2.1.2.1 Dimensión Histórica. Comenzamos por la Sagrada Escritura, que no propone un concepto elaborado de la libertad. La noción griega de eleuthería carece de equivalente exacto en el Antiguo Testamento; sin embargo, todos los hechos que hacen parte de su campo semántico, se entienden como liberación. Por ejemplo el Éxodo proporciona su referencia central a la idea bíblica de libertad (Ex 20,2); en el Deuteronomio, la acción liberadora de Dios aparece por primera vez, contra el uso jurídico/profano de la palabra, bajo la categoría teológica de la redención (Dt 7, 8; 9, 26; 13, 6; 21, 8; 24, 18); mientras que el testimonio de los profetas relaciona la salvación del pueblo, con la liberación definitiva del último día (Is 35, 10; 51, 11; Jeremías 31, 11. Isaías 35, 10; 51, 11; Jeremías 31, 11). El Génesis también se refiere indirectamente a la libertad, al hablar de pecado (Gn 3, 1-13). En el Nuevo Testamento, la libertad aparece también como acción liberadora de Dios, con la venida del Reino y con la vida, muerte y resurrección de Jesús. Dios desvela en Jesucristo el plan de salvación universal por el que, en su voluntad insondable, libre y gratuita, ha destinado a los hombres a entrar en comunión con él (Ef 1, 3-14). En lo que se refiere a los sinópticos, el término aparece una vez con toda claridad: “los hijos son libres” (Mt 17,26); mientras que en Juan, se destaca que la enseñanza de Jesús confiere el
conocimiento de la verdad, y este conocimiento conduce a la libertad (Jn 8,31)113. En la teología paulina, especialmente en Romanos, Corintios y Gálatas, la libertad se entiende como un bien salvífico universal, que atestigua el carácter gratuito de la salvación y libera al hombre de todas las potencias, incluidas las de la muerte (Rm 8, 2).
La falta de libertad que descubre la fe apunta a lo más hondo en el ser humano: no sólo una limitación exterior, sino la corrupción personal por el pecado y la muerte (Rm 6,20ss). La libertad de los cristianos se funda en el hecho de su redención. Cristo al perdonar los pecados, nos ha liberado para una nueva libertad (Ga 5,1), que en su esencia es gracia, posesión del Espíritu (Rm 8,2)114.
Es así como las ideas paulinas se agrupan en torno a tres temas capitales: el primero tiene que ver con el bautismo, pues gracias a éste se produce una eliminación soteriológica de las fronteras entre libres y esclavos; el segundo, se refiere al Espíritu Santo, pues gracias a la posesión del Espíritu, los cristianos han alcanzado la libertad del pecado, de la muerte y de la necesidad de utilizar la ley como camino de salvación; y, el tercero, se refiere a la libertad por la posesión del Espíritu, pues no es otra cosa que la vinculación en virtud de
una nueva “esclavitud”115. De esta manera, el bautismo, el Espíritu Santo y la libertad por la
posesión del Espíritu Santo favorecen el ejercicio permanente de la libertad de los hijos de Dios.
En cuanto a la Tradición teológica es bueno recordar que tanto los Padres orientales como los occidentales alcanzaron un nivel más profundo de la libertad personal. La presentan como el don originario más valioso entregado al hombre por el Creador, y la defienden de las concepciones gnósticas del mundo antiguo. La libertad es, según ellos, una vocación y un modo de vivir con dignidad y alegría; se realiza plenamente en el amor. Sin embargo San Agustín nos recuerda que la libertad humana es una libertad caída que necesita la gracia para alcanzar a Dios; pero los teólogos de la Edad Media no comparten del todo sus planteamientos. Por una parte, Santo Tomás proyecta una explicación de la libertad que integra todos los aspectos discutidos en la Tradición y que arranca del principio general: “la
113 Ver. Burggraf , “Libertad”, en:Izquierdo, César (dir), Diccionario de teología, 568. 114 Ibid.
115 Ver. Berger, Klaus, “Libertad”, en Rahner, Karl y Alfaro, Juan (dirs), Enciclopedia Teológica
gracia supone y perfecciona la naturaleza”116. Y por otra parte, los teólogos católicos y
protestantes se distanciaron entre sí, a causa de las profundas diferencias que surgieron a raíz de las discusiones que se refieren a la naturaleza del hombre destruida o solamente lesionada por su caída histórica. Las dos confesiones están de acuerdo con que la libertad que nos otorga Cristo, por la gracia, es libertad para hacer el bien, poniendo las leyes humanas al servicio de la caridad. Esta concepción garantiza un camino de autenticidad; sin embargo, la cultura moderna se ha situado en la antítesis de la concepción cristiana de la libertad y la presenta como autonomía del hombre, en el sentido de independencia ante Dios y ante las autoridades humanas, las instituciones y las leyes117; lo que anuncia una posibilidad de desviación en las operaciones humanas auténticas.
En cuanto al Magisterio, cabe anotar que la iglesia católica ha defendido siempre la libertad, rechazando los determinismos antropológicos, las doctrinas sobre la predestinación y los sistemas fatalistas de todas las épocas que pretenden convertir al hombre en objeto de operaciones extrínsecas a él. La Iglesia resguarda la libertad como una doctrina y subraya la responsabilidad del hombre con respecto a su propia vida y frente a los demás; pero en las declaraciones doctrinales, la Iglesia no describe la esencia de la libertad, sino que la presupone como “…un don divino y por consiguiente libertad y gracia
van juntas más que oponerse”118
2.1.2.2 Dimensión Sistemática. Desde la sistemática hablaremos de las formas de libertad, de las influencias sobre la voluntad, de los actos de voluntad y de las características del acto libre.
En cuanto a las formas de libertad, tenemos la libertad interior y la libertad de ejercicio. La libertad interior, llamada también libertad fundamental se traduce en el espacio interior inviolable, en el que la persona está, de algún modo, a disposición de sí misma. La libertad
116 Ver. Burggraf, “Libertad”, en:Izquierdo, César (dir), Diccionario de teología, 569. 117 Ibid.
118Ladaria, Luis F., “Gracia”, en: Izquierdo, César (dir), Diccionario de teología, Pamplona:Eunsa, 2006, p.
de ejercicio tiene que ver con una pregunta clave: ¿para qué utilizo mi libertad? Si se carece de una meta alta que valga la pena conseguir, la libertad puede reducirse a cosas insignificantes. En este caso, la libertad se mide por aquello a lo cual nos dirigimos: cuanto más grandes son las aspiraciones, más grande es la libertad.
En lo que se refiere a las influencias sobre la voluntad, vale la pena aclarar que el entendimiento, los sentimientos y las situaciones exteriores juegan un papel decisivo. El entendimiento tiene que ver con la voluntad, porque la voluntad no se mueve a querer, si previamente la inteligencia no le propone un objeto conveniente; ni la inteligencia entiende algo, si no es aplicada a la acción por la voluntad. Por otra parte los sentimientos pueden perfeccionar la libertad como también pueden oscurecer su verdad. Es necesario tomar en serio las experiencias afectivas, aceptarlas, identificarlas y ordenarlas rectamente; aquí el acto libre de la voluntad puede consistir en corregir algunos sentimientos, como la envidia y el odio. Las situaciones exteriores pueden disminuir notablemente la libertad sin excluirla por completo: una persona puede estar condicionada por muchos factores, pero es libre porque tiene la capacidad de discernir sobre los condicionamientos.
Si hablamos de actos de la voluntad, podríamos decir que en dos actos se ejerce la libertad humana: la elección (acto secundario) y el amor (acto principal). Al hablar de elección, podemos decir que la libertad se realiza y perfecciona en la medida que el hombre se ordena hacia un bien que tiene razón de fin. Lo decisivo no es tener varias posibilidades de elegir, sino llegar al fin. Al hablar de amor, es bueno recordar que “el hombre está llamado a amar a Dios y a los demás hombres con todo el corazón. Así realiza plenamente su libertad, y alcanza la máxima autorrealización”119. Esto se convierte en el principio y
fundamento120 del que nos habla San Ignacio y con lo que me identifico plenamente. El acto libre tiene dos características fundamentales: por una parte, es un acto irreversible porque la fuerza de una actuación libre nunca se agota en un acto individual, sino que crece
119 Ver. Ibid., 573.
120 El principio y fundamento de nuestra vida es este: Hemos sido creados para Alabar y Servir a Dios y
en la medida que se multiplican las consecuencias y por otra parte, es un acto imprevisible porque los actos libres de los hombres son incalculables. Cada persona puede poner en cada momento, un nuevo comienzo. Esto además de ser un estímulo, es también un riesgo porque el futuro es sumamente inseguro.
2.1.2.3 Reinterpretación contemporánea. En los tiempos modernos, emerge una concepción puramente humana de la libertad que intenta afirmarse y desmarcarse de la libertad cristiana. Esta voluntad fundamental de libertad traduce la exigencia ética de la época. La idea de la libertad humana encuentra así su expresión apropiada en el concepto de autonomía: la libertad es poder de determinarse como ser de razón; sin embargo, muchos pensadores cristianos insisten en indicar que “la libertad cristiana debe poder exponerse como promesa contenida en la gracia de Dios, y la gracia como acontecimiento de un sentido que no anula la libertad humana, sino que la realiza”121, señalando, además, que
“incluso bajo la influencia del pecado, la persona permanece fundamentalmente libre y
debe colaborar misteriosamente con la gracia divina para salvarse”122.
Partiendo del recorrido antropológico de la libertad y ubicándome en la perspectiva cristina de la misma, a la luz, especialmente del Nuevo Testamento, no podría desligar la categoría, del papel auténtico del cristiano, que busca constantemente ordenar la propia vida sin determinarse por afección alguna desordenada. Aquí se encierra una primera intuición sobre la libertad: el hombre tiene el poder de configurar su propia vida; pero, ahí se encierra también una primera alarma sobre esa libertad: una serie de afectos humanos que pueden hacerse dueños de ella y limitarla o esclavizarla123. Este carácter dinámico de la libertad en la vida del hombre cobra sentido en la medida que se tenga claro el fin o la meta, en este caso, la búsqueda permanente de la voluntad de Dios, para más amarlo y servirlo. Desde el
121 O´Donovan, “Libertad”, en: Lacoste, Jean – Yves (dir), Diccionario Akal crítico de Teología, Madrid:
Ediciones Akal, 2007, p.706.
122Burggraf. “Libertad”, en:Izquierdo, César (dir), Diccionario de teología, 569.
123 Ver. González, Faus, José Ignacio, Adiestrar la libertad, Meditaciones de los ejercicios de San Ignacio,
horizonte del amor, esta libertad se amplía tanto, que creo en la afirmación de San Agustín
cuando dice: “Ama y haz lo que quieras”.