir conversaciones con los adultos y una curiosa mirada sobre lo que allí pasa, mientras que con los niños se recrea a través del taller: “Los mapas de mi comu- nidad en La Guajira”.
Como lo plantea Cele (2006) citada por Ortiz, Prat & Ferré (2011) cuando se refiere a las maneras de trabajar desde las geografías de la infancia:
Hay que reconocer que las experiencias cotidianas de los niños no son homogéneas y que existe una multiplicidad de infancias significa reco- nocer también que es necesario acercarse a los niños y niñas desde dis- tintos ángulos y a través de diferentes técnicas. Por ello, desde la geogra- fía de la infancia se ha recurrido ampliamente a los métodos visuales con el fin de motivar y estimular la participación de los niños, así como, crear un ambiente relajado y divertido para la investigación. (p.62)