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4.3 Cumulative Distribution Functions and Correlation Fields

4.3.4 Correlation Fields

Comenzaré esta intervención siguiendo el tema intere- sante de los monos. Hay un reporte en un trabajo de Copeland sobre inteligencia artificial, que trata una escena de chimpancés, un chimpancé bebé ve que uno de los chim- pancés ya adultos, que además, según el reporte, son bas- tante glotones y abusivos, se ha sentado sobre un plátano y este chimpancé bebé está con hambre porque los chim- pancés adultos y machos no son muy comprensivos con sus niños; e n t o n c e s , este c h i m p a n c é b e b é ve disimuladamente el plátano y hace como que no lo ha vis- to, sigue pasando y se coloca detrás de un árbol; y, de vez en cuando, mira lo que pasa; cuando el chimpancé grande se levanta y se aleja, él inmediatamente recoge el plátano; entonces, si esta observación que no ha sido experimental, sino casual (en personas que tienen su equipo de monos, en este caso de experimentación), si esto es así, en realidad este chimpancé bebé ¿tenía o no intención?, inclusive se ocultó, según esta versión, se hizo el disimulado, porque según el investigador, si este chimpancé mira mucho el plá- tano, entonces el mono adulto se da cuenta y se lo come o puede pegarle al otro si intenta agarrarlo, entonces él bus- có su mayor seguridad, y de ese modo pudo aprovechar ese alimento; pero hay un elemento adicional más en este experimento, y es que usualmente se define la consciencia como darse cuenta de; se dice, bueno, soy consciente en la medida que me doy cuenta de, pero la cosa es mucho más compleja; porque, por ejemplo, los perros también se dan cuenta de que hay un extraño, o se dan cuenta de que el que viene es o no amigo, o que su amo está de buen o mal

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humor. En este caso el chimpancé chiquito parece que se dio cuenta de algo más interesante, y es que el otro chim- pancé grande no se daba cuenta, o sea se dio cuenta de que el otro no se daba cuenta, y es por eso que pudo tener una estrategia para poder capturar este plátano.

Ciertamente, este experimento es relatado por perso- nas que en este caso no son muy interesados, por decirlo así, en probar la continuidad entre el desarrollo evolutivo entre el hombre y las especies inferiores. Si esto lo toma- mos en serio, en realidad hay varios componentes que de- safían la noción usual que tenemos nosotros de conciencia, la noción de darse cuenta de que el otro tiene o no concien- cia, y otros factores; como, por ejemplo, la existencia de intencionalidad o no, en animales como los primates supe- riores.

Obviamente, yo digo esto porque aprecio mucho al doctor Ortiz Cabanillas, que es un neurólogo experimen- tal, y que me ha dado la oportunidad de colaborar en la Facultad de Medicina, en el Programa de Doctorado, don- de trabajo con un grupo de médicos (un seminario, un gru- po de veinte médicos), esta vez, y donde también he tenido oportunidad de constatar algo muy importante para nues- tra educación universitaria y que se ha dicho en esta mesa.

En efecto, las distinciones que ha hecho el doctor Bunge, respecto de un conocimiento directo e indirecto, a un co- nocimiento que razona de causa a efecto, o que razona de efecto a causa, y que sería el más propio de las situaciones normales de los médicos, da lugar a que normalmente el médico tenga que razonar en sentido inverso a lo que en lógica llamamos el ponens, y una de las cosas inte-

resantes es que los médicos no saben mucho del modus

ponens, a pesar de que es una estructura lógica, como mu-

chos sabemos, elemental, pero es una estructura lógica di- gamos poderosa, en el sentido de que permite poner en orden cierto razonamiento. No es que nos va a volver creativos necesariamente, o va a ser una herramienta in- usual, pero creo que es una herramienta importante, y me da la evidencia de que ciertamente los conocimientos de

lógica en niveles i m p o r t a n t e s , no solamente de este posgrado, sino de otros, deben ser reforzados, porque no se necesita que la gente conozca abundantemente el for- malismo, lo que se necesita es que algunas herramientas, que son de uso frecuente, sean conocidas, y se manejen sus propiedades y se sepan sus alcances y las limitaciones que ellas tienen, que al propio tiempo están emparentadas con las limitaciones de nuestro conocimiento.

He hecho este breve comentario, que nos lleva, quizá, a tratar de reflexionar un tanto en relación con nuestra pro- blemática concreta de peruanos y de nuestras universida- des, que son los centros donde trabajamos. En ese sentido, de lo expuesto esta noche por el doctor Bunge me surge, digamos para reflexión, una preocupación fuerte, un pro- blema que lleva a confusiones y que lleva a atribuir conteni- dos ideológicos, o contenidos doctrinarios a todo tipo de conocimiento, y que lleva a convertir la naturaleza en un texto, y como lo ha dicho el doctor Bunge ya en otras oca- siones, lleva a que usemos criterios de lectura de textos, para leer o para estudiar los objetos naturales o los objetos físicos. Creo yo que es un problema para nuestra educación universitaria, porque significa que o nosotros realmente es- tamos claros en el tipo de educación científica que damos a nuestros estudiantes o realmente en lugar de hacer eso po- demos estar desviando y, por lo tanto, desnaturalizando el sentido de lo que con buena voluntad queremos.

En efecto, ese tipo de confusión lleva frecuentemente a que se desdeñen, por ejemplo, los métodos rigurosos que utilizan lenguajes lógicos, en muchos casos elementales, a que se desdeñe la matemática, a que se desdeñe el método experimental, y se considere que la ciencia es cosa de que realmente están en una lucha por el po- der y que tienen cartas en la manga y que ciertamente, de ese modo, hay una especie de conspiración frente a la gen- te que interpreta, que no usa estos mecanismos de terro- rismo intelectual, y que realmente puede comunicarse más cómodamente, aparentemente, con los estudiantes o con la comunidad.

Ahora, no es un problema solamente peruano, y creo que el doctor Bunge tiene experiencia internacional como para rectificarme en este caso, pero he visto, por ejemplo, en la

Harvard un cambio importante en las

investigaciones que se publican. Todos los métodos estadísti- cos, los métodos de investigación por muestreo, en general, lo que realmente podemos defender epistemológicamente mejor que otras cosas, han retrocedido, y hoy día encuentran ustedes las llamadas investigaciones cualitativas, que signifi- can que algunas personas se meten a un barrio de Boston y entonces describen, interpretan, interactúan y nos narran algo que, más que un informe científico parece una especie de re- gistro personal de datos, o en algunos casos, de diario, ele- gantemente escrito.

La consecuencia de esto es que dentro del sistema en el que vivimos, si la revista viene de Harvard, la gente dice pero usted qué hace enseñando metodologías estrictas, definiendo conceptos, tratando de operacionalizar, tratando de eso ya es parte de la modernidad, estamos en la posmodernidad. Y ahí lo dice la revista de Harvard, eso es un argumento ad báculum, si es que no estoy recordan- do mal, un recurso a la autoridad, que ciertamente creo puede ser convincente y puede ser desorientador dentro de nuestras comunidades científicas, dentro de nuestras comunidades académicas.

Entonces, en ese sentido, yo creo que esta distinción, este deslinde, por ejemplo, con la tesis de Foucault y otra gente que tiene análogos puntos de vista, que son abun- dantemente leídos en nuestras maestrías y doctorados, por lo menos en algunas que yo conozco, y que realmente de ese modo se pretende que salgan investigadores que pro- duzcan conocimiento válido e interesante. Creo que es algo que debemos repensar y creo que en este caso, el hecho de que un investigador de la talla de Mario Bunge lo manifies- te en este auditorio, es un llamado de atención para toda persona sensata que tiene esta responsabilidad.

Quiero señalarles otro aspecto, brevemente, es la res- ponsabilidad de los intelectuales, sean tecnólogos o cientí-

fieos teóricos, con sus respectivas variantes; los que dirigi- mos o tenemos un cargo en instituciones universitarias, tenemos una responsabilidad muy grande, por el efecto multiplicador que tienen nuestras decisiones, en prove- cho o no, de nuestras sociedades. En ese sentido, creo que este asunto hay que verlo también a la luz de los plantea- mientos éticos, y hay que instrumentarnos de criterios y herramientas que nos permitan rigorizar más la discusión ética, y la discusión axiológica, porque frecuentemente se habla de crisis de valores, y en la coyuntura que vive el país eso ha sido abundantemente dicho y repetido. Sin embargo, existe poca claridad en relación con lo que es un valor o sobre qué sentido tiene plantearse el concepto de valor; en general, la discusión axiológica sigue bastante difusa, y solamente la estamos manejando con un lenguaje intuitivo, que finalmente podría ser encubridor de las cau- sas de aquello que nos preocupa en mayor medida.

Para finalizar, aprovechando esta oportunidad que se me ha brindado, yo quería pedirle al doctor Bunge que nos dé alguna opinión respecto de su experiencia, sobre esto de las metodologías cualitativas. Yo ayer hice una exposi- ción en este mismo edificio, en un ambiente contiguo, y presenté unas estadísticas respecto a la situación de la uni- versidad peruana, y más de una persona me dijo qué hace usted sacando promedios y desviaciones estándar, etc., hay que ver las metodologías e investigaciones cualitativas. Yo más o menos argumenté respecto de esto, y tengo una idea, que obviamente hay que revisarla constantemente; pero creo que la opinión de una persona que ha aportado tanto al conocimiento del método científico va a resultar muy interesante y muy importante para todos nosotros.

Mario Bunge

por el final. Yo estoy completamente de acuerdo con el doctor Piscoya en que las investigaciones cualitativas son la primera etapa solamente. Digamos que un sociólogo quiera investigar la estructura social de un país, en particular, la distribución de ingresos. Empieza por hacer una distinción tosca entre ricos y pobres. Pero esta

distinción cualitativa no basta: hay que averiguar la mag- nitud del problema de la pobreza, y para esto hacen falta indicadores numéricos, tales como el umbral de pobreza y un índice de desigualdad de ingresos.

Por ejemplo, en los EE.UU. se considera que el umbral de pobreza está definido por el ingreso anual de veinticin- co mil dólares. Quienes ganan menos de veinticinco mil dólares son pobres, y los que ganan más no lo son. Pero esta dicotomía entre pobres y ricos es insuficiente: hay una gradación complicada entre los que ganan cero y los que ganan mil, los que ganan cinco mil, etc. Es necesario alcan- zar mayor precisión porque las necesidades son diferen- tes. Además, no es lo mismo ser pobre en Lima que en New York. New York es la ciudad más rica y cara del país más rico del mundo, de modo que allí los pobres son mucho más desamparados que un limeño. Los desamparados no tienen otro ingreso que las limosnas, pero los neoyorqui- nos, debido al crudo invierno de New York, tienen gastos que no tiene un limeño.

También se presenta este problema metodológico inte- resante: el concepto cualitativo precede lógicamente al cuantitativo, de modo que no es cuestión de oponer el uno al otro, sino de ver cómo se complementan. El concepto cualitativo más sencillo de todos es el concepto de conjun- to. Ejemplo: un conjunto de gentes, todas caracterizadas por cierta propiedad, tal como la pobreza. ¿Cómo se puede cuantificar esta propiedad? Se toma la numerosidad o cardinalidad del conjunto. En una segunda etapa se divide ese conjunto en tantas partes como rangos de ingreso. Fi- nalmente, se forma el gráfico riqueza nacional-población total. En una sociedad igualitaria todos obtienen lo mismo, de modo que la curva de ingreso es una recta a 45 grados. En una sociedad real la curva de ingresos, o curva de Lorenz, es convexa por encima de la recta igualitaria. En efecto, gran parte de la riqueza está en pocas manos. Finalmente, medimos el área de la figura comprendida entre la curva de Lorenz y la recta igualitaria. Esa área es lo que se llama el índice de Gini, número comprendido entre o y 1.

Los países pueden ordenarse según su índice de Gini. Por ejemplo, en países tales como Brasil y Guatemala, el índice de Gini es aproximadamente 0,7; en EE.UU. es 0,37; y en el antiguo imperio soviético era aproximadamente 0,22. En resumen, la región más igualitaria del mundo era la comunista, y la más desigual América Latina. Si el índice de Gini es grande, como ocurre en América Latina, indica que la mayor parte de la riqueza nacional está en manos de una pequeña minoría, digamos el de la población.

Pero esto no basta. También hay que averiguar cuánto gana el de los más pobres y cuánto el de los más ricos. Esto lleva a definir un índice de pobreza, número comprendido entre o y 20. Comparando países se ve que, a pesar de que los índices de Gini de EE.UU. y Canadá son muy parecidos, hay mucho más pobres en los EE.UU. que en Canadá. En efecto, la tasa de pobreza en Canadá es más o menos 7, mientras que en EE.UU. es algo así como 15, más del doble. En Inglaterra también es más o menos 15. En cambio, en los países escandinavos, Holanda, Bélgica, Ale- mania y Francia, es 6 ó 7.

Para averiguar cómo funcionan la justicia social y la democracia en un país necesitamos no solamente un índi- ce de desigualdad de ingresos, sino también un índice de pobreza, un índice de participación en la política, y otro de participación en la cultura. Una apreciación meramente cualitativa, como decir hay muchos pobres, hay muchos ricos, no es suficiente, necesitamos saber con precisión para poder diseñar políticas socioeconómicas.

Por ejemplo, en las grandes ciudades norteamericanas hace unos años empezaron a aparecer los desamparados, gente que vivía en la calle. Este era un hecho social nuevo, de los últimos 10 años. Algunas organizaciones preocupa- das por este problema estimaron que hay 10 millones de desamparados en EE.UU. De ser cierta esta cifra, el proble- ma es horriblemente grande, tal vez insoluble a corto plazo.

Afortunadamente, a alguien se le ocurrió contar los desamparados, recorriendo los refugios y las aceras. Re-

U I G V

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que no había diez millones, sino cerca de un millón en todo el país. Si se trata de un millón de personas distribui- das en 100 ciudades grandes, tal vez se pueda hacer algo, porque en cada ciudad habrá en promedio diez mil desam- parados. El municipio y las organizaciones voluntarias de una ciudad de un millón de habitantes pueden hacerse car- go de diez mil desamparados, pero no de cien mil.

En efecto, se pudo hacer bastante en muchas ciudades. Se tomaron viejos edificios desocupados, y se los reparó y amobló modestamente. De esta manera se pudo alojar a va- rios centenares de miles de personas en poco tiempo. El pro- blema se hizo soluble gracias a esa No quiero decir que cuantificar baste para resolver problemas socia- les. Pero es necesario hacerlo para planificar cualquier polí- tica social. Si esto lo saben incluso los economistas, ¿por qué no habrían de aprenderlo los sociólogos?

El doctor Piscoya empezó por plantear un problema muy interesante que ha estado ocupando a los psicólogos desde William James en delante. Este es el problema de los tipos y grados de consciencia. No es lo mismo la conscien- cia en el sentido de advertir, darse cuenta de algo, que la autoconciencia, es decir, reflexionar sobre lo que uno está sintiendo o pensando en un momento determinado, y que puede interferir con ese pensamiento. Si yo estoy pensan- do en lo que estoy pensando, entonces acaso dejo de pen- sar correctamente en lo que estaba pensando.

Se puede analizar distintas clases de consciencia, dis- tintos conceptos de consciencia, y eso he tratado de hacer en mi libro sobre Filosofía de la Psicología, que está por reeditar Siglo William James notó algo que nos pasa a todos. Cuando la gente se despierta cobra consciencia, algunos enseguida, otros lentamente.

Dicho sea de paso, el libro de James apareció en Desde entonces, la psicología avanzó mucho, pero no tan-

E x i s t e una v e r s i ó n c o r r e g i d a y a c t u a l i z a d a d e B u n g e , M a r i o y R u b é n A r d i l a ( 2 0 0 2 ) Filosofía de la psicología. M é x i c o , D.F., Siglo X X I Editores S.A., de C.V. (N del E ) .

to como para que no valga la pena leer a William James. Cuando Donald Hebb comenzó sus estudios de psicología en McGill, hacia 1930, su profesor le encomendó que leye- se a William James. Parte del éxito de James se debía a su claridad y a su estilo. Su hermano Henry fue un famoso novelista, aunque a mí me parece un plomo. William debe de haber pensado lo mismo, porque le propuso a su herma- no escribirle sus novelas: dame el tema y el argumento, y yo te las escribiré mejor que tú. Desgraciadamente, Henry no aceptó esta oferta. Es una delicia leer a un autor cientí- fico que tiene las ideas claras y sabe escribir, como es el caso de William James o como es el caso de la mayor parte de los científicos británicos, a diferencia de los científicos alemanes y norteamericanos.

Volviendo al diagnóstico médico, razonar de la causa a los efectos no es lo mismo que razonar de los efectos a las causas. Suponiendo conocida una causa, así como su efec- to, si compruebo que el paciente está aquejado de esa cau- sa puedo deducir qué efecto sufre. En este caso uso la regla del modus Si C, entonces E; ahora bien, C; ergo, E. Esto sirve en casos obvios tales c o m o fracturas o cuchilladas, en que las causas están a la vista. El internista, en cambio, sólo observa síntomas o efectos; su tarea es adivinar la causa posible de tales síntomas.

El problema inverso es este: conozco un efecto y me pre- gunto cuál es la causa que ha producido el efecto observado. El problema es complicado porque hay muchas causas posibles de un efecto dado, y ninguna de ellas se observa a simple vista. Por ejemplo, un dolor de cabeza puede ser producido por estrés, por una intoxicación, por falta de sueño, o por haber dormido con una almohada demasiado gruesa. Cada uno de estos enla- ces causa-efecto es representado por una hipótesis. El médico imagina habitualmente una cantidad de hipótesis, y las hace muy rápidamente. Por su experiencia, por sus estudios, etc., sabe que algunos enlaces causales son más plausibles que otros. Pero tiene que poner a prueba las distintas hipótesis. Una ma- nera de ponerlas a prueba es mandando hacer análisis, radio- grafías, electrocardiogramas, etc.

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Otra manera de diagnosticar es prescribir un tratamien- to y observar sus resultados. El médico prescribe un trata- miento y va observando los efectos de ese tratamiento sobre el mal. Tal vez tenga que ir cambiando su diagnóstico a