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4.5 On the Use of Compressed DFAs for Packet Classification

4.5.4 Our Solution: Hardware

4.5.4.1 Optimized Classifier

El tercer uso de la voluntad consiste en disponer del futuro media- nte la elección de aquello que está en nuestro poder (6.1). Elegir

amorosamente trasforma la elección, la hace distinta. Es obvio

que uno elige aquello que ama. Por eso amar es preferir.

Sin embargo, cuando se trata de otro ser humano, amar es poner-

se en el lugar del otro, y elegir aquello que él elegirá, sencillamente

porque es lo que le gusta. Es otra forma de querer que haya más

otro: que pueda tener aquello que le alegra, que le hace feliz. Pref-

erimos que el amado sea feliz y perfecto. Por eso elegimos lo que le gusta a él, no a nosotros. Cuando se ama un modelo, se elige q- ue él preferiría para parecernos a él. Este ponerse en el lugar del

otro es una del as claves para que el amor pueda consolidarse y

crecer, y viceversa: cuando falta nace la discordia: con–cordia y dis–cordia (11.4) significan unión y separación de corazones, es decir, sentir lo mismo y por tanto elegir lo mismo. Pero no se elige lo mismo si no hay con–cordia, es decir, un sentir de la misma mane-

ra, pues el «corazón» es el «lugar» donde nacen y se guardan los

sentimientos.

La concordia es también comprensión, es decir, un conocimiento del otro que nos lleva a ponernos en su lugar y entender y apoyar sus decisiones, sus puntos de vista, lo que lleva «dentro». Amar

es comprender. Pero no se puede comprender si se dialoga, porq-

ue así es como conocemos los motivos y opiniones del amigo, su interioridad. Se dijo que amar es dialogar, y se añade ahora: amar

es escuchar, para llegar a comprender. Escuchar es dar tiempo al

amado. El que no escucha, nunca se pone en el lugar del otro. Para escuchar se precisa cultivar la atención (5.9) hacia el amigo: el c- ariño es atento, nada le pasa inadvertido. El amor es receptivo (12.3), escrutador e inquisitivo: amar es atender.

El amor y la concordia se viven también como unión e identificaci-

ón de voluntades, mediante la cual queremos lo que el otro quiere,

le hacemos caso: «es propio de los amigos gozarse y querer lo

mismo»365. Este hacer nuestra voluntad de aquel a quien amamos se convierte, por ejemplo, en obediencia. Amar es obedecer, lo cual significa actuar gustosamente con la voluntad del otro. Se trata de una intensificación de lo que se definió (6.9) como autorid-

ad política, aquella que consigue que los súbditos hagan suyas las

órdenes.

Se puede elegir por anticipado, sobre todo si alguien a quien ama- mos nos lo pide con insistencia. Entonces hacemos una promesa, que consiste en anticipar una elección futura, y decidir una condu- cta que aún no puede ponerse en práctica. Que amar es prometer significa que entregamos nuestro futuro al amado, lo invertimos en él, se lo damos. Sin promesas el amor no podría ser duradero. Amar significa una elección reafirmada en el tiempo: ¡vuelvo a ele- girte! Prometer es decir: «¡siempre volveré a elegirte!».

Una promesa es algo distinto de un convenio o acuerdo. La prime- ra tiene tres rasgos: 1) es futura, pues se refiere a un bien venide- ro y anticipa una decisión; 2) es desinteresada, pues trata de un don espontáneo, que se da a cambio de nada; aunque el amado luego nos recompense, no se hace por tal recompensa; 3) es inc-

ondicionada, pues uno se compromete de un modo tal, que sólo

puede ser exonerado de la obligación de cumplir lo prometido si el receptor de la promesa le libera a uno de ella. La promesa obliga al que promete respecto de algo futuro, y de ella sólo se sigue un be- neficio para el que la recibe. Para el que la hace es más bien una carga, aunque gustosa.

En cambio, un acuerdo es: 1) una decisión es presente, referida a unos bienes y a una situación actual; 2) interesada y 3) bipolar y

recíproca, pues se trata de un pacto o convenio de dos voluntades libres, mediante el cual ambas reciben algo a cambio de algo, y

así las dos se benefician366. Cuando el beneficio de alguna de las partes desaparece, el mutuo acuerdo o convenio se rescinde o se cambia, porque desaparece la razón de su existencia o se origina una desigualdad.

La promesa nace del amor, el convenio del interés (7.5). Un com-

portamiento verdaderamente amoroso es capaz de prometer, pre- cisamente porque ama con intensidad y benevolencia. En cambio, quienes han de recurrir al pacto no han sido aún capaces de elev- arse hasta el amor. Un matrimonio (10.6) es algo muy distinto seg- ún sea el fruto de una promesa o de un pacto. En un caso los esp- osos hacen un compromiso o promesa recíproca, que ellos ya no pueden disolver. En el otro, sólo hay matrimonio mientras haya

beneficio mutuo y se mantenga el acuerdo.

El ser humano tiende a superar el tiempo (3.4). Uno de los modos más intensos de lograrlo es hacer que el amor no se interrumpa, y dure siempre, que sea inmortal y eterno367. El amor auténtico no d- esaparece; nunca dice: «te amo sólo hasta aquí». El amor es ente-

ro, y esto significa que prescinde voluntariamente de poner límites

y plazos: es el don íntegro de la persona. Hoy en día, es frecuente una versión «débil» y «pactisa» del amor, que consiste en renunci- ar a que pueda ser duradero, y sobre todo, que no se pueda inter-

rumpir. Este modo de vivirlo se traduce en el abandono de las pro-

entiende el amor como convenio, y se espera que me dé siempre beneficios.

Cuando se vive el poder elegir como el único poder importante que tiene el hombre (6.3), no quiere renunciarse a él: se busca ejerce- rlo siempre en presente, sobre todo para asegurar que se recibe algo a cambio de lo que se da. Pero en rigor, la elección más inten- sa es la incondicionada, la que promete «un amor sin condiciones» ni intereses, que da sin esperar nada a cambio, pase lo que pase, como sucede en la novela Jane Eyre368 de Charlotte Bronte. Si se ponen cláusulas de convenio al amor, es porque se confía poco en él: es sólo provisional e interesado. Un amor intenso es capaz de prometer, porque así incluye en el amor también el futuro, y se arr- riesga a solamente dar. Desde luego, lo que el amor promete es seguir amando: «el amor presupone la elección, pero no es idéntico con ella. El amor es la vida de la voluntad que mantiene definitiva-

mente la afirmación que se hizo en la elección. El amor supone

día a día reafirmar la elección, la afirmación aceptadora inicial»369. Seguir amando cuando el ser amado está ausente ser leal, es decir, actuar como si el amado estuviera presente, evitar que le calumnien, no hacer lo que le disgustaría, y desde luego serle fiel, y actuar conforme a ese amor. Amar es ser leal. «Fulanito es un canalla», si Fulanito es nuestro amigo, es una afirmación que debe ser rectificada.

Si ser leal es no usar mi libertad de modo que el otro o el amor se vean dañados, en correspondencia simétrica, el amante no teme que el amado use su libertad para dañarle o destruir el amor: el

amante confía en el amado, le deja actuar como quiera, porque s-

abe que será leal. Tener confianza en alguien es dársela, dejarle hacer lo que quiera, no fiscalizarle, no ser celoso. Confiar es dar

libertad al amado, sabiendo que el uso de ella hará crecer el amor,

en vez de disminuirlo.

Las relaciones humanas se basan en la confianza, que da por supuesta la benevolencia de los demás hacia mí. La forma más cla- ra de confiar es creer lo que dicen los otros, por ejemplo, el aviso de que se han roto las cañerías de mi casa, o de que el horno de microondas que voy a comprar es de buena calidad. La confianza

se basa en el respeto y aceptación de la verdad (5.9, 11.11) y h-

ace presente a ésta en las relaciones interpersonales. Sin la con-

fianza es imposible convivir: la sociedad se destruiría. Confiar es

estar seguro de que el otro, el amigo, no me engaña. A ello se opo- ne el recelo, que atribuye al otro un encubrimiento de la verdad, y un daño o una amenaza consiguientes para mí: el desconfiado se aleja de aquel de quien desconfía y pone murallas en medio. El rec- elo destruye el amor y la amistad, porque ahoga la confianza e impide la presencia de la verdad en las relaciones interpersonales.

Amar es confiar, lo cual exige decir la verdad. El amor no miente.

El bien futuro puede apetecerse con esperanza (2.4.2). Lo propio

del bien esperado es ser arduo y difícil, pero posible370. La espe- ranza se funda en la seguridad de que alcanzaremos el bien ama- do, lo «vemos venir» a nosotros. Amar es esperar, y la esperanza fundada en el amor es la más tenaz, la que aguanta todas las dific- ultades y sostiene al que espera, aunque parezca imposible seguir esperando. Esto lo veremos mejor al hablar de las tareas de la vida humana (8.4): «la esperanza es lo último que se pierde».