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Dealing with DoS attacks

2.4 Sampling techniques to accelerate regular expression matching

2.4.3 Constant Period Sampling

2.4.3.4 Dealing with DoS attacks

En todas las fases de la acción, que acabamos de describir, intervienen unos criterios previos que uno tiene ya formados antes de actuar, y de los que parte para elegir el fin, escoger unos u otros medios, etc. A estos criterios previos los llamaremos valores. En contra de lo que se suele pensar desde una óptica tecnocrática, para la acción humana son, desde luego, más importantes que los resultados. Los valores se toman de los

fines de la acción (5.2), y muchas veces esos fines son los valores que

cada uno tiene. Por ejemplo, la elegancia es un valor que orienta el modo en que uno se viste, y se considera que ser elegante dignifica a la perso- na.

Desde esta perspectiva, se puede entender mejor lo dicho (3.6.3) acerca de los fines de la naturaleza humana (la verdad y el bien): los valores son los distintos modos de concretar o determinar la verdad y el bien que con- stituyen los fines naturales del hombre. Los valores son la verdad y el

bien tomados, no es abstracto, sino en concreto. Su característica es q-

ue valen por sí mismos: lo demás vale por referencia de ellos. Son aque- llo que mide las cosas, el metro que nos dice lo que cada cosa significa

para nosotros.

Los valores no contestan a la pregunta ¿y esto para qué vale?. Valen por

sí mismos, como se ha dicho; son las cosas las que valen para algo, por-

que lo que las mide son los valores, no al revés. Por ejemplo: un buen asado de cordero se puede valorar de varios modos ¿Para qué vale? Un amante de la gastronomía y la buena mesa buscará si está bien cocinado, si sabe bien, etc. Para él, el asado vale para saborearlo. Aquel a quien le preocupa la salud o la buena forma física, mirará el grado de colesterol q- ue tiene y las calorías, y quizá no lo tome, porque dirá: «el asado vale para aumentar el colesterol, no lo quiero».

Sobre los valores se puede discutir mucho en teoría243, pero cuando se actúa (5.2), se hace teniéndolos en cuenta, porque son criterio para la a-

cción, y su consecución se considera buena sin más (en el asado, sabo-

rearlo y no aumentar el colesterol, respectivamente). Lo queramos o no, lo sepamos o no, todos actuamos contando ya según unos valores determi-

nados. Pueden ser muy variados. A continuación, se dan algunos ejempl-

os:

— la utilidad (7.5): busca ante todo que las cosas funcionen, que se pue- dan emplear para algo técnico o instrumental, que sean rentables.

— la belleza (7.5): que las cosas estén adornadas, terminadas, en su sitio, ordenadas, que sean perfectas aunque no sean útiles. Este es uno de los máximos valores.

— el poder: tener la autoridad y dominio sobre territorios, seres naturales, cosas y personas es una tendencia constante del hombre (11.10). El

— el dinero: hoy en día se mide a las personas y a las instituciones por el dinero que tienen (13.4).

— la familia: mi hogar y mi gente, los míos, no cabe valor más central en la vida humana.

— la patria, la tradición (9.8): son valores referidos a la colectividad que nos ha visto nacer.

— los valores ecológicos (4.8)

— la sabiduría: es lo que busca el estudioso, al que le apasiona leer, saber… (15.7).

— el rendimiento físico: el atleta que aguanta un prodigioso esfuerzo físi- co es hoy admirado…

— Dios: es el máximo valor, en función de quien los demás valores son medidos. Es el valor de los valores, el Valor Absoluto.

El conjunto de valores que uno tiene y en función de los cuales actúa se toman de tres fuentes principales: 1) lo que está vigente en la sociedad en la que se vive y que uno ve como normal; 2) lo recibido por medio del apr- endizaje y la educación, tanto en las instituciones educativas como en la familia; 3) lo descubierto por medio de la experiencia personal, aún indire- ctamente, a través de la amistad. El conjunto de este modo asimilado forma una tabla de valores personal y propia, que nos dice qué cosas tienen

importancia para nosotros. Al hombre lo que le importa es lo valioso, lo

que para él es serio (15.6), lo que vale la pena, aquello a lo que no está dispuesto a renunciar.

Sin embargo, en esta tabla no todo es igualmente importante: los valores

tienen una jerarquía. Algunos son más altos, y están clavados en lo más

hondo de la persona, y otros son más bajos y periféricos; nos afectan menos, porque están en la superficie de la vida personal. Conforme a nuestra tabla de valores, distribuimos la realidad según nos importe más o menos, y en consecuencia prestamos más o menos atención a las cosas a la hora de actuar.

Lo interesante es preguntarse cuáles son los valores por los que cada u- no se rige, cuál es su propia tabla, y qué jerarquía tiene. Sobre esto se s- uelen hacer frecuentes encuestas, pero hay mucha gente que no tiene claro qué es para ella lo verdaderamente importante. Este libro es, en el fondo, una reflexión sobre los valores de la vida humana: la verdad, la lib- ertad, la felicidad, la amistad, la vida social, la paz.

La importancia de los valores se advierte en el hecho de que ellos son los

que ponen en marcha los sentimientos. Es más, «llamamos valores a los objetos o contenido de los sentimientos»244, es decir, a la realidad dese- ncadenante de nuestra reacciones afectivas (2.4.1), a aquello que nos hace sentir miedo o ira, pasión o ternura. Cuánto más importante es algo para nosotros, más intensamente lo sentimos. Los valores decisivos apel- an y llaman a la totalidad del hombre, y por tanto también a su afectividad: por ejemplo, el sentimiento de solidaridad para salvar unas vidas humanas amenazadas, o los sentimientos patrióticos en tiempos de guerra. Los val-

ores no son algo neutral y frío, sino algo que nos importa. Cuando algo

nos importa de verdad, ponemos pasión en ello, como ya se dijo (2.5.1). 5.4 VALORES Y MODELOS DE CONDUCTA

Los valores se suelen encarnar y materializar, en primer lugar, en símbol- os (12.6), que se respetan, no tanto por lo que en sí mismos son, sino s- obre todo por lo que representan: la bandera, las imágenes religiosas, las fotos de familia, los colores del equipo que uno sigue, etc. son símbolos de los valores que uno defiende. El símbolo materializa y hace presente la realidad valorada, la trae hasta nosotros.

Los valores son, como se acaba de decir, criterios, por los que se rige la acción. Pero la vida humana, y por tanto, la conducta, se desarrollan en el

tiempo (3.4) Por tanto, determinados tipos de conducta habitual dan origen

a tipos de vida en los que se encarnan unos u otros valores. Eso da orig- en a modelos de conducta y de vida: a alguien puede gustarle ser enfer- mera, o actor de cine, etc. Los valores no se transmiten tanto por medio

de discursos teóricos y fríos como a través de modelos vivos y reales,

que se presentan, se aprenden y se imitan: queremos hacer lo que otros han hecho, encarnarlo en nosotros. No hay valor sin su modelo corresp-

ondiente.

El modelo que realiza un valor puede presentarse en primer lugar como héroe o ídolo. Los héroes siempre han sido ejemplos que la humanidad ha

seguido para imitar y realizar en la propia vida. El hombre necesita tener

alguien a quien parecerse, a quien admirar e imitar245. Esto no es algo negativo, sencillamente por que los modelos y los héroes son varones o mujeres que vivieron una vida llena de plenitud y significado: llegaron, por así decir, a una cota muy alta de humanidad, quizá mucho mayor de la que es capaz de alcanzar el común de los mortales.

Cuando se tiene un buen modelo se aspira a lo excelente, no porque sea extraño, sino porque alcanzó una plenitud digan de ser imitada: los héro- es son varones o mujeres que alcanzaron una humanidad más perfecta que los demás contemporáneos. Precisamente por ello destacaron y se convirtieron en héroes. Elegir un buen héroe como modelo significa propo- nerse una alta cota de virtud, de riqueza humana, de felicidad. Lo importa- nte es que el modelo elegido valga realmente la pena: mucha gente elige modelos que en realidad no lo son. La excelencia de los héroes, sin emba- rgo, no es tan inasequible que no pueda ser imitada, pues en tal caso ya no servirían como modelos: «la virtud es la democratización del heroísm- o»246, porque con ella todos pueden alcanzar este último (6.4).

El que no elige ningún modelo se elige a sí mismo como tal. El resultado

suele ser bastante pobre, salvo que el que haga eso sea un verdadero genio y se convierta en héroe. Se ha dado algún caso. El que cree haber rechazado todo modelo, y ser independiente, elige imitar precisamente ese caso.

Los héroes son, pues, varones o mujeres excelentes. La literatura ha

solido retratar este tipo de personas. La excelencia de este arte narrativo no proviene sólo de la forma, sino de la maestría y el arte con que plasman personalidades atrayentes, destacadas. La Iglesia, por ejemplo, siempre ha concedido gran importancia a los modelos. Los santos no son otra co- sa que héroes religiosos, figuras ejemplares que en cada época encarnan el ideal cristiano.

Hoy en día, los modelos se han diversificado mucho: en bastantes casos se toman como referencia deportistas (15.8) o «famosos» del mundo del espectáculo, de la moda, de la política, de la gran empresa, del mundo inf- ormativo, policial o judicial. De ellos se quiere saber primero cómo han triu- nfado: el éxito es lo que hoy convierte a una persona normal en «famos-

o». El «triunfo» era, hasta hace poco, el camino aparentemente más fácil

para convertirse en modelo a imitar. Una vez que alguien es famoso, se q- uiere saber también cómo es su vida privada, y ver el lado íntimo del ídolo: no se le deja en paz.

Sin embargo, los modelos más influyentes en el hombre no son los triunfa- dores o los famosos, sino ejemplos más cercanos a la vida cotidiana, que penetran más en la intimidad, porque encarnan valores más profundos. En primer lugar, los modelos familiares247 (el padre, la madre, los abuelos), después los maestros, los amigos (7.8) y aquellas personas a quienes lle- gamos a admirar a través de una relación estable de tipo familiar, profesi- onal, etc.