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1.3 Intel IXP2XXX Network Processors

1.3.8.2 Constructs

Llamaremos tecnocracia al poder de una técnica que aprisiona al hombre, por un lado, y a la actitud prepotente de usar de ella «contra» la Naturale- za, por otro. Es un término que significa «mando de la técnica», la técnica como fuerza dominadora. En el primer sentido, la tecnocracia es un funci-

onamiento autónomo del plexo de instrumentos, que no reconoce (3.3) a la persona singular. Es en segundo sentido, es un uso desconsiderado o excesivo de la técnica por parte de la voluntad del poder, uno de los usos

de la voluntad (6.1), que se vuelve excesivo al desconectarse de los restantes. En este caso aparece la pretensión aludida de convertir la Nat- uraleza en un puro objeto de dominio, al servicio de la técnica y los dictad- os humanos.

La tecnocracia es el lado sombrío de la técnica, su rebelión respecto de

su dueño, o el abuso de ella. Ahora vamos a tratar de este segundo asp- ecto, y más adelante (9.10) aludiremos al primero. El movimiento ecológico, al que ya hemos aludido, nos ha hecho tomar conciencia de una forma global acerca de los peligros que para la Naturaleza encierra la tecnocra- cia, y propone sustituir los valores tecnocráticos por otros nuevos, acor- des con una nueva actitud de respeto hacia ella. A continuación, y a título de ejemplo, vamos a ofrecer un cuadro que resume algunos de esos valo- res tecnocráticos, hoy en baja —algunos incluso se han convertido en disvalores o formas de contaminación—, y de los nuevos valores de la ecología, considerados como formas de descontaminación. Conviene ten-

er en cuenta que aquí sólo se muestra, para ver el contraste, lo negativo de la técnica y lo positivo de la ecología. Para ser justos con ambas habría que insistir también en lo contrario: lo positivo de la técnica (es lo que se i- ntenta en 9.10) y lo negativo de la ecología (puede encontrarse en las ref- erencias bibliográficas citadas).

Tecnocracia Valores ecológicos Resulta-

do Extinción de esp-ecies Defensa de las e-species Deforestación Reforestación Energías no re¸-

vables Energías renovabl-es

Basura Reciclaje Ruido Silencio Prisa Lentitud Gigantismo Pequeñez Arsenales militar- es Defensa de la paz

Aceleración Ritmo natural Categorí- as Cantidad Cualidad Lógica Armonía Exactitud Oportunidad Rentabilidad Equilibrio Progreso Conservación Explotación de la

propiedad Administración derecursos Ingeniería Preservación Curación Prevención Consumo Moderación Acumulación Crecimiento vivo Calidad de vida Desarrollo sosteni-

ble

Posesión territorial Distribución rique- za

Defensa militar Solidaridad Unive- rsal

Uniformidad Diferencia Actitudes Agresividad Contemplación

Competitividad Ayuda

Funcionalidad Unidad, visión glo- bal Utilidad Belleza Eficacia Culpabilidad- –perdón Oposición Complementaried- ad

Este cuadro no es completo, ni responde a ningún credo ecologista deter- minado. Más bien es meramente indicativo de la amplia diferencia de punt- os de vista y del alcance del cambio de visión del que estamos tratando: se trata de dar prioridad a resultados diferentes a los del «capitalismo sal- vaje» (13.4), pensar con categorías diferentes a las de la razón instrume-

ntal y adoptar actitudes menos basadas en el individualismo interesado

(9.9).

Quizá una de las ideas más básicas de los valores ecologistas sea la de

Naturaleza. La vida humana, para ser verdaderamente humana, no debe

estar sólo en armonía consigo misma (2.8), sino también con el hábitat n- atural. Y esto se consigue sincronizando los ritmos humanos con los de

la Naturaleza. Cuando falta esta sincronía (que significa simultaneidad,

acompasamiento), aparecen dos patologías del ritmo natural y de la armo- nía con la naturaleza: 1) la prisa, es un fenómeno exclusivamente human- o, producido por la aceleración y el aumento de velocidad derivados de la tecnología (15.2); 2) el ruido, que sólo el hombre es capaz de hacer, y es por tanto algo artificial, producido por la técnica201. El silencio de la Natur- aleza, por el contrario, está lleno únicamente de sonidos armónicos con el silencio mismo (incluso el trueno): los animales no hacen ruido, pues emiten sonidos; ni producen basura, pues todos los resultados de sus acciones son «reciclados» dentro del ecosistema, incluso ellos mismos y sus ruidos. La armonía con la naturaleza implica lentitud y silencio (15.2). El hombre se ha visto demasiado tiempo a sí mismo como un ser separado

y extraño del mundo natural, hasta llegar a ignorar lo que eso implica. La

ecología presenta una fuerte y atrayente verdad: habitamos en la Natur-

aleza; somos parte de ella, aunque de manera muy peculiar. En qué con-

siste esa peculiaridad es lo que tratamos en este libro. Cuando la reivindi- cación ecológica se desorbita, aparece la deep ecology, un modo de pen- sar según el cual somos una simple pieza en ese Todo llamado Naturalez- a: «Las partes de las que soy constituido siempre han existido y continua- rán existiendo mientras exista la vida sobre la tierra. Lo que cambian son las relaciones entre especie y ambiente»202. La deep ecology minusvalora el valor del individuo a favor de la especie y de la vida, y termina rebajan- do lo humano al nivel puramente sensible y orgánico (1.8), perdiendo así el respeto a la persona como fin en sí misma (3.3). No es extraño por ello q- ue los nuevos radicalismos racistas (11.9) puedan revertirse de «ecolo- gismo». Frente a eso, aquí se propone adoptar una actitud benevolente. 4.9. LA BENEVOLENCIA COMO ACTITUD ANTE LA NATURALEZA Y LOS SERES VIVOS

Usaremos aquí la palabra benevolencia en un sentido distinto al que empl- ea, por ejemplo, Rousseau203 y el lenguaje ordinario, según los cuales sig- nifica un sentimiento de compasión hacia el débil y desprotegido, es decir, algo momentáneo que lleva a dar una limosna, una ayuda, un gesto comp- asivo. Aquí usamos el término benevolencia para indicar una actitud hab-

itual, y en concreto, la más digna del hombre: la actitud moral204. ¿Qué es la benevolencia? Prestar asentamiento a lo real205, decirle a la Naturaleza: ¡sé tu misma!. Dijimos (3.6.4) que la ley (11.1) que preside el desarrollo natural de la persona es este principio: ¡sé tu mismo!, ¡llega a

ser el que eres!. Ahora podemos añadir que el hombre puede dirigir esas

palabras también a cualquier ser que se cruce en su camino. Si encuentro un escarabajo boca arriba, y lo pongo boca abajo, para que siga caminan- do, le estoy diciendo: «¡sé tu mismo!».

La benevolencia es, hemos dicho, prestar asentimiento. Esto significa que uno presta ayuda a los seres para que alcancen su fin: «queremos que todos ellos sean como son»206. El escarabajo no hace nada boca arriba: está hecho para caminar boca abajo. Darle vuelta es una actitud benevol- ente. Aplastarlo no lo es. Por eso, la benevolencia es prestar ayuda a lo

real, para que llegue a se en su plenitud. También se puede decir que es

acompañar a las cosas para que éstas puedan llegar a desarrollarse por completo, y cumplir su teleología propia (3.6.1). Por eso benevolencia es t- ambién, según el ejemplo del escarabajo, acudir en socorro de la vida

amenazada207, de un ser que encuentra un obstáculo, o padece un pelig- ro, por ejemplo, socorrer a un accidentado, salvar a un náufrago. Lo impo- rtante de la benevolencia es:

1) que con ella nosotros respetamos y reconocemos el valor de lo real en

sí mismo, en especial de los seres vivos;

2) que les prestamos nuestra ayuda para que alcancen su plenitud, es decir, colaboramos en su desarrollo;

3) que buscamos la armonía de esos seres, que se consigue cuando alc- anzan su plenitud final y la perfección que los hace bellos (7.5).

4) por eso, apartamos los obstáculos que les amenazan, como en el caso del escarabajo o del náufrago: ser benevolentes quiere decir que me

importa que los seres vivos alcancen su plenitud;

5) la benevolencia se dirige especialmente hacia las personas, quienes reconocemos en tú como nosotros. Nuestra benevolencia hacia el tú hum- ano nos lleva a decirle: ¡sé tu mismo!, y a prestarle nuestra ayuda, en la medida en que podamos, para que alcance los bienes de que es capaz y de los que quizá carece, por encontrarse sumido en la miseria (6.5). La benevolencia es la quintaesencia de la actitud ética hacia lo real que el hombre debe tener, porque supone reconocer lo que las cosas y las per-

sonas son, y ayudar a que lo sean. Parafraseando a Kant (3.3), el impera-

tivo de la benevolencia dice así: «obra de tal modo que no consideres nada en el mundo meramente como medio, sino siempre al mismo tiempo como fin»208.

El ecologismo es auténtico en la medida en que adopta esta actitud y

aplica este imperativo a todos los seres, también a las personas: la bene- volencia trasciende el ámbito de la ecología, porque se aplica también al mundo humano. Las actitudes éticas pueden no darse (3.6.4), porque son libres. De hecho, la prepotencia frente a la Naturaleza es un cierto defecto ético. Incluso puede darse una actitud que niega la benevolencia, la consi- dere una cursilería y la sustituya por el dominio tiránico de las cosas, por su sometimiento a la voluntad individual. Más adelante (6.9) estudiaremos más ampliamente por qué y cómo se da esta actitud. Ahora, insistimos en que la benevolencia es la actitud más digna del hombre por que le lleva

a colaborar con lo real. Es una actitud afirmativa (6.1, 7.4.2).

Mediante la benevolencia, entendida como aquí lo hacemos, el hombre no solamente se perfecciona a sí mismo (3.6.5), sino que también se convie- rte en un perfeccionador de la naturaleza, como se ve en el ejemplo del escarabajo. De nuevo vemos en todo esto que el desarrollo del hombre y la tarea de perfeccionarse a sí mismo tienen carácter moral, pues la bene- volencia no es un acto aislado, sino una actitud y una convicción, es deci- r, un hábito del carácter, de la inteligencia, de la conducta: es un modo de

comportarse. Otorgarle a lo real nuestro asentimiento hace el mundo m- ás bello y más perfecto, y hace al hombre más humano.

La benevolencia tiene una gran importancia también por otra razón no m- enos importante, que tendremos ocasión de volver a considerar: ser ben-

evolente es respetar el derecho, pues éste es la protección instituciona- lizada del desarrollo natural de la persona. La actitud de respetar lo real

es idéntica a la actitud de respetar «los derechos de lo real». No respetar el derecho es no respetar la realidad y carecer de benevolencia.

Ahora bien, ¿por qué ser benevolente? ¿No es más atractiva la voluntad de poder (8.8.6)? Si puedo ejercerla ¿por qué renunciar a ello? En definiti- va, ¿por qué voy a tener que respetar los seres naturales? ¿por qué no voy a destruirlos, si en mi opinión no merecen otra cosa, y mi interés lo e- xige o aconseja209? Ante esto sólo cabe una respuesta última y radical:

porque son creados. Así como la razón última de respetar al «pequeño a-

bsoluto» que es la persona humana radica en el «gran Absoluto» que es Dios, del mismo modo la razón última para respetar la Naturaleza es que t- iene un dueño, que además es su autor.

La religión tiene mucho que ver con la ecología (17.10), pues, por ejem-

plo, el cristianismo afirma que el universo es hechura divina210, y que la belleza que hay en él es un reflejo de la de Dios. Amar a la Naturaleza es amar la belleza que hay en ella, pero alguien la ha puesto ahí211. Si el uni- verso es una pura materia organizándose a sí misma, como defiende el e- volucionismo emergentista (1.8), en realidad el escarabajo no pasa de ser un «momento» de todo ese proceso, movido todo él por una lucha por la supervivencia que incluye también al hombre.

Desde otra postura, que no es sino materialismo (1.4, 16.6) no habría difi- cultad en justificar el racismo genético, o la voluntad de poder, o simplem- ente la indiferencia ante la belleza del mundo creado: «el escarabajo me da igual». Podría ser una «recaída» en la tecnocracia o la afirmación no d- emostrada de que la belleza y el orden de la creación es una «casualidad» producida por el azar (1.8). La benevolencia hacia los seres naturales lle- va a contemplar (7.5) el misterio de la vida y del orden cósmico como algo ordenado y dotado de fines. Se trata de un conjunto fascinante, a través del cual adivinamos al Ser, más fascinante todavía, que no sólo ha sido capaz de diseñarlo, sino también de crearlo. Cuando se parte de esta act- itud, el hombre resulta ser, no sólo el perfeccionador de sí mismo, sino t- ambién de la Naturaleza creada. El trabajo, «esa noble fatiga creadora de

los hombres», es entonces «asumido e integrado en la obra prodigiosa de

la Creación»212, como una parte de ella que le añade perfección y adorno (12.9).