5.2 Preliminaries
5.2.3 Table Geometry
2.2.2.1 Dimensión Histórica. La doctrina cristiana sobre el pecado se va formando poco a poco a lo largo de los siglos, en un proceso en el que intervienen diversos factores. Vamos a hacer un recorrido histórico, que abarca la Sagrada Escritura, la comprensión especulativa y práctica de los Padres de la Iglesia, el Magisterio, y los tiempos modernos. En la Sagrada Escritura, las referencias a la realidad del pecado son muy frecuentes. Recordemos que allí se revela la historia de la salvación, entretejida por la iniciativa amorosa y misericordiosa de Dios y la respuesta del hombre sometido al peligro del pecado; esto lo hará hasta el final de los tiempos una criatura necesitada de salvación.
En el Antiguo Testamento, pecar consiste en “no guardar los mandamientos de Dios o en
no honrarlo por sus acciones; el pecado puede cometerse consciente o inconscientemente, pero incluso en el caso de un pecado involuntario, es necesario un sacrificio de
reparación”137. Sin embargo, estará siempre pronta la misericordia y el perdón por parte de
Dios. Los pecados expresamente enumerados en los textos del Antiguo Testamento son muy variados: “la idolatría y la separación de Dios, anteponer beneficios políticos o de prosperidad temporal a la fidelidad de Dios, las conductas sexuales desordenadas, la
violencia o la injusticia sobre el pobre o el más desvalido”138.
136 Ver. Lonergan, Filosofía de la Educación. Obras de Bernard Lonergan, 89.
137 Sentis, Laurent, “Pecado”, en: Lacoste, Jean-Yves (dir), Diccionario Akal Crítico de Teología, Madrid:
Ediciones Akal, 2007, p. 929.
En el Nuevo Testamento, se refieren a la categoría de pecado los Evangelios sinópticos, las cartas paulinas y el Evangelio de Juan. En los sinópticos, aparece Jesús entre los pecadores que son quienes más le necesitan (Mc 2,5; 16-17; Lc 7,48) invitándoles constante y misericordiosamente a la conversión (Mc 1,15). Se subraya que todos los hombres son pecadores, se condenan los pecados internos y los de omisión y se enseña solemnemente la particular gravedad de algunos pecados: inducir a otros a pecar. Así mismo, se condenan como pecados, acciones concretas y no sólo actitudes del corazón o del ánimo humano (Mt 5,22-26) y, las que atentan contra el prójimo (Mt 25,31-46; Lc 10,29-37). Sólo señala un tipo de pecado que no podrá ser perdonado: el pecado contra el Espíritu Santo139.
Por otra parte, Pablo presenta el sentimiento más vivo de la impotencia debida al pecado y de la implicación de todos los hombres en ese pecado. El pecado para él es “una esclavitud: estamos atados por el pecado y nuestras elecciones están hipotecadas por el pecado; el pecado habita en nosotros y es con la muerte con lo que el pecado recompensa nuestra sumisión. El pecado no es una debilidad deliberada de la voluntad o una mala apreciación
de las cosas, es lo que hace impotentes tanto a la voluntad como al juicio”140.
Partiendo del pecado de Adán (Rm 5,12), y alentada por la acción del demonio (2Co 2,11; 11,13), la malicia de los hombres ha dado al pecado una dimensión universal. Se ha extendido a todos los hombres y reina en el mundo (Rm 2,9; 3,10). Jesús destruye ese dominio y libera a los hombres (Rm 8,2-4; Ga 3,13-14), introduciéndolos en la nueva vida, por su resurrección (Rm 6,8-14). Su acción salvífica llega por el bautismo (Rm 6,3-7; 2Co 5,17); sin embargo, esa nueva criatura, no está libre de la inclinación al pecado (Rm 7,7- 25). De ahí la exhortación a mantenerse vigilante, en la lucha (Rm 6,12-19; Ef 6,11; 1Ts 5,4-11). En la teología paulina, el pecador es el hombre que no acoge a Cristo, que aparta de sí la fe (Ga 2,15-16; 2 Ts 1,8-10; 1Tm 1,15-16), que se entrega a las obras de la carne Rm 8,7), volviendo a crucificar al Señor (Hb 6,6). El pecado es un modo de actuar que supone en el hombre el alejamiento voluntario de un Dios lleno de misericordia, que en
139 Ver. Ibid., 781.
Cristo ha salido a su encuentro para salvarle. Esta concepción paulina aterriza las afecciones desordenadas en un ámbito comprensible y a la vez propicio para la conversión. El Evangelio de Juan ve el pecado como lo opuesto a la gracia, a la vida que Cristo trae a los hombres y, por tanto como la negativa a escoger a Cristo como luz, verdad (Jn 1,10-11; 5,9ss.; 6,41ss.; 1Jn 2,22; 4,2; 5,10-12). Se dan aquí las expresivas contraposiciones entre muerte, vida (Jn 5,24), luz y tinieblas (Jn 1,5; 3,19) o verdad y mentira (Jn 8,44-46)141. Para la Iglesia primitiva, los pecados son actos de desobediencia a Dios y lo que muestra que uno se ha salvado es que se es capaz de observar los mandamientos. El pecado, como mancha, no sólo mancha al individuo que lo comete, sino a la comunidad a la que pertenece. Esta postura disminuye el carácter de la verdadera conversión a la hora de arrepentirse y de confesar los pecados, porque el pecado como mancha, genera un acto permanente de lavar dicho pecado, como algo externo que no trasciende la vida del hombre. En la doctrina patrística sobre el pecado se puede señalar que la vía del bien y la vía del mal son dos caminos abiertos, que se abren ante los hombres en el mundo. Esto nos recuerda la meditación de las dos banderas de las que nos habla San Ignacio142: con sus actos libres, cada uno va conduciendo su vida por una vía o por la otra. El pecado es un acto voluntario de rechazo a Dios y de la comunión eclesial, y no un simple acto punible (concepción del paganismo), ni un mero reflejo del pecado original (concepción gnóstica), por lo que el pecado es el sumo mal.
141 Ver. Molina, “Pecado”, en: Izquierdo, César (dir), Diccionario de teología, 781-782.
142 La meditación de las dos banderas se apoya en la afirmación de Jesús: Nadie puede servir a dos señores;
porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero (Mt. 6, 24). La intuición y afirmación de Jesús fue cristalizada por San Ignacio en las Dos Banderas: la primera que corresponde a las fuerzas del mal, que se introducen en el modo de pensarde las personas y en las estructuras de todo el mundo que nos rodea, y atacan con engaños, astucias trampas y mentiras: (1P. 5, 8-9; Apc. 12, 9 y Jn. 8, 44); y, la segunda, que corresponde a Cristo que actúa con sencillez, atrayendo pero respetando la libertad: con transparencia, en verdad y con lealtad: se ve en
todo el Evangelio. Entre las dos estrategias no hay arreglos ni componendas: “el que no está conmigo está contra mí” (Mt. 12, 30); “no se puede tener dos patrones…” (Mt. 6, 24).
Con San Agustín el pecado se entiende como un acto libre que procede de la voluntad humana desordenada, por la pérdida de la rectitud moral debida; además ese acto libre se puede describir como un rechazo a Dios y una simultánea inclinación desordenada a los bienes temporales, provocando desórdenes tanto en la comunidad eclesial como en la civil.
“El pecado es todo hecho, palabra o deseo contra la ley eterna de Dios”143. Fue San Agustín
quien consideró de nuevo el pecado como un estado existencial o una esclavitud que nos domina. Cada vez se convenció más de que no podía comprender el pecado en un plano puramente individual: nuestra libertad no es plena y entera, y nuestro espíritu, en su condición caída, es incapaz de percibir el verdadero bien. Para él, el pecado debía ser voluntario para ser condenable, la situación de pecado podía existir objetivamente sin ningún acto individual específico de desobediencia a Dios, y sólo cabía liberarse del pecado por la gracia.
Por otra parte, la larga tradición patrística se mantendrá sin cambios sustanciales durante la Alta Edad Media, hasta la aparición en el siglo XII de los grandes escolásticos, en particular, Santo Tomás, cuya síntesis teológica sobre el pecado, ha estado de algún modo presente en la teología y el Magisterio de la Iglesia.
A lo largo de la historia de la Iglesia, las intervenciones del Magisterio en cuestiones sobre el pecado, han sido muy frecuentes. Dichas intervenciones han sido consignadas en el Concilio de Trento, el Concilio Vaticano II, la exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, el Catecismo de la Iglesia Católica y la encíclica Veritatis Splendor.
El Concilio de Trento, en la sesión V expuso la doctrina sobre el pecado original; en la sesión VI, subrayó unos puntos capitales a saber: que todo pecado priva de la gracia de Dios; que hay una distinción entre pecado mortal y pecado venial y que el pecado no destruye totalmente la naturaleza humana ni, por tanto, la libertad humana; en la sesión XIV señaló la distinción específica y numérica de los pecados y la necesidad de confesar todos tras un examen diligente.
En el Concilio Vaticano II se destaca la Constitución pastoral Gaudium et Spes, que enseña que la historia del pecado comienza con la historia misma del hombre que se sabe proclive al mal, tanto por revelación, como por experiencia de sí mismo, y se encuentra siempre en riesgo de adentrarse en el pecado por el amor propio desordenado (Ver GS 13 y 37). El pecado aquí se presenta como una ofensa a Dios, y de esa esencia suya fundamental se derivan como consecuencias sus otras características: daño a uno mismo, daño a los demás y desorden en el uso y trato de las demás criaturas (Ver GS 13, 15, 17, 37, 39, 58 y 78). El pecado esclaviza al hombre y la única liberación posible se encuentra en Jesús (Ver GS 13). Mientras tanto, el hombre tiene que esforzarse en este mundo, con la gracia de Dios, en la lucha contra el pecado, contra el mal (Ver GS 13 y 37). Aquí, el pecado como realidad del hombre, no le cierra la posibilidad de restaurar la relación con su Dios; más bien abre el espacio para la conversión y la redención.
La exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia resume el conjunto de la doctrina católica sobre el pecado, la conversión del pecador y la pastoral de la reconciliación. Dicha exhortación reafirma la doctrina tradicional sobre la naturaleza del pecado144; denuncia o constata que la cultura vive inmersa en una progresiva pérdida del sentido del pecado (Ver RP 18); introduce una explicación ponderada del concepto de pecado social, exponiendo en qué sentido se puede entender y emplear esta expresión (Ver RP 16); subraya la distinción entre pecado mortal y pecado venial (Ver RP 17), y reinterpreta la teoría de la opción fundamental para asumir cuanto tiene de luminoso y rechazar cuanto supone un error. Esta última parte le recuerda al cristiano su condición y le cuestiona el sentido real de su existencia.
El Catecismo de la Iglesia Católica expone la doctrina de la Iglesia sobre el pecado en los siguientes momentos: al referirse al pecado original; al exponer la fe en Jesús, como Redentor del género humano; al hablar de la fe en el perdón de los pecados; al referirse a
144 Un acto siempre personal, cuya esencia más íntima es la desobediencia a Dios y a su ley, provocando la
exclusión de Dios de la vida y la sociedad. Ver. RP 14. Y que opera en el hombre una múltiple fractura: con Dios, consigo mismo y con el mundo en que vive. Ver. RP 2.
los sacramentos del bautismo y de la penitencia; al presentar el pecado como obstáculo en la vocación del hombre; al explicar los diez mandamientos y cuando se refiere a las tres últimas peticiones de la oración dominical (Ver CIC 385ss., 422ss., 976ss., 1213ss. 1422ss., 1846-1876, 2083ss., 2838ss).
En la Encíclica Veritatis Splendor hay tres puntos importantes sobre el pecado: la negación de la distinción de dos órdenes de la conducta humana, el ético y el moral, los actos humanos son libres, por tanto morales y en consecuencia, buenos o malos (Ver VS 37, 48); la reafirmación de la distinción entre pecado mortal y pecado venial (Ver VS 69); la defensa decidida de la existencia y características de los actos intrínsecamente malos (Ver VS 83, 67 y 96). Todo este legado del Magisterio, no sólo recoge la doctrina del pecado, sino que ofrece al pecador un camino esperanzador desde los sacramentos como posibilidad para recuperar la gracia, perdida a causa del pecado.
2.2.2.2 Dimensión Sistemática. Hay dos elementos constitutivos de todo pecado: la conversión a las criaturas (elemento material) y el rechazo o alejamiento de Dios (elemento formal); sin embargo, el hombre no busca de modo directo, con su acción un rechazo de Dios, ni el odio o aversión a Dios; lo que le ocurre es que persigue bienes creados finitos, de un modo desordenado, al margen del recto orden que determinan las virtudes morales. La raíz de todo pecado es no reconocer a Dios como el Señor absoluto del bien y del mal; dudar de Dios. Todo pecado evidencia una raíz de amor propio desordenado que conduce a un uso igualmente desordenado de los bienes creados. La teología tradicional ha enseñado siempre a distinguir los males físicos que los hombres pueden sufrir, del mal en sentido absoluto o mal moral, que es el pecado.
Las divisiones más importantes desde la perspectiva de la moral son las que determinan su gravedad y el ámbito en que se manifiestan; así el pecado se divide en venial y mortal; y por otra en interno y externo. Aquí también es importante la noción de pecado social. Los efectos del pecado son: la pérdida de la gracia de Dios, la descomposición íntima de la persona y la separación de la comunión eclesial. Cabe anotar que la revelación cristiana no
separa nunca la enseñanza sobre el pecado de la enseñanza sobre la conversión: ese reconocerse pecador ante Dios, es el principio indispensable para hacerse capaz de recibir ese perdón145. En esta medida, el pecador siempre tendrá la posibilidad de volver a la casa del Padre, como lo hizo el hijo pródigo.
No podríamos hablar del pecado y dejar de lado la expresión “pecado original”. Dicha expresión fue forjada por San Agustín para designar ese pecado que entró en el mundo por la falta de Adán y que afecta a todo hombre por el hecho mismo de su nacimiento. Su análisis teológico está siempre vinculado a una reflexión sobre el libre albedrío146, la gracia y la concupiscencia147. En la Sagrada Escritura varios textos subrayan que el hombre es
pecador desde su nacimiento y que el pecado es universal (Sal 51, 7; Jb 14, 4; 15, 14ss; Sal 14, 2); pero el verdadero fundamento escriturario de la doctrina del pecado original se encuentra en el paralelo entre Adán y Cristo que nos presenta Pablo en su carta a los Romanos (Rm 5).
En la lucha contra la negación pelagiana del pecado original, Agustín apela a la Escritura y a la práctica del bautismo de niños. Acentúa la obligación de creer en el dogma del pecado original y en la universalidad del mismo; ve su esencia en la concupiscencia, que aparta de Dios mientras no se borre con el bautismo el rastro de culpa inherente en ella148. Desde la Edad Media, con Anselmo de Canterbury, la esencia del pecado original se cifró más en la carencia de la gracia santificante por culpa del pecado de Adán; así éste se borra realmente en el bautismo, aunque permanece la concupiscencia.
El Concilio de Trento define un pecado original interno y real en todos, excepto en María, que ha sido causado por el pecado personal de Adán y se borra por la justificación y no
145 Ver. Molina, “Pecado”, en: Izquierdo, César (dir), Diccionario de teología, 787-792.
146 Como el poder o la capacidad del individuo para elegir una línea de acción o tomar una decisión sin estar
sujeto a limitaciones impuestas por causas antecedentes, por la necesidad, o por la predeterminación divina.
147 No se refiere al cuerpo, ni al placer sensible, sino al desequilibrio interior del hombre y a la rebeldía del
apetito contra la razón.
148 Ver. Rahner, Karl, “Pecado Original”, en: Rahner, Karl y Alfaro, Juan (dirs), Enciclopedia Teológica
consiste en la concupiscencia, ya que esta persiste en los justificados; consiste en la carencia de la justicia y santidad originales, que según el Concilio se confieren como una realidad interna y habitual por la gracia de la justificación149. No hay después de Trento ninguna otra intervención del Magisterio extraordinario de la iglesia en la que de modo tan explícito y detallado se hable de pecado original150.
El pecado original significa permanentemente que la salvación eterna y la gracia, no sólo por su origen trascendente en Dios, sino también por condicionamiento categorial e histórico a partir de Cristo, son por lo tanto, un favor indebido que acontece históricamente y no un existencial absolutamente necesario del hombre; significa que esta gracia de Cristo como fin de la historia, no existe desde el comienzo de la misma, desde Adán; y así el término de la historia supera realmente su comienzo151.
Después de las múltiples teorías que se han sucedido para explicar lo que en el lenguaje eclesiástico se llama “pecado original”, me quedo con la distinción a la que alude Carlos Bravo en su libro El problema del mal. El pecado original parte de cuatro caminos: el camino histórico (todo sucedió como se relata en la Biblia); el camino evolucionista (Pecado original y salvación son símbolos del desarrollo progresivo de la humanidad); el camino sociológico (pecado original como “situación” que precede toda decisión personal individual y resulta de los presupuestos sociales); y, el camino personal (pecado original es la suma de todos los pecados personales de la humanidad y que confluyeron en la muerte de Cristo). El elemento personal indica que el pecado es ante todo, propio y afecta internamente al hombre152.
Desde la concepción de pecado que adquiero a partir del despliegue histórico y dogmático anterior, me queda la inquietud del pecado como tal y del sufrimiento, como campos de
149 Entendida como la acción de Dios en Jesucristo para salvar a la humanidad.
150 Ladaria, Luis F., Teología del pecado original y de la gracia, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos,
1993, p. 105.
151 Ver. Ibid., 339.
152 Ver. Bravo, Lazcano, Carlos, El problema del mal, Bogotá: Facultad de Teología, Pontificia Universidad
acción para la redención. Para el que peca, la respuesta puede estar en el castigo o el perdón; para el que sufre a causa del mal en el mundo o causa de su propio mal religioso (pecado), -porque el pecado también causa el sufrimiento en la medida que aparta del bien que Dios quiere para su criatura-; la respuesta aquí puede ser la misericordia153. Entonces me pregunto ¿cuál es el papel que le doy a Jesús como Redentor en mi vida?, ¿vino a perdonar los pecados o a practicar la misericordia? o ¿es lo mismo?, ¿cuál es mi respuesta? Nuestra realidad pecadora, sólo encuentra el camino hacia la conversión, cuando experimenta la misericordia y cuando el ámbito del pecado no se convierte sólo en un juicio en el que prima la ley, antes que el amor.
2.2.2.3 Reinterpretación contemporánea. En los tiempos modernos, lo primordial no es la elección personal del mal, sino una atmósfera dominante que pervierte necesariamente las elecciones. Para Sartre o para Camus: somos prisioneros de una condición sin autenticidad, que nos pone en desacuerdo con nosotros mismos impidiéndonos hacer elecciones que sean realmente nuestras; para Heidegger: nuestro estado habitual es el alejamiento del ser; para Bultmann: el pecado es la condición alienada de hombres que aún no han oído la palabra liberadora de Dios; para Tillich: el pecado es la elección de apartarse de lo que es propio; es un estado de alejamiento de Dios, de sí y de los otros. Para Rahner, el pecado es un estado en el que ya no sabemos lo que somos, porque estamos apartados de la comunicación que Dios hace de sí mismo; el pecado es una frustración fundamental antes