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METHODOLOGY 3.1 OVERVIEW

2. Process and knowledge base

3.6. RESEARCH METHODS 1 Participants

3.6.3. Data Analysis Methods

3.6.3.1. Data Analysis Method 1: Analysing the Questionnaire

4. El conocimiento incorrecto aumenta tanto la percepción de riesgo como la incertidumbre respecto al ries- go percibido y al grado de riesgo atribuido (London y Robles, 2000).

5. Es importante el contexto en el que se esté valorando el riesgo. Por ejemplo, la pareja principal puede no ser percibida como un riesgo en comparación con una pareja ocasional percibida como una potencial relación de riesgo (Misovich, Fisher y Fisher, 1997).

6. La percepción de riesgo está influida también por la adopción de conductas alternativas de prevención irreales, pero muy extendidas, como es la ilusión de ser capaz de reconocer a la gente que no está afec- tada por el VIH: a) existe la creencia de que se puede identificar a las personas afectadas por su aspec- to físico desaliñado y deteriorado (se viste mal, físicamente está mal, etc.), muy cercano al prototipo del desviado/drogadicto (Páez, San Juan, Romo y Vergara, 1991), y b) se cree que las personas a las que uno conoce paulatinamente y mediante amigos son personas en las que se puede confiar sin riesgo alguno (Fisher y Fisher, 1992).

7. Aunque son bien conocidas las consecuencias de la sobrestimación, el peligro reside en la subestimación del riesgo personal de VIH, algo a lo que propenden con bastante frecuencia las personas (Gerrard et al., 1996). Por otra parte, bajo la rúbrica de valoración del riesgo se incluyen tres procesos a los que es necesario prestar atención a la hora de diseñar un programa de intervención: a) optimismo ilusorio: tendencia a percibir que te- nemos más probabilidades que la persona media de que nos sucedan acontecimientos positivos; b) ilusión de invulnerabilidad: creencia en una menor probabilidad de que nos ocurran acontecimientos negativos, y c) je- rarquía de problemas: las enfermedades transmisibles no constituyen nuestra primera preocupación.

Una intervención se debería centrar en un concepto u otro dependiendo de los factores que se diagnostiquen que están afectando a las conductas de riesgo y/o de las características específicas de la población diana de la intervención. Por otra parte, existen fuertes asociaciones entre la valoración del riesgo y el siguiente dominio, la auto-percepción. El desarrollo de intervenciones centradas en la valoración de riesgo probablemente llevará a incluir elementos de la auto-percepción.

2.2. Segundo Dominio: auto-percepción

El segundo dominio, la auto-percepción, se refiere a las creencias y actitudes acerca de uno mismo. En él se in- cluyen la auto-eficacia, la intención, las expectativas sobre las consecuencias de una conducta, la auto-identi- dad y las propias normas. A continuación nos vamos a referir sólo a las aportaciones más novedosas relacionadas con algunos de los factores de este dominio:

1. Conceptualizaciones recientes han integrado formalmente la percepción de control en un constructo con dos dimensiones: la auto-eficacia y las expectativas de un control general o instrumental sobre la con- ducta (Ajzen, 2002). Además, la relación entre la percepción de control y las prácticas sexuales puede verse afectada por la «ilusión de control»: tendencia a sobrestimar las propias capacidades o habilida- des (Gibbons, Helweg-Larsen y Gerrard, 1995).

2. Las expectativas sobre las consecuencias derivadas del uso del preservativo constituyen creencias en las que entran en juego la protección, el autoconcepto, el placer y las implicaciones para la interacción. El estudio de Albarracín et al. (2000) pone de manifiesto que cada uno de estos procesos ejercen una in- fluencia diferencial en el uso del preservativo. Mientras el autoconcepto es un criterio crucial para los sentimientos de las personas sobre el uso del preservativo, las expectativas de protección parecen no te- ner ninguna influencia. En cuanto a las expectativas de placer, las actitudes hacia el uso del preservati- vo dependen de la percepción que se tenga de su capacidad para reducir el placer sexual. Finalmente, las implicaciones para la interacción ejercen escasa influencia.

3. La auto-identidad y las propias normas hacen referencia a la percepción de una persona sobre la «clase de persona» que es. Esas percepciones se utilizan para juzgar o estimar lo que es apropiado, algo que au- menta la probabilidad de realizar una determinada conducta. Por lo que respecta a la auto-identidad, bas- te decir que la familia, la historia cultural, la etapa de desarrollo y la orientación sexual contribuyen de manera decisiva a su construcción (Bandura, 1986).

2.3. Tercer Dominio: emoción y activación

Muchos de los modelos actuales de la conducta de riesgo se basan en la presunción de racionalidad. Sin em- bargo, las conductas sexuales de riesgo están enraizadas en instintos, motivadas psicológicamente, y/o dirigi- das por impulsos (Dolcini et al., 2004). En este dominio se incluyen las emociones, la activación sexual y los escenarios sexuales.

1. Las emociones pueden afectar a la conducta de forma directa o indirecta. Por ejemplo, el estado de áni- mo positivo y negativo puede influir en el uso de sustancias o en la búsqueda de sensaciones, y eso po- dría estar indirectamente relacionado con las conductas de riesgo del VIH/SIDA. Se ha demostrado también que las asociaciones del afecto negativo con el sexo, que incluyen vergüenza, culpa o ansiedad, resultan a largo plazo en un menor uso de contraceptivos y en reacciones negativas para establecer una comunicación sobre el sexo (Gerrard et al., 1996). Además, los sentimientos positivos en la relación pue- den contribuir a una incapacidad de valorar de forma fiable su riesgo (por ejemplo, «yo no podría con- traer una ETS de él o ella») o pueden disminuir las intenciones de negociar el uso del preservativo (Misovich, Fisher y Fisher, 1997).

2. Las experiencias emocionales o afectivas específicas procedentes del encuentro sexual, particularmente la activación, forman parte también de este dominio. El deseo de placer y gratificación implican una fuerte motivación para el sexo, de suerte que cuando las personas están preocupadas porque las con- ductas de protección puedan amenazar el placer sexual, tienen menos probabilidades de adoptarlas. Ade- más, la activación y el deseo de placer imponen un sentido de urgencia que puede distorsionar el juicio (Dolcini et al., 2004). Frente a esta presión, la capacidad de una persona para evaluar una situación po- tencial de riesgo y posibilitar una nueva conducta puede verse disminuida.

3. Los hábitos o los escenarios sexuales internalizados contribuyen a la regulación de los comportamien- tos sexuales e influyen en la experiencia de deseo y activación sexual. Los escenarios influyen en el ob- jeto de interés sexual de cada persona, en lo que uno hace o no hace sexualmente y en las razones por las cuales tiene relaciones sexuales. Este aspecto de la sexualidad está muy influido por factores cultu- rales y sociales (Ubillos, Páez y González, 2000), algo que internalizamos sin ser necesariamente cons- cientes de ello (Páez, Ubillos, Sastre y Sánchez, 1994).

2.4. Cuarto Dominio: influencia interpersonal y social

Este dominio incluye la influencia de las relaciones más íntimas, así como la de aquellas personas que se en- cuentran dentro de la propia red sexual. Aunque la conducta sexual es privada, hay fuerzas externas a la perso- na (parejas, roles de género, dinámicas de poder, creencias culturales y normas sociales) que afectan a la actividad sexual.

En términos de los aspectos sociales de la conducta, diversas teorías se han centrado en el impacto que tie- nen las relaciones más cercanas sobre la persona. Junto a estas teorías, otros modelos aplicados a la reducción del riesgo, que incluyen la teoría del género y del poder, la teoría de la red social y el constructo conocido co- mo capital social, acentúan las dimensiones macro sociales (Dolcini et al., 2004):