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2.3 Dealing with Inconsistent Databases
Una vez establecidos los fines a los que debe tender el orador que se dedica al estudio y a la enseñanza de las Sagradas Escrituras, se advierte que
el orador que deja fluir de sus labios una necia elocuencia tanto más debe evitarse cuanto más se deleita el oyente en las cosas inútiles que de él oye, pues como lo oyen hablar con elegancia, juzgan que también dice verdad. (Doc.chr. IV.5.7).
Así pues, no se debe anteponer la retórica a la sabiduría, pues hay oradores que, aunque no sean elocuentes, dicen la verdad, lo cual representa mayor provecho que un discurso adornado con artificios retóricos pero falso. Aunque no se cita de manera explícita, Agustín se apoya en la aseveración de Cicerón: ―la sabiduría sin elocuencia aprovecha poco a las ciudades, pero la elocuencia sin sabiduría casi siempre estorba demasiado, nunca aprovecha‖ (Inv. I.1). ¿De qué depende que se hable con sabiduría? De la manera en la que se entiendan, modus inveniendi, las Sagradas Escrituras y se indague su sentido. Así pues, es necesario, en primer lugar, haber comprendido el mensaje divino para poder explicarlo con sabiduría y
elocuencia. Esto no debe entenderse como una mera recomendación metodológica, ya que Agustín está haciendo referencia al modo como él ha procedido en la composición de su obra donde el modus proferendi va precedido del modus
inveniendi. Así, una vez que se ha indagado el sentido de la Escritura que se expresa
en términos retóricos con ayuda de la hermenéutica, se pasa a su exposición por medio de la retórica. El orador que logra conjugar la sabiduría que proviene de la hermenéutica y la elocuencia en la que se basa la retórica es aquel cuyo discurso produce mayor provecho en el auditorio. En este punto surge la pregunta sobre dónde pueden encontrarse exempla de discursos que se caractericen tanto por su elocuencia como por su sabiduría. Retomando la afirmación de (Doc.chr. IV.3.4) según la cual es posible hallar ejemplos de elocuencia en los escritores cristianos, se afirma:
Ahora tal vez pregunte alguno si nuestros autores, cuyos escritos divinamente inspirados componen nuestro canon de provechosísima autoridad, han de ser llamados solamente sabios o también elocuentes. Fácilmente se descubre esta cuestión por lo que a mí toca y a los que conmigo sienten lo que digo. Donde los entiendo, me parece que no sólo no puede darse otra cosa más sabia, ni más elocuente. Y me atrevo a decir que todos los que entiendan bien lo que ellos dicen, al mismo tiempo entienden que no debieron haber hablado de otro modo. Pues, así como hay cierta elocuencia que es más propia de la edad juvenil y otra que conviene a la senil, y no puede llamarse con tal nombre si no corresponde al orador, así también hay una elocuencia que conviene a estos hombres dignísimos de suma autoridad y profundamente divinos. Con esta elocuencia hablaron aquellos autores sagrados, y ni a ellos convenía otra, ni a otros convenía ésta. (Doc.chr. IV.6.9).
La primera cuestión que debe tenerse en cuenta es que Agustín, como lo anota Simonetti (1994), toma distancia de las apreciaciones tradicionales de los escritores cristianos68 y paganos69 que consideraban que el valor estilístico de las Escrituras se encontraba en la simplicidad de su estilo, lo que las diferenciaba de las composiciones paganas, ricas en artificios retóricos, pero pobres en contenido (p.
68 Nótese el tono de la aseveración origeniana: ―hice estas observaciones para justificar, en contra de
Celso y de otros autores, la simplicidad de expresión de las Escrituras, que parece eclipsado por el brillo de la composición literaria. Nuestros profetas, Jesús y sus apóstoles, escogieron un método de predicación que no solamente dijera la verdad, sino que tuviera el poder de entrenar las almas de la multitud‖ (c.Celsum VI.2).
69 Acerca de las valoraciones de los rétores paganos contemporáneos de Agustín respecto del estilo de
535). Agustín no sólo afirma la presencia de la elocuencia en los escritores cristianos, sino que considera que se trata de una elocuencia particular, cuya valoración está estrechamente ligada a la comprensión del contenido que se expresa en ella. En esta afirmación puede verse una vez más la relación existente entre hermenéutica y retórica70, en cuanto que el uso de las palabras depende de una intención de significación que debe ser interpretada por el lector. En el caso de la Escritura, dicha intención, así como la elección de las palabras, es fruto de la obra inspiradora del Espíritu Santo, razón por la cual la oscuridad que la Biblia presenta en algunos pasajes no debe entenderse como falta de elocuencia, sino como una variación de la misma que se presenta de tal manera por razones pedagógicas. La elocuencia especial, altera eloquentia, propia de los autores sagrados, puede caracterizarse de esta manera:
en los pasajes en los que los doctos la descubren se dicen tales cosas, que las palabras con que se dicen ni parecen empleadas por el que las dice, sino como naturalmente unidas a las cosas, como si se nos quisiera dar a entender que la sabiduría sale de su misma casa, es decir, del corazón del sabio, y que la elocuencia como criada inseparable la sigue aun sin ser llamada. (Doc.chr. IV.6.10).
En estas líneas hay un eco de la tesis ciceroniana, anteriormente abordada, según la cual la eloquentia no puede considerarse separada de la filosofía, pues como se afirma en el De oratore: ―entre los antiguos, al parecer, la misma doctrina enseñaba ya a actuar honestamente, ya a hablar correctamente, y los maestros no eran distintos: los mismos hombres eran maestros de vida y de oratoria‖ (III.57). La unión entre retórica y filosofía está anclada en la concepción unitaria de la verdad, ya presente en los diálogos de Casiciaco y en la consideración agustiniana de la filosofía71 como amor sapientiae, que en términos cristianos se traduce en ―la
70 Acerca de la relación entre hermenéutica y retórica en la Antigüedad, resulta iluminador el artículo
de Eden (1987) en el que se lleva a cabo un detallado estudio de esta cuestión desde Platón hasta la retórica latina. A propósito de Cicerón, afirma: ―sobre la cuestión particular de la interpretatio scripti, la interpretación de textos escritos, Cicerón elabora sus reglas interpretativas basado en la Retórica de Aristóteles‖ (p. 75).
71 Para un estudio profundo y exhaustivo del concepto de ‗filosofía‘ en Agustín, véase (Catapano,
comprensión intelectual del misterio fundacional de fe cristiana: la unidad y trinidad de Dios‖ (Catapano, 2001, p. 250).
Esta idea toma fuerza en la consideración de la eloquentia del sabio cristiano, pues corresponde al modo en el que está expresado el mensaje divino en las Escrituras, esto es, el discurso de Dios, que siempre es verdadero y eficaz; de ahí que la altera eloquentia siempre esté determinada por la sabiduría. Así, mientras la elocuencia pagana no implica de modo necesario la sabiduría, en el discurso inspirado sabiduría y elocuencia se encuentran esencialmente relacionadas. A propósito de esto, Lettieri (2001) sostiene que la palabra humana inspirada debe entenderse ―como fenómeno del Verbo divino, de manera que el juego etimológico en el vocablo orator (orador-orante) revela el sentido más profundo de la relación entre rétor humano y rétor Absoluto‖ (p. 466).
Con el fin de corroborar y dar un ejemplo de la tesis presentada hasta el momento, Agustín recurre al siguiente pasaje de San Pablo:
nos gloriamos en las tribulaciones sabiendo que la tribulación labra la paciencia, la paciencia la prueba, la prueba la esperanza, y la esperanza no nos engaña porque el amor de Dios se difundió en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. (Doc.chr. IV.7.11).
En estas palabras se identifican tres figuras retóricas, a saber, la gradación,
gradatio72, el uso de miembros e incisos, membra et caesa73, y el circuito, circuitos74, las cuales no provienen del estudio de las reglas de la retórica, sino que se siguen de modo natural de la sabiduría con que se aborda el tema. Esta combinación de sabiduría y elocuencia constituye un discurso eficaz capaz de deleitar y persuadir tanto a los doctos como a los indoctos, a los creyentes y a los que no creen. Las cartas de San Pablo son un ejemplo de la eficacia del discurso sabio y elocuente que expresa la voluntad de Dios: ―si tomamos algo de él, para ejemplo de elocuencia, lo tomamos
72 La gradación consiste en conectar las palabras o sentencias una con otra.
73 De la definición que se da de esta figura y de la del circuito podemos deducir que se trata de algo
muy similar a la puntuación. Agustín afirma que el uso de membra et caesa tiene la función de separar las frases o sentencias entre sí.
74 El circuito está compuesto por miembros, de manera que en el pasaje del Apóstol hay dos circuitos
de las cartas de sus mismos detractores, [que] despreciando sus palabras cuando les hablaba, confesaron que eran eficaces y graves‖ (Doc.chr. IV.7.15).
Con el fin de hacer patente el hecho de que la elocuencia caracteriza a toda la Escritura, Agustín pasa a considerar algunos exempla tomados de los libros de los profetas. En primer lugar, se refiere a la obra del profeta Amós cuando se dirige a los impíos y a los soberbios para mostrarles que a causa de sus actos no son gratos a Dios. Se destaca del discurso de Amós el tono con el que se dirige a su auditorio: ―¡con qué ímpetu la invectiva [invectio] golpea los sentidos como adormecidos para que se despierten!‖ (Doc.chr. IV.7.17). En segundo lugar, se llama la atención a la manera en la que se adorna el discurso mediante el uso de nombres de ciudades y la variación de los verbos. En tercer lugar, se afirma que el profeta hace un uso excelente de los miembros y los circuitos, gracias a lo cual logra que las partes más importantes se destaquen y puedan ser mejor pronunciadas. Por último, se hace referencia a la oración ―los lujuriosos permanecían impasibles ante el aplastamiento de José‖, debido a que se utiliza el nombre de ‗José‘ para referirse a ‗hermano‘, pues se está hablando en general de aquellos que no se compadecen de su prójimo. A propósito de este último punto, Agustín afirma:
no sé si en el arte de la retórica que aprendimos y enseñamos se hable de este tal tropo, en el que se da a entender cualquier hermano con el nombre de José. ¡Cuán hermoso sea y cuánto impresione a los lectores que lo entienden es inútil explicárselo a ninguno, si él mismo no lo advierte. (Doc.chr. IV.7.20).
Para concluir la reflexión acerca de la relación entre elocuencia y sabiduría en los textos sagrados, Agustín retoma la idea de que la Biblia es expresión de la palabra divina, discurso siempre eficaz de Dios.
Ciertamente, otros muchos adornos que atañen a las normas de elocuencia pudieran anotarse en este mismo pasaje que como ejemplo, exemplo, adujimos. Pero al buen oyente no es tanto lo que le instruye el examen diligente de un pasaje, como le excita pronunciado con entusiasmo. Estas palabras no han sido compuestas por industria humana, sino que emanaron sabia y elocuentemente de la mente divina, no intentando la sabiduría que a ella le siguiese la elocuencia, sino que la elocuencia no se apartó de la sabiduría. Porque si es cierto, como pudieron decirlo y observarlo ciertos varones sapientísimos y agudísimos, que no se hubieran observado y anotado aquellas reglas que se aprenden en el arte de la oratoria, ni se hubieran reducido a este cuerpo de
doctrina, si antes no se hubieran encontrado en los ingenios de los oradores, ¿por qué se ha de admirar que se encuentren en los ingenios de estos hombres a quienes envió Aquel que hace los mismos ingenios? Por lo tanto, confesemos que nuestros autores y doctores canónicos no sólo son ciertamente sabios, sino también elocuentes, pero con tal elocuencia cual convenía a semejantes personas. (Doc.chr. IV.7.21).
Este pasaje es de fundamental importancia para la reflexión concerniente a la relación entre sabiduría y elocuencia en los autores cristianos.
Por una parte, es necesario detenerse en la primera consideración, es decir, aquella según la cual en el ejemplo traído a colación podrían encontrarse muchos otros elementos concernientes a las reglas de la elocuencia. Teniendo en cuenta lo afirmado en el capítulo anterior acerca del uso de los ejemplos en el libro tercero, vale la pena retomar la cuestión a la luz del tema presentado en esta parte del libro cuarto, esto es, la elocuencia cristiana. ¿Qué relación hay entre exemplum y
eloquentia? Si se mantiene la distinción propuesta más arriba, debe sostenerse que
hay una relación entre exemplum y rhetorica relacionada con el uso retórico de los
exempla, su aprendizaje durante la juventud y el uso de los mismos en los ejercicios y
textos retóricos. La relación entre exemplum y eloquentia, en cambio, tiene un carácter distinto, pues los textos sagrados, en cuanto expresión de la palabra divina, no son meros exempla, pues son siempre eficaces. En este orden de ideas, podría afirmarse que los exempla de la Escritura operan siempre como modelos y que la resignificación del término llevada a cabo por Agustín se constituye como un aporte fundamental para la comprensión de la apropiación cristiana de la cultura clásica. Por otra parte, gracias a esta distinción es posible avanzar un paso más en el sentido de la estructura de la obra, pues si se tiene en cuenta que en el libro segundo se desarrolla una doctrina de los signos, puede afirmarse que en el libro tercero, cimentado en los
exempla, se desarrolla una doctrina de los signos efectivos que tiene como punto de
partida, como ya se vio, al signo por excelencia.
La idea de la eloquentia como institución divina, que apoya esta tesis, se desarrolla en las líneas siguientes del pasaje en cuestión. Nótese que la apropiación de la idea ciceroniana sobre una elocuencia natural que no deriva de la puesta en práctica de las reglas de la retórica toma forma en la afirmación agustiniana de la retórica
como creación divina que es otorgada a los ingenios de los hombres. En este punto, puede afirmarse con Lettieri (2001) que Dios mismo es el autor supremo de la retórica ya que habla a los hombres a través de los profetas y autores de la Escritura en un lenguaje que, en tanto proveniente de Él, es sabio y bello.
El rétor sagrado que, hablando ardenter, accendit al prójimo, aunque aplique las reglas ciceronianas, es un mero instrumento del Verbo. Detrás del fenómeno de la palabra bíblica y eclesiástica –técnicamente construida según las normas de la retórica clásica– opera el Acto retórico divino. (Lettieri, 2001, p. 468).
Así pues, en este punto la sabiduría no debe identificarse con una virtud en el sentido ciceroniano del término, sino que se trata más bien, como afirma Pizzolato (1994), del Verbo que se manifiesta en la Escritura a través de un lenguaje en el que la verdad es necesariamente persuasiva (p. 109).
En relación con la naturaleza del texto inspirado, el estudioso, el intérprete y el predicador deben mantener una actitud reservada, sobre todo en los pasajes oscuros, pues como ya se afirmó en el libro segundo (Doc.chr. II.6.7), estos tienen una clara finalidad orientada a mantener la atención del lector o a favorecer su conversión. La tarea del orador cristiano debe ser, entonces, la de exponer con la mayor claridad posible el sentido de la Escritura, teniendo presente que algunos temas no deben ser tratados por la dificultad y oscuridad inherente a los mismos. A continuación, y a manera de introducción al tema de los genera dicendi, se ofrecen cinco preceptos de predicación para el orador cristiano. El primero, de clara inspiración ciceroniana, reza de la siguiente manera:
El deseo diligente de dar claridad al discurso descuida a veces las palabras más cultas, y no se preocupa de cuán bien suenen, sino de cuán bien declaren y expliquen lo que se intenta manifestar. Por eso dijo cierto autor al tratar de esta clase de locución, que hay en ella cierta diligente negligencia. Sin embargo, esta negligencia, de tal suerte se despoja del adorno, que no se viste con desdoros. (Doc.chr. IV.10.24)
El pasaje del Orator al que Agustín hace referencia de manera indirecta es el siguiente: ―tampoco ha de ponerse grande esfuerzo en el encadenamiento de las palabras. Admite el hiato y concurso de vocales, que indica una no desagradable negligencia, como de hombre que se cuida más de las cosas que de las palabras‖ (78).
El segundo precepto tiene que ver con el uso del latín y la pureza de los vocablos: en caso de ser necesario, en virtud de la claridad, el orador puede recurrir a expresiones que no sean correctas o que vayan en contra de la regla tradicional retórica que ponía el acento en la ausencia de barbarismos y solecismos75.
En tercer lugar, se trata la cuestión del auditorio, pues cuando se habla en público a los fieles, se recomienda tener siempre presentes las necesidades de dicho público y sus reacciones, pues
suele el auditorio, ávido de instrucción, significar con algún movimiento personal si ha entendido; y hasta que no lo manifieste debe dar vueltas al asunto de que trata, variando la explicación de muchos modos; lo que no podrán hacer los que pronuncian sus discursos preparados y aprendidos de memoria. (Doc.chr. IV.10.25)76.
El cuarto precepto se halla relacionado con el anterior, pues también se refiere a la relación entre orador y auditorio, pues se afirma que cuando el argumento es claro y ha sido comprendido por el público, no debe volverse sobre el mismo sino pasar a otro tema con el fin de mantener viva la atención de los oyentes. En el caso en el que el fin del orador sea el delectare, la repetición es un recurso muy útil, pues el público reacciona de manera positiva cuando se repite algo que le causa placer porque ha sido comprendido.
El quinto y último de los preceptos ofrecidos en este punto reza así:
Pero ahora no trato del modo de agradar, hablo, sí, del modo cómo haya de enseñarse a los que desean aprender. Pues bien, la mejor forma de enseñar es aquella por la cual hace que el que oye, oiga la verdad y entienda lo que oye. Conseguido esto, ya no se debe trabajar más en este asunto, como si aún debiera emplearse más tiempo en enseñarla, a lo más se detendrá en recomendarla para imprimirla en el corazón; lo
75 En la Rhetorica ad Herennium se afirma: ―hablar latín correctamente significa hablarlo sin vicios.
Los vicios que impiden que el discurso sea correcto pueden ser dos: solecismos y barbarismo‖ (IV.17). Acerca de este asunto, Agustín ya se había pronunciado en el libro cuando trató la cuestión de las dificultades y ambigüedades que podían surgir en la interpretación.
76 A propósito de esto vale la pena traer las palabras de Simonetti (1991): ―recuérdese que en el ámbito grecorromano, era usual que el orador improvisara sobre un esquema que servía de guía. El