3.2 iBF: Indexed Bloom Filter
4.1.3 The Algorithm
La libertad no puede considerarse aisladamente (6.2), pues lo que ya somos es uno de sus límites. Otro límite son las consecuencias de su uso, que son parte de la libertad social. Cuando actuamos, nuestra conducta afecta a los demos y a nosotros mismos, queremos o no. El uso de la lib-
ertad y la acción humana modifican las situaciones. Para tener en cuenta
las consecuencias de la libertad es preciso aludir a la responsabilidad y a la autoridad. La primera es el cultivo de la atención hacia las consecuen-
cias de nuestros actos (5.2), el hacerse cargo de ellas. La segunda, la instancia que dirige y coordina las distintas libertades (11. 11) en relaci-
Es muy corriente hablar de libertad, pero no siempre se insiste lo suficie- nte en que uno es responsable de sus actos. De la misma manera, desde hace bastante tiempo, en Europa es corriente considerar que libertad y
autoridad se oponen, y que donde se da una no puede dar la otra319. Aho- ra vamos a considerar cierto exceso y cierto defecto de la libertad soci-
al, o lo que es lo mismo, la relación entre ella, la responsabilidad y la autoridad.
El exceso de libertad social, y el consiguiente defecto de responsabilidad y autoridad, puede ser llamado permisivismo o ideología tolerante320. Es un modo de pensar y actuar que hoy ha llegado a ser predominante en m- uchos países occidentales, en especial a partir de 1968.
La ideología tolerante asume una verdad importante que no es patrimonio suyo: el pluralismo, la diversidad y la tolerancia son valores irrenuncia-
bles, que asumen la forma de un ideal al que aspirar, a partir del hecho
evidente de que somos distintos, y hemos de respetamos como somos, distintos, con opiniones, estilos de vida y valores diferentes.
Este respeto al pluralismo y la diversidad, hoy extendida incluso a las esp- ecies biológicas (4.8), responde a una realidad indudable y fundamental: la civilización europea, desde el siglo XVI, ha valorado y defendido, por concretas y a veces trágicas circunstancias de su historia, el pluralismo religioso, cultural y político. Hemos aprendido a convivir con gentes de dis- tintas culturas, tradiciones y religiones. El proceso cultural de los tres últi- mos siglos nos ha enseñado que esa pluralidad no es una pérdida, sino todo lo contrario, una ganancia. Hemos aprendido a respetar y a convivir
con quienes no piensan como nosotros321. Esto no es sólo un hallazgo de la Ilustración, sino un crecimiento de la sensibilidad hacia la dignidad de
la persona y su libertad (3.3), que en Europa ha existido desde el siglo V
antes de Cristo, y en especial desde que éste predicó su mensaje. Esa s- ensibilidad ha aumentado mucho gracias a la mejora de la educación y a la progresiva desaparición de la miseria económica, jurídica, política y moral que ha tenido lugar en Europa.
El respeto al pluralismo y a la diversidad, por tanto, forma parte esencial de la cultura europea322, y aun de toda verdadera cultural por tener prof- undas raíces en la misma racionalidad humana (4.9). Se trata de un valor que no es patrimonio de la ideología tolerante que aquí tratamos de caract- erizar, sino que la trasciende con mucho (cfr. 3.3, 4.5, 6.2) Es ésta un m- odo de pensar que aparece cuando, por entender mal las relaciones hum- anas, se lleva ese valor al extremo.
La ideología tolerante, en efecto, es el desarrollo lógico del ideal del «choi- ce» que se explicó en 6.3, y de la visión liberal del hombre y de la socie-
dad, arraigada principalmente en el mundo anglosajón y germánico323. S- egún esa visión, la libertad consiste sobre todo en emancipación, es deci- r, independencia, autonomía respecto de cualquier autoridad: cada uno es la única autoridad legisladora sobre sí mismo324; la autoridad civil no pasa de ser un simple arbitro, que organiza los intereses de individuos que elig- en libremente lo que quieren. Sobre esa base se añaden dos ideas: 1) Mi libertad termina donde empieza la de los demás, pero ambas se relacionan poco: yo puedo hacer lo que quiera mientras no perjudique. Esto se puede llamar el principio de no hacer daño a otros325, que sería el único criterio para decidir lo que se puede o no se puede hacer: mientras no se lesionen los derechos de los demás, cada uno puede actuar como le plazca.
El problema de ese principio esta, como ya se indicó en parte en 6.3, en q- ue no hay ninguna acción que, deje de tener influencia en los otros, aunq- ue sea de forma indirecta, pues ya se dijo que uno se hace mejor o peor según elija lo mejor o lo peor: al final la sociedad también se hace mejor o
peor. Algunos valores (por ejemplo, la paz social, seguridad urbana) pue- den desaparecer si no se educa a y la gente en ellos. Dejar de educar a una sociedad en la convicción de que el rechazo a la violencia (1 1.3) es un bien puede producir el aumento del crimen, aunque uno no sea un cri- minal. El principio de no hacer daño a otros es un criterio necesario, pero
no es el único: se precisa inculcar valores a la gente para que ésta luego
los defienda, y se evite así un proceso de decadencia.
2) Lo específico y típico de la tolerancia entendida de ese modo326 es que
pretende excluir cualquier forma de reproche hacia conductas que desa-
probamos por el hecho de ser distintas a las que nosotros practicamos. Esto se llama political correctness, corrección política. Consiste en no
reprochar a nadie su conducta y evitar cualquier signo o palabra que
pueda ser interpretado como discriminatorio. El feminismo tiene algunas reivindicaciones típicas a este respecto: la palabra «woman» sería machi- sta por incluir el sufijo «man». Sería discriminatoria cualquier reticencia f- rente a los «gays», y desde luego la iglesia católica es «super-
–discriminatoria» por excluir a las mujeres del sacerdocio. Y así otros m- uchos ejemplos, hasta llegar a cierto eufemismo, necesario para evitar el lenguaje sexista, etc.327.
Para este modo de pensar, lo más peligroso para la sociedad libre y abie- rta en la que vivimos sería el extremo contrario, conocido hoy con el térmi- no peyorativo de «fundamentalismo» Es evidente que hay que ser tolera-
nte con el pluralismo y la diversidad que existen en nuestra sociedad,
entre otras cosas porque debemos respeto a su autenticidad. Pero no se puede imponer una tolerancia entendida de esa manera, porque eso es a- doptar ya una actitud intolerante por ejemplo, contra el legítimo derecho de una iglesia a organizarse como quiera. Si se lleva la political correctness al extremo (cosa que no hay que hacer con nada), yo podría interpretar como discriminatoria cualquier acción de otros que fuese contra mis des- eos, aunque el que la lleva a cabo esté en su legítimo derecho de realiza- rla, como por ejemplo el hecho de no admitirme en una institución, tal como una universidad privada o una empresa: no se puede olvidar el derecho de admisión, que existe incluso en los restaurantes.
Los límites de la ideología tolerante aparecen cuando se quiere excluir del juego al que no es tolerante de ese modo, y sobre todo cuando «los intol- erantes» forman un grupo que no practica la political correctness, sino la propagación activa de sus convicciones, lo cual va contra los supuestos liberales de la sociedad individualista (9.9), que es aquella en la que este problema existe. Y es que, como se ha dicho, la ideología de la tolerancia nace de aquella manera de concebir las relaciones humanas (cfr. 6.3, 9. 1) en la cual lo privado y lo público están separados.
6.8. AUTORITARISMO
El defecto en el modo de considerar la libertad social consiste, no ya en
ampliar el campo de la libertad hasta reducir la autoridad a su mínima expr- esión, como hace el pensamiento liberal, sino en lo contrario: decir que la
libertad es menos importante que asegurar que ésta se use bien, y que
por tanto se necesita una autoridad fuerte, que se encargue de decidir por todos lo que hay que hacer, y de este modo se asegure un buen uso de la libertad, que de otro modo puede perderse por completo y terminar de hundir la sociedad.
Esto se llama autoritarismo, y consiste en poner la autoridad por encima de la libertad, de modo que es la primera la «encargada» de decidir sola l- as verdades prácticas, es decir, las normas de conducta (11. 11). El auto- ritarismo considera en primer lugar que no se puede correr el riesgo de
ejar que la gente sea libre, aunque se equivoque?», el autoritarismo resp- onde: «¡No! Es mejor evitar que se puedan equivocar».
Hay muchos grados de autoritarismo, desde la tiranía pura y dura, o el tot- alitarismo, de cualquier tipo, hasta el simple paternalismo (tratar a la gente como si fueran menores de edad). Todos ellos temen la libertad y habitu- almente se adueñan del poder con la disculpa de que van a tratar, no tanto de que los hombres sean buenos, como de evitar que sean malos, dado que los tiempos que corren, dicen, son muy malos: hay que evitar el desa- stre, se añade, mediante una intervención enérgica. Hoy en día, el autorit- arismo más temido se conoce con el término de fundamentalismo328, un amor a la tradición (9.8) radicalizado y de inspiración religiosa. El fundam- entalismo suele apoyarse en una doctrina moral muy estricta y puede ten- er ramificaciones políticas, puesto que su intención es reorganizar moral y
religiosamente la sociedad329.