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analógico porque se atribuye diversamente en cada caso a seres diferentes. Desde la antigüedad se distinguen dos clases de libertad: libertad negativa o relativa (ser libre de) y libertad positiva o absoluta (ser libre para). Así al concepto negativo y relativo se contrapone un concepto positivo absoluto de libertad: un ente es positivamente libre en el grado en que se posee a sí mismo y en esta relación consigo mismo tiene la condición suficiente de todo su ser y obrar.

La libertad humana no es ni la mera libertad negativa y relativa, ni la libertad positiva absoluta. Es cierto que el hombre, en parte, dispone de sí mismo y con ello dispone de partes del mundo como señor suyo; pero el hombre está igualmente entrelazado con el mundo. Es básica para toda libertad humana aquella libertad que llamamos trascendental, que consiste en la propiedad fundamental del hombre, por la que sólo él tiene capacidad de

107 Poder o capacidad del individuo para elegir una línea de acción o tomar una decisión sin estar sujeto a

limitaciones impuestas por causas antecedentes, por la necesidad, o por la predeterminación divina.

108 Sobre el auto sacramental La vida es sueño, una referencia puntual en Valderde e Ynduráin, “Introducción”, pp. 18-19.

109 Ver. Blanch, El espíritu de la letra, 60-66.

110 Burggraf, J., Libertad, en: Izquierdo, César (dir), Diccionario de Teología, Pamplona: Eunsa, 2006,

decir “es”. Esta libertad trascendental, que pertenece a la “dotación” del hombre en cuanto tal, no puede quitársele nunca, porque ella en su vaciedad e impotencia, apunta a otra manera de libertad; la llamamos libertad de decisión o libertad existencial, que significa un estado en el que el hombre debe actuar siempre (haciendo u omitiendo), pero teniendo la posibilidad de muchas acciones, frente a las cuales él está indeterminado.

Surge aquí la polémica acerca de la libertad o no libertad de la voluntad. El determinismo afirma que no existe tal indeterminación y que el hombre, como todos los entes, está totalmente determinado; sin embargo, es necesario aclarar que la libertad de acción y de elección por la que la libertad como estado, como indiferencia, es conducida a la realización de la autodiferenciación activa, no podría designarse como libertad si sólo fuera arbitraria y caprichosa en la determinación de la propia espontaneidad y del contenido que ha de darse a la distancia vacía. Elegimos una cosa porque en virtud de su valor, es preferida a otra cosa también valiosa. Hemos de advertir que algo es un valor y un “motivo” para nosotros, porque nos lleva a nuestra realización.

La libertad tiene una estructura social constituida por cinco principios, que sacan las consecuencias de una concepción de libertad, apoyada en todos los conceptos de libertad aquí desarrollados, y no procede unilateralmente a partir de un solo concepto111: el primero se refiere al Principio de indivisibilidad o totalidad, que se deriva con necesidad ineludible de la unidad análoga del concepto de libertad. Una libertad meramente interior, una libertad meramente trascendental o trascendente, no es posible; del mismo modo que un dominio técnico puramente externo sobre las cosas, si no procede de esa relación interna consigo mismo y vuelve nuevamente a ella, no puede llamarse libertad. El segundo principio es el

Principio de historicidad en el que, el hacer y la cosa hecha, la persona y la obra son lo mismo: el hacer se realiza en lo hecho, la obra “es” sólo en cuanto modo de ser del hombre libre. Un solo y mismo acto me pone en la obra y pone la obra en mí. El tercer principio es el Principio de socialidad. Aquí la mayor parte de las obras jamás pueden ser producidas

111 Ver. Müller, Max, “Libertad”, en Rahner, Karl y Alfaro, Juan (dirs), Enciclopedia TeológicaSacramentum

por un solo individuo. Cuando se juntan personas libres para llevar a cabo en común un sentido, una tarea que sólo puede realizarse por la distribución de trabajo, entonces la libertad presenta la forma de integración de toda una serie de aportaciones libres.

El cuarto principio es el Principio de sustancialidad o de personalidad de la libertad, en donde la libertad tiene como sujeto propiamente dicho y último al individuo libre, pues la libertad es la historia de llegar a sí mismo, que culmina en el estar en sí mismo. Finalmente, tenemos el Principio de subsidiaridad, que reconoce a la persona no sólo como el auténtico portador, como origen y a la vez meta de la libertad, sino también como el agente primario de la misma, que debe realizarse por sí mismo a pesar de todos los auxilios que le vienen de la sociedad, del Estado y de la Iglesia.

Después de la explicitación de los principios de la libertad, es de vital importancia conocer el concepto occidental a lo largo de la historia, pues se puede apreciar el proceso de la categoría a través del tiempo. Hablaremos del concepto griego de libertad, del concepto cristiano de libertad, de la repercusión de ambos conceptos hasta el Renacimiento y de las maneras secularizadas de entender la libertad. Los griegos concebían la libertad no como libertad de la persona que decide respecto de sí misma, ni como libertad de la voluntad, sino como libertad del Estado de los ciudadanos y como libertad del ciudadano del Estado. El individuo en la comunidad sólo es positivamente libre en relación con su comunidad: si él se realiza en la comunidad, ésta se realiza en él. Aquí la libertad tiene un carácter comunitario, que podría obstaculizar o favorecer la armonía de la comunidad.

En el ámbito cristiano, hay tres cosas que se derivan de su concepto sobre la libertad humana: la primera se refiere a que la libertad humana es una libertad caída y como tal necesita de la gracia sanante; la libertad humana por sí sola cae necesariamente en la esclavitud. La segunda, se refiere a la posibilidad de que la libertad caída en la esclavitud pueda hacerse nuevamente libre; pero debe aceptar el ofrecimiento históricamente libre de Dios, pues solamente Él, mediante su misteriosa elección gratuita, da fuerzas a la libertad para que sea capaz de realizarse verdaderamente. La tercera, se refiere a esta libertad así

sanada y restaurada por Cristo, y tiene que ver ahora con el auténtico concepto de libertad que en la historia de la teología ha formulado Pablo: la libertad como “libertad de los hijos

de Dios”. La auténtica negación de la libertad es para Pablo el pecado: la caída en el

“mundo”. Desde esta perspectiva cristiana es posible relacionar las tres categorías en un ambiente esperanzador, desde la sanación o redención gracias a la vida redentora de Cristo. Todos estos conceptos de libertad hasta el Renacimiento son modalidades o síntesis del concepto de libertad judeo-cristiano y de la antigua Grecia. En la antigüedad posterior, la libertad estoica equivale a libertad del mundo, que se repliega en el núcleo espiritual más íntimo del hombre. En la Edad Media, Santo Tomás intenta una síntesis de todos los conceptos de libertad y esboza mediante el esquema de los diversos movimientos los grados y ámbitos del ente como ámbitos y grados de una libertad cada vez mayor y distinta. El hombre es el único ser mundano que, por el movimiento de una libre salida espontánea, llega al movimiento del retorno hacia dentro. Las diferencias entre un intelectualismo metafísico-teológico, por una parte, y el voluntarismo y nominalismo metafísico-teológico, por otra, han contribuido decisivamente en la postura adoptada en torno a la posibilidad de conocer un derecho natural, que procediendo de la naturaleza de la libertad, es a su vez norma para ésta. La concepción luterana de la libertad, parte de la libertad religiosa del cristiano, que no concibe una auténtica libertad, fuera del ámbito de la relación con Dios restablecida por Cristo.

Por otra parte, existen maneras secularizadas de entender la libertad. Las concepciones de la libertad posteriores al Renacimiento, ni son cristianas ni pueden ser paganas después de milenio y medio de cristianismo. Intervienen aquí importantes personajes, como Descartes, que lleva la interpretación cristiana de la libertad hasta las bases de la teoría del conocimiento; la filosofía inglesa, que toma como punto de partida solamente la libertad negativa y, en parte, la lucha de todos contra todos en el egoísmo sin límites de la autoafirmación; para Kant, la voluntad es voluntad que busca la voluntad, la libertad es libertad que busca la libertad y su manifestación tiene lugar sólo como moralidad en la

superación de toda heteronomía112; Fichte experimenta la distinción entre hecho y acción, ve en la acción como libertad que se realiza a sí misma; para Hegel, la historia universal equivale a la historia de la libertad que llega a sí misma, equivale al tránsito desde la subordinación a la naturaleza y al mundo hacia el saber absoluto como identidad de saber a cerca de sí mismo y saber a cerca del mundo, de posición de sí mismo y posesión de una realidad extraña; para Marx, la autorrealización del hombre sólo se consigue realmente en el dominio común de la naturaleza mediante la labor colectiva organizada por la división del trabajo. Todo el recorrido anterior abona el terreno para la comprensión de la libertad como categoría especial teológica.